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Berlín, segunda quincena de junio de 1941
número 12 del año 1941 [Sp 12]
páginas 8 y 34-35

El problema de Grecia
Alemania y Hélada: lo que han sido y serán

«Que cada uno sea a su manera un griego, pero que lo sea» (Goethe)
«La lucha desencadenada hoy se ha entablado por grandiosos objetivos: lucha por su existencia una cultura que vincula en sí milenios y abarca conjuntamente el helenismo y la germanidad» (Adolf Hitler)

En la campaña germano-griega se ha producido un acontecimiento único en la serie de batallas que el Reich ha librado desde 1939. Alemania se ha limitado a desarmar a los soldados griegos y a enviarlos inmediatamente a sus hogares. No sólo han escapado a los padecimientos del cautiverio porque habían luchado heroicamente; el hecho de que no hayamos querido tenerlos prisioneros es la expresión más patente de la simpatía que nos une a ellos.

El mito de Pérgamo

El nombre de Hélada tiene para todos los alemanes una resonancia especial. En la capital del Reich se conserva en un museo construido ad hoc en uno de los lugares más bellos, el altar de Pérgamo que los arqueólogos alemanes extrajeron de la entonces tierra turca. Constituye en Alemania un verdadero centro de peregrinaciones. Los pedagogos llevan a sus alumnos ante este altar y les explican la significación del friso, excelso obsequio hecho al mundo por el espíritu helénico.

Los gigantes del abismo libran en este friso un terrible combate por el poder con los hijos de la luz, dioses del Olimpo. Es la lucha que la tosca masa de las tinieblas libra con los portadores de la luz, con la fuerza del espíritu. La fuerza bruta y primitiva contiende con la civilización. Los hijos de las tinieblas no pueden extinguir el fuego sagrado y, derrotados, se sumergen de nuevo en la noche, de la que habían surgido; el espíritu triunfa perennemente sobre la materia. En esta forma explican sus maestros a la juventud alemana el antiquísimo mito eternizado en el friso de Pérgamo. Por tanto, ¡qué difícil debe haber sido para el pueblo alemán levantar las armas contra el griego! La lucha se llevó con energía duplicada para ahorrarle en lo posible los sufrimientos de la guerra o abreviarlos, cuando menos. Durante esta campaña no se ha molestado en el Reich a un solo griego y Alemania declaró inmediatamente que estaba dispuesta a separar a Grecia de la exigua camarilla que la había lanzado a esta guerra antinatural. Sí, la guerra entre Alemania y Grecia fue considerada monstruosa por los alemanes. En la historia de los últimos 200 años, el pueblo germano ha probado constantemente con palabras y hechos cuán allegado se sentía al griego y cuánto le importaba vivir en amistad con él.

Cuando los griegos se alzaron en 1821 contra el dominador turco y proclamaron la lucha por la libertad, afluyó una enorme muchedumbre de combatientes voluntarios procedentes de la juventud alemana. Fue así a pesar de que Alemania sufría aún bajo el esfuerzo sobrehumano de la lucha de liberación contra la tiranía francesa. Goethe, nuestro genio más preclaro, bendijo la actuación de la llamada juventud filohelénica de Europa y consideró un símbolo que el heroico Lord Byron, que entregó su vida en Grecia entre imprecaciones contra Inglaterra, pereciese en manos de un alemán, el Dr. Heinrich Treiber, que luchaba en las filas de los rebeldes griegos como médico y soldado. Al lograrse la libertad griega, fue este mismo Dr. Treiber quien dirigió sin retribución la organización sanitaria griega. En el año 1854, el cólera hacía estragos en El Pireo y Atenas. Entonces vieron los griegos a un anciano que cabalgaba por las desoladas calles; era otra vez el Dr. Treiber, que se inclinaba ante los enfermos y les daba los medicamentos. Pero éste era sólo uno entre los hijos del Reich que habían consagrado su vida a Grecia.

