El Español. Semanario de la política y del espíritu
Madrid, 24 de abril de 1943
año II, nº 26
página 4

El cine al servicio de la política
El bolchevismo y el capitalismo
usan del cine como arma de penetración
Valor político de la cinematografía alemana e italiana
El «No-Do» y las películas hispanoamericanas. Alerta a la influencia política del cine anglosajón. Necesidad de un cine nacionalsindicalista. Una Isabel la Católica, encarnada por una actriz francesa. Un primer paso en «Raza». Consigna política para nuestra cinematografía
por Gumersindo Montes Agudo

Barrer el cine basura, dibujo de Suárez del Arbol (Lorenzo Goñi) Si pretendéis pasar un rato de vuestro ocioso domingo presenciando la proyección de una película, debéis intentar adquirir vuestra localidad uno o dos días antes, y si el local es de los llamados de sesión continua, prepararos para soportar una cola de varias horas antes de penetrar en el salón. La gente acude hoy a los cines en proporción creciente, sin que la detenga el elevado precio de las localidades ni la mediocre calidad de la mayoría de los programas. En todas partes se habla de asuntos con el cine relacionados; se persigue a los artistas con demandas de autógrafos; las revistas dedicadas a este tema tienen un núcleo lector fiel y apasionado; se abren nuevos y lujosos salones de proyección; día a día se suscita el viejo pleito del cine y el teatro, de su mutua influencia y de su lucha por el favor del público. Todo ello en prueba de que existe un fervor popular, una afición al cine cada vez más amplia.

Para saciar esta afición devoradora de celuloide, nuestras casas productoras lanzan al mercado películas en su mayoría realizadas con apresuramiento, más atentas al negocio de la hora que a la misión que deben cumplir. Porque al cine le corresponde, en este resurgir de lo auténticamente español, el elevado valor formativo de crear nobles ideales, de ser un arma valiosísima en nuestra empresa espiritual de reconquista. Hemos tardado mucho tiempo en darnos cuenta de que hay que tomar en serio la consecución de un cine auténticamente nuestro, popular, y por ello universal, pues aunque el cine tenga una raíz y un estilo nacionales, esto no le privará de difusión, antes al contrario, le valorizará en el mercado y le hará merecedor de respeto y atención.

No pretendemos aquí fijar consideraciones técnicas acerca de nuestro indiscutible progreso cinematográfico, ni siquiera una crítica de su orientación argumental. Hoy queremos hacer una serie de consideraciones acerca del tema «Política y cinematógrafo», y del uso que en España se ha hecho de este factor importantísimo para la fijación de hechos y principios políticos. Y ello en los dos aspectos; de producción propia y de lo que pudiéramos llamar relaciones con el exterior cinematográfico.

En todas las naciones se viene utilizando el cine como poderosa arma política. En cada país ha adoptado un perfil, una modalidad distinta para encubrir la propaganda que oculta. El cine ruso es quizá el más descarado en la exposición de principios políticos. Con sus hondos problemas psicológicos y su exaltación revolucionaria y proletaria, consiguió, no cabe dudarlo, un elevado nivel artístico, trabajando con tesón en la conciencia estrecha de la masa y moldeando su alma con la fuerza de unas reacciones crueles que la pantalla le presenta. Entre construcciones de cemento, tractores y fábricas de armamentos encajó una producción que es un himno continuo a la lucha de clases, a la victoria final del proletariado, al resentimiento como única reacción colectiva.

Frente a este cine sombrío, los norteamericanos alzaron el suyo, dinámico, alegre, intrascendente, cine ideal para que la burguesía pase horas y horas embelesada ante una farsa completamente simple en la mayoría de los casos; pero que, presentando un único lado de aquella civilización –rascacielos y «girls», música negra y una Escuadra flamante (hasta Pearl Harbour)– oculta las llagas de un sistema explotador, con sus millones de parados, sus huelgas sangrientas, sus tinglados judaicofinancieros, y sobre todo –y ahí está su gran motivo de rencor para Europa– su tremendo vacío histórico.

