Filosofía en español 
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Autores y libros

por F. Carmona Nenclares
 

Un retrato psicológico de Tolstoi
(“Portrait psychologique de Tolstoi” par François Porché, Flammarion, París)

No sin cierta aprensión hay que comenzar el libro de Mr. Porché. Pues el último aparecido hasta hoy sobre el mismo tema Grandeza e infancia de Tolstoi, de Jean Cassou, donde la incomprensión total se mezcla a una desenvoltura que habría de calificar duramente sino fuera tan graciosa, pone en guardia a cualquiera. Pero el Retrato psicológico es una obra muy concienzuda y testimonia un serio esfuerzo para aislar la verdad que se disimula bajo los hechos. Los hechos el autor los conoce bien; ha leído atentamente todos los documentos recogidos. Posee también un conocimiento poco común de la vida rusa bajo el antiguo régimen.

Sólo puede reprocharse a Mr. Poché un vicio de método: ¿es posible trazar un retrato psicológico de un artista sin tener en cuenta sus obras…? Porché las descarta por sistema de su horizonte. Utiliza abundantemente, y con razón, los Diarios del escritor, pero sus novelas, sus relatos, ¿no pueden ser considerados también, desde cierto punto de vista, como una especie de “Diario íntimo”?…

Para no citar más que un ejemplo, se ha reconocido siempre que existía un lazo estrecho entre el Levin de Ana Karenin y el conde Tolstoi. Si Mr. Puché no está de acuerdo con nosotros, es que no cree que sea posible remontarse la obra de arte al creador y nos debe entonces una explicación. Pues su libro no puede menos de plantear un problema que toca a la vez a la estética y a la psicología.

Esto dicho, ¿cuál es el valor de éste “retrato”…? Me parece perfectamente coherente, pero falso. Ridículamente falso. El esfuerzo del autor para encontrar la realidad bajo las apariencias que hemos señalado más arriba, el análisis preciso y cuidadoso que nada deja escapar, consiguen una imagen deformada de Tolstoi que, sin embargo, convencerá a la mayoría de los lectores, pues resulta conforme por entero a la idea que nos hacemos de ordinario de la verdad psicológica. Porché no ha hecho sino lo que hacen la mayoría de aquéllos que estudian a los grandes hombres: se trata de encajar lo superior en lo inferior, de mostrar que el genio es “humano, demasiado humano”. Cuando el biógrafo ha desmontado todos los bellos sentimientos, los actos heroicos, los arrebatos generosos, revelado el egoísmo, las villanías, las bajezas que persisten detrás del decoro que nos es impuesto, cuando ha reducido la tragedia a las proporciones de un drama burgués, casero, o de un vodevil, considera terminado su papel: el personaje de que se trate queda explicado, es decir, reducido a nuestra escala.

Pero hay que preguntarse si este método, pretendidamente científico, no expresa una especie de resentimiento, un oscuro deseo de degradar lo que nos sobrepasa… La tragedia moral de Tolstoi fue gigantesca; no hay medio de empequeñecerla aunque nos moleste, insistiendo, por ejemplo, sobre la contradicción evidente entre la doctrina y su carácter, su género de vida, &c… Como tantos otros, Mr. Porché mete sus dedos en todas las taras de Tolstoi, reales o supuestas, siempre en nombre de la verdad y con absoluta buena fe. Pero es precisamente en nombre de la verdad, y no en el del pudor o las conveniencias, en el que hace falta levantarse contra tal sistema que, con el pretexto de superar toda “poesía” sustituye una máscara por otra.

La “nueva traición” de los intelectuales

El crítico francés J. Faure-Biguet, en un delicado y penetrante artículo de Marianne, acusa a los intelectuales de una nueva “traición”. “Que aquellos, escribe, que tengan la inmensa alegría, el inmenso valor de ser artistas comprendan que su deber no consiste en adherirse a un partido o un hombre, llenándonos el oído de tal consigna o tal obra. Su misión es la de limpiarnos el espíritu, envilecido por novedades verdaderas o falsas, con un poco de esa alegría propia del sueño y la belleza.” Bajo estas palabras se entrevé un principio que el autor no declara: la política es una especialidad, como la química, y el artista que escribe de política, escribe en vano. También adivinamos otro principio: el que pueda crear sueño o alegría tiene que hacerlo “a despecho” de las contingencias políticas. Dicho de otro modo y en los dos sentidos, el tiempo consagrado por un artista a un tratado de política es un tiempo “absolutamente” perdido.

