El Estudiante. Revista de la juventud escolar española
Salamanca, 1º mayo 1925
 
número 1
páginas 5-6

[ Fernando Felipe Martín ]

La Universidad de entonces

Yo… Fulano de Tal y Tal, licenciado en Derecho Civil y Canónico (in utroque jure), abogado de secano, natural y vecino de, &c., &c.…, estudié en la Universidad de Salamanca, por los años del 92 al 98, fecha en que ya era conocida esa cosa que se llama Ciencia del Derecho.

La Universidad de Salamanca es famosa en el mundo entero (París, Bolonia, Oxford) por su mucha ciencia y en la población por su mucho frío. De allí, de aquellas renombradas aulas de «do dicen» salieron sabios para todo el mundo, han salido pulmonías para todos los salmantinos; y quizá la pulmonía, que hoy existe en el extranjero, fue difundida por los sabios que la Universidad exportaba.

Lo prudente es taparse la boca al pasar por aquellos lugares, práctica que jamás descuidan los salmantinos conocedores del terreno y que muy pronto aprenden los forasteros que nos honran con su visita.

En los años del 92 al 98 la Universidad era ya tan fría como ahora. Apenas inaugurado el curso…

La inauguración del curso era una verdadera fiesta. Un sol con alientos de verano bañaba las aulas altas del viejo edificio; los estudiantes forasteros que abandonaron la ciudad en junio, volvían a la casa «paterna» de la patrona; regresaban a toda prisa los salmantinos que habían prolongado el veraneo; se animaban los cafés que habían estado desiertos y en la Plaza comenzaban estudiantes y muchachas a entretejer ese lío que los poetas llaman amor y que se desata por sí solo, si al final no se presenta un cura y lo hace indisoluble.

En la Ciudad todo era juventud. En la Universidad todo era vejez, ñoñería, polvo, silencio, tristeza, empaque.

Apenas se habían extinguido las notas de Campanone, que invariablemente resonaban en el Paraninfo el día 1.º de Octubre, cuando ya la Universidad tomaba su aspecto conventual. Un profesor ronroneaba la lección, echando miradas furtivas al libro que tenía delante; el bedel con su recio calzado paseaba por los claustros, marcando con sus pasos el andar del tiempo y los profesores subían y bajaban las escaleras seguidos por los alumnos.

¡Qué profesores!

No todos merecen un recuerdo; pero ¿como no recordar, por ejemplo, aquel D. Juan Pablo Pérez de Lara, conde de Francos, romanista insigne? Los que no le vieron subir, al filo de las 12, las escaleras de la Universidad, acompasando sus pasos a los golpes con que marcaba el mediodía el reloj de la docta casa, no pueden tener ni idea siquiera de lo que es seriedad académica.

Comenzaba el curso.

Los estudiantes, en general, trabajaban sin descanso y solo, como ocurre siempre, algún cuitado se dedicaba a distraer a los profesores; pero los más… Los más trabajaban tan afanosa y calladamente como las hormigas; quién leía, amparado por los pliegues de la protectora capa, un novelón instructivo; quién gravaba a punta de navaja el nombre de su dulcinea; quién… Hasta hubo estudiante que, dando pruebas del más generoso sentimiento de abnegación, criaba unos ratoncitos en el pupitre de su banco, y todas las mañanas les llevaba el necesario alimento.

¡Cómo trabajaban todos, profesores, alumnos y ratones!

De pronto, no se sabía cómo:

«Nube que el rayo contiene
Pasa y con cumple su oficio
Sin decir de dónde viene»,

estallaba la tormenta. Un profesor llamaba a un alumno y le preguntaba unas cosas que estaban en un programa y que el profesor juraba por su honor que había explicado. El alumno, dando pruebas de una admirable sinceridad, se limitaba a decir que no sabía nada, los demás decían lo mismo, guiados por un hermoso espíritu de clase, y aquel día terminaban las relaciones entre profesor y alumnos. Con esto no terminaba el curso, quiá! Los días seguían monótonos, soñolientos, desesperantes. El profesor repitiendo el libro de texto hasta con las erratas y los alumnos gastando los relojes a fuerza de consultarlos.

Esta era la parte seria. La parte cómica corría a cargo de los auxiliares. El profesor numerario no podía familiarizarse con el alumno, lo que imposibilitaba toda obra científica, dejando reducida la enseñanza a una clase de Instituto (¡perdón señores, del Instituto!) en que se toma la lección. El profesor auxiliar no podía ponerse serio. No podía, primero porque no sabía y después porque tenía al alumno un miedo inexplicable. Claro que todo esto le importaba al auxiliar muy poquito. Lo que a él le interesaba eran los pasos; los repasos diremos, para no confundirlos con los de Semana Santa, auxiliar había que con un sueldo de 1.500 pesetas vivía como un príncipe ruso.

¡Ah, la Universidad desempeñaba una importantísima misión!

Yo, sin embargo, no podía con la misión. Un día se reunieron tres señores, me llamaron a su presencia y me declararon licenciado en Derecho, como me podían haber declarado perito agrimensor. Cuando vi que las puertas de la Universidad se cerraban detrás de mí, sentí tal asco por todo aquello, que juré no utilizar en la vida «mis conocimientos jurídicos».

¿Que haría yo, que necesitaba ganarme la vida, que no tenía medios de fortuna? Vendería periódicos, cantaría coplas… cualquiera cosa que no fuera universitaria, porque lo único que me dejaría vivir, sería no pensar jamás que había perdido unos años en la Universidad.

… … … … … … … …

Han pasado muchos años. Solo fijando bien la vista y aguzando el oído, percibo el rumor y el contorno de aquella vida, y el tiempo, que todo lo borra, no ha sido capaz de borrar aquella maldita impresión que me parece de una borrachera. Sin embargo, cuando me llegan, como a cada quisque, momentos difíciles, se alza ante mí la figura del maestro venerable a quien siempre me reconozco deudor: la figura de aquel Dorado Montero, que me enseñó a ver en los libros y en las gentes y que me señaló una misión que llena mi vida.

Pero a Dorado Montero no le incluyo entre los profesores de la Universidad, por que Dorado Montero era la protesta contra la Universidad.

Fernando Felipe

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