Vemos, por tanto, que cada sistema político presenta en la pantalla lo que más conviene a su propaganda interior y exterior. Así, Alemania e Italia, con sus noticiarios, sus películas culturales, sus films sobre temas históricos, que tras la anécdota argumental ocultan importantes conclusiones de valor político, sus películas biográficas acerca de las grandes figuras militares o científicas, sus viejas leyendas puestas al día con el orgullo de quien presenta la más cumplida prueba de que el amor y la belleza, el valor y la fe escoltaron sus viejas civilizaciones, construyen igualmente un cine eminentemente político.

¿Y en España, qué se ha hecho en este aspecto? Como en tantas otras cosas, forzoso es reconocer que muy poco. En estos últimos años, algunas películas acerca de episodios de nuestra guerra, diestramente llevadas por un grupo de directores jóvenes, ya que los veteranos parecen huir de estos temas heroicos para refugiarse en otros más trillados y «apolíticos», que van mejor con su temperamento. Al fin y al cabo, vienen haciendo este mismo cine avestruz muchos años y les ha ido muy bien. Su apartamiento de las inquietudes populares; ellos son los que han dado al cine español marchamo de neutralidad, pero también de esterilidad y vejez prematura, a su imagen y semejanza. Una película –«Raza»– fue el primer paso importante hacia un cine nacional de altura que coordinase arte y propaganda, eficacia política y provecho comercial, y para ello tuvo que ser concebida y llevada a cabo por un organismo del Estado. Allí donde ha ido esta película, se ha visto con interés porque es el exponente de un paso más que España da en el camino de su revolución. En las proyecciones del Coliseum de Oporto, en las sesiones privadas para jefes de departamentos ministeriales alemanes o en las jornadas triunfales de la Bienal veneciana, nuestra película atrajo la atención y sirvió de vehículo de nuestra política, afirmativa y creadora.

Pero no basta con estos primeros intentos, hay que continuarlos aún más intensamente. No olvidemos, por ejemplo, que está por hacer la película que recoja la lucha falangista de los años difíciles, las jornadas de siembra esmaltadas de hechos y figuras de romancero, los momentos inmortales –como aquel de Alcubierre– que jalonan la historia guerrera de nuestras banderas. (Hemos leído que en el Concurso de guiones convocado por el Sindicato Nacional del Espectáculo se ha premiado uno, original de unos camaradas valencianos, que recoge este tema, aún inédito, de las primeras luchas de la Falange. Veremos qué casa productora lo realiza y a qué Director se confía: será interesante.)

Y enlazando este aspecto político del cine como vehículo de propaganda hemos de referirnos a ese otro que podemos llamar de las relaciones con las cinematografías extranjeras.

