Filosofía en español 
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Para la historia de la revolución

Relato emocionante de un prisionero [Francisco Aguirre Cuervo]

Crueldades y vejámenes.- Un párroco se vuelve loco.- Bajo la amenaza de la dinamita.- Hambre y sed.- Enfermeras socialistas, sin caridad.- La explosión, la huida.- La libertad, por fin.- Conducta ejemplar de un sacerdote católico que perdona y absuelve a su carcelero.

De nuestro enviado especial, señor Tarduchi

OVIEDO, 23. A las ocho de la noche hay orden de que nadie transite por las calles. Mañana he oído que se ampliará el permiso hasta las diez. No hay más remedio que recluirse en el hotel. Sólo los soldados andan por las calles, patrullando. Y en este silencio de la noche, voy a intentar una ordenación de ideas y de datos, hasta ahora recogidos, que den a los lectores de El Siglo Futuro una impresión de lo que ha ocurrido en Oviedo y en gran parte de su provincia, y que si España no lo remedia volverá a suceder antes de lo que muchos se creen.

No se ha dicho aún en letras de molde –al menos yo no lo he leído–todo el horror de esta revolución marxista, antiespañola y antihumana.

España necesita, en esta hora crítica de su vida, sacudir su inercia a fuerza de verdades; de verdades tremendas y horribles muchas de ellas; pero que si no se hacen llegar hasta su alma a golpes de gritos, su perdición es irremediable.

Tres impresiones distintas se funden en un solo sentimiento de amor patrio ante la revolución desencadenada en Asturias por el marxismo y sus jaleadores: de horror, tristeza y rabia.

Horror, porque la barbarie de los rebeldes ha llegado a límites de crueldad y de ensañamiento que superan a los más elevados que la civilización fija a los actos de los salvajes. Tristeza, porque las casas hundidas, los establecimientos saqueados, las iglesias y riquezas artísticas entregadas al fuego, el martirio de seres indefensos, las violaciones públicamente consumadas, el cieno inmundo de la barbarie anegándolo todo, nos dicen cuánto dolor y cuántas lágrimas han dejado tras de sí los días de esta criminal revuelta.

Y ahora, lector, para que compartas conmigo ese horror, esa tristeza y esa rabia, acompáñame a recorrer el itinerario sentimental de estas crónicas, léeme detenidamente, y aun entre líneas, por si te hace falta.

El relato de un prisionero

Y nada mejor para que empieces a saber lo que aquí ha ocurrido que contarte este emocionante relato que hace unos momentos acabo de oír de labios de un canónigo de la Catedral de Oviedo, de don Francisco Javier Aguirre Cuervo, prisionero de los rebeldes, y que, gracias únicamente a la misericordia de Dios, ha salvado la vida.

“Era el día 7 –me dice–; en la fonda donde vivo, había también aquel día varios viajantes. Empezaron a bombardear la casa. Alguien sacó al balcón un mantel blanco y empezó a gritar que no tirasen, que éramos trabajadores; no hicieron caso. Nos obligaron a desalojar la casa. Y fuimos por la calle, escoltados, llenándonos de insultos. “Son fascistas –gritaban–; hay que matarlos”, y como los hombres, las mujeres, algunas con largos cuchillos, nos amenazaban. Así nos llevaron a un portal de la calle de Campomanes, con los brazos en alto.

Nos dividieron entonces en dos grupos: uno que había de ir a Sama y Mieres, y otro que había de quedarse en Oviedo. A mí me incluyeron en este último.

Yo iba de paisano, y uno de los que nos guardaban me dijo: “No siendo cura ni fascista, no tienes nada que temer”. También, con toda tranquilidad, me confesó que había matado a tres seminaristas –aquella mañana murieron seis–; que los había encontrado aún con vida y los había rematado, y que decían: “¡Viva Cristo Rey!”

Después nos condujeron al Comité revolucionario, instalado en la calle de Martínez Marina, en el edificio de la antigua Inspección Municipal. Tenían a su servicio, por la fuerza, a cuatro guardias urbanos. Uno de ellos, padre de un sacerdote, del que no tenía noticias, y de un soldado, que estaba a aquella hora luchando en la custodia del Banco de España, lloraba desconsoladamente.

Por la tarde, llevaron presos más sacerdotes. Un muchacho joven se jactaba de tener los retratos de treinta curas de Oviedo. Era de Mieres, y echaba en cara a sus compañeros de aquí que no los habían cogido a todos.

También fueron llegando a la prisión Padres y estudiantes carmelitas, que abandonaron el Convento, y se habían refugiado en varias casas. Les denunciaron, y en ellas les detuvieron.