Pero abordemos ahora el problema a la inversa. A ver que ocurre. Mr. Faure-Biquet, en virtud de la alta idea que tiene del escritor, no le cercenará, suponemos, el derecho de usar de todos los medios que juzgue necesarios para la expresión de su personalidad. Un novelista puede tener necesidad de subir en avión para escribir una novela. No solamente lo hará con fines informativos, sino con objeto de renovarse o encontrarse, enriqueciéndose interiormente con el ejercicio de tal actividad. A lo mejor, se le ocurre escribir algo sobre aviación. (¡Un manual, por ejemplo, que los aviadores se quitarían de las manos!) La misma cosa puede ocurrir al escritor en la política. ¿No es esta, hoy, una expansión necesaria a los escritores jóvenes? Siéndolo, la acusación de “traición” perdería su sentido. La actividad política sería una de las condiciones del equilibrio político de nuestra época. Más exactamente, del equilibrio humano.

En esto último radica la solución del problema. Lo que llamamos “crisis política actual” y que carece de área geográfica concreta, es sin duda, necesaria a algunos escritores para encontrar su equilibrio literario. ¿Qué podemos nosotros contra ello…? ¿Podemos poner en vez de la política algo que tenga las condiciones verdaderamente especiales que exige el equilibrio interior…? No. La crisis de la literatura pura y la de la literatura política se parecen más de lo que fuera de esperar. Se trata, en los dos géneros o casos, de una evasión de los cauces de la literatura normal. Pero la normalidad de una literatura no depende jamás de la voluntad del escritor. Este, como cualquier hombre, tiene que seguir las vías que la época impone a cada uno.

Aún podemos llegar más lejos. Si admitimos que después de 1890, por detenernos en una fecha, la crisis de la conciencia de la época, “el mal del siglo”, era una de las condiciones de la creación literaria, observaremos que la crisis reviste, al cabo de transcurrir cincuenta años, una forma poética o una forma política. Por eso tuvo Francia a un Mallarmé y Valery; tuvo también un Maurras, un Barrés, &c… Mr. Faure-Biguet señala finalmente que Maurras y Barrés lucharon por ideas mientras que Malraux, hombre de hoy, lucha por hechos. Pero el nexo entre la idea y el hecho es aquí una referencia de tiempo, la medida de un grado de madurez. Tampoco hay que olvidar que Maurras se afilió a la política para resolver un problema literario. En suma: la crisis, la de 1890 como la de 1938, se plantea al escritor en los problemas que le crean su naturaleza y su técnica. Tendrá los mismos límites que los problemas. Aquello que es siempre buscado es el dios del verbo o el dios del corazón.

Cualquier testigo imparcial percibirá, hoy, que la crisis de la poesía “pura”, su esterilidad irremediable, carece de razón. Subsiste porque hay todavía mucho papel y gentes complacientes. Nosotros sabemos, como ese testigo, que la verdadera crisis reside en la técnica, en la forma. El honor del “su realismo”, cualquiera que sea la opinión que tengamos de sus simplificaciones y arrogancias, está en haberlo declarado primero. La substancia literaria no podrá revivir hasta que se le inyecte una substancia humana no literaria.

Poco cabe añadir. Lo único, esto: que el interés político del escritor debe ser “puro”, como lo era, por ejemplo, el de Balzac. ¡Una especie de llama, por lo tanto, que a menudo lo aclara todo! Todavía permanecemos en el terreno de las negaciones delicadas y ciegas de una época favorecida y cerrada sobre ella misma; todavía estamos en los últimos años del siglo XIX. Aún se puede vivir el “arte por el arte”; nadie duda de que pueda hacerse sin vivir, además, por otra cosa. Pero en ciertos momentos esa otra cosa está tan bien inserta en la sensibilidad del artista que él no tiene necesidad de hablar de ella ni de juzgarla. En otros momentos nos contraría confesar lo que nos falta; desearíamos ser dignos de ello.

En suma, ¿qué tiene de temible la preocupación política confesada, declarada e incluso vulgarizada…? ¿Por qué un escritor que se mezcla en las luchas políticas ha de ser considerado como inferior? ¿Juzgamos nosotros superiores a Molière, Pascal o Bossuet --limitándonos a Francia--, porque tomaran posición respecto a los grandes problemas de la época…? Pero estos problemas han conquistado ya derecho de ciudadanía, valor de dignidad. La política de nuestros días está situada todavía en la región oscura donde se encontraba lo cómico en el siglo XVII. Comprendemos, pues se ha comprobado muchas veces, que Voltaire, Diderot y Rousseau, por ejemplo, alcanzaron fácilmente altas cimas en las que no pudieron sostenerse. Bien. Sin embargo, este fuego que cae y vuelve a alzarse, ¿no refleja el movimiento esencial del espíritu después que el hombre se encontró definitivamente encadenado a la tierra? Parece ser que sí.

