El Español
Semanario de los españoles para todos los españoles
 
Madrid, 24 febrero-2 marzo 1957
II Época, nº 430, páginas 17-20

Enrique Ruiz García

Rodrigo Royo, entre El sol y la nieve

«La División Azul fue la expresión de un pueblo
que tiene conciencia histórica y quiso demostrarlo»
Una novela de actitudes españolas

«Para mí, la División Azul fue la expresión de un pueblo que tiene conciencia histórica universal y quiso demostrarlo.» «Y encima de todo, mi fe permanece viva. Yo creo que existe mucho mayor margen de posibilidades humanas que lo que se detecta en la superficies.» «Periodista, escritor, viajero. Identificado con una generación que ha sufrido, que ha galopado entre pensamientos patrióticos.»

Rodrigo Royo

Quince años después

Se han abrazado reciamente. Se han separado un instante y han comenzado a mirarse poco a poco:

Pues estás igual, Rodrigo.

¡Eso, tú!

¡Uf! Mira cómo estoy de calvo.

¡Quince años que no nos veíamos, Mateu!

Ahora quedan en silencio. Los dos hombres, jóvenes y marcados por el hierro de la historia pasada, dejan de pensar en ellos. Otros hombres, sombras, recuerdos, vuelven.

Te digo, Rodrigo, que algunos de los personajes de tu novela los hemos conocido. De mi decían los de mi Escuadra que tengo algo de… ¡Ni hablar, no me parezco nada! ¡Pero quien está clavado es…!

Han salido juntos del bar. Han caminado juntos, con el zapato brillante y negro de la ciudad, por las calles húmedas y frescas de Madrid. Llueve sobre ellos ligeramente. Dos soldados de la División que hacía quince años que no se veían los reúne ahora una novela: El sol y la nieve. Los dos están en ella. El que la escribe y el que la lee. Han entrado en uno de esos restaurantes calientes y gratos que se apellidan en germano, y antes de despedirse de mí han vuelto a reeditar su alegría:

¡Pues te veo igual!

¡Bueno, ni pensar que yo sea ese tipo tan simpático de la novela! ¡Si se entera mi mujer!

Una sonrisa juvenil, alegre y festiva dilata durante un instante la pausa, la quieta tristeza que va incursa en el encuentro.

«La vida era un cuadrilátero de entrenamiento para la lucha»

Tengo ahora a Rodrigo Royo, de treinta y seis años, periodista, escritor y viajero, diez años de corresponsal periodístico por el mundo, frente a mí. Acaba de quitarse el sombrero. Con él puesto parece un personaje del cine. Ese tipo humano patentado por el galán inglés. Pero el retrato sería injusto. Rodrigo Royo queda identificado con una generación que ha sufrido al mirarle los ojos, medio claros, pero quietos, fijos, concentrados y dolorosamente idos hacia adentro, ausentes.

Rodrigo Royo besa a su hija, de cinco años. Que yo me entero de su edad porque ella lo dice sin que nadie, la verdad, le haya preguntado nada.

Tengo cinco años. ¿Tú no lo sabes?

Uno no lo sabía.

Detrás de ella viene en el cochecito la segunda. Esta tiene seis meses. El padre la coge en brazos, feliz, y tararea levemente una canción, una tonadilla arbitraria y optimista. La niña mueve sus piernas en perfecto acorde de ritmo y de gracia:

Lo ha aprendido a hacer en seguida. Unos días de ensayo y ya está –dice sonriente.

La esposa de Rodrigo Royo es colombiana. Es joven, rubia, tranquila. Le pregunto:

¿Qué piensa de su marido?

Me mira asombrada:

¿Qué tengo que decir?

¡Ah! Eso no vale.

Rodrigo Royo

«El mundo es un cuadrilátero de entrenamiento para la lucha»

Ya estamos ahora, sin más, en el ruedo de la conversación. Rodrigo Royo ha escrito una novela sobre la División Azul y esta novela, su edición, se ha vendido en veinte días. La novela es un cuadro, el marco de una de las más hermosas y dramáticas experiencias españolas de los últimos años. Un hombre joven está dentro de ella. ¿Cómo piensa? ¿En qué cree hoy?

Yo vi siempre el mundo como un cuadrilátero de entrenamiento para la lucha. Cuando era joven llegué a tener un deseo concreto.

¿Cuál era?

La decisión absoluta de romper el cuadro del cuadrilátero y ganar nuevo espacio, nuevos horizontes. De romper, en fin, con el viejo marco provinciano que nos rodeaba en todos los sentidos.

