Signal
Berlín, primera quincena de abril de 1941
número 7 del año 1941 [D/Sp 7]
páginas 4-5 y 8

La paz que no podía perdurar
porque tenía que seguir a 1919 un 1939

«¿Es realmente Checoeslovaquia lo mismo que Yugoeslavia...?» –Esta pregunta no fue formulada a su maestro, en la maleza australiana, por ningún alumno de ocho años de las escuelas de las misiones. No, procede de un Par inglés, de un miembro de la Alta Cámara, cabe el Támesis. Y se dirigía a otro Par, en el año 1937, después de un debate en la Cámara de los Lores. El uno no se sonrojaba de plantear la pregunta; el otro no tuvo inconveniente en volver a contarlo. Por consiguiente, continúa en vigor la vieja experiencia de que el inglés culto sabe más de África que de Europa.

En la gran Conferencia parisina de la Paz, en 1919, Lloyd George se opuso frecuentemente a los franceses por su desmesura en el pedir. Los políticos franceses le hacían rabiar mostrándole su ignorancia de los conocimientos geográficos más elementales. Pero tampoco los franceses han estado nunca mejor preparados. Con qué sarcasmo se hizo cargo Bismarck de la pretensión que se anunció en París, después de 1866, con la amenaza de que Francia no toleraría que Prusia apareciese jamás en el Zuider-See. «El hecho de que incluso en los periódicos franceses fuese exacta la ortografía de esta palabra, dijo Bismarck, permite deducir con seguridad una sugerencia extraña, no francesa». Así estimaba una autoridad de su alcurnia, ya entonces, los conocimientos de los franceses sobre una región europea situada bastante cerca. En el año 1919 había que tener en cuenta que los solicitantes más aventureros, surgieron en gran número con memoriales como por ejemplo los de Benesch sobre las circunstancias de Bohemia y Moravia, confundiendo aún más lo poco que sabían los «políticos de la paz».

20.000 kilómetros de nuevas fronteras

De esta falta de conocimientos; de memorias presentadas por gentes interesadas, cuyo contenido de verdad no podía comprobarse; de la necesidad de convertir a Francia, que una vez se colocó por su condición y fuerza nacional en el segundo puesto de los Estados europeos, en una gran potencia con absoluto predominio sobre el continente; del prurito británico de mantener a esta gran potencia Francia dentro de límites inocuos; de la injerencia de una teoría americana muy distante de la realidad, pero no por eso menos obstinada, de todo esto surgieron las nuevas fronteras en 1919. ¡De una asentada, en pocos meses!

En una época en que la aglomeración de grandes masas humanas en las ciudades y territorios industriales, en que el rápido desarrollo de las comunicaciones exigía la constitución de mayores agrupaciones de espacio si debía mantenerse el anterior nivel de vida, ¡se alargaron 20.000 kilómetros las fronteras nacionales y aduaneras! Se crearon muchas nuevas y más pequeñas entidades estatales. Para poder vivir debían aspirar todos ellos, cuando menos en cierta medida, a abastecerse con su propia producción; por ello debían nutrirse forzosamente de la sustancia de Europa, redujeron el nivel de vida general y limitaron la capacidad de competencia de Europa con continentes más homogéneos, como América. La multiplicación de Estados aumentó también la inseguridad general tanto más por cuanto las superficies de fricción que habían conducido a la guerra aumentaban más que el alargamiento general de las fronteras estatales. Este efecto se mostró inmediatamente cuando la lasitud general que había seguido a la guerra europea empezó a ceder. Entonces comenzaron cada uno con todos y todos contra cada uno a concertar pactos para juzgar de cuyo valor basta referirse a la oscura decadencia de la pequeña Entente.

Piénsense sólo en el desamparo de la zona del Corredor, en el descenso de la producción de Alta Silesia, transformada en polaca, y en la ilimitada depauperación de los países sudetes, que habían albergado antes tres quintas partes de toda la industria austro-húngara.

Aquí se ofrece un ejemplo especialmente impresionante de que los «dictados» de paz no sólo eran injustos en sus construcciones decisivas, sino que éstas eran además antinaturales e inviables. Por ello, la propia vida debería ser un día revisor de este complejo artificioso. Vimos que así ocurrió en Checoeslovaquia, insostenible desde el momento en que Alemania volvió a alcanzar un grado normal de salud. En los primeros años posteriores a la creación de este Estado, los alemanes que habían sido incluidos en él pagaron solos algo más del 60% de todos los impuestos; durante los últimos años de crisis, todavía el 40%. Además, a pesar de todos los intentos de variarlo, casi la mitad (46%) de la exportación checoeslovaca iba hacia el Reich y Austria. Si se reúne lo que los alemanes pagaron de contribuciones en el interior del país y lo que recibieron fuera de él en artículos de exportación, resulta por año una suma que representa el doble del elevado presupuesto militar de Checoeslovaquia. Por consiguiente, gentes de lengua alemana pagaban casi dos veces un ejército que se sostenía exclusivamente contra ellas. Una huelga fiscal en el interior, o una guerra comercial en el exterior hubieran bastado para derribar todo el castillo de naipes. Al fin, este Estado fue considerado así incluso por ingleses y franceses.

