El Español. Semanario de la política y del espíritu
Madrid, 24 de abril de 1943
año II, nº 26
páginas 16 y 13

La arquitectura de la obra tomista
por Eugenio Frutos Cortés

El Español, 24 de abril de 1943, nº 26, página 16 La comparación de la ingente obra de Santo Tomás, y particularmente de la Summa Theológica, con las catedrales góticas se ha constituido en tópico. El tópico, difundido con entusiasmo, juega su papel en la cultura, impulsa a los hombres y difunde el conocimiento. En épocas de intensa producción colectiva puede evaluarse por cima de la originalidad, cuando la originalidad, por no ser genial, se queda muchas veces en extravagancia.

Pero para que ese tópico sea eficaz se hace preciso dotarle de contenido. La comparación de la obra literaria de Santo Tomás con la arquitectura de su tiempo se ha hecho siempre a grandes rasgos y más por impresión afectiva que por conocimiento. No se ha intentado apurar la semejanza expresiva de las dos especies de obras como traductora de un mismo espíritu: el espíritu del gótico.

La esencia del espíritu de esta época es el ansia de infinito (tan occidental), traducida en ascensión vertical a lo trascendente, que es el infinito mismo. Y ésta ascensión la verifica tanto el individuo, como persona que ascendiendo se ennoblece, como la colectividad que expresa su comunión en las grandes obras del tiempo. La escolástica, como la catedral, es un bien común al que cada uno aporta su alma con todo entusiasmo, y aunque anónimamente, no tanto como el siglo anterior.

La misma tendencia a lo infinito encontramos en otros momentos, como en el barroco, pero expresado diferentemente: no en ascensión vertical, sino en desbordamiento esférico. No es casual esta coincidencia última. También se ha señalado la coincidencia arquitectónica de ambos periodos, incluso en la evolución expresiva de formas rectas a curvas, y en la renovación de la gran metafísica, tras el vacilante período filosófico del Renacimiento.

La esencia de aquel espíritu gótico se expresa tanto en la arquitectura catedralicia como en la Teología escolástica, como en la Divina Comedia. La obra tomista es su más lograda expresión conceptual.

Esta expresión quiere serlo de todo íntegramente: quiere unir lo natural a lo sobrenatural, el alma al cuerpo, en una armonía totalitaria y superior. No es que las épocas anteriores mantengan un dualismo absoluto entre lo terreno y lo divino. Pero Santo Tomás es quien formula clásicamente la simultaneidad de la inmanencia y de la trascendencia en la analogía del ente. En su obra, como en las catedrales, lo espiritual y lo material (la idea y el razonamiento que la formula y demuestra) forman un todo perfecto. Recuérdese también su insistente consideración del hombre íntegro. La catedral gótica une el sacro espíritu y la profana forma casi desmaterializando el material arquitectónico. En cambio, el barroco sensualiza lo espiritual en su especial manera de expresar el espíritu y la materia.

Se ha mirado el arte barroco como una síntesis del románico y del gótico, definiendo el románico como una «espiritualidad objetiva», y el gótico como una «espiritualidad subjetiva». El románico acentúa la gravedad terrestre; el gótico, el ímpetu del alma a lo divino. Si nos fijamos en las catedrales románicas, veremos que desarrollan la masa, el muro. Por el contrario, el gótico equilibra los movimientos sobre los pilares: los muros tienen solamente un papel de límite, y de límite siempre sobrepasado. Frente al muro como principio de toda arquitectura, roto según intervalos rítmicos que vienen a traer lo de fuera, lo trascendente, a este interior románico cerrado, opone el gótico su aspiración abierta; en este estilo, el muro se rompe, se reduce y adelgaza en los altos y estrechos pilares; un impulso que brota de dentro anula todo límite, pero no anula ese «dentro», ese sujeto de donde el impulso brota. Pero estos límites sutiles es preciso mantenerlos, si la expresión no ha de ser panteísta. La arquitectura, para no borrarlos ni espesarlos, recurre a un artificio: el arbotante. La sutileza es mantenida desde fuera, de modo que el sujeto interior no sienta la pesadumbre del límite, pero tampoco borre su yo en lo infinito.

Así, la catedral gótica es aérea. clara, energética. La obra tomista participa rigurosamente de estos caracteres. Se siente a la vez pesada y ligera; su masa impone, pero apenas se penetra en su ámbito conceptual, la energía, la claridad y la divina gracia aligeran la materia, y el espíritu escapa por vidrieras de silogismos al espacio infinito del hombre occidental.

¿Cómo realiza concretamente Santo Tomás su arquitectura ideológica? Fijémonos preferentemente en su obra más lograda: Summa Theológica. Veremos hasta qué punto su «modo de hacer» se asemeja al de los maestros de las grandes catedrales. Puede servirnos cualquiera de sus precisos y luminosos artículos.

Santo Tomás sienta, por ejemplo, esta tesis: utrum sacra doctrina sit dignior aliis scientis. Y adelgaza el pilar del razonamiento, que sitúa en su parte central. Pero antes coloca las objeciones, y después su refutación: son los arbotantes que sostienen la construcción dialéctica. «Parece –comienza diciendo– que la Teología no es la ciencia más digna, porque se funda en los preámbulos de la fe, de los que se duda.» «Además –añade–, la ciencia inferior recibe de la superior, lo que aquí no ocurre, según San Jerónimo» (inep. 84).

