La Época
Madrid, sábado 13 febrero 1926
 
año LXXVIII, nº 26.877
Suplemento La Época del domingo, año VI, nº 268

Lucio Gil Fagoaga

El último sendero de Adolfo Bonilla

Cierra la muerte inopinadamente nuestras esperanzas y nuestros ojos, y deja a los supervivientes la obligación del postrer balance, tanto más espinoso, cuanto mas excelsa fuere la figura desaparecida. Ofrece aquel grandes dificultades a propósito de Bonilla, maestro eminente y hombre extraordinario, cuyo tránsito debe ser llorado, no ya por las gentes intelectuales, sino por todo español digno de serlo.

Hombres como Bonilla, serenos ante la inestabilidad, sintéticos ante la especialización, patriotas ante el cosmopolitismo, es muy extraño que aparezcan en nuestro ambiente vertiginoso. Bien obvió es que Bonilla no era estrictamente un «intelectual», todo y solo cerebro, sino un «humanista», en que «el peso de su saber no ponía alas de plomo a su risueña y juvenil fantasía, abierta a todas las impresiones del arte, ávida de sentirlo y comprenderlo todo y de vivir con vida íntegramente humana», como advirtiera Menéndez y Pelayo; y aquella vida plena con que le vimos, equilibrada aun en el desequilibrio, tuvo siempre un profundo sentido «españolista», que se sobreponía a las constantes sugestiones de sus viajes.

La poligrafía que por necesidad de su propia naturaleza profesaba, unida a un dinamismo integral verdaderamente titánico, le hizo desarrollar una multiplicidad de temas desconcertante. En el Catálogo de sus obras, debido al señor Galvarriato, Madrid 1918, puede meditarse la heterogeneidad sobre que versan las 150 publicaciones de Bonilla consignadas allí; y a este caudal hay que añadir su obra posterior: «Derecho Bursátil» (en colaboración con Miñana), «Atavismo en el Derecho», «Un cancionero del siglo XVII» (en colaboración con Melé), «Pedro Ponce de León», «Los mitos de la América precolombina», «Las bacantes o del origen del teatro» (donde refundió lo fundamental de su libro inédito «El teatro español anterior a Lope de Vega»), «Dante y el tratado 'De Monarchia'», «Sobre un tomo perdido de Lope de Vega», «Sobre el ajedrez y los libros de caballería», «Francisco Suárez», «Hernando Alonso de Herrera», «Ángel Ganivet», «El problema de la verdad en Balmes», las ediciones de la «Filosofía fundamental» de este último, de las obras de Jácome Ruiz y trabajos de la Facultad de Filosofía y Letras; estudios acerca de Malebranche, Alfonso X, Consejo de Indias, Menéndez y Pelayo, Mariano de Cavia, Rosa Bazán de Cámara, Escudero de Juana, notas de su viaje a extremo Oriente y discursos a propósito del Instituto de Idiomas de Valencia y de publicaciones de los señores Ureña, Torrubiano, Carpena, Miñana y Goicoechea.

Pero no estriba sólo en esto el impedimento con que luchará quien quiera penetrarse del pensamiento de Bonilla. Es, además, que su espíritu, como el de Platón en Grecia, como el de Schelling en Alemania, no puede comprenderse, si no se tiene en cuenta que estaba en todo momento evolucionando. La actitud espiritual de Bonilla, en sus últimos años se aparta mucho de sus primeras posiciones, y no estará de más que fijemos en este artículo los rasgos evolutivos fundamentales.

——

Una de sus poesías, publicada en 1908, empieza:

«Do quiera que los pasos encamino,
una voz temerosa y resonante,
me dice: “¡Más allá! ¡Sigue adelante,
que no es aquí el lugar de tu destino!”»

Prescindiendo de la hipérbole y demás ficciones poéticas, había algo de verdad en eso. Su prodigiosa movilidad, apenas interrumpida por brevísimos descansos; su curiosidad desordenada por los más distantes matices de la cultura y de la vida; su gran capacidad de adaptación a situaciones y a personas opuestas, le conducían a una dispersión de funciones, comprensible sólo en una resistencia mental como la suya, y a una serie de estados, tan pasajeros como diversos y frecuentes, en que las cosas de actualidad, los amigos, los maestros, influían poderosamente en él y le determinaban ocasionalmente en cualquier sentido. El mismo se censuraba a veces que su obra «resultaba circunstancial». Anotemos, sin embargo, en justicia, que esa circunstancialidad iba disminuyendo progresivamente.

