Jerarquía
La revista negra de la Falange
 
Navarra, Octubre MCMXXXVII
número segundo, páginas 164-169

Pedro Laín Entralgo

Meditación apasionada sobre el estilo de la Falange

Unos crean el estilo, y otros lo definen. Crea un estilo de vida aquel que recibe el soplo de los destinos históricos y rompe con la caducidad en nombre de la esperanza: así Mussolini, Hitler, José Antonio, Franco. Define un estilo de vida quien, apenas sosegado su encuentro virginal con la creación creada –aquel tembloroso “conocimiento emocional” de que nos habló Max Scheler– rompe con la beocia en nombre de la expresión nueva y logra dibujar su contorno ideal. Esta es, justamente, nuestra coyuntura. José Antonio hizo del Nacionalsindicalismo un modo de ser cuya expresión primera es una Revolución, de la que ha de ser Franco seguro ductor. A ese modo de ser corresponde lo que luego se ha llamado, con admirable acierto intuitivo nuestro estilo: un modo nuevo de hacer la vida, desde la monumentalidad arquitectónica hasta el ademán cotidiano. Ahora todos hablan del nuevo estilo. Los beocios, porque no toleran quebradura en la costra espesa de su municipalidad. Los fariseos, porque no admiten la gracia de ritos nuevos. Otros le invocan como muletilla de su extravagancia. Algunos, por fin, encuentran su fórmula precisa y creadora en la obra [165] y en el verbo. ¿Lograré definir –el estilo primero, nuestro estilo luego– de modo que la definición sea veto de extravagantes y anatema de fariseos? Por lo menos, intentaré suscitar respuestas. El Nacionalsindicalismo, por lo mismo que se halla en trance creador, permite mejor vivirlo con ardiente y entrañada plenitud que expresarle acabadamente. Todos cuantos se hallen en verdad bajo su signo, y plegue a Dios que tal sea mi caso, son como poetas de un inmenso poema comunal que hubiesen recibido ese toque de la gracia histórica que se llama amor fati e intentasen lograr expresión nueva en el verso bien medido de la tarea propia. Este verso que cada uno tiene asignado allá donde la eternidad fluye en historia, será unas veces arte nuevo, Universidad nueva otras y otras justicia más lograda. Si el mío de ahora es definir con verdad, lograré decir cuál es la cifra más íntima de nuestro estilo.

La definición del estilo en general, de nuestro estilo en particular, viene decisivamente simplificada por tres penetrantes aciertos intuitivos de José Antonio. Dijo una vez: “tenemos un sentido permanente ante la vida y ante la historia, y ese sentido nos da las soluciones ante lo concreto”. Otra definió al Nacionalsindicalismo como “un modo de ser”. Por último, designó con el nombre de “nuestro Movimiento” a la comunidad de españoles dotada de sentido, de la cual fue soplo germinal. Modo de ser, sentido, movimiento –reductible en última cuenta al tiempo, según el tempus est numerus motus aristotélico-tomista: todo ello nos conduce de la mano a la más profunda y más radicalmente humana entre las filosofías de hoy: a la metafísica de Heidegger. “La elaboración concreta del sentido del ser es el designio de mi obra”, dice al comenzar “Sein und Zeit”. Pero el ser de las cosas, mi mismo ser de hombre no son inmediatamente apresables. En cuanto a mi ser de hombre, si no admito inicialmente un Verbo sobrehumano, no sé nada con certeza: sólo sé que inquiero acerca de él, que intento entender o comprender de él. Este inquirir acerca de, estos entender o comprender de [166] son momentos constitutivos de mi pregunta por el ser, son modos de ser de lo que es, y ahora, en cuanto yo interrogo por mi propio ser, de mí mismo. Ese algo que es, que nosotros mismos –hombres– somos, y que, entre otras, tiene la posibilidad de ser de la pregunta, es designado por Heidegger con el término “Dasein”, estancia. Y la estancia que sitúa ante el ser y comprende el suyo propio, existencia. No es ésta ocasión de seguir paso a paso la analítica de la estancia que hace Heidegger. Sólo me interesa señalar sus hitos fundamentales, que marcan también el camino del estilo. Ser, estancia, existencia valen tanto, en un primer estrato analítico, como ser - en - el - mundo. Otro paso ulterior nos da la abyectividad (Geworfenheit) de la estancia: esto es, el hecho de que mi estancia, mi ser interrogante, sea arrojado en las raíces mismas de su existencia, no dependa de sí: como de sí mismo decía Hoelderlin, “lanzado de roca en roca”. Por fin, la analítica de la estancia nos lleva a la temporalidad. Estancia es temporalidad, dice Heidegger.