Alemania no tiene el propósito de regatear la participación de otras naciones, durante aquellos años, en la reconquista de la libertad griega ni pretende afirmar que su nostalgia de Grecia se inspire sólo en los sentimientos de un misericordioso samaritano. Alemania quería algo de Grecia, quería llegar a las fuentes de aquel espíritu al cual se sentía tan profundamente vinculada.

El sueño de Bizancio

La conciencia helénica, tal como la comprendían los alemanes, era extraña a los griegos del pasado siglo, a los combatientes de la libertad. No veían su causa con los ojos de Homero, cuyos cantos tan pronto tradujo Heinrich Voss al idioma alemán. Habían pasado casi 2.000 años sobre la Grecia antigua que añoraba el alma de los alemanes. Troya, Olimpia y las tumbas reales de Micenas yacían bajo escombros y guijarros; la Acrópolis era un depósito de pólvora a cuyo lado habían edificado los turcos una mezquita; los soldados, en su tedio, disparaban sobre las figuras del friso del Partenón y los griegos no sentían como un ultraje ver convertidas en blanco las figuras de Fidias.

Los antiguos dioses se habían desvanecido de la memoria de los griegos y era la iglesia cristiana greco-ortodoxa la fuerza de que esperaban su salvación. Vivían el sueño de Bizancio. Debía ser liberado todo lo greco-ortodoxo. Y así, los griegos del siglo XVIII consideraban enteramente natural que el zar Pedro de Rusia, católico-griego, se creyese su libertador. No había que reprocharles que no se sintieran homéricos, sino greco-ortodoxos, pues habían vivido 1.700 años en la concepción católico-cristiana. Vieron maravillados, por ello, a los demás europeos que llegaban a su país e introducían la pala en la tierra para excavar viejas ciudades y buscar templos y tumbas reales.

Un cautivo de Homero

Entonces vivía en una pequeña ciudad mecklemburguesa de Alemania un aprendiz comerciante llamado Schliemann que servía embelesado, con frecuencia, a un estudiante. Este bohemio hijo de las musas le recitaba muchas veces versos griegos, cuyo enigmático sonido encantaba al muchacho. Decidió aprender griego y llegar a ser rico para ir a Grecia y visitar a los héroes de Homero.

El muchacho permaneció fiel a sus propósitos. Logró en América una fortuna de millones, abandonó los negocios y llegó, en la mano el admirado Homero, al histórico suelo de Grecia. Con visión profética y guiado por su nostalgia, señaló un lugar del estéril suelo, junto al mar, y dijo: «Aquí fue donde combatieron los héroes troyanos». Sin tener idea de la arqueología, comenzó su obra con trabajadores carentes también de preparación y descubrió no sólo Troya, sino más tarde también las áureas joyas de Elena. Entonces se trasladó a Micenas y arrancó a la tierra las tumbas reales con sus máscaras de oro, sus piedras preciosas y sus tesoros de inconcebible riqueza. Con sus propios recursos, construyó en Atenas una sala para estos tesoros y los regaló a los griegos. En su centro, siempre excavando y descubriendo siempre nuevas maravillas, vivió hasta el fin de sus días.

Grecia y la política mundial

En 1828 había terminado la lucha por la independencia, en la que los griegos habían contado con la ayuda de la juventud idealista de Europa, pero apenas habían encontrado algún apoyo por parte de las potencias en las que habían confiado. ¡Qué sabían los rebeldes griegos, en los cuales tan súbitamente había prendido la llama de la libertad, de la política mundial! La habían iniciado en tiempos sus antepasados, los griegos de la antigüedad, conquistando los Dardanelos y las márgenes del África y ocupando las islas de Chipre y Creta. Alejandro el Grande había irrumpido hasta la India y conquistado Egipto. Desde aquella época habían pasado muchos siglos y Grecia había caído bajo la dominación turca. Entonces empezó Inglaterra a hacer política mundial. Extendió sus tentáculos hasta Egipto y la India y colocó los Dardanelos en una mano segura, para no amenazar su ruta de la India; de la misma manera, ocupó definitivamente Egipto cuando el Canal de Suez, libre, hubiera representado un riesgo para su camino hacia la India. Pues una Grecia fuerte, dueña de los Dardanelos, hubiese podido ser tan peligrosa para la política mundial de Inglaterra como una Turquía poderosa.