Las palabras se van ahora por la vereda familiar. Por eso que explica a los hombres.

Yo era el cuarto de seis hijos. Mi padre era un hombre extraordinariamente inteligente, pero que se había quedado anclado, acaso por comodidad, en el pueblo de Ayora, en Valencia, donde ejercía la profesión de abogado…

Una leve pausa. Un gesto rotundo con las manos.

Abogado de pueblo, que es una profesión que se ejerce en esos sitios con el rigor de la Medicina, confidente y amigo de todos.

Repentinamente me habla del campo, de la tierra desnuda.

Ahora será siempre para mi el campo. Es una de las cosas que más me gustan y que más echo en falta. Hasta después de los diez años no vi una ciudad ni subí a un tranvía ni a un ascensor. Mi vida transcurría sencillamente, tranquilamente.

¿Ya pensabas qué ibas a ser?

¡Hombre! Eso estaba decidido desde mi más tierna infancia: iba a ser abogado.

Nos reímos los dos anchamente. Pasado el tiempo en el momento mismo de ingresar en la Universidad, Rodrigo Royo se alistó en la División Azul:

Preferí la licenciatura de la guerra.

No hay en sus palabras, lenta y sobriamente dichas, la menor fanfarronería. Es un hombre joven, delgado, lleno ahora de repentina fe.

«El espíritu humano era más ancho en la base de lo que yo había calculado»

¿La más importante?

La respuesta es matemática. Sin una sola duda. Rectilínea:

Quedé convencido que la vida y el espíritu humano era más ancho en la base de lo que yo había calculado de muchacho, y ello, de verdad, me causó una viva y sorprendente alegría.

Naturalmente, una novela más sobre la División es un suceso que merece la pena tocarse por sí mismo. Ninguna división del mundo ha producido desde sus propios participantes tan  rica aportación literaria.

Depende fundamentalmente de quiénes la compusieron. Un enorme grupo de estudiantes y universitarios, de gente joven, en fin, que se sintió espoleada por su vocación literaria a contar su experiencia. A escribirla.

«La expresión de un pueblo que quiere salir al mundo»

Ha venido la niña de Rodrigo Royo, muy dueña de la situación, a contarnos que a ella ya la habían retratado en otra ocasión. Un niño, amigo de la casa, poco más o menos de su misma edad, la interrumpe:

Pues a mí también. Pero yo cerré los ojos porque el sol me «chocaba» en ellos y no me dejaba ver. Los tengo «todos» cerrados en la foto.

Los niños se van repentinamente, cogidos de la mano, contándose sus misteriosas y dulces cuitas infantiles. Les oímos: «Mi papá me dice que no tenga la boca abierta…»

Les vemos correr por el pasillo.

Ahora, al cabo de quince años, ¿cuál es la razón más importante que encuentras en la salida de la División Azul?

Para mí, dejando aparte las razones de todo tipo que pudieran hacer salir a cada uno, individualmente, a la palestra, creo que, en su conjunto, fue la expresión de un pueblo que tiene conciencia histórica universal y quiso demostrarlo. Por otra parte, y como pasado el tiempo lo veremos todos los españoles, la División está en la línea de las grandes gestas españolas, en las que no hay nada de gestas, sino de hechos reales, desnudos, verdaderos. Es decir, gesta auténtica.

Rodrigo Royo

«Mi fe permanece viva»

Quisiera hacer trascender a este diálogo, mejor que en ningún otro caso, mucho de lo que queda siempre entrevisto en toda conversación aquello que queda por encima y aparte del flujo y reflujo de las palabras: el gesto, la tensión, las frases a media hacer. Estamos ante un hombre joven, ha andado y sufrido. Fue de un lado para otro. Trajo un coche de América; ya lo ha tenido que vender. La vida es lucha.

Por encima de todo mi fe permanece viva. Yo creo que existe mucho mayor margen de posibilidades humanas que lo que se detecta en la superficie. Personalmente, lo aseguro, me ha dejado sorprendido la actitud de la minoría divisionaria. Parecía inexistente, cada uno en su trabajo, perdidos unos de otros, y de pronto los he visto a todos.

¿Qué piensas de ello?

Mantengo esperanza en la resolución de los problemas y pienso, como ya te he dicho, que hay mucho más, hacia lo profundo, que permanece intacto, permanente.

«Escribí El sol y la nieve entre Bogotá, Madrid y Nueva York»

Antes de publicarse en español la novela de Rodrigo Royo apareció en inglés en Estados Unidos. Desde su regreso de Rusia en 1942 hasta 1950 el tema no avanzó, sin embargo una línea.