Hasta nuestra guerra hubo en España una influencia avasalladora del «cinema» anglosajón; pero después de nuestro triunfo nacional debían haber cambiado algo las cosas. No tenemos hoy deseo de avivar rencores ni de resucitar pasados agravios, pues si recordamos el Comité de Intervención –y otras cosas– nos vamos a poner de muy mal humor. Pero lo indudable es que hubo unos pueblos que estuvieron a nuestro lado, que nos ofrecieron sus armas y sus hombres, en ayuda que no olvidaremos. Pues bien, en el campo de la cinematografía fue lo mismo. Los estudios de Roma y Berlín estuvieron abiertos para que nuestro cine velase sus primeras armas, su material y técnicos, puestos a nuestra disposición; hoy día continúan abriéndonos un crédito de confianza y ayuda, que se traduce en las distinciones de la Bienal, en las invitaciones para viajes de estudio a nuestros técnicos y artistas –recordemos la presencia entre nosotros, a ese objeto, del doctor Duewell–, y tantos otros detalles de deferencia y cortesía que deben tenerse en cuenta. Por eso nos sorprende ver la lista de películas estrenadas en Madrid en el año 1942 y encontrarnos con veintinueve norteamericanas y veintiuna inglesas, por nueve alemanas y ocho italianas. La desproporción es tan visible, que sin que pretendamos ahondar mucho en esta cuestión nos preguntamos: ¿Es mejor el cine inglés y americano que el italiano y alemán? Yo no lo creo, y, como yo, una gran parte del público. Recordemos que uno de los mayores éxitos del año que nos ocupa fue La corona de hierro, magnífica cinta italiana. ¿Es que Italia y Alemania producen menos? Tampoco es una razón, pues el ritmo alemán de producción es cada vez más intenso, sus medios se perfeccionan continuamente, sus estudios más amplios y su técnica más avanzada –ahí están sus maravillosas películas en Agfacolor, que aún no sabemos cuándo se estrenarán en España–. El «cinema» alemán no sólo mantiene la programación de más de ocho mil locales propios, sino que surte el mercado continental, a la par que presta su apoyo decisivo a la cinematografía centroeuropea. Respecto a Italia, sólo diremos que el año pasado produjo 106 películas de largo metraje, más los noticiarios y 34 «films» culturales de la Luca y la Incom. No creo tampoco que se nos presenten mayores dificultades de cambio de moneda o de transporte con Italia y Alemania que con Inglaterra y Norteamérica, de forma que tenemos que llegar a la conclusión de que es él público y las Empresas –éstas, sobre todo– quienes orientan ese crecimiento en el número de estrenos anglosajones. Y como ya hemos visto que cada cinematografía sirve a su propia propaganda, y hoy más que nunca en razón del conflicto mundial, resulta que una influencia política anglonorteamericana pesa sobre nuestro público de cine. De esta manera, muchos conceptos opuestos con nuestro sentir español se clavan, en un público que inocentemente cae en el garlito. Recuerdo que asistí al estreno de Ninotchska, de la Garbo, en compañía de un italiano destacado a la sazón en España en misión oficial. Era mi acompañante un recio ejemplar de fascista, desde las horas iniciales de la milanesa plaza del Santo Sepulcro. Parecía que la película de Lubischt tenía que agradarnos, ya que era una sátira contra el bolchevismo, finamente llevada, con un ritmo muy cinematográfico, y en esta forma se orientaban los comentarios de los cándidos espectadores. Sin embargo, a ninguno de los dos nos gustó la película. Recuerdo que a la salida me decía mi acompañante: «Este es cine burgués, y, por tanto, para mí, despreciable. Estoy más cerca de comprender a la muchacha fanática que llega a París con la obsesión de su idea y de su misión que de aquella que renuncia a la obra fijada por las caricias tentadoras de un mundo burgués que termina aprisionándola. Prefiero cien veces la personalidad fría del comisario que la despreocupada y seductora del parisién que vive únicamente para gozar de los refinamientos de una sociedad aturdida y estéril. En cuanto a los tres enviados del Soviet, estoy seguro que no es un tipo el suyo que se dé en Rusia, y ya tenemos esa amarga experiencia en muchos pueblos donde han llegado en embajadas similares. Toda la película es una afirmación capitalista, y por eso estoy en completo desacuerdo con la teoría que presenta. Ahora, que si doy mi opinión a estos espectadores, se asustarían, tomándome por un bolchevique.» Tenía razón en lo que me decía. Con aquella película norteamericana no daba ningún golpe importante a Rusia –hoy su aliada–, y en cambio hacía una taimada propaganda de su sistema social y político ante los ojos de los halagados burgueses y de los que sin serlo creían en la superioridad de una civilización que lo único que pudo ofrecer a Ninotchska fue un ridículo sombrero y una borrachera de champán.

