La Libertad
Madrid, martes 14 de septiembre de 1926
 
Año VIII, número 2.021
Páginas 1 y 2

Luis Jiménez de Asúa

La muerte de Edwin Elmore

Chocano, homicida

 
El crimen

Edwin Elmore, terciando en la polémica entablada entre José Vasconcelos y Santos Chocano, escribió un artículo –que no quiso imprimir el diario «La Crónica»– solidarizándose con los conceptos ideológicos del primero. Chocano ha dicho que ese trabajo contenía «soeces insultos»; pero el que lo lea sin apasionamientos podrá convencerse de que no hay posible injuria en unos alegatos de orden «doctrinal», como califica Elmore el tema que se dispone a desenvolver en los párrafos siguientes, y cuantas veces adjetiva, incluso con dureza, la conducta de Chocano, se refiere a pensamientos, actos o doctrinas por él expuestos en su actuación pública. Un poeta ilustre y un político que pretende marcar rumbos a su país, no debe aspirar, si está sano de mente, a situarse extramuros de la crítica. Elmore cumplía una función social indispensable: la de polemizar sobre ideas que habían sido públicamente expuestas. Como realmente este ensayo nada injurioso contenía, Chocano ha dicho en el proceso criminal que las frases lesivas fueron proferidas en una conferencia transmitida por radio y que se tituló «El nuevo iberoamericanismo», en la que todavía es más suave la forma y más característicamente doctrinal su fondo.

Pero Chocano, megalómano superlativo, hinchado de vanidades, reputó insulto lo que no era más que crítica, y con ademán estúpidamente villano injurió a Elmore por teléfono, diciéndole que era hijo del «traidor de Arica». No sólo era vil con Edwin, sino canallesco con el padre, cuya conducta en la guerra del Pacífico ha quedado enaltecida y sin mácula alguna. Chocano no dió tiempo a que Elmore le respondiese y colgó el auricular; pero se hallaba tan irritado, que ni aun el insulto desfogó su furia. Entonces escribió una carta que se lee con sonrojo y que inhabilita a Chocano, incluso como escritor. En ella no hay ingenio alguno y se halla horra de buen gusto. La indecorosa misiva empieza así: «Desgraciado joven: Aunque no tiene usted la culpa de haber sido engendrado por un traidor a su patria, tengo el derecho de creer que los chilenos han pagado a usted para insultarme, como pagaron a su padre para que denunciara las minas que defendían el morro de Arica.» Luego le llama «cucaracha», «raza de víboras», y continúa: «Debe usted a Clemente de Palma la vida, porque si sale publicado su articulejo de mayordomo o cochero de los que algún valor personal o intelectual siquiera tienen, le hubiera yo, sin el menor reparo, destapado los sesos, con la misma tranquilidad con que se aplasta a una cucaracha metamorfoseada en alacrán.» Sigue calificándole de «miserable y cobarde», y el ominoso documento termina así: «Entienda usted que si no se apresura a escribirme dándome plena satisfacción, seré yo el que publique esta carta –cuya copia me reservo–, y cuando le encuentre le escupiré la cara, para que si osa levantarme la mano destaparle los sesos. ¡Un peruano por quien un rey, diez Gobiernos y tres Congresos se interesan, insultado por el hijo del traidor de Arica! Miserable: Como he aplastado a Vasconcelos te aplastaré a ti, si no te arrodillas a pedirme perdón. Yo, para usted, no podría ser sino su patrón.»

Esta carta –que fué enviada a las cuatro de la tarde del 31 de Octubre de 1925 y que recibió la señora de Elmore en el momento en que caía herido su esposo– es el más transparente documento psiquiátrico con el que Chocano revela su megalomanía constante. El poeta no está sano de espíritu. Cierto. Pero por eso su temibilidad es mayor y más urgente el deber de recluirle por tiempo indefinido.

Santos Chocano se proveía al mismo tiempo de un enorme revólver, a pesar de su designio de ir a ver al presidente Leguía, como parece comprobarse por la vestimenta de chaquet que llevaba puesta. La pistola y la carta desvelan bien nítidamente las intenciones del delicado vate.

