La Correspondencia de España
Madrid, sábado 10 de septiembre de 1921
 
año LXXI, número 23.130
página 3

Julia Peguero de Trallero

La mujer española ante el problema de Marruecos

Vivimos una época de verdadero desconcierto, en la cual aquellos que por fundamento educativo y de naturaleza sentimos viejo sin noñerías ni extravagancias neurasténicas, pero tenemos ideas nuevas, nacidas en inteligencia abierta a la vida, sin prejuicio alguno, sufrimos el choque de opuestos conceptos, hasta quebrantar la firmeza de nuestra confianza en un futuro de sentido más humano.

En la niñez aún, cuando nuestro desastre nacional, sintió, sin embargo, nuestra alma todo el peso de aquella tragedia, que hizo vibrar con rugidos de león herido el verbo de aquel gran patriota español, el mejor de los patriotas, llamado por antonomasia el león de Graus.

Latente siempre aquel dolor, viene a exacerbarlo ahora con fuerza de rabiosa impotencia individual la horrible sorpresa de que ha sido víctima nuestro ejército de Marruecos.

Una vez más España sella con su abundante sangre páginas de gloria. Consuelo tanto más triste cuanto que según cambia en la vida el concepto de antiguos principios crece el convencimiento de preferir lo práctico del triunfo a lo glorioso del martirio; por donde el Estado asume mayor responsabilidad por la sangre vertida de sus hijos, sobre la que no tiene derecho a sentirse pródigo.

En la actualidad, cuando un mayor humanismo en los procedimientos sostiene más difícilmente la disciplina por carecer el individuo, en general, de la conciencia del deber, ventajoso sustitutivo del temor, precisa, si se quiere exigir en todo instante serenidad y que el orden impere en los movimientos –cualidades indispensables al triunfo–, ilustrar al soldado, mejor aún al ciudadano, en la necesidad de la guerra que sostiene, despertando siempre el sentimiento de un ideal que le anime y promueva en él la exaltación necesaria en los trances heroicos.

Africa fue la obsesión de aquellos dos grandes políticos que se llamaron Fernando el Católico y el cardenal Cisneros, y si el dar España un Nuevo Mundo al Mundo no hubiese distraído hacia este lado su atención, seguramente