Pero no podía prescindirse del impetuoso afán griego por la libertad nacional y por ello Inglaterra, Francia y Rusia garantizaron al fin la existencia de un pequeño Estado griego. A primera vista, esta garantía era algo grandioso, pero ha tenido fatales repercusiones para Grecia, que ha sido dos veces lanzada por ella a una guerra contra Alemania y sus aliados. En ambos casos, la Gran Bretaña presionó a Grecia, para arrollar el flanco alemán desde Salónica. En los dos casos fue inducido el pueblo griego a traicionar su verdadera inclinación que le vedaba emprender hostilidades contra Alemania, cegado por engañosas recompensas. Después de la guerra mundial fue remunerada, a expensas de los aliados alemanes, con un incremento territorial que hizo creer a los griegos en una falsa potencia y les impulsó una vez más a empuñar las armas contra Turquía. Creyeron a los turcos definitivamente debilitados por la guerra mundial, pero su cálculo era muy erróneo. Fueron rechazados con enorme ímpetu y Grecia perdió más de lo que había ganado. Sus aliados de la Gran guerra le abandonaron en la estacada durante esta contienda. A Inglaterra no le interesaba ya nada que Grecia fuese dueña definitiva de los Dardanelos. Este amargo descalabro, cuyas consecuencias hicieron que millón y medio de griegos, reducidos a la última miseria, tuviesen que abandonar Turquía, puso fin al viejo sueño de Bizancio.

¿Una segunda Salónica?

En 1940-41, cuando los ingleses quisieron desarrollar por segunda vez la táctica de Salónica, el rey griego concibió de nuevo el viejo sueño de Bizancio y se doblegó a él. El juego ha encontrado fin otra vez y los ingleses sientan sus reales en Creta, con el designio de transformarla, como Chipre, en una posesión británica. Los griegos hubieran podido deducir fácilmente de la antigua historia de su patria las enseñanzas adecuadas: ¡Conócete a ti mismo! Alemania no ha dejado de ayudar a los griegos a lograr este autoconocimiento.

El camino del pueblo alemán es muy semejante al del griego. Del mismo modo que la antigua Grecia estaba desparramada en muchos pequeños Estados, también los alemanes carecían de unidad. Grecia concibió una vez una idea nacional unificadora; era la idea de Olimpia. Cada cuatro años, los mejores del pueblo griego se congregaban en Olimpia para la lucha de la audacia y del canto.

La idea unificadora entre los alemanes fue el pensamiento de la santidad de su Imperio. Cuando los 26 pequeños Estados alemanes se fundieron de nuevo en 1871 en una Alemania santa, el emperador Guillermo I dio a los griegos la señal y los medios para realizar una obra grandiosa. Encargó al arqueólogo alemán Curtius de la exhumación de Olimpia. Cuando así se hizo, la ciencia arqueológica alemana pudo enorgullecerse en Grecia de haber conseguido magníficos resultados.

Después de ganar su lucha por la libertad, los griegos eligieron rey al príncipe Otón de Baviera, hijo de Luis, el monarca filoheleno. Naturalmente le acompañaron a Grecia muchos hombres de ciencia alemanes. No es nuestro propósito acusar a los griegos de que, 40 años más tarde, considerasen opresivo el predominio de los alemanes en la burocracia y los apartasen de ella; estaban en su derecho. Aquí se habla de arqueología. No obstante, puede decirse incidentalmente que el gran arquitecto alemán Klenze fue el creador del proyecto de edificación de Atenas, que no era mucho más que una aldea al terminarse la guerra de la independencia griega. También fueron alemanes quienes establecieron por primera vez en el Peloponeso el cultivo de la vid y restituyeron así su antiguo carácter a la tierra de Dionisio.