Parece, pues, que la Teología no es la ciencia más digna. Pasa luego a sentar su tesis: pero contra esto está el proverbio IX, 3: «Misit ancillas suas vocare arcem.» Y sigue la demostración: la Teología trasciende todas las ciencias, tanto las especulativas por su mayor certidumbre y la dignidad de su materia, como las prácticas, por la mayor utilidad de su fin. Lo primero, porque su certeza es de origen divino y su materia trasciende de la razón: lo segundo, porque su fin es la felicidad eterna. Viene, por último, sobriamente, pero con firmeza, la refutación de las dos tesis contrarias del comienzo: si dudamos de los preámbulos de la fe, es porque la debilidad de nuestro entendimiento no nos permite conocer con seguridad lo más cierto, aunque su mínimo conocimiento sea más deseable que el mayor de lo más pequeño. Dos citas de Aristóteles esmaltan la prueba. Y en segundo lugar, si la Teología recibe de las otras ciencias, no es por indigencia de ellas, sino para la más clara manifestación de su materia; es, en todo caso, la misma debilidad de nuestro entendimiento la que exige ascender a lo sobrenatural por vía de lo natural.

La construcción es sobria y clara. Ha bastado para ello descargar la tesis y su prueba de las objeciones y refutaciones: sacarlas afuera como los arbotantes, sosteniendo, no obstante, la magnífica luminosidad del templo.

Hemos aludido repetidamente a la luz y a la claridad del arte y de la filosofía gótica. Nada del supuesto oscurantismo medieval (supuesto por los renacentistas y progresistas) se transparenta aquí. Los historiadores del arte han encontrado en el gótico un vuelo de gracia helénica. La claridad del espíritu ilumina la materia, de donde la ingravidez de su arquitectura. La masa es enorme, pero aligera. No menos de 613 cuestiones componen la Summa Theológica, con un total de 3.125 artículos y con más de 10.000 respuestas a los argumentos. Pero si uno se adentra por las nutridas páginas, no hay miedo que se sienta asfixiado por la pesadez intelectual; respirará, por el contrario, un aire claro de ideas. Aquí la idea aprisiona la materia, es ella la que mantiene la materia en forma. Se ha repetido mucho que el cuerpo es una prisión para el alma; pero también podría verse el cuerpo disciplinado y sostenido por el alma; la materia tiende a deshacerse sin un espíritu que la sostenga en su forma. En este sentido, el alma es molde que aprisiona al cuerpo y le impide deshacerse. Por eso, lejos de ser el espíritu el enemigo de la vida, o al menos su contradictor, como sostiene Luis Klages, es el sostén de la vida misma, que sin él iría a la muerte, y de la muerte, al desmoronamiento de lo inorgánico.

La esencia del gótico es un modo de ser espiritual, donde el hombre y el ser todo es un ser para la vida. El hombre no se encuentra entre dos terribles y abismáticas nadas, como lo ve Heidegger, sino entre Dios, como su propio principio y fin. El ser dirigido al infinito, a lo divino, es un ser para la vida, mientras el ser dirigido a la nada es un ser para la muerte. Por eso la vida no disminuye con la espiritualidad del gótico, antes se acrecienta en este mundo, en aquel y fecundo final de la Edad Media que nutre al Occidente y le suministra la gran energía que posibilita las empresas del Renacimiento. Parece un sino del hombre que cuando se agarra desesperadamente a la vida va a dar en la muerte, y cuando se desprende de ella generosamente en favor del espíritu, la vida se acrecienta y fructifica. No es el cuidado con el mundo un fin del hombre, sino la solicitud por lo trascendente, a lo que el hombre está volcado, intencionadamente abierto como al mundo de las cosas.

Si comparamos la arquitectura conceptual tomista con la de la renovada escolástica de la Contrarreforma, animada por el espíritu del barroco, aunque todavía en un momento previo al de la exageración formal, encontraremos el mismo ímpetu, pero una mayor complicación. En la Disputatio XV del libro primero de las Disputationes Metaphysicae, de Suárez, se trata del mal. Consta de una introducción y cuatro secciones. Hay un intento de agotar el tema, y sólo, a propósito de la definición del mal como privación del bien, se citan todos estos autores: el Pseudo-Dionisio, San Basilio, San Gregorio Niseno y San Gregorio Nacianceno, San Juan Damasceno, San Atanasio, San Epifanio, San Juan Crisóstomo, San Justino, San Agustín (11 citas), San Anselmo (tres citas), San Bernardo, San León Magno y Santo Tomás (11 citas). Un total de 40 citas demuestran la erudición y la acumulación barroca. El saber de Suárez es portentoso; pero su utilización queda lejos de la limpidez argumental tomista. Y no explica esto sólo la acumulación de una literatura multisecular, sino el gusto barroco por lo recargado, para dar con esta multiplicación de la materia una sensación abrumadora de infinita en lo infinitamente desplegado. Esta acumulación aparece no sólo donde se necesita, sino en los lugares más inesperados. En la loa de un auto sacramental de Lope –Representación moral del viaje del alma– se acumula más erudición que el más erudito trabajo.

En medio de la actual problemática de la existencia, el modo gótico nos da su ejemplo de limpidez, de claridad, de espíritu vivo y radiante sobre la materia, que salva de la nada al ser y lo destina gozosamente a la vida, por trascenderla.

No quiero decir que se imite arcaicamente la forma gótica, sino que un análisis suficiente del sentido de nuestra época permita plasmar su esencia con aquella clara maestría, pero guardando la altura histórica que le es debida. El hombre desangustiado no por eso caería en una vida banal, sino que gozaría de la serenidad que da al espíritu la materia vencida y ordenada por su forma. Al sentirse trascendido se sentiría vivir.

Eugenio Frutos Cortés


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1940-1949
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