Todo era armónico en Bonilla, cuyo sano humanismo le dirigía abiertamente a practicar la máxima de «nada en demasía», el «ne quid nimis» clásico; la modestia y la sencillez, por, otra parte, se reflejaban en sus actos más complicados y transcendentales, y de ahí que su evolución espiritual, mirada en conjunto, fuese tan clara y natural como su vida.

Partiendo de aquella actitud centrípeta, que le había puesto bajo la dependencia del medio ambiente; empezando por recoger ávido las enseñanzas del exterior, con espíritu crítico, sensible a todas las manifestaciones del momento y de la tradición; su vida fue una emancipación constante, un desatar continuo los lazos que le tendían las circunstancias del presente, una liberación del dato concreto y, dicho con palabras de fray Luis de León, un «reducir a unidad la muchedumbre de las diferencias», haciendo menos caso de las cosas empíricas que de la esencia fundamental que las envuelve y en alas de la cual, en movimiento centrífugo, llega a ser posible superar el mundo.

Ante la relativa sensación que produce entre nosotros la desaparición de un hombre eminente, se lamenta hoy el hecho de que grandes obras de Bonilla hayan quedado sin terminar. Las obras, en serie de volúmenes, a que el público se refiere, son cuatro principalmente: «Historia de la Filosofía española» (publicados dos tomos, el primero de los cuales comprende desde los tiempos primitivos hasta el período cristiano, que termina en el siglo XII, Madrid, Suárez, 1908, y estudiando el segundo la filosofía de los judíos durante los siglos VIII al XII, Madrid, 1911); «Códigos de Comercio españoles y extranjeros» (en colaboración con Miñana y Álvarez del Manzano; publicados seis volúmenes, Madrid, 1909- 1914); edición de «Obras completas de Cervantes» (en colaboración con Rodolfo Schevill; 14 volúmenes publicados; el último: «Novelas exemplares», tomo III, Madrid, Gráficas Reunidas, 1925); edición de «Obras completas de Menéndez y Pelayo» (publicados 14 volúmenes, el último de los cuales constituye el tomo V de los «Estudios sobre el teatro de Lope de Vega», Madrid, Suárez, 1925).

Ahora bien: sentado lo que antecede, de estas cuatro magnas obras, así como del estudio que había de formar el tomo III de sus «Libros de Caballerías», o de los cuadernos tercero y siguientes del «Archivo de Historia de la Filosofía», cabe decir, sin temor a equivocarse, que aunque Bonilla hubiese vivido para bien de la patria muy luengos años, es dudoso sobre manera que las hubiese terminado en su mayor parte, y seguro, en todo caso, que de hacerlo, no hubiese puesto en ellas aquella fe y entusiasmo que lleva consigo la convicción.

El plan de estas obras había perdurado en su primitiva rigidez, mientras que el espíritu de Bonilla, siempre vivo y flexible, tendía ya espontáneamente a otras moradas bien distintas de la erudición histórica o de la interpretación jurídica. Puede que un día lleguen quienes, libres de pasión y anhelantes de verdad, continúen esos estudios del doctor Bonilla y vengan a darles cima con la capacidad científica que se quiera. No se piense que en aquel día se habrá llenado el vacío que Bonilla deja, ni se habrá hecho otra cosa que suplir lo que acaso no era más que accidente en la obra del gran polígrafo.

La obra que Bonilla deja «inacabada» es justamente su obra «circunstancial». Y lo más interesante para nosotros no es que hubiese terminado esos libros, sino que hubiese cristalizado en otras obras sus últimas apreciaciones generales del mundo y de la vida, esto es, la cúpula de su edificio.

El pensamiento de Bonilla estuvo ocupado años y años en una apresurada labor: resolvía problemas concretos, investigaba cuestiones de hecho, recogía multiplicidad de datos; en suma, se ocupaba en los cimientos de una gran construcción inductiva. La obra de juventud de Bonilla, dígase lo que se quiera, ha sido la de un positivista, la de un científico que duda de la Metafísica, la de un escéptico que se ríe íntimamente de las «grandes cuestiones»; como Aristóteles en el cuadro de Rafael, referíase a la tierra.

Al final de uno de sus más famosos libros, de «Luis Vives y la Filosofía del Renacimiento» (Madrid, 1903), escribía: «Lejos de constituir un demérito de la filosofía de Vives el carecer de aquel aspecto sistemático, de aquella disciplina doctrinal rigurosamente establecida, necesarios para la existencia de una escuela, es, a nuestro entender, uno de los principales motivos por los cuales la filosofía moderna debe estar reconocida y prestar acatamiento a la memoria del polígrafo valentino. “Las escuelas pasan, los sistemas desaparecen”».

