El Español. Semanario de la política y del espíritu
Madrid, 31 de octubre de 1942
año I, nº 1
página 2

«Una bandera que se alza»
por Pedro de Lorenzo

No iba a darse en Madrid, sino en Burgos, la primero salida de la Falange por España. Y no iba a acontecer aquel 29 de octubre, sino fechas antes, en el aniversario victorioso de Lepanto. En Burgos y el día 7 hubiera acaecido el hecho, pero gubernativamente fue denegado el permiso para la celebración del acto. (Un año después, también en octubre y precisamente el mismo día 7, el Gobierno no pudo impedir que en España hubiese «puesto para la Falange».)

Madrid: en la calle del Príncipe y teatro de la Comedia. Teatro desde donde hacía casi veinte años que lanzara su inocuo y frío mensaje a las juventudes el profesor Ortega y Gasset. Al fin, el 29 de octubre de 1933 iba a arrancar de su hemiciclo la puesta en marcha del Imperio. Con el nacimiento de Falange Española encarnan su misión de mensajeros en la reconquista del alma cálida Alfonso García Valdecasas, que por primera vez glosa para el pueblo la consigna de nuestra España una; Julio Ruiz de Alda, quien sustituye a Eugenio Montes, viajero en Alemania, pertinaz viajero, e interpreta el lema de España libre, y José Antonio, en fin, que deslíe el concepto de España, grande en un discurso fundacional. Así, con esta sencillez simbólica, acaban primorosamente de alzar bandera, con enganche para una generación de forjadores de historia.

José Antonio, desde el teatro de la Comedia, va definiendo nuestro estilo, nuestro sitio: el Estado futuro.

El propio estilo escueto, militar, duro, inconfundible; un estilo que prefiere y busca «lo directo, ardiente y combativo», cual de vida en milicia. Semejante postura humana es la que no sólo requiere una manera de pensar, sino un modo entrañable de ser.

Inicia su oración con la critica del Estado liberal. El liberalismo, en lo político, se define como irreverencia a toda norma. Es decir, estéticamente, a la norma clásica. El elemento poético de José Antonio huye del caos romántico y del sensualismo. José Antonio es un enamorado de la medida intelectiva, del canon, con un clasicismo, no obstante, de esencia y raíz netamente cristianas. Su fórmula poética estriba en un férvido entusiasmo sometido a fuerte disciplina interior.

Enumera las exigencias del Estado para con la Patria. Son causa de la derrota nacional las disgregaciones. Causa. Ortega y Gasset y José Antonio coinciden en el diagnóstico: España está empobrecida, «invertebrada». Varía la terapéutica a seguir: la postura de D. José cae en un pesimismo anacrónico; la del Fundador nos lleva a la fe. Si Ortega opina que el remedio está en europeizar a España, José Antonio sostiene que la curación ha de venirnos de dentro; que la disgregación es el móvil –y no un efecto, como pretendiera Ortega– de la agonía histórica nacional. Porque el ser europeos lo somos ya en cuanto españoles.

La ínclita labor inmarcesible es la de lanzar en carne de Imperio al verbo español, volver marinero al yugo y plantarlo de quilla en nuevas conchas para nuevos cruzados. En un estallido de amor, clavar las cinco saetas en los corazones de América, la española; y sentir todo el regusto emocionado de la reconciliación pródiga con los hijos, alegando otra vez España su calidad de eje espiritual del mundo hispánico como título de preeminencia en las empresas universales.

Recaba para el Estado futuro la supresión de partidos políticos Lo «parcial», en justicia, denigra; en Patria, deforma. Sustituyámoslo aquí por lo «total», por lo «totalitario». La absorción panteísta del Poder se origina precisamente a través de los Parlamentos. En un sistema totalitario, «de todos», jamás puede caber la absorción.

La primera verdad intemporal que José Antonio nos dicta en su discurso de fundación es ésta de la libertad del hombre como portador de valores eternos. He aquí la característica de la nueva corriente intelectual que irrumpe el 29 de octubre de 1933 en la vida pública española. El hombre tiene un alma, y como tal es susceptible, es responsable de condena o salvación. La Institución Libre, de Giner, la aísla; el marxismo la niega; niega igualmente el «noventa y ocho» el resto de los valores eternos: «No hay ética » (Valle-Inclán). «No hay ideal» (Baroja). «No hay fe» (Unamuno). «No hay valor» (Burguete). Mas José Antonio no sólo ve en el hombre un conjunto de cuerpo y alma, una capacidad vocacional, un simple portador indiferente, aunque lo que encierre sean valores eternos, sino que admite en él posible el hallazgo de un germen de conductor, de caudillaje, de heroísmo. José Antonio opone a su timidez innata, manifiesta voluntad de mando. De ahí la serenidad de su pensamiento y aquel impulso con que sobrecogía en la hora de acción.

Era elegante y deportista; elegante sin frivolidad, y deportista no gozador del músculo, sino del temple, del espíritu; su elegancia, austera; su deportismo, castrense. En cada palabra late un ardor de asceta, de vida de milicia: los arcos siempre tensos y alígeras las flechas. Milicia por la Patria; misión por la Patria; servicio y sacrificio por la Patria, incluso aguantando a pie firme toda deformación. No sólo es necesario hallarse inasequible al desaliento; se requiere, fundamentalmente, una generosa capacidad de renuncia. Y he aquí otra de las desconocidas fuerzas de su alma: José Antonio, al dominio de sí, al espíritu de su conformidad alegre, une la voluntad de rechazar, no con gesto desdeñoso, sino con ademán de rígido ascetismo. Porque aquel día de finales de octubre de 1933, la Falange proclamaba antes que una compleja construcción mental, la encendida y fresca concepción de una vida nueva, de un auténtico modo de ser, poético, claro, en centinela vigilante bajo la noche trémula de estrellas.


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