El Español. Semanario de la política y del espíritu
Madrid, 31 de octubre de 1942
año I, nº 1
página 1

¡Arriba los españoles!
Juan Aparicio

La Historia Universal está repleta de españoles cuya doctrina y cuya acción se han convertido en arquetipos. La palabra español es tan aguda y reluciente como una espada de oro que flamea bíblicamente encima de los pecados capitales. Si, a pesar de la baladronada antropocéntrica, el hombre no es la medida de todas las cosas –de las que son y de las que no son–, porque hay un Dios creador de sus criaturas; por la voluntad de este Dios nuestro, el hombre español sí es la medida de todo lo imposible. Ahora bien, cabe una pregunta ahora, para que nosotros seamos capaces de responderla con la verdad y con la fuerza perseverante de la sangre: España ¿es un producto de los españoles puestos a engendrar mundos y trasmundos ideales, o los españoles, desde aquel Tubal mitológico, somos prole y filialidad de la nación España? ¿O el español es el elemento activo, dinámico, espiritual, y España es sólo su paisaje, como una naturaleza inerte, estática y recreada? Sin la potencia genesíaca, genuina y genial del español, España, hostigada por tantos enemigos y Cancillerías, hubiera dejado de existir hace ya tiempo, y su recuerdo sería un nombre como el de Tiro, Nínive o Tartesos; aunque sin el soporte macizo y físico de España, el español se hubiera disipado, erosionando y agostando y aniquilando su carne y su alma, a la manera de un torrente, de los que son el símil más cumplidamente perfecto nuestro carácter español.

Porque también el español tiene sus demasías durante su vida cotidiana, y éstos, más, que son signos de negación, hemos de computarlos psicológicamente como defectos. Así como la rambla o el arenal mustios y rutilantes se estremecen instantáneamente por las sacudidas torrenciales de las aguas que se descuajan y caen como un alud hidrópico e invasor, desde los cerros, tesos, sierras y montañas peninsulares, quedando la gleba desollada corno la piel de un toro; así también hay repentinas improvisaciones y alzamientos del ánimo español que son cataclismáticos o salvadores, según los designios más arcanos e imprevisibles de la providencia española. Al encauzamiento de este temple indomable y paradójico se ha dedicado nuestra generación, cuya tarea política se realiza día por día –y aparte de su intervención extraordinaria en las guerras totalitarias de 1936-1939 y 1939-194...–, al modo de una gigantesca repoblación forestal, que corrige los desniveles del terreno antes de plantar árboles con raíces y con porvenir.

EL ESPAÑOL sirve a esta metafórica repoblación o corregimiento de los españoles, porque no ha de aparecer como semillero de discordias, sino como sementera común de esperanzas y conductas individuales. Ya se sabe cuánta es la grandeza del español y cuánta puede ser su servidumbre si no nos unimos y perduramos en la coyunda, según la cifra y el emblema de las flechas yugadas. Hubo una generación que liga su nombre al año nefasto de 1898, y aunque todavía discutan entre sí sus componentes la presencia misma de la generación como tal en el tiempo y en el espacio; lo cierto es que Angel Ganivet escribió su Idearium español, y Unamuno su En torno al casticismo de España, ambos títulos con alusiones y anticipaciones al rótulo de la revista truncada de este grupo. Esta revista se denominó Alma Española, o sea, el alma de los españoles o el alma de España, mientras que el suicida Ganivet hubo de referirse a su ideología y D. Miguel de Unamuno sólo a su casta. Después, en 1915, la generación siguiente editó la revista España, como un preludio inaugural de la España invertebrada y de la Revista de Occidente, de Ortega y Gasset, pues la España rota y sin vértebras era muy poca cosa para llenar el ámbito ambicioso de una revista imaginada así por estos intelectuales. Luego, hemos advenido nosotros, que nos solidarizamos con todos los proyectos anteriores de elegir este título nuestro de EL ESPAÑOL, aunque somos participantes de la primera generación con genio de España, para quienes ofrecen validez los vocablos proféticos de que ser español es lo más grande y lo más difícil de cuanto se puede ser en este mundo. Y sintiéndonos superlativamente archiespañoles nos agarramos a esta españolidad como al mástil de una bandera para subir arriba más y más, y cuando hayamos llegado a la cúspide de nuestra Patria podamos gritar a los demás y a nosotros mismos: ¡Arriba los españoles! Porque en lo más alto, en lo más cimero, en lo más arriba, ya está España.


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