El templo de Niké surgió de nuevo

El rey Otón nombró conservador de antigüedades en Grecia al arqueólogo alemán Ludwig Ross, que hizo demoler ya en 1835, en Atenas, una muralla procedente del año 1687, construida con las piedras del antiguo templo a la diosa griega de la victoria que los turcos habían destruido. Ross lo reconstruyó con estas piedras en el lugar originario y el esbelto edificio saluda hoy al viajero como en los tiempos de la antigüedad. El libro que Ross escribió sobre Grecia figura entre las obras clásicas de la arqueología.

En forma análoga a la de Ross ha actuado Curtius, que pasó también su vida en Grecia. Su obra más grandiosa fue la exhumación de Olimpia, escenario de las más famosas fiestas de la antigua Hélada. Esta empresa es puramente alemana. Ya en el siglo XVIII la había proyectado Winckelmann, el fundador de la nueva estética. En 1875, por fin, llegó a convertirse en realidad. Las obras de excavación duraron desde 1875 hasta 1880. El Hermes de Praxíteles apareció durante estos trabajos con refulgente pureza.

Las excavaciones de Olimpia llegaron a convertirse en la escuela superior de la moderna arqueología. Los nombres de Wilhelm Dörpfeld y de Adolf Furtwängler –padre del famoso director de orquesta alemán– están eternamente vinculados a ella. Antes de que se iniciasen las excavaciones, Alemania concertó con el Gobierno griego un acuerdo al que ha permanecido fiel. Los hallazgos de Olimpia debían permanecer en Grecia. Así fue.

Se conservan en un museo que recibe anualmente a millares de visitantes. Los famosos pórticos del templo de Zeus o como se llamen las restantes maravillas han infundido otra vez a la juventud del mundo el entusiasmo por la belleza del cuerpo humano. Son la chispa que ha prendido la nueva idea olímpica. Después de la olimpiada celebrada el año 1936 en Berlín, dio el Führer la orden de reanudar las excavaciones en Olimpia. Él mismo proporcionó los medios. La dirección de estos trabajos está encomendada al Instituto Arqueológico Alemán de Atenas, subsistente desde el año 1874. Las nuevas excavaciones se han iniciado en el estadio, cuyos muros habían sido localizados. Pero también se han comenzado las obras en otros lugares al margen del Altis. El suelo ha revelado ser más productivo de lo que se esperaba. Nuevos procedimientos de conservación han permitido extraer intactos valiosos bronces con relieves cincelados, procedentes de los siglos VII y VI.

¡La arqueología no es una ciencia muerta!

Durante la campaña de 1941, los arqueólogos alemanes han continuado imperturbables en su puesto. Cada vez se hace más firme en Grecia la conciencia de lo que los griegos tienen que agradecer a los hombres que han arrancado a la tierra venerables testimonios de un grandiosos pasado, impulsados únicamente por un desinteresado espíritu de investigación. Hemos podido comprobar nuestro antiguo presentimiento de que los alemanes estamos especialmente emparentados con los griegos en el orden espiritual. Lo hallazgos de la antigüedad nos han demostrado que coinciden con los hechos en nuestro propio suelo. El estilo arquitectónico de los griegos y de los germanos es el mismo y también se advierten sorprendentes coincidencias incluso en los detalles más sutiles.

Por consiguiente, la arqueología no es ninguna ciencia muerta; ha agudizado nuestra penetración para las peculiaridades de la familia de los pueblos europeos; nos ha inducido a recorrer de nuevo los caminos que llevaron antes a Europa a ser en el mundo portadora de la luz frente a las potencias de las tinieblas. La enseñanza de Olimpia, para nosotros, es ésta: «¡Conócete a ti mismo y sé fuerte para que puedas confiar sólo en ti y en tus propias fuerzas!» Esta lección de Olimpia ha llevado a los alemanes al renacimiento y a la profundización de su propia fuerza nacional, una fuerza cuya ambición es hacer florecer a la nación sin ayuda extraña.