Hoy estamos en condiciones de juzgar la paz de 1919 por sus efectos en la práctica. No necesitamos ya limitarnos sólo a las numerosas tentativas hechas por sus autores para declinar la responsabilidad cuando execraban en largas exculpaciones lo que ellos mismos habían pergeñado. Todos nosotros hemos sido testigos, ciertamente, de cómo caían uno tras otro los baluartes coactivos del «Dictado» sin necesidad de esgrimir la espada ni de que sonase un tiro. Todo esto ocurrió porque Alemania recobró la fuerza inherente a ella y pudo usarla libremente. Este proceso de revisión por la vida, que debía afluir nuevamente por sus viejos e imprescriptibles cauces, no hubiera necesitado conducir a la guerra sino lo hubiera querido la Gran Bretaña.

Puesto que Inglaterra quiso impedir una revisión sensata de las fronteras orientales de Alemania y declaró la guerra al Reich, ahora se plantea imponente, para cualquier europeo reflexivo, esta pregunta: ¿Para qué una guerra, si la última tuvo como resultado semejante paz y si la paz fue a su vez causa de esta guerra? ¿Pretenden los ingleses hacer comenzar de nuevo la danza macabra?

¿Qué impulsó a los ingleses a la guerra mundial?

En la historia universal se han promovido guerras por cuestiones que sólo mediante las armas podían decidirse. La campaña de Prusia contra Austria, en 1866, es un ejemplo clásico de aquella clase de contiendas en las que puede apreciarse toda la justificación de una guerra. ¿Cuál fue –considerado desde este punto de vista– el móvil principal para los franceses en 1914? Afirmaron que su seguridad estaba amenazada por la unidad alemana, que reunía en un Estado un pueblo que le superaba en 20 millones de habitantes y tenía una capacidad de producción mucho más potente. Pero, en definitiva, Francia no pudo en 1919 destruir la unidad del Reich, no porque no lo pretendiera, sino porque ya no era capaz de hacerlo. Tampoco consiguió hacer desaparecer 20 millones de alemanes, aunque entregó millones de ellos a otros Estados para desnacionalizarlos; en cambio, la conciencia nacional del pueblo germano se había consolidado precisamente por esto. En el entretiempo –y no en último término por esta presión– la Alemania con 60 millones de habitantes se transformó en el compacto bloque nacional de la Gran Alemania, con 80 millones de alemanes.

El objetivo bélico de los franceses era mantener en eterna impotencia al Estado-núcleo alemán. Pero necesitaban para este fin la ayuda permanente de medio mundo y especialmente de Inglaterra y América. Como este apoyo no podía mantenerse a la larga durante la paz y tampoco nunca podrá tenerse en medida suficiente, debieron llevar enteramente solos la carga de la organización destinada a refrenar al Reich. Pero su fuerza no bastaba para esto. El exceso de carga socavó la preponderancia francesa, creada artificialmente. Nosotros hemos presenciado la caída del coloso.

¿Qué impulsó a los ingleses a la guerra mundial? ¿Qué problema querían resolver mediante una contienda con Alemania? Querían superar la creciente preponderancia alemana sobre el continente y dominar al propio tiempo a un competidor que comenzaba a aventajarles en capacidad productiva y comercial. ¿Han alcanzado su objetivo? La respuesta se deduce ya del hecho de que se creen obligados a hacer la guerra después de dos decenios, precisamente por las mismas causas. El conflicto europeo, por cuyo motivo tan importantes debilitaciones tuvo que aceptar con respecto a América y al resto del mundo, tampoco resolvió para Inglaterra ninguno de los problemas por los que creyó tener que desencadenarlo. ¿Son hoy los problemas de la vida europea diferentes de como Inglaterra y Francia los consideraron en 1914? ¿Tiene la guerra actual ni siquiera una probabilidad de colmar los deseos que los ingleses llevaban en el corazón cuando se decidieron a promover la contienda? De ningún modo: las circunstancias que ha traído consigo la progresiva vida en Europa hablan hoy todavía más claramente en favor de Alemania y más claramente en contra de la mentalidad criminal de quienes han precipitado a Europa en una nueva matanza, a causa de estos problemas. ¿Por qué? Porque la vida, entre tanto, ha seguido su curso, impasible ante el «Dictado» de paz, y porque toda Europa tenía todavía fresco en el recuerdo lo que quiere decir pretender sofocar violentamente la vida. Cualquiera sabe cómo aumenta entonces el paro obrero en todos los países, lo estrechamente vinculado que está todo en nuestro continente, lo difícil que es circunscribir las crisis a un país, en otras palabras, cuán grande es la interdependencia del destino para todos los pueblos europeos.