Y en el fascículo I de su «Archivo de Historia de la filosofía», Madrid, 1905, añadía: «Cuarenta siglos hace que se investigan los tres puntos cardinales de la reflexión filosófica: Dios, el Espíritu, la Naturaleza, y el europeo más civilizado sabe positivamente acerca de ellos, en el orden racional, lo que cualquier salvaje de Oceanía. La gran obra de Sexto Empírico, de Erasmo, de Luis Vives, de Bacon, de Francisco Sánchez, de Hume, de Kant, de Herbert Spencer, “ha consistido en llevarnos ante el espejo de nuestra lacería metafísica”». No de otra manera hablan los hombres empíricos, los «científicos» por excelencia, los que se orientan por la realidad que tienen ante los ojos, los positivistas, los relativistas, los hombres de «buen sentido», los pragmáticos.

Pero tengamos en cuenta que Bonilla estaba ocupado entonces en una obra de cimiento: profesaba seriamente el Derecho, la Economía, la Historia, la Literatura, y en nuestra actual cátedra de Psicología, que él desempeñó durante mucho tiempo, profundizaba, más de lo que puede suponerse, problemas fundamentales de Física, de Química, de Biología, y especialmente de Anatomía, Fisiología y Medicina. Inédito ha dejado un precioso compendio de Psicología en el que se consideraba a esta disciplina como ciencia exclusivamente natural.

A medida que el cimiento crece, va dejando de ser cimiento; y cuanto mayor número de aposentos a pie llano se construyen, más se siente la necesidad de pisos altos y de torres que apunten al cielo, si la construcción ha de conservar dignidad y no convertirse en barrio o en caserío.

¿Cómo había esta verdad de pasar inadvertida para el espíritu de Bonilla? Su obra «circunstancial» pugnaba por sujetarle, la Fama le tenía ya prematuramente clasificado como un formidable crítico y erudito, la fuerza de la inercia y de la tradición pesaba sobre él; pero contra todo eso, sus hombros de titán se alzaban, desplazando aquella carga e iniciando a la vez un nuevo y postrer camino ascensional, que le hubiese permitido coronar su obra.

Ya no se atrevía a publicar su Compendio psicológico; frecuentemente desautorizaba diversos escritos de su juventud; de la excelente «Historia literaria» de Fitzmaurice-Kelly (edición española), en cuya confección tanta parte tomó, decía que estaba escrita «entre sorbo y sorbo de café», y el pensamiento de continuar algunos de sus libros le producía tanta desazón como la urgente contestación de su correspondencia y el préstamo de libros selectos a personas que no fuesen de su mayor confianza.

Claro es que semejante cambio en sus preferencias íntimas no podía reconocer como razón bastante la mera idea de enaltecer su obra. Sobre nuestro pensamiento, está nuestra vida; pero en el transcurso mismo de la vida de Bonilla, pueden también hallarse peculiaridades que contribuyan a esclarecer a grandes rasgos su evolución.

Aquel hombre, que tenía la inteligencia soberana de un dios y la ingenuidad de corazón de un niño, había de luchar y de trabajar muchísimo, dadas su independencia de carácter y la magnitud de los compromisos de su obra científica. A propósito de un libro de Ramos Mejía, escribía en 1912: «Siempre el apego a las multitudes en cualquier esfera que sea, es síntoma de debilidad, en lo biológico. Las ovejas y las palomas suelen ir en rebaños y en bandos; el león y el águila no son gregarios.»

Bonilla trabajaba y luchaba casi sólo, y aquel constante cuerpo a cuerpo con el mundo, quizá pueda bastar para comprender como su espíritu llegó a transformarse.

Su natural bondad de corazón, manifestada primero en la broma y la alegría francas, vino a convertirse en humorismo, cordial, pero trágico en el fondo. Su juvenil franqueza iba cada vez resultando más aparente, hasta constituir suma dificultad penetrar el verdadero pensamiento de Bonilla en estos últimos años, lo que le daba ocasión para chancearse, asegurando que «es preciso, para poder vivir, pasar por tonto ante las gentes durante muchas horas al día».

Lo que ocurría en realidad era una desilusión creciente del maestro por las cosas de este mundo. Poco a poco y tácitamente, iba desinteresándose de sus empresas de juventud. Las contiendas en torno a la Universidad, que tantas energías le habían gastado, iban careciendo para él de sentido. El tema de izquierdas o derechas no llegaba a preocuparle; y cediendo a unos y a otros, rasgo tan mal interpretado, se había colocado sobre estos antagonismos pragmáticos de nuestra sociedad.