Consideramos el conjunto de libros que aparecen hoy. Juzgando todos esos poemas, sueños, idilios, fantasías, cuentos, narraciones, ensayos… tratemos de recoger la esencia, aislando el valor o la inanidad. Es seguro que las obras donde se responde a las demandas de la vida serán elegidas en primer término --pues la vida habrá sido entendida en el sentido que incluye en ella los problemas políticos. Y quién se desinteresa de la política, también hace “política”. Precisamente la peor.

La Utopía de Tomás Moro, puesta al día

Al abrir este libro (L'Utopie, Thomas More, texto editado por Marie Delcourt, Librería Droz, París,) el lector medio se pondrá de mal humor. Hace mucho tiempo, seguramente, que no aborda textos latinos si no es con la traducción a la vista. El pensamiento de los hombres del Renacimiento está mas cerca de nosotros que el de los antiguos, pero su lenguaje y estilo cae extramuros de todo lo que nos es familiar; hay que descifrarlos con bastante trabajo. Con el pretexto de reseñas filológicas, Mad. Delcourt tiende la mano al lector mediante cortas advertencias cada vez que una dificultad se presenta. Al cabo de quince páginas, el diálogo de Moro comienza a desprender un interés tan grande, apunta tan directamente a nuestras preocupaciones contemporáneas, que ya no se piensa en dejarlo.

La obra, escrita en 1515, en los primeros años del reinado de Enrique VIII, se compone de dos libros directamente ligados entre sí. En el primero, el diálogo se entabla entre Moro, un amigo y un viajero portugués, sobre el lamentable estado social, el pauperismo, el paro, herencia --¡en plena aurora capitalista, como quien dice!-- del funesto reinado de Enrique VIII. Se discute entre los partidarios de reformas parciales y posibles y los partidarios de la justicia pura, inconcebible sin la transformación radical de la sociedad. En sus viajes, el portugués ha visitado gran número de países donde las costumbres tienen otros cimientos que en nuestro occidente; poco a poco, pasando del plano real al imaginario, el viajero se encuentra en la necesidad de referirse al reino de Ninguna Parte, a esa Utopía feliz en su régimen comunista cuya descripción, llena de reminiscencias y de anticipaciones curiosas, abarca el segundo libro.

Pero Tomás Moro no es un monje que sueña con la Ciudad de Dios ni un humanista picado de emulación que quiere reproducir La República de Platón. No. Es un legislador, un hombre de leyes que vive en el medio habitado por los que gobiernan. Ha ocupado cargos importantes. Viendo funcionar la justicia comprendió por qué lazo fatal la más grande riqueza y la ociosidad de los unos entraña necesariamente la miseria de los otros. Muestra a la gran propiedad arrojando a los labradores de sus chozas; a las guerras poniendo en el arroyo, después de la paz, a un ejército de mutilados y de hombres sin oficio, a la super-producción creando el encarecimiento de las materias primas, subida que asfixia al pequeño artesano… Esta descripción de una sociedad en desequilibrio es tanto más penetrante cuanto que se hace dulcemente, con todo reposo y sin elocuencia, por un hombre que se siente impotente y avisado. Tomás Moro no ve remedio más que en la supresión de la propiedad. Lo dice así, no para escaparse cómodamente a lo irreal sino porque, en efecto, su espíritu no percibe otra salida del círculo infernal y su coraje arrostra siempre las consecuencias de lo que su conciencia exige. Lo probó bien cuando por negarse a sancionar el divorcio de Enrique VIII, hubo de pagar con la prisión y la muerte la fidelidad a sus convicciones.

Siendo accesible el texto de L'Utopía como lo es definitivamente en el libro que reseñamos, podemos penetrar en el alma de un santo extrañamente próximo a nosotros. Si el fanatismo no prevaleciera sobre la equidad, Tomás Moro tendría capillas incluso en los países donde se ha perdido la costumbre de adorar a los santos. Sin duda, la Iglesia sabía lo que hacía cuando decidió su reciente canonización, habilidad dignificativa que no ha sido bastante señalada todavía.

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