Al cachearnos, nos quitaron el dinero y relojes. A los que no eran sacerdotes, les dejaban el reloj y las alhajas. A mí, como me creían seglar, me dejaron el reloj. A un niño que vi allí y que se había confesado conmigo aquella mañana, le dije: “Niño, toma este reloj; si dentro de un mes no te lo he pedido, es que he muerto. Lo vendes y encargas una Misa por mi alma.”

Al día siguiente, un comunista de Oviedo vino a hacernos la filiación. Ese comunista me conocía personalmente, y me delató. Hacía dos años que vino a mí a decirme que su padre estaba gravemente enfermo y que deseaba expresamente confesarse conmigo. Fui, le confesé, y en su casa pasé la noche, hasta que el enfermo expiró. Yo, al verle, creí poder salvarme. “Mira –le dije– si me puedes sacar de aquí.” “Camarada –me contestó–, no puedo hacer nada por ti.” Y fue al presidente del Comité y me denunció, diciéndole: “Este fue el que confesó a mi padre: es sacerdote.”

De comer nos dieron conservas, sardinas y pan, y el martes 9, por la mañana, nos dividieron en dos grupos: uno de sacerdotes y significados derechistas, y otro de viajantes. A los primeros, nos atemorizaron con un simulacro de fusilamiento. Los sacerdotes nos dimos mutuamente la absolución, y exhortamos a los demás a bien morir. El Párroco de la iglesia de la Corte se volvió loco. Un carabinero –había dos prisioneros– se cortó la yugular con un alfiler. Se le condenaba, por haber hecho resistencia con otros, a los revolucionarios.

Nos obligaban a estar sentados, y para levantamos teníamos que pedir permiso. Los que nos custodiaban tenían orden de hacer fuego si nos levantábamos sin permiso.

Transcurrió así todo el día del miércoles, y el jueves fue al Comité Teodomiro Menéndez. Se sentó con él a una mesa, y presidió el Tribunal, formado por el Comité local. Nos fueron llamando uno a uno, a declarar. Aquello tuvo el carácter de un juicio. Teodomiro mandó poner en libertad a algunos, entre ellos al hijo del conde de Algüera. A los huéspedes de la fonda ordenó que volvieran a ésta en calidad de detenidos. A algunos sacerdotes y derechistas nos mandaron al Instituto, antigua residencia de los Padres Jesuitas. Estuvimos sin comer nada hasta el viernes por la noche. Los sacerdotes viejos, sedientos, pidieron un poco de agua. Se les contestó que no había. Sólo la de un pequeño estanque del patio, cubierto de hojas secas, en que se lavaban los sublevados de guardia. Bajaron por el agua dos estudiantes carmelitas, y subieron con un caldero lleno. Una enfermera socialista metía el tanque en el caldero, y nos decía que lo distribuyéramos entre cinco, “pues ustedes no son dignos de beber agua”.

Supimos que en la mañana del jueves, otro Comité revolucionario, en otra prisión, había ordenado la detención de más sacerdotes, entre ellos los canónigos don Joaquín de Eloy y don Francisco Bazán, y que en el intento de asalto de los revolucionarios al cuartel de Pelayo, de Infantería, los habían, como a los demás prisioneros, puesto delante de ellos, como parapeto. Al retirarse de allí, el canónigo don Francisco Bazán, que tenía los pies hinchados, desfallecido, cayó al suelo. Al verle caído y que no podía seguirles, le mataron.

Al canónigo don Vicente Coronas, cuando le cogieron estaba enfermo, con la cabeza llena de postillas. Le llevaron directamente a un hospitalillo, asistido por enfermeras socialistas, que dijeron se marchaban todas de allí si entraba aquel enfermo. Y le llevaron al Instituto.

El sábado, día 13, por la mañana, dejaron en libertad a unas cuantas personas de Oviedo de filiación derechista. Nos dejaron únicamente presos a los Padres Carmelitas, canónigos y demás sacerdotes, a algunos guardias de Asalto, y a los carabineros.

Por la tarde, entre denuestos y blasfemias, burlándose de nosotros, nos decían que nos preparásemos a “merendar con Cristo”.

Nos subieron a un segundo piso. Debajo habían colocado doscientos kilos de dinamita, y una caja de este explosivo en el hueco de la escalera, junto a la puerta.

Estábamos los sacerdotes rezando el Rosario, cuando una terrible explosión hizo trepidar todo el edificio. Dos de nuestros guardianes habían prendido la mecha de la caja de dinamita de la escalera, y huyeron, disparando al salir, contra las ventanas, para que no nos asomásemos. De la explosión voló la escalera y la parte posterior del edificio, y se prendió fuego el resto.

