Blanco y Negro, revista quincenal ilustrada (segunda época)
Madrid, julio de 1938
año XLVIII, nº 6 (2.354)
[página 8]

Antonio Dorta
La poesía combate al lado de España

«Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que au dessus de la mêlée.» Estas palabras de Antonio Machado han sido escritas en un reciente número de Hora de España, que es, en esta crisis de la vida española, la habitual tribuna del noble poeta. Antonio Machado, pacifista si los hay, no ha vacilado en colocar su fuerza espiritual de este lado de la barricada, y desde el primer momento hace la guerra con su pueblo. Quizá sea para un poeta uno de los trances más angustiosos este de tener que declararse en guerra material con los hombres. (En guerra espiritual

siempre está: es su tragedia y su gloria.) Y más aún tener que pelear –sobre todo para un poeta como Antonio Machado, cuya sensibilidad está tejida de sentimientos españoles– contra sus propios compatriotas. Pero de poetas y de nobles es atravesar los parajes peligrosos, arriesgándolo todo, porque –según dice en otra parte– «si os encontráis algún día sitiados, como los numantinos, pensad que la única noble actitud es la numantina», que razona de esta manera: «Cuando os queden pocas horas de vida, recordad el dicho español: "De cobardes no se ha escrito nada." Y vivid esas horas pensando en que es preciso que se escriba algo de vosotros.»

Antonio Machado atravesó en su hora estos parajes de difícil acceso, y de más difícil salida, y está combatiendo, sin vacilación ni desfallecimiento, al lado de la República. ¿Es, acaso, por partidismo político? No sería, entonces, digno de un poeta. ¿Es, acaso, por nacionalismo, por estímulos de patriotismo al uso? Tampoco. Pelea, es cierto, como español y por español: pero una razón más dramática ha empujado su actitud: una razón religiosa, diríamos. Es esta una guerra en la que los valores de «Justicia» y «Libertad», dos principios esenciales del cristianismo, están en litigio, y, en este caso, un poeta y un cristiano no puede –entiéndase bien: «no puede»– permanecer al margen. No es que no «debe», sino que no «puede», pues ambas condiciones, de índole trascendente, son absolutamente necesarias para que la obra poética respire su aire propio. (Sin ellas, por otra parte, el cristianismo es una cosa muerta. Aquí no se trata, en esta guerra, de libertad política –sin la cual vive la poesía–, sino otra cosa más importante: la libertad espiritual, condición indispensable para que el hombre pueda dialogar con los demás semejantes y consigo mismo.) Antonio Machado, pues, ha tomado la actitud que corresponde claramente a un hombre de espíritu, que coincide, en este caso, con la que corresponde a un español. Muchos poetas españoles lo han comprendido así también, desde el primer momento. Juan Ramón Jiménez –por otros caminos– llega a esa misma conclusión y trabaja con sus armas en defensa de la Libertad, identificada ahora con la defensa del pueblo español, martirizado por el Espíritu del Mal. (El Espíritu del Mal actúa hoy por medio de las ideas y de los actos –terriblemente «demoniacos», en el verdadero sentido de la palabra «demoniaco»– de los regímenes fascistas de Italia y Alemania. La Ciudad Eterna tiene hoy sus antagonistas en Berlín y en Roma; es decir, dentro de sus propios muros terrenales.)

Desde Cuba nos traen los diarios estas palabras del delicado y trágico poeta andaluz:

«Desde el comienzo de esta guerra, tan mal entendida por tantos, fuera y dentro pesé que mi mejor manera de ayudar a nuestra República (pueblo y Gobierno) tenía, fatalmente, que ser poética; es decir, en el campo de mi vocación, que consiste en descubrir y perpetuar la belleza con luz y en lengua española, y no cantando el hecho circunstancial de una guerra que, de haber sido justa, debió ser rápida, sino exaltando ante propios y extraños la prolongada verdad de nuestro pueblo en sus más normales y profundas virtudes.»

«Estoy seguro –añade– del triunfo ideal y moral de la República española contra la artería y la barbarie nacionales e internacionales.»

Este español demócrata y libre –como él se llama– no descansa en la propaganda de los valores permanentes de la lucha que España sostiene, y cree que su misión actual más importante es esa. También lo creemos nosotros, no –como se pudiera pensar– porque no es esta la hora de la obra poética, sino porque la obra verdaderamente poética de esta hora es esa: combatir por la Libertad. ¿Qué otra cosa es la poesía, «siempre»?

Otro gran poeta, Rafael Alberti, confunde su voz con la de nuestro pueblo en armas. En los mítines, en los actos que tienen lugar en los frentes de combate, en las fábricas, su voz desgarrada clama ante la multitud el dolor y el anhelo de España, y en sus mejores momentos logra un acorde perfecto con el alma popular.

Rafael Alberti acaba de publicar en estos días un volumen titulado Poesía (1924-1937), donde reúne toda su obra poética, desde Marinero en tierra hasta los más recientes versos de temas de la guerra. Impreso con primor, este libro es una importante contribución a la poesía y a la guerra, pues la voz y la poesía de Alberti habrá que contarlas como elementos de nuestra lucha por la Libertad.

El ejemplo de tres grandes poetas –Machado, Jiménez, Alberti–, repetido por tantos poetas españoles y extranjeros, destaca en contraste doloroso, los nombres de esos escritores españoles que, ausentes de España, no han encontrado todavía el momento de incorporarse a la tarea gloriosa de nuestro pueblo. Ni siquiera a los que están del otro lado de la barricada queremos considerarlos como enemigos, pues es imposible pensar –tan absurdo es– que quienes trabajan por el espíritu y por la verdad puedan convivir voluntariamente con sus naturales e irreconciliables antagonistas.

Una vez más hay que repetir –para tranquilidad de sus conciencias– la afirmación del ejemplar poeta y español ejemplar Antonio Machado: «Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que au dessus de la mêlée.»

Antonio DORTA


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