Edwin Elmore, afectado profundamente por el torpe insulto recibido por teléfono, escribió unas frases, justamente severas, contra quien injuriaba a distancia la memoria de su padre, y las llevó al diario «El Comercio» para obtener su publicación. Pocos instantes después llegó Chocano a la imprenta del periódico. Elmore, ofendido en lo más sensible, agredió a puñetazos al poeta, que iba provisto de un bastón, del que pretendió hacer uso sin conseguirlo, porque su adversario le desarmó, a pesar de la corpulencia de Chocano. La razón da mucha fuerza. Entonces, Santos Chocano sacó un revólver, a cuya vista Elmore soltó al poeta y retrocedió con las manos en alto, hasta llegar al muro. El vate hizo puntería, y cuando la segura víctima estaba a dos o tres metros, disparó. La bala alojóse en el vientre de Edwin, que por su pie acercóse a la puerta, donde [2] se desvaneció en brazos de unos amigos que pasaban.

Operado prontamente, el médico no pudo suturar todas las perforaciones intestinales, que eran numerosas, porque el herido se sincopaba mortalmente en la cama de operaciones. Elmore murió el 2 de Noviembre a consecuencia fatal del disparo.

Para impedir que las opiniones tomaran sesgos impropios, Teodoro Elmore, hermano de la víctima, editó «Algunos documentos relacionados con el asesinato de Edwin Elmore», en la imprenta Sanmartí, de Lima, a fines de 1925, en cuyo folleto colecciona las cartas y artículos que antecedieron al crimen.

 
El sumario y la sentencia

En el sumario se hallan pruebas de los intentos hechos por Chocano para buscar la impunidad y de las complacencias de las autoridades, bienquistas con las intenciones del vate. Santos Chocano invoca la legítima defensa, en cuyo ejercicio dice extrajo el arma sin más fin –según él– que intimidar a su víctima; pero Elmore se arrojó sobre el revólver y entonces partió el tiro. Este mendaz alegato, que el poeta quiso basar en unos informes de balística, quedaba nulo por la ausencia de fogonazo en la ropa que el muerto llevaba puesta. También aquí, apoyándose en las dudas de algunos testigos sobre la vestimenta de Elmore, se ha querido hacer creer que la viuda cambió el traje de su esposo.

El informe de Avendaño, recusado por Chocano, pero suscripto por los demás expertos, y las declaraciones terminantes de los testigos presenciales, sobre todo de Antonio Miró Quesada, director de «El Comercio», eran de tal probanza, que apareció patente la falsedad de las versiones del matador, que hizo de la mentira su sola defensa.

Todavía se quiso acudir a otro recurso. Un médico lanzó la aventurada tesis de que si la intervención quirúrgica hubiera sido practicada según arte y ciencia, Elmore no habría muerto. Me parece increíble que haya habido un doctor en Medicina capaz de afirmar esto con tanto desenfado. Pero aun cuando fuese cierto, en nada influiría para la calificación de los hechos. Todo el que conozca medianamente las doctrinas de la causalidad material, sabe que la desgracia del médico no cambia el diagnóstico legal del delito perpetrado, en casos como el del crimen de Lima.

Ante la falsía y la torpeza de estos intentos de exculpación, el fiscal no tuvo más remedio que acusar. Mas el doctor Zavala Loayza, que pedía para una estafa seis años de prisión, tuvo para Santos Chocano, no sólo frases de magnanimidad conmovida, sino hasta palabras de admiración y excesivo respeto, y concluyó solicitando para el «bardo nacional» la pena de cinco años de prisión, como reo de un homicidio pasional, a quien estimó aplicable el artículo 153 del reciente Código peruano, que dice así a la letra: «Se impondrá penitenciaría no mayor de diez años, o prisión no menor de un año ni menor de cinco años, al que matare a otro bajo el imperio de una emoción violenta que las circunstancias hicieren excusable.» La sentencia todavía fué más benigna, pues condenó a Chocano a tres años de prisión y a 10.000 dólares como responsabilidad civil.

