Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Resch Kaf Alef ≈ Rafael Cansinos Assens ]

Literatura académica

Un folleto del señor Bauer y Landauer y una “coincidencia”

Generalmente, esperamos encontrar en las obras de académicos temas profundos e interesantes, desarrollados con método, serenidad de juicio y erudición, ya que sus autores, consagrados por el triunfo oficial, disponen de las condiciones más propicias para consagrarse al cultivo de la literatura seria. Así suele ocurrir cuando se trata de académicos de positivo valer, sabios en alguna rama de la cultura y que deben su encumbramiento a sus méritos propios, como los Carracido, los Menéndez Pidal, los Ribera, los Palacios y Asín y otros. Pero lo más frecuente es que tales obras, escritas por quienes deben su exaltación académica al favor, al influjo político o a la representación social, redunden en descrédito de las Corporaciones a que pertenecen sus autores y brinden armas a los espíritus satíricos que en todo tiempo se complacieron en poner en ridículo los frutos del saber académico.

Tal ocurre, por ejemplo, con la última obra del académico de la Historia, banquero y presidente de la Comunidad Israelita de Madrid, D. Ignacio Bauer y Landauer. Titúlase la obra –que en realidad es un folletillo de 130 páginas– Mis primeros artículos. Y eso es, con efecto, una recopilación de artículos de periódicos, ya publicados en la Prensa y que en modo alguno justifican su exaltación al libro, pues están escritos en una prosa volandera y superficial que no abarca sino generalidades. No piensa así el Sr. Bauer y Landauer, pues al pie de uno de ellos reproduce, sin sentir herida su modestia, el encabezamiento que al publicarse en La Época le puso su Redacción, y que empieza diciendo: «El Sr. D. Ignacio Bauer y Landauer, cuya cultura conocen cuantos tienen el gusto de tratarle...» Posible es que en el trato particular prodigue el Sr. Bauer y Landauer las muestras de esa cultura; pero en el presente folleto no consigue dar idea de ella. La mayoría de los artículos, dedicados a estudiar figuras históricas, que el autor debía conocer a fondo por razones de raza, como Menasseh ben Israel y Bachia ben Pakuda, el famoso místico hebreo español del siglo XI, no pasa de indicar generalidades propias de los diccionarios enciclopédicos. Sobre todo, al tratar del último, ni siquiera da noticia de los trabajos realizados por el sabio orientalista Dr. Yahuda para establecer la lección verdadera del libro Deberes del corazón, cuyo texto arábigo publicó precedido de un luminoso y profundo estudio sobre los místicos musulmanes e israelitas. El libro del señor Bauer y Landauer no contiene ningún dato nuevo producto de investigación personal, ni nada, en fin, que responda a su categoría de académico de la Historial. Pero, en cambio, contiene un artículo, titulado La Merkabá o El Carro de Ezequiel, que es reproducción casi íntegra de otro publicado con el mismo título en el número 14 de la revista Prometeo (año III, 1910) con la firma de D. José Farache. Es curioso establecer un parangón entre ambos artículos para hacer resaltar la coincidencia del Sr. Bauer y Landauer con el colaborador de Prometeo. Empieza el Sr. Farache diciendo: «Voy a desempolvar documentos que desde la desdichada expulsión de los judíos de España nadie, o casi nadie, se había vuelto a ocupar de ellos en este país.»

Y dice el Sr. Bauer y Landauer: «Son pocos, poquísimos, los que en nuestros días hacen estudios talmúdicos, targúmicos y cabalísticos y se ocupan seriamente de las profecías de Ezequiel.»

Ambos escritores ignoran los trabajos realizados en este terreno por D. Rafael Comenge, que publicó recientemente la traducción de uno de los libros del Zohar.

Continúa el Sr. Farache:

«Bajo el nombre de Kabala Dogmática consignaron muy distinguidos y piadosos rabinos los superiores conocimientos que tenían y habían recibido de sus mayores sobre cosas divinas, dogmas y creencias, profecías y enigmas difíciles de explicar, puntos históricos curiosísimos y teorías físicas o morales de la mayor importancia.»

Y dice el Sr. Bauer y Landauer:

«Sapientísimos rabinos de los últimos siglos consignaron una interminable (!!){1} serie de conocimientos superiores que tenían y habían recibido de sus antepasados sobre cosas divinas, dogmas, creencias y enigmas difíciles de explicar sobre puntos históricos curiosísimos y teorías física o morales de la mayor importancia.»

