Heraldo de Madrid
Madrid, lunes 1 de julio de 1935
 
año XLV, número 15.392
página 2

El Congreso Internacional de Escritores
para la Defensa de la Cultura [2]

Impresiones de nuestro enviado,
Sr. Carranque de Ríos

De las dos sesiones que se han celebrado el 22 de junio, la más importante ha correspondido a la que ha empezado a las nueve de la noche.

La sala del Palais de la Mutualité está repleta de público y hasta en los pasillos se agolpan los espectadores que no han logrado un asiento.

Louis Aragón lee una adhesión al Congreso y cuando llega al final y pronuncia el nombre de Valle Inclán se escuchan los primeros aplausos para España.

Después interviene el escritor Pierre Abraham y de su intervención son estas afirmaciones:

Primera. El «arte por el arte» corresponde a una sociedad democrática.

Segunda. El «arte descriptivo» corresponde a una sociedad democrática o burguesa.

Tercera. El «arte de propaganda» corresponde a un período de crisis. Esta crisis puede ser política, militar o religiosa. Si esta crisis se extiende en crisis social entonces esta crisis se llama revolución.

Discurso de Ilya Ehrenburg

Ehrenburg se adelanta al micrófono entre una salva de aplausos. Se halla despeinado y su gran cabeza tiene algo de león. La intervención es muy extensa y conserva el estilo agresivo de sus libros. Hacia la mitad de su discurso lanza estas palabras:

«Nuestra literatura de propaganda está inevitablemente ligada a los recuerdos del pasado. Sabiendo que nuestros enemigos pueden de un momento a otro atacar nuestro país, nosotros hemos creado el Ejército rojo. A pesar del perfeccionamiento de este ejército, jamás haremos pasar sus cañones por cima de la cultura soviética. También los fascistas tienen cañones. Pero lo que ellos no pueden tener son los hombres de nuestros ejército rojo…

El escritor soviético ha creado una nueva amistad, un nuevo amor, un nuevo heroísmo y un nuevo sufrimiento. Cuando un burgués no comprende una obra de arte él cree que es el artista el culpable. Cuando nuestro obrero no comprende un cuadro o un poema, piensa que la falta viene de él. Yo he visto obreros en los Museos de Moscú. Delante de los cuadros de Matisse y de Picasso, decían: «Tenemos que venir aquí muy a menudo para poder comprender todo esto.»

Nuestros adversarios nos dicen: «Vuestra sociedad es primitiva, «vuestra orquesta» no está compuesta más que de tambores; habéis empobrecido la vida».

Yo digo que la revolución comienza por una piedra arrojada al agua. Los círculos se extienden. Nosotros no hemos comenzado por el tambor; ha sido por el fusil. Por lo tanto, no existe un sólo sentimiento humano, ni una pasión a la cual nuestros hombres quieran ser extraños.

Si supierais cómo se nos recibe a los escritores en las fábricas y en el campo. De qué amor son rodeados los escritores de nuestro país. Muchos de vosotros estáis traducidos a las lenguas de nuestra Unión. Puede que vosotros no vayáis nunca a nuestro país. Vosotros no conocéis su cielo, sus flores, ni sus hombres; pero vosotros habéis escrito estos libros con palabras humanas, y sin saberlo trabajáis con nosotros, junto a los que tienen la pala. Vosotros trabajáis sobre los sueños reveladores de la conciencia.

Da alegría hablar de este trabajo común, más difícil hablar de alegría cuando nos encontramos en un momento en que los escritores son condenados al destierro, cuando en un país vecino escritores cuya voz fue creada para ser entendida por millones de hombres, deben, encerrados en las prisiones, dialogar con ellos mismos. Pero nosotros sabemos que este diálogo asciende al engrandecimiento de millones de hombres, hasta el palpitar del minúsculo, del único corazón humano.»

Termina Ilya Ehrenburg y toda la sala se cierra en un aplauso que cae sobre el escenario y sobre el tipo magnífico del autor de Julio Jurenito y sus discípulos.

Palabras de André Gide

Waldo Frank ocupa la presidencia y anuncia la actuación del autor de Los monederos falsos. De  Gide son estas frases:

«Mi intención es ser profundamente internacionalista, pero siendo profundamente francés. Lo mismo que quiero ser individualista a la sombra misma del comunismo. Lo que es verdadero para los individuos es verdadero para los pueblos. Y eso es verdad también para la literatura. ¿Quién más español que Cervantes, más inglés que Shakespeare y al mismo tiempo más universal y humano?

Hoy los nacionalistas defienden lo ficticio de nuestra civilización. «El esfuerzo antinatural, la magnífica mentira» que son –dicen ellos– la razón de ser. Pero yo digo que si la civilización actual está hecha de mentira es que ella es el reflejo de un estado social de embustes y que ella misma lleva dentro de sí los gérmenes de la muerte.

Yo no admito que una civilización tenga necesariamente que ser insincera y que el hombre no pueda civilizarse sino mintiendo. Y el hecho de que los fascistas defiendan lo falso y lo artificial de una cultura me persuade que ellos son los enemigos de esta misma cultura.»

Medianoche

La sesión termina después de las doce. La gente abandona la sala con verdadera prisa, ya que los autobuses, tranvías y Metro dejan de funcionar mucho antes que en Madrid. A las doce de la noche, París son unas calles sin transeúntes, donde a veces se tropieza uno con «los policías de la bicicleta». Esta noche, digamos mejor esta madrugada, me he encontrado con una pequeña sorpresa. En una peletería de la rue Monge, y sobre un chaflán del establecimiento, contemplo un antiguo escudo de España. Debajo del escudo se puede leer en unas letras doradas:

Fournisseurs de la cour d'Espagne

Si la cosa no fuera un poco violenta, yo despertaría a este monsieur Dupont de las pieles para explicarle que España ha variado lo suficiente para suprimir ese letrero y ese escudo. Pero, probablemente, este monsieur Dupont de la suntuosidad a base de pieles caras tiene que ver mucho con el relojero de mi novela La vida difícil.

Es lamentable que de algunos hombres Dios haya hecho tantas ediciones.

Carranque de Ríos
París, junio.

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Andrés Carranque de Ríos
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