 
Crítica científica

En presencia de ese fallo, la crítica imparcial debe mostrar su discrepancia. Ni la calificación del delito, ni la peligrosidad del reo, autorizaban tantas bondades.

Chocano quiso dar un tinte político a su crimen. Motejó de «derrotista» a Elmore y presentóse como el representante del nacionalismo peruano en la difícil polémica Tacna y Arica. Pero todo el que explore el asunto sin prejuicios, ve que el poeta insulta y hiere a su adversario ideológico porque ofende –según el vate megalómano– a un peruano «por quien un rey, diez Gobiernos y tres Congresos se interesan». Era tan disparatada esta defensa, que el sumario no valora la pretendida índole política del delito.

Pero, como he dicho, se hace uso del artículo 153 del Código Penal peruano de 1924, y se considera el homicidio perpetrado «bajo el imperio de una emoción violenta». ¿Puede decirse con acierto que la muerte de Elmore fué oriunda de una pasión noblemente explicable, de un justo dolor capaz de producir reacciones agresivas en quien lo sufre? Debió rastrearse la génesis de este artículo por los Tribunales peruanos. Maúrtua, autor de la nueva ley penal, lo tomó del artículo 81, letra a), del Código argentino de 1922, que lo copia, a su vez, del artículo 100 del Proyecto suizo. Este inciso, sabiamente compuesto, no puede desentrañarse sin conocer a fondo el pensamiento de los redactores helvéticos, cuyas discusiones se hallan completas en el «Protokoll der zweiten Expertenkomission», editado en Zurich. También han valorado con acierto el alcance del homicidio emocional los profesores argentinos Juan P. Ramos, en la «Revista Penal Argentina» del año 1922, páginas 156-164, y Sofanor Novillo Corvalan, en el diario «Los Principios», de la Córdoba argentina, del 5 de Junio del citado año.

Cualquiera que sea la amplitud que quiera darse a ese precepto, nunca podrá alcanzar a las reacciones paranoides de un soberbio. El ensayo escrito por Elmore, y que «La Crónica» no publicó, jamás es susceptible de originar la «emoción violenta», que atenúa el homicidio en hombres mentalmente sanos.

Es más: aplicando las normas del artículo 51 del Código del Perú, debió estimarse como circunstancia de mayor peligro el designio homicida de Chocano, bien demostrado por la terrible carta, antes recordada, y por la tenencia del revólver en un día que destinaba a visitar al presidente de la República. La calificación del hecho debió ser, por tanto, mucho más severa.

Pero lo que más me importa subrayar es que el tratamiento penal que la sentencia impone no acompasa con la alta peligrosidad del matador. La vida aventurera y de placeres que Chocano llevó siempre, su desarreglo y, sobre todo, su extremada megalomanía, revelada en las frases desbordantes de soberbia que constantemente se le escapan, y sus reacciones paranoides, motivadoras del crimen, unidas a la litiasis biliar padecida, y que –según los peritos– «aumenta su emotividad», dibujan a maravilla la figura del anormal, mucho más peligroso que el delincuente sano y cuerdo, pues en aquél los frenos inhibitorios no funcionan u operan defectuosamente.

Yo no pido que se encierre al poeta en dura cárcel ni que se le sujete a tratamientos feroces. Mis doctrinas penales me lo vedan. Pero en todos los Códigos modernos, y también en el peruano, existen ya medidas de custodia contra los peligrosos por trastornos mentales de mayor o menor monta. Aplíquese a Chocano un internado de seguridad en un establecimiento adscrito a ese fin custodio por tiempo indefinido y condicionado al término de sus anormalidades de la mente, que, por desgracia, parecen ser ya incurables.

Nunca me ha sido grata la figura del fiscal ni la del acusador privado. No tercio, pues, en este patético asunto por afanes expiacionistas. Sólo me ha guiado, a más de la fraternal camaradería con la víctima, el deseo de informar verazmente a los españoles del dramático episodio que ha querido enturbiarse con propósitos nacionalistas.

Luis Jiménez de Asúa

Perlora (Asturias), Septiembre.

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Edwin Elmore
1920-1929
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