Blanco y Negro, revista quincenal ilustrada (segunda época)
Madrid, junio de 1938
año XLVIII, nº 5 (2.353)
[página 5]

Antonio Dorta
La confesión de un falangita

Blanco y Negro, número 5, Madrid, junio de 1938
Cubierta, por Cristóbal G.,
del nº 5 de Blanco y Negro, Madrid 1938

España, país de lo imprevisto

La actitud del escritor católico francés Georges Bernanos –excelente católico, áspero e insobornable, y excelente escritor–, que aquí hemos comentado, nos llevó a repetir el juicio de Ricardo Ford sobre nuestra España: España, país de lo imprevisto. Bernanos, testigo en Mallorca de la actuación de los sublevados, les niega su solidaridad de católico y de monárquico. Bajo el sol de Mallorca no vio dulzuras cristianas; su memoria no se llevó de la isla de oro otra visión que la del título de su libro: Grandes cementerios bajo la luna. (Entre paréntesis, ¿cuántos católicos españoles han leído ese espléndido y atormentado libro de Bernanos –traducido al español, y muy mal traducido, es cierto– que se llama Bajo el sol de Satán?)

Pero no es sólo Bernanos quien reactualiza la frase de Ford. Es otro libro, también reciente, pero no de un francés; sino de un español, y de un español perteneciente a Falange Española, en cuya disciplina permanece aún el que da nueva luz de evidencia al juicio aludido. Luis Pagés y Guix, falangita, ha escrito La traición de los Franco. Editó su libro en París; ahora el Comisariado de Propaganda de la Generalidad Catalana ha hecho una edición para divulgarlo. Es el libro de un falangita que continúa adscrito al ideal de José Antonio Primo de Rivera, y que esperaba que los sublevados se pusieran a «la tarea de la vertebración del Estado, de la organización de la sociedad sobre las bases de una economía anticapitalista, y de una moral rígida, dominica, y no la casuista infiltrada por el cedismo superviviente en el organismo de la nueva España». «El azar puso al general Franco al frente del movimiento. La superabundancia de capacidades y sentimientos del coronel Yagüe quedó anulada por su menor graduación militar. Y ésta ha sido la tragedia de la revolución y la causa del fraude.» «Nuestro movimiento no fue concebido, ni podrá serlo, como una guerra, sino como una revolución, que es una cosa muy diferente.»

Los sueños de Falange, más o menos sinceros, de instaurar, sobre bases nuevas, el Estado nacional-sindicalista, han sido anulados por Franco, cuya política es dictada «por los casinitos cedistas de la retaguardia, por los "aristócratas" del Gran Hotel de Salamanca y las señoronas enguantadas que constituyen la tertulia de doña Carmen Polo de Franco; es decir, los mismos elementos de reacción que antes combatían y desfiguraban Falange».

«Falange –seguimos copiando el libro de Pagés y Guix– vista la incompetencia de algunos dirigentes y los procedimientos de los eternos aduladores, quería organizar la vida sindical de las masas obreras, organizándolas para la paz y evitar, al mismo tiempo, el retorno de las casi desterradas prácticas de trabajo.» El Cuartel general, con uno u otro pretexto, aplazaba estas cuestiones «y continuaban reduciendo los jornales, aumentando las horas de trabajo y la práctica de las mil habilidades del aprovechado capitalismo español, contra lo que no había protesta posible, ya que el obrero que lo hacía era tildado de rojo, lo que equivalía a tomar billete PARA EL GRAN VIAJE.»

«A pesar de la retórica salmantina, en nuestra zona no se cumplían las leyes sociales», declaradas intangibles por el propio Franco. «Todo esto se haría después –decían en Salamanca–. Así lo creían estos ingenuos dirigentes que corrían de una ciudad a otra en coches lujosos de requisa, convencidos de que sus correrías a 90 y 100 kilómetros constituían records de acción, cuando no eran sino carreras inútiles de velocidad, que no les dejaban ver el precipicio que les preparaba el alcalde mayor del Estado, Nicolás Franco.»

Los sueños de Falange se han frustrado. «Todo se puede probar menos la honestidad y la decencia del Estado nuevo.» La desilusión tiene en este libro de Pagés y Guix los más variados motivos. «Mientras en la España republicana los Ejércitos se han unificado al grito de ¡Viva España!, porque han comprendido que solamente el sentimiento nacional puede dar espíritu y valor, nosotros hemos vuelto al grito primitivo con el famoso saludo a Franco. Y hoy los falangistas ven con dolor que su nombre cubre un régimen de burocracia cedo-militarista en degradación; que solamente tiene de fascista la salutación, y nada más.»

«Hablamos de Imperio –dice en otra página– y cuando el representante de una nación de nuestra América, Guatemala, llega a España, después de haber reconocido a Franco, para presentar sus credenciales, lo ha de hacer en matinal clandestinidad, sin recepción ni protocolo, en contraste con la pompa y publicidad con que fueron recibidos los de Alemania e Italia. Y estos fabricantes de imperios azules se han quedado tan frescos, sin ver que delinquían contra la espiritualidad que conlleva el concepto imperial hispánico.»

Valdría la pena insertar todo el libro, porque a través de sus entusiasmos y decepciones se dibuja el perfil moral de los dirigentes de la zona facciosa. Todo él revela, en contraluz, la gigantesca falsificación de la «España nacionalista». Católica y aliada de Hitler, enemigo de la Iglesia, defiende la tradición nacional y copia de Alemania e Italia, línea a línea, la estructuración del Estado.

Enemiga de la tiranía sindical, y establece un Fuero del trabajo que exige a todos los españoles la sindicación; se erige en centinela intransigente de nuestra independencia y son Benito Mussolini y Adolfo Hitler quienes definen, en sus discursos, con su acostumbrada teatralidad, la forma político-social que ha de adoptar la «España nacional».

¡España, país de lo imprevisto! Un falangita celebra el sentimiento nacional, vivo en la zona republicana, y detesta el saludo primitivo de «¡Franco, Franco, Franco!». La propaganda que los «nacionales» han hecho sobre la «zona roja» cae ahora sobre Salamanca como una maldición del cielo, de ese cielo al que estos días se ha dirigido, con una triste lamentación, el Papa Pío XI, al ver que en la Roma cristiana, el día 3 de mayo de 1938, y por primera vez desde hace veinte siglos, una cruz, distinta y enemiga de la de Cristo, era la que recibía los homenajes de la población católica de Italia en las calles de la Ciudad Eterna.

Antonio DORTA


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