Estaba y está muy difundida, sobre todo en los pequeños países, la opinión de que Inglaterra es amiga de la libertad de los pueblos porque tiene interés en la disgregación del Continente, en su división en muchos pequeños Estados. Esto es cierto para determinadas clases de estos países que se benefician como espectadores de Inglaterra en el llamado comercio mundial y en todo lo relacionado con él. Pero no lo es para la gran masa ni para los pueblos a los cuales sólo una estrecha colaboración, una unión más amplia puede ofrecer protección en el mercado mundial contra la concurrencia organizada por Inglaterra con sus salarios de esclavos o de coolies. Precisamente por las repercusiones de la última guerra, la competencia ha revestido en el mundo, durante los pasados decenios, formas que obligan a los pueblos europeos a colaborar más estrechamente si quieren mantenerse ellos mismos y su elevado nivel de vida. Hasta esta guerra Inglaterra sólo había tenido interés en estados intermedios frente a su costa y en que Europa no reuniera jamás sus fuerzas.

¿Por qué debe Alemania ser para Europa?

Para la política alemana la cosa es completamente diferente. El Reich no puede oponerse a la vida, según ésta quiera discurrir en el Continente conforme a sus propias leyes, porque él mismo forma una parte importante de esta vida. Inglaterra niega que su destino esté vinculado a Europa; Alemania, en cambio, no puede vivir de ningún modo sin reconocer teórica y prácticamente este nexo. Esto lo ha probado también el proceso de las últimas décadas. Se creía poder desvalijar a placer al Reich, estrujarlo y reducirlo a la miseria. ¿Cuál fue la consecuencia? Que todos, con inclusión de aquellos que querían lanzarle a la pobreza eterna, fuesen afectados por la enfermedad alemana; que también ingleses y franceses fuesen alcanzados y sacudidos por las mismas crisis que provocaron en Alemania. El Reich es el corazón de Europa. El continente es sano si lo es este corazón y enferma también cuando aquel padece.

Todo esto ha dejado hace mucho tiempo de constituir meras afirmaciones. Se recuerda la obstinación con que los ingleses han combatido los elevados precios que Alemania pagaba por sus productos agrícolas a los países agrarios del continente. El Reich sustraía con ello los ingresos de los campesinos de estos países a las oscilaciones de los mercados mundiales anglosajones. Mister Willkie lo imagina ahora así: si triunfa este método alemán de una representación homogénea de los intereses económicos europeos en el mundo, si nuestro oro no puede tomar ya su tiránico rumbo donde quiera, América no podrá mantener su nivel de vida. Muy bien: los ingleses han considerado así la cosa cuando comenzaron esta contienda con una guerra económica y un bloqueo financiero contra el Reich los cuales, dicho sea de paso, han perdido ya definitivamente.

Los británicos saben mejor que nadie que Alemania debe defender a Europa si quiere defenderse a sí misma. El Reich no puede existir contra el continente, no puede prometerse ganar ni siquiera lo más mínimo para sí perjudicando a Europa. Por ello, Alemania debe organizar la nueva paz de manera que vincule fructíferamente la prosperidad propia a la de todo el Continente. La paz que Alemania necesita debe conducir a Europa a una nueva vida propia. Pues esta vida ha variado fundamentalmente desde sus cimientos, durante el último siglo, por la revolución industrial y por la formación de Estados de masas. Europa, si quiere vivir, ya no puede mirar sólo a sí misma y a sus propios litigios; debe tener en consideración las diferentes circunstancias mundiales y de competencia. Alemania tiene el mismo interés. Además, encaja con la esencia más profunda de los ideales civilizadores alemanes no creer en el logro de una abstracta felicidad eterna en esta miserable tierra, como los autores de la paz pretendieron en 1919 y lo prometen hoy de nuevo, sino hacer un trasunto fiel de las leyes naturales. Para Alemania es una exigencia inexcusable de su propia vida poner de acuerdo con las circunstancias estatales las realidades naturales en la vida de los pueblos europeos que no admiten variación; además ha de conciliar la aspiración de los pueblos a modelar libremente su propia vida con las necesidades que impone la situación mundial al continente.

La unidad de Europa no puede surgir de la discusión, como se imagina Inglaterra, sino de la participación de todos en tareas comunes. La gravedad que tiene y debe tener para Alemania encontrar protección y formas de progreso para la vida política en Europa se deduce del considerable sacrificio que ha hecho sólo con la transplantación de los residuos de su pueblo en los Estados orientales. Recuérdense además los beneficios que la política comercial alemana reportó a todo el sudeste de Europa, que bajo sus efectos, ni siquiera contrarrestados decisivamente por la guerra, disfrutó desde 1933 de un progresivo desarrollo económico. Hay que señalar también la eliminación de las tensiones internacionales mediante revisiones y arbitrajes, tensiones que se hicieron surgir reiteradamente en el mundo con el designio de no dejar en calma a Europa.

Así comienzan ya a bosquejarse, primero en el proceso económico, los contornos de la paz que Alemania proyecta. Como esta paz debe encontrar las formas políticas más ajustadas y eficaces a la naturaleza política de las naciones operantes y creadoras en Europa, no puede formularse sobre el mapa, sino surgir paulatinamente de la observación realista del presupuesto europeo. Por ello no nos sorprende que hoy exista ya de la paz y de la nueva Europa mucho más de lo casi todos pueden ver e incluso presentir.


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