Continúa el Sr. Farache:

«Conócese esta gran ciencia con los nombres Merkabá y Bereshit, o sea carro y principio, porque, realmente, mediante la primera denominación, se entra en el análisis más profundo de las profecías, principalmente la de Ezequiel, donde se explica el carro y las ruedas y los animales y demás cosas que vio aquel profeta y las palabras que oyó y las sensaciones particulares de respeto, temor, amor y admiración que experimentó; emblema todo el más expresivo de la gloria de Dios y de su divina justicia.»

Y dice el Sr. Bauer y Landauer:

«Entre éstos (??) la Merkabá es el estudio analítico más profundo de todas las profecías de la antigüedad hebraica. El carro, las ruedas y demás cosas que vio aquel profeta; las palabras que oyó; las sensaciones particulares de respeto, temor y admiración que experimentara, constituye todo un admirable emblema expresivo de la gloria de Dios y de su divina justicia.»

Aquí, después de copiar, según se ve, literalmente, al Sr. Farache, el Sr. Bauer y Landauer reproduce un largo pasaje de la obra de Maimónides, Guía de los extraviados.

Pero al punto, volvemos a la coincidencia. El Sr. Farache continúa diciendo:

«Es altamente interesante e instructivo las diferentes explicaciones (!!) que hacen los más profundos cabalistas de la Merkabá o carro de Ezequiel, así como de todas las demás profecías que se hicieron al pueblo de Israel por santos varones, inspirados y dignos del nombre de roim, videntes. El viento que venía del Norte, dicen, era Nabucodonosor, rey de Babilonia, que, destruida Jerusalén, puso fuego al templo y dispersó a la nación.

Los cuatro animales eran cuatro ángeles, jefes de otros tantos imperios, que estaban representados por cuatro ruedas, y en medio de cada una de ellas otra rueda, como para indicar que dichos cuatro imperios serían destruidos por sí mismos: el babilónico, por los persas (!); el pérsico, por los griegos (!); la Grecia, por los romanos, y éstos, por los bárbaros del Norte{2}. También creyeron ver representada en la rueda la materia prima; en las cuatro ruedas, los cuatro elementos; en los cuatro animales, los cuatro mundos kabalísticos: el azilútico o de los espíritus todos; el briático o de las almas íntegras, puras y cándidas; el yeshirático o de las contaminadas y expuestas a las pasiones, con especialidad a la soberbia, y, finalmente, el aziático, en que caían los espíritus rebeldes y cuantos se hacen dignos de castigos y del enojo de Dios.

Estos mundos kabalísticos son para algunos el mundo ideal en que existieron desde la eternidad las ideas de todo lo posible e imposible; el angélico o de los enviados y ejecutores, benignos o malignos para el hombre, según que cumple a la divina justicia; el sideral o de los astros, y el elementar o de nuestro planeta, cuyos sistemas probables o inverosímiles, exactos o absurdos, no es de nuestra incumbencia el explanar en este artículo, cuidándonos siempre de seguir el camino que siguieron piadosos targumistas, talmudistas y kabalistas o profundizadores de la ciencia y letra de la Santa Ley.»

El Sr. Bauer y Landauer reproduce todo este galimatías, incluso con sus solecismos y barbarismos, como ahora veremos. Dice así el Sr. Bauer y Landauer:

«La Merkabá o Carro de Ezequiel se explica de diferentes modos por los talmudistas, targumistas y kabalistas de la antigüedad, así como las demás profecías que se hicieron al pueblo de Israel por santos varones inspirados y dignos del nombre de roim, videntes.

El viento que venía del Norte dicen unos que era Nabucodonosor, rey de Babilonia, que, destruida Jerusalén, puro fuego (mit le feu?){3} al templo y acabó con la nación y los sacrificios.

Los cuatro animales eran cuatro ángeles, jefes de otros tantos imperios, que estaban representados por ruedas, y en medio de cada una de ellas otra rueda, como para indica que dichos cuatro imperios serían destruidos por sí mismos, a saber: el babilónico, por los persas; el pérsico, por los griegos; la Grecia, por los romanos, y éstos, por los bárbaros del Norte.

Algunos cabalistas creyeron ver representada en la rueda la materia prima; en las cuatro ruedas, los cuatro elementos; en los cuatro animales, los cuatro mundos cabalísticos: el azilútico o de los espíritus todos; el briático o de las almas íntegras, puras y cándidas; el yesirático o de las contaminadas y expuestas a las pasiones, con especialidad a la soberbia, y, finalmente, el asiático, en que caían los espíritus rebeldes, los hombres tentados por fuertes pasiones y cuantos se hacen dignos de castigos y del enojo de Dios.