¿Por qué navegan los griegos?

Grecia tuvo que marchar durante mucho tiempo por distintos derroteros. Cuando los griegos se sacudieron el yugo de la dominación extranjera encontraron a su país ante problemas idénticos a los de la antigüedad. Grecia es un territorio montañoso, pobre y con pocos bosques. Lo más necesario, los cereales, se producen en él muy poco. Tesalia era el granero de la antigüedad, y bajo la dominación turca, cuando el país pudo abastecerse de cereales panificables procedentes de otras partes, se dedicó al cultivo del tabaco. La Grecia libre, por tanto, era un país sin la suficiente producción de cereales. En los tiempos antiguos, el cultivo de los campos era muy difícil en Grecia porque disponía de demasiado poco hierro para rejas de arado; cuando Alejandro hizo su marcha hacia la India, era el único hombre de su ejército que llevaba casco de acero. El acero era mas costoso que el oro.

Esta dificultad obligó a los antiguos griegos a proporcionarse cereales de otras regiones fértiles. Este es el verdadero motivo de que visitasen países extranjeros y practicaran el comercio. Les auxiliaron su gusto por la navegación y su instinto matemático.

Después de la liberación griega en el siglo XIX se hubiera tenido que proceder a un intensivo cultivo del suelo. En esta centuria había profusión de hierro y se estuvo a punto de convertir a Grecia en el país agrícola más moderno del mundo. Hubiera sido natural porque –del mismo modo que hoy– era campesina más del 60% de la población y porque el pueblo vive la vida de los campesinos y pastores.

En la era del gran florecimiento industrial y capitalista no se llegó a esta idea. Inglaterra y Francia, patrocinadores de Grecia, no podían infundir al país este pensamiento y se limitaron a darle dinero; naturalmente, con crecidos intereses, y así ocurrió lo que tenía que ocurrir: el pobre país se derrumbó a fines del pasado siglo bajo el peso de sus deudas y tuvo que declararse en quiebra. Constituye un indicio de la tenacidad y energía del pueblo griego que intentara constantemente librarse de sus deudas. Como su economía agraria no era suficiente, la moderna Grecia tuvo que acogerse al mismo recurso que los antiguos: la navegación. Los navegantes griegos son conocidos hoy en todos los mares. Tienen la misma aptitud que sus antepasados, pero por ser los más pobres de todos los marinos, tienen también los peores barcos del mundo.

¿Qué ocurrirá?

Así, Grecia vive también hoy en precaria situación y es un pueblo pobre, excitado por constantes preocupaciones. El milagro nacional de este país es que la necesidad no le haya impulsado nunca a apartarse de sus virtudes. Hoy es tan hospitalario, hidalgo y valeroso como en la antigüedad. Estas virtudes indican ciertamente que la conciencia nacional adquirirá forma cada vez más intensa. Grecia puede contar sólo consigo misma. ¿De qué han servido a los griegos las carreteras construidas por capitalistas extranjeros? Tenían al principio un aspecto magnífico, pero ya han desaparecido; esto constituye un símbolo de muchas otras cosas.

Para los alemanes constituye un título de honor la buena fama que el trabajo alemán tiene en Grecia. El ferrocarril subterráneo de Atenas y la moderna instalación telefónica son algunos de nuestros trabajos. Grecia realiza grandes transacciones comerciales con Alemania. Somos los principales compradores del tabaco griego y de nosotros reciben los griegos medicamentos y maquinaria. Nos envían tabaco, vino, pasas de Corinto y aceite de oliva y podrían darnos más si se intensificase su agricultura. El requisito previo para esto es la organización de las comunicaciones por carretera, la repoblación forestal y la intensificación de la economía hidráulica. El Reich puede ayudar a Grecia en estas tareas proporcionándole máquinas e ingenieros, pero la obra debe ser creada por los griegos con sus propias fuerzas.


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