Estas consideraciones crean una cuestión a estudiar, si se quiere corregir los errores derivados de un clima cinematográfico propenso a determinadas y ajenas influencias políticas. Por eso aplaudimos sin reservas la aparición del noticiario español «No-Do», que, como dijo su director, nace enteramente libre e independiente. Con él se podrá servir una política, la de España, llevando hasta el último rincón del mundo la presencia orgullosa de nuestras juventudes, la fecundidad de nuestras tierras, la creciente reconstrucción de nuestra Patria redimida.

Otra deducción importante acerca de este factor político que el cine presenta es la simpatía con que se acoge por todos los públicos nuestros las películas hispanoamericanas, que sin grandes complicaciones argumentales, con una técnica correcta y unos artistas discretos y bien conjuntados logran permanecer en nuestros carteles meses y meses, popularizándose sus canciones y sus figuras. Vemos así cómo el cine sirve una de nuestras premisas políticas: la Hispanidad.

Llegamos, por tanto, a la conclusión de la necesidad de un cine que lleve nuestra política ante los ojos del mundo. Si a través de la pantalla el espectador ha sido testigo de las andanzas misioneras de los capuchinos en Eritrea, y de los peligros que en Tierra del Fuego y en Anking corren salesianos y jesuitas en su admirable y heroica labor; si hasta Pío XII consiente en que su imagen sea vista en las pantallas del mundo desde su nacimiento, en el palacio de la Vía Orsini, hasta estas horas en que rige la cristiandad; si todos los jefes políticos se asoman ante la cámara en los momentos decisivos de sus pueblos y aun de su intimidad; si vemos que el índice de nuestro voluntariado crece a raíz de la proyección de La Marina os llama, película de propaganda de la afición marinera española; si a través de Raza el mundo ha empezado a apreciar nuestra hidalga y heroica actitud ante la rapiña del 98, hemos de convenir en la eficacia del cine como portador de un mensaje político. Verdadero y auténtico periodismo en acción –que así lo ha definido un camarada nuestro–, recoge y capta el momento de los pueblos, su tensión y su esfuerzo, su ideal y realizaciones.

El cine es un arte eminentemente sindicalista, con un ciclo de producción que se ajusta admirablemente a nuestro sistema vertical. Guionista, decorador, operador, director, actor, productor, son elementos que juntos intervienen, en la película, y todos ellos deben servir esta concepción política que esbozamos. Hoy, que el cine español tiene seriedad, que se ha desposeído de ese aspecto de aventura y truhanería que le hacían ser el último refugio de la picaresca, ya no se dará aquel bochornoso caso de que cuando un productor español quiso llevar al cine la epopeya del descubrimiento de América no encontrase en España ninguno de los elementos necesarios, y fuese un ingeniero yanqui el que le solucionase toda la parte técnica; un director francés, el que la llevase a término, y asimismo franceses e italianos los intérpretes de una historia auténticamente española, que no encontró entre nosotros quien la realizase. Eran los tiempos negativos y cobardes de 1917, cuando en España se hacían negocios a la sombra grata de la neutralidad y las solapas se adornaban con unos botones que decían: «No me hable usted de la guerra.» Don Alfonso, en Palacio, dicen que se recreaba con las mejores películas extranjeras, y él mismo y su real familia posaban con frecuencia ante la cámara de la Casa Pathé; pero cuando se pensaba en llevar al cine una hermosa página de nuestra Historia, no se encontraba actriz en España para el papel de Isabel la Católica y se tenía que recurrir a Nadette Darlon.

En esta hora afirmativa de España, nuestro cine debe cumplir esta elevada misión que hoy señalamos; superar la burguesa concepción del negocio, para buscar el más alto premio de la obra fecunda. Sólo así podremos estar orgullosos de una cinematografía que, a pesar de contar con valiosos elementos, no cuajó aún en la realidad magnífica que para ella deseamos. Porque nuestro cine tiene la alta misión política de presentarnos en el mundo como lo que somos, con nuestro orgulloso sentir, pensar y obrar español.


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