Su mirada fija en la tierra se iba levantando. Su estilo, siempre objetivo, acusaba cada vez más un exquisito cuidado artístico. Su vida requería mucho cariño por parte de los que le rodearan.

La documentación bibliográfica de sus escritos iba ciñéndose a lo necesario. A la estética wagneriana de negación –idolatría de su juventud– pensaba sustituir en ocasiones una estética de la «ilusión» con un criterio próximo al de Conrado Lange, y él mismo muchas veces procuraba sugestionarse con entusiasmos y optimismos ficticios, que suplieran su desvío por las cosas positivas. El erudito dejaba espontáneamente su puesto al pensador.

Nunca mejor que en él puede verse la conexión entre la vida y el pensamiento del filósofo. El espíritu realista de la juventud al saturarse de experiencia, va siendo paulatinamente subyugado por la elegancia del Idealismo. Idealista profundo era Bonilla, con mayor o menor conciencia de ello, en sus últimos momentos. Su viaje alrededor del mundo, buscando perspectivas prodigiosas por el Japón y la India en condiciones climatológicas funestas, da fe de ello. Y ya de regreso, los que conocimos sus postreros actos, pudimos observar qué cantidad de ideal había puesto en ellos.

La magnitud de las repercusiones que en su obra hubiese tenido este inesperado «avatar», puede suponerse fácilmente. Se ha acentuado su inclinación a la filosofía orientalista de Schopenhauer; pero aquélla no pasaba de mora simpatía. También últimamente se interesaba mucho en el proyectado coloquio filosófico «Polimnio o del tránsito de las sombras», alusión al mito de la caverna de la «República» de Platón, sin que, de haberlo escrito, se hubiese podido decir con fundamento que se tratase de un platónico.

La idea de un sistema propio iba en él ganando terreno progresivamente. Inició una serie de diálogos filosóficos; insistió en la necesidad de escribir una «filosofía primera», tratado que llegó a planear en sus líneas generales, y, en su interés y complacencia por la sublime metafísica india, se dejaba entrever el áureo eslabón que enlazara su pasado con su futuro.

En ocasiones nos habló de una concepción filosófica que maduraba y que hubiera podido llamarse «Creacionismo». El conocimiento, incluyendo la percepción, sería simplemente «voluntad de crear». Cada uno de nosotros seríamos creadores autónomos de nuestro ambiente; y la suma de los individuos, es decir, el mundo, sería la creación de Dios, «Voluntad absoluta de crear»…

Hasta qué punto habían evolucionado sus apreciaciones, puede observarse comparando los párrafos arriba transcritos, con el siguiente, escrito en 1923, con motivo de la fiesta conmemorativa de Balmes, celebrada en Vich: «No ha de importar, a este respecto, el desdén del relativista, “No hay Filosofía sin una investigación de lo Absoluto”… Balmes buscó el fundamento de la Verdad en una “Razón universal”; y será preciso meditar en ello, si no hemos de resignarnos a una fría contemplación de los límites de nuestro conocer, sin tener siquiera el consuelo de que disfrutó Ezequiel, cuando oyó la palabra de Jehová, estando sentado junto al río de Quebar, en la tierra de los caldeos, con la tristeza del cautiverio».

Mas no pudo dar a sus pensamientos supremos forma y desarrollo adecuados. Recio de voluntad, limpio de corruptelas, modesto hasta la pobreza, generoso hasta la abnegación, ascendió paso a paso, trabajosamente, tallando a golpes de ariete, para honor de España, nueva y ejemplar vía a través de las rocas. En premio de sus fatigas heroicas, cayó de súbito trágica y mortalmente herido en el corazón, a los cincuenta años, sin haber gozado de la completa satisfacción del triunfo, ni de la tranquilidad de dejarnos los frutos definitivos de su vida.

——

En la división de románticos y clásicos que Ostwald hace de los grandes hombres, no cabe bien Bonilla (tan grande era): pues participó de los caracteres de ambos tipos. En su juventud, fue «clásico»; en su virilidad, «romántico». Como la mayoría de los románticos, murió demasiado pronto. Todo es de lamentar ante la muerte de Bonilla. Pero no lamentemos tanto la interrupción de aquellas obras eruditas, sólidas y magníficas, como la clausura irremediable de su último sendero.

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