Filosofía en español 
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[ Rufino Aguirre Ibáñez ]

Cinema y otras cosas

Charles Chaplin, sordomudo

Los periódicos han popularizado la noticia: Charles Chaplin, transige con el cine sonoro. “Charlot –ha escrito recientemente Francisco Ayala, en Indagación del cinema– es el hombre de los muelles, de los mercados, de las calles, de los rincones urbanos o suburbanos. El hombre sobrante, desocupado y famélico que emigra y merodea”. “Charlot”, pues, sublimación de la humana escoria, que eleva hasta nuestro corazón y al rango de epopeya triste y mísera la miseria de todos; el gran trágico de las menudas tragedias sin gritos ni actitudes airadas, “Charlot” – decimos– claudica. Tan sólo, claro está, aparentemente. No podía el genio que inventó “la danza de los panecillos” en The Gold Rush, rendir vasallaje a esa estúpida mezcolanza de ruidos, canciones, fragmentos de conversación, mal remedio del cinema, de las varietés y del teatro, que quiere ser –y lo es– el cine sonoro. Pero el cine sonoro le arrolla, invade estudios, conquista salas de espectáculos. Mientras pasa el turbión, que pasará sin duda alguna, “Charlot” claudica aparentemente. Intervendrá –repetimos– en un “film” sonoro. En torno a él, desde el rumor poético –insustancial– de los arroyos y las frondas hasta los ruidos desapacibles, absurdos, de un “¡te amo!” en inglés, o la caída – tanto monta– de una silla contra el suelo, lanzada por un marido burlado.

Su truco es genial. Palabras, ruidos, música. Él interpretará un papel de sordomudo: cerrado el oído y la boca a cal y canto. Voluntariamente mudo y sordo. Que hablen, que griten, que canten los demás. Le basta a “Charlot” el gesto para explicarlo todo, para decirlo todo, para llenar nuestro corazón de su angustia, que es la misma que desde siempre mana y remana del hombre a la vida, de la vida al hombre.

* * *

Una vez más, el elogio apasionado del cine. Del film mudo, deliberadamente mudo. Luces, sombras, claroscuros, sin más instrumentos de emoción artística que los naturales, consustanciales con lo que hemos dado en llamar fotogenia.

Más que del cine de ahora, del cinema del porvenir. Cuando pase el período de crecimiento industrial, lograda ya la técnica definitiva y el modo formal definitivo de su expresión, es decir, cuando los balbuceos, las indagaciones y los intentos de ahora puedan juzgarse, en perspectiva, como edad heróica del arte cinematográfico, surgirá de la larva de hoy, casi sin estética, el vástago robusto, injerto de todas las artes; pero ya con su emoción personal y su sabor inconfundible.

El porvenir, que no fiamos a nuestros hijos, ya que aspiramos a vivir en su torbellino, sufrir y padecer por él hasta caer en su regazo, estará influenciado de la interpretación, distinta, que el cine nos depara. Nueva visión de la vida, de los objetos y, naturalmente, de los sentimientos y de la moral. Se ha dicho que el objetivo cinematográfico es un ojo sin tradición, sin moral, sin prejuicios, capaz, sin embargo, de interpretar por sí mismo.

Evidentemente cierto. La pintura, la dramática, la escultura o la poesía responden –en círculo vicioso– al concepto estático o por lo menos premioso, de lento girar, de la vida corriente de nuestros días y ésta produce aquellas manifestaciones como secuela obligada que liga el árbol y el fruto. El objetivo del cinema modificaría, radicalmente, todos los conceptos, como ya va modificando la visión simplemente geométrica de las cosas.

Ajeno a nuestra voluntad, interpreta por sí mismo. No tiene escrúpulos, ni prejuicios, ni tradición que lastre el desgaire de su paso. Las cosas son como él las ve, sin influencias ni coacciones.

El porvenir estará en todos sus aspectos influenciado por el ojo fotográfico del cinema.

* * *

“Charlot”, sordomudo. Una lección de conducta. Que hablen los demás. Se ha hablado tanto, se sigue hablando tanto que la virtud está en callar, en volverse voluntariamente sordomudo, mudo y sordo como una tapia.

Hemos hablado con exceso. Saliva gastada, y sin sus jugos, por lo mismo, tan necesarios a la nutrición. Conviene callar un poco, recogerse, no gastar palabras en balde, y sordomudo voluntario, mejor que tartamudo a la fuerza.

No es época de hablar demasiado, sino de pensar mucho. Para uno mismo, en constante reflexión ante el paisaje en torno.

“Charlot”, claudicante, no claudica del todo. Siempre en el centro de las preocupaciones humanas, que el genio de Charles Chaplin está hecho de carne viva y de sangre, interpretando con su congoja, la congoja de todos.

Que si el buen japonés de los arrabales de Nagasaki; –ha escrito Eduardo Ramonol– el “bicot” emigrado de su “bled” hacia la ciudad tentacular; el rudo campesino de Alemania y el mísero inglés coinciden en aplaudir y en amar a The Kid, El Peregrino, Día de paga o The gold rusch, con el mismo fervor, triste y regocijante a la vez, del “mujik” sovietista, del francés moderado, admirador de “Charlot” o del mestizo sudamericano, entusiasta de “Carlitos”, es porque Charlie Chaplin supo encerrar toda la angustia humana en una mirada o en un gesto que hará reír; es porque el mundo entero percibe su propia angustia y su miseria en cada uno de sus “films”, estaciones sin dinero de la Pasión de nuestro hermano Charlie Chaplin.

R. Aguirre Ibáñez