Nos salvamos de milagro. Un tabique de ladrillo se desplomó sobre la habitación donde estábamos, y no hirió a ninguno de los que allí nos encontrábamos. Al darnos cuenta del peligro que corríamos, con la escalera destruida, la casa ardiendo y doscientos kilos de dinamita bajo nosotros, uno de los guardias de Asalto, precipitadamente, con un hierro abandonado en el cuarto de baño hizo un boquete en el suelo y se descolgó, con otros, por medio de unas mantas al primer piso, para escapar después. Yo me tiré por una ventana a un tejadillo de la capilla, y de allí al suelo. También quiso hacerlo el Padre Pallarés, pero al saltar perdió pie, y se mató al caer.

En unos minutos desalojamos la casa y huimos. El grupo donde yo iba, lo componían unos cuantos Carmelitas, los canónigos Eloy y Coronas y cinco guardias de Asalto, fue detenido de nuevo. Nos dieron el alto apuntándonos con fusiles. El párroco de La Corte, que ya dije se había vuelto loco, no hizo caso y siguió corriendo. Dispararen sobre él y le mataron.

Les dijimos que huíamos porque el edificio estaba en peligro y lleno de dinamita. Entonces nos metieron en un pequeño garaje próximo. La casa no tenía más que la planta baja. Gracias a eso nos libramos de nuevo de la muerte. A poco de entrar allí, llegó el fuego a la dinamita almacenada, y todo el Instituto voló. Varias casas vecinas se desplomaron. Por encima de la que estábamos pasaron vigas y hierros. Seguimos en seguida nuestra peregrinación. Nos encerraren en una casa abandonada. Uno de los guardianes fue a preguntar al Comité qué hacia con nosotros. Nos dijo que toda España estaba entregada ya al comunismo; que el Tercio y los Reculares, llegados de África, se habían unido a ellos.

Todo mentira, pues nos enteramos de que el Comité de huelga había huido. El que le sustituyó tardó en venir. Empezamos a oír a los revolucionarios frases de desaliento. “La fuerza dispara contra nosotros –exclamaban–, hay que escapar”. Nuestros vigilantes soltaron las armas y huyeron.

Y aún permanecimos allí toda la noche, por si era falsa la alarma de los revoltosos.

El domingo, en las primeras horas de la mañana, a las seis, vimos patrullas de Regulares. Uno de los guardias de Asalto bajó y se puso al habla con una de ellas, que escoltó nuestra salida. Eramos 19. Por fin estábamos libres.

Hizo aquí una pausa mi interlocutor, que continuó después de este modo:

Este doloroso episodio que acabo de vivir ha tenido un epílogo.

El martes 16 fueron detenidos, como tantos otros, nuestros carceleros. Al ir a declarar vi que entraba, preso, uno de ellos, conmovido, llorando, un muchacho de unos veintitantos años. “¡Ay, que me fusilan!”, clamaba angustiadamente.

—Oye –le dije–, ten confianza en Dios que aún te puedes salvar. ¿No me ves a mí, que me permite que viva, a mí, que me pusiste doscientos kilos de dinamita y me he salvado? ¡Cree en Dios!

—A mí no me salva nadie –me decía entre sollozos.

—Oye, ¿te acuerdas –continué– que me tuviste veinticuatro horas sin darme de beber y cuarenta y ocho sin darme de comer?

—Me acuerdo de todo, Padre –me respondió.

—¿En qué te había ofendido yo; qué daño te había hecho yo, hijo mío?

—Ninguno, Padre.

—Pues mira, como hombre te perdono todo lo que me hiciste, y estoy dispuesto a decir que no te conozco. ¿Pedirás perdón a Dios?

—Sí –me dijo.

—¿Te arrepientes de los pecados de toda tu vida? ¿Quieres que te absuelva?

—Sí, Padre.

Le di la absolución y le abracé diciendo: “Te abrazo como si fueras un hermano mío”. Y le besé.

En aquel momento llegó uno de los guardias de Asalto, que había estado preso con nosotros. Le dijo unas palabras duras.

No sé qué ha sido de aquel muchacho...

Un largo silencio sigue a este emocionante relato, que yo no me decido a romper. Me limito, a poco, a despedirme.

En la calle, ya en sombras la ciudad, en el ambiente aún la escalofriante sensación de la tragedia, me entero que Teodomiro Menéndez está en su prisión perfectamente instalado…

Marcos de Isaba
[Emilio Rodríguez Tarduchy 1880-1964]