Estos mundos cabalísticos son para otros el mundo ideal en que existieron desde la eternidad las ideas de todo lo posible e imposible; el angélico o de los enviados y ejecutores, benignos o malignos para el hombre, según que cumple a la eterna justicia; el sideral o de los astros, y el elementar (!) o de nuestro planeta, cuyos sistemas más o menos probables no son de nuestra incumbencia.»

Termina el Sr. Farache su artículo explicando la formación de los diez aefirots, representación mística de los diez preceptos del decálogo. El Sr. Bauer y Landauer no le sigue en ese terreno –¿por qué?–, sino que remata su artículo con dos párrafos hueros y de un sincretismo indigno de un académico de la Historia:

«La Cábala tiene tal importancia –dice– que desde lo natural y lo sobrenatural, lo teológico, político, físico, antropológico, matemático, nominal, ideológico, astronómico y universal, es lo que el mundo sabía antes de que Grecia extendiera su dominación más afortunada que sólida (!!!) sobre todas las ciencias y ramas del saber humano.

La Cábala es la verdadera fuente filosófica anterior a Platón, Sócrates y Epicuro; es el monumento más precioso de la antigua sabiduría; es el espejo y el reflejo de los siglos anteriores a la ofuscación universal; la explicación más cumplida de la esencia divina, de los ángeles y espíritus; del mundo y sus partes; del hombre y su origen; de la materia y de sus elementos; de la armonía universal; de las relaciones y analogías entre todo lo existente, en fin, del inmenso círculo que, saliendo de la divinidad pensadora, creadora, justa, próvida y visible en sus obras, vuelve a la misma divinidad remuneradora, reparadora, misericordiosa, indivisible.»

Estupor causa oír hablar así a un académico de la Historia, cuando todo el mundo sabe hoy –y así lo hace constar Mauricio Maeterlinck en su libro El gran secreto, analizando sus elementos místico-filosóficos–que la Cábala nació hacia el siglo I de la era cristiana, al contacto de la mentalidad judaica con las teorías neo-platónicas de los alejandrinos. El Sr. Bauer y Landauer debía saber esto tanto cuanto que uno de los dos libros que componen la Cábala, el Zohar –el otro es el Sefer Ha-Yesirath–, se le atribuye por algunos al rabí Moisés Schemtob Falquera de León (España). Decir que la Cábala es la verdadera fuente filosófica anterior a Platón, es decir, algo que no tiene ningún sentido, ya que sus teorías de las emanaciones o sefiroth son de origen neo-platónico. Lo mismo ocurre con esa frase –antes de que Grecia extendiera su dominación más afortunada que sólida–. ¿No le parece sólida al señor Bauer y Landauer la dominación del espíritu helénico? ¿Le parece acaso más sólido el influjo espiritual de la Cábala, que, según confesión propia, son poquísimos los que la estudian? El Sr. Bauer y Landauer habla de la Cábala con una ignorancia absoluta. Lo hemos visto cómo sigue paso a paso al Sr. Farache, que tampoco brilla por su profundidad ni precisión científica. Y si el Sr. Bauer y Landauer habla así de un asunto que por razones de raza debería conocer a fondo, ¿qué crédito podrá merecernos cuando hable de otros puntos históricos que no le afecten tan de cerca? Según nos advierte el Sr. Bauer y Landauer en la nota al artículo La guerra de secesión de los Estados Unidos posee un valioso archivo de cartas autógrafos y documentos históricos. Limítese, pues, a copiarlos y publicarlos sin añadirles comentarios de sucosecha, y acaso justificará así el pertenecer a una Corporación donde ha habido y hay sabios de veras como el finado P. Fita, el Sr. Pérez de Guzmán y algunos otros.

Resch Kaf Alef

{1} Marcamos con admiraciones de un modo gráfico, para evitamos comentarios que serían interminables, los pasajes más disparatados del desdichado artículo. ¿Puede decirnos el Sr. Bauer y Landauer si concibe de veras una serie interminable de conocimientos?

{2} ¿Pero no dice et autor del artículo que habían de ser destruidos por sí mismos? Ser destruidos por sí mismos no es igual a ser destruidos siempre por otros. El autor del artículo no está muy fuerte en castellano.

{3} Este galicismo y otros por el estilo –elementar, según que, &c.– que como verán los lectores, esmaltan el texto del Sr. Farache –y por lo tanto el del Sr. Bauer y Landauer–, hacen pensar si será el primero acaso traducción de un original francés.