Pero es aquí justamente donde viene la discrepancia radical entre el español –el nacionalsindicalista– y Heidegger. ¿Qué es el Nacionalsindicalismo? Un modo de ser que se realiza haciéndose “Movimiento”. Somos lanzados, arrojados en el tiempo –en la historia– pero no somos tiempo, por razones que luego saldrán, sino eternidad. Somos seres lanzados, en el tiempo –en la vida: el tiempo es la vida exenta de sus contenidos, decía Simmel, y de seres, añadiríamos nosotros–; lanzados según la vertiente de un modo de ser. En lo cual se halla la raíz última del estilo, porque ese modo de ser incide en el tiempo –en la vida, en la historia– según una línea melódica: según un estilo congruente con aquel modo de ser. Llevadas las cosas a su extremo maceramiento expresivo, un estilo es la línea de inserción de un ser en el tiempo, según un modo de ser. Pero nosotros, hombres, por el mismo hecho de serlo, trasponemos al plano psicológico las verdades del [167] plano metafísico. Al modo de ser le aplicamos voluntad y al estilo decisión determinante, sobre todo si el modo de ser es el nuestro, nacionalsindicalista. Todo lo cual se traduce en una concepción del estilo más “humana” que la anterior: el estilo, como voluntad permanente e inédita de realizar en la vida nuestro modo de ser, según una unidad melódica de actos acordes con la verdad última de aquél. La voluntad, el querer acerca de es un momento de nuestro modo de ser. Permanente, para que no se hienda la continuidad vital. Inédita, porque se realiza en el tiempo, pero existe intencionalmente antes de su realización melódica.

Sabemos qué es el estilo. Indaguemos cuál es nuestro estilo, según nuestro modo de ser. El cual no es, como en el planteamiento de Heidegger, inquirir sobre o entender de. Nuestro modo de ser está en servir a y en luchar por. Empleemos las palabras precisas de José Antonio: “Tenemos que adoptar ante la vida entera, en cada uno de nuestros actos, una actitud humana, profunda y completa. Esa actitud es el espíritu de servicio y de sacrificio, el sentido ascético y militar de la vida”. Servir a, luchar por: tal es, según definición del que lo creó, nuestro modo de ser. Pero no es ésta la sola divergencia entre el planteamiento de Heidegger, pese a que nos haya servido de tanto, y el nacionalsindicalista. Heidegger, en su analítica, describe fenomenológicamente los estratos del ser, con arreglo a una serie que termina en el término de todo, en la nada. Una serie que, eliminados algunos escalones en gracia a la brevedad, es: Ser – Estancia – Existencia – Ser - en - el - mundo – Abyectividad – Temporalidad – Ser - para - la - muerte – Ex nihilo. Por admitir que estancia es temporalidad, llega Heidegger a este terrible secuencia: la raíz última del existir es la nada. De ahí que ese ser - para - la - muerte le conduzca necesariamente a una angustia existencial, la angustia - de - la - muerte. El ser, la existencia, la muerte. ¿No tenemos los nacionalsindicalistas, por ser [168] medularmente españoles, algo que decir en torno a todo eso? “Y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte”, escribió Quevedo. “Muero porque no muero”, Santa Teresa. “La muerte es acto de servicio”, dijo José Antonio; y, luego: “Heroísmo es dar la existencia por la esencia”. El ser - para - la - muerte lo hemos escrito y vivido los españoles con más intensidad que nadie. Con más intensidad, pero con distinto sentido: porque nuestra serie analítica no termina en Temporalidad – Ser - para - la - muerte – Ex nihilo, sino en Temporalidad – Ser - para - la - muerte – A Deo.