Me daba vueltas el tema en la cabeza, pero no empezó a tomar una forma concreta hasta el año 1950. Me documenté todo lo posible sobre la guerra en su conjunto, no lo que veíamos nosotros desde nuestro agujero, para tener yo también una idea más universal de las cosas. Así, por ejemplo, dentro de la trama novelesca, es completamente histórico el relato que hago de la organización del episodio de la resistencia de los «partisanos» rusos a nuestra retaguardia. El suceso, ocurrió poco más o menos en nuestro frente y tomaron parte en la reunión Vorochilov, Vlassov y Krustchev.

El escenario de la creación del libro es triple: Rodrigo Royo trabaja en sus cuartillas a lo largo de cinco años y principalmente en tres ciudades: Bogotá, Madrid y Nueva York. Es el hacer y deshacer. Cuando entrega el manuscrito al editor americano quiere éste, teniendo en cuenta la mentalidad americana, algunos cambios.

¿Y ahora?

La emoción más importante que he recibido se basa en lo siguiente: me han llegado más de doscientas cartas…

Una jovial sonrisa:

Aquí, donde la gente no escribe, ya se sabe, ni a su familia. Tengo, pues, el testimonio de toda esa gente que ha sentido la necesidad de ponerme unas letras para decirme que estaba de acuerdo con lo que decía, para decirme que estuvo allí, en «esa» batalla o en aquel combate.

¿Te sorprendió?

Nadie se ha quedado tan sorprendido como yo.

Entramos de lleno en este momento en un asunto importante. Me ha enseñado numerosas críticas de los periódicos norteamericanos recogiendo la aparición en inglés de su novela. Son, en líneas generales, muy favorables. Alguna, sin entender de que se trata cae en la especulación política. Al margen de ello, es un libro más, de un joven español que ha traspasado la frontera estadounidense.

Mi novela, con las de Gironella, Cela y Javier Martín Artajo, ha puesto a los editores americanos en la pista de una cantera de riqueza y variedad inmensa (me refiero al resto de los escritores españoles) que, por un cúmulo de circunstancias adversas, había permanecido hasta el momento presente alejada de su especulación editorial. Esa es toda su importancia.

Rodrigo Royo

«Yo sé que no he escrito El Quijote»

Me complace decir que Rodrigo Royo, un español de treinta y seis años, se manifiesta esperanzado. Todo él manifiesta confianza y serenidad. Quizá por encima de sus nervios. Piensa en nuevos libros.

Ahora, después de terminar éste, el último, el escritor se queda desnudo y vacío. Exactamente igual que si estuviera en el desierto o en ese momento tremendo cuando, dando una conferencia, se te han ido las ideas de la cabeza y empiezas a preguntarte desoladamente: «¿Y qué digo ahora? ¿Y qué digo ahora?»

¿Y qué vas a decir ahora?

Sonríe mientras toma el café. Vuelve la mirada hacia su esposa, que está quieta, callada, recogida en sí misma, como si ella hubiera pasado las mismas noches en blanco, las mismas horas de esperanza y desaliento. La mirada de ambos se cruza y funde sosegada y calladamente:

Mi colaboradora –dice él, casi sin darse cuenta.

¿Y qué vas a decir ahora?

Yo sé que no he escrito el Quijote, ni mucho menos; pero ya tengo avanzado mucho un libro de ensayo y la idea general de una novela.

Hablamos de la novela. Del libro. Al otro lado de lo mecánicamente novelístico queda en función presente y activa el grupo de soldados que viven en él. Hablan, escriben, dialogan y vociferan. Pero de ese diálogo vivo, enérgico, trasciende verdaderamente un ensayo de actitudes españolas. Ese español pequeño, constante e inconstante, eterno siempre, aun en las diferencias.

Sí, desde luego, yo he querido retratar aquel ambiente.

Hemos dejado la conversación arrinconada. Muchas de las palabras, por extremado cuidado que tuviésemos ambos, él, al decirlas y yo al trasladarlas, podrían parecer tópicos. Y no es así. Su esposa ha traído el retrato del joven divisionario Rodrigo Royo tal cual era el día que le dieron, a los dieciocho años el uniforme. Ha pasado mucho tiempo. Mateu decía ayer:

¡Estás lo mismo!

No es verdad. Algo se ha endurecido y quebrado. El dolor es mejor.

Ya hemos acabado, Rodrigo Royo.

Ya.

Enrique Ruiz García.
(Fotos de Aumente.)

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