A Deo. Ahí está el término auténticamente español. La raíz última del existir ya no es la nada, sino el Todo. El ser ya no es mera temporalidad, sino eternidad: como idea en la mens Dei antes de ser lanzada nuestra estancia al mundo, como sustancia después de ese trance. Y justamente por el hecho de terminar en el Todo nuestra implícita analítica de la estancia, el ser - para - la - muerte no da ya como fruto necesario la angustia - de - la -muerte (o ante - la - nada, lo cual es más exacto) sino la alegría - a - muerte, para usar una maravillosa expresión oída de labios de Alfonso García Valdecasas, que es la definición más breve, bella y profunda del estilo español. A la metafísica de la angustia opone el español, cuando sabe serlo, esa metafísica de la alegría de que me ha hablado más de una vez Luis Rosales, el poeta.

Nuestro modo de ser es servir a y luchar por. Pero como ese modo de ser, esa estancia nuestra termina en el a Deo pasando por el ser - para la muerte, de aquí que nuestro servicio sea un servicio - a - muerte y nuestra lucha una lucha - a - muerte. Servir a y luchar por la unidad en el hombre y entre los hombres, la Patria, el Imperio, Dios. Y como nuestro ser termina en Dios, en el Todo, de ahí que el servicio y la lucha no sean angustiados, sino alegres. La alegría es virtud preceptiva de nuestro Juramento. Alegría que pasa a través de la muerte y [169] adquiere sentido con ella: esto es, alegría grave, seria y –a veces– hasta trágica. Gravedad alegre, esta es la raíz última en orden a la realización melódica de nuestro modo de ser, este es nuestro estilo. Es grave nuestro estilo, porque nuestro modo de ser se realiza a través de la muerte; es alegre, porque la muerte no es la nada, como en Heidegger –como, en general, en todos cuantos partan de una concepción “natural” del hombre– sino el Todo. La raíz de nuestro ser no es la temporalidad, sino la eternidad. “El hombre es un ser portador de valores eternos que tiene un alma que salvar”, dijo una vez con poesía y verdad José Antonio, y de ahí parte todo. Gravedad alegre, porque del sentido de nuestro ser, que vale tanto, ya lo sabemos por Heidegger, como el sentido de nuestra muerte, sale el sentido de nuestra existencia, de nuestra vida.

Esta gravedad será unas veces concepción militante de la vida individual o colectiva. Otras, cierta actitud poética ante la vida misma de lo cual habló bien temprano José Antonio. Otras, conocimiento del hombre tan grave y entero, que no se conforme con la simple razón. Otras, estilo literario en el que venzan la fe y el entusiasmo a la ironía. Otras, justicia social profunda y alegre. Otras, acción directa, violenta y eficaz, buscando ese camino más corto que pasa sobre las estrellas. Otras, en fin, alegre servicio a muerte sobre el asfalto o en la serranía. Y siempre lucha grave y alegre contra la dispersión y la horizontalidad, en nombre de la unidad jerárquicamente vertical del hombre íntegro: del hombre en cuanto hombre, en cuanto español, en cuanto nacionalsindicalista.

La brevedad de una nota no permite justificar con pleno rigor filosófico y psicológico esa decisiva sustitución del ex nihilo por el a Deo, que el español auténtico ha hecho siempre implícita o explícitamente. Espero lograrlo en otra ocasión. En fin de cuentas, aunque por vía distinta, a ese mismo blanco apunta la afilada y humana argumentación de Alfonso García Valdecasas en su “Hombre y yo”, cuyas pruebas de impresión he podido leer. Del mismo Valdecasas procede la traducción de dasein, por estancia. No hay otra mejor, si nos atenemos al significado primero de la palabra, porque estancia o dasein –en sentido mas directo: el estar, el hecho de estar– es la sustantivación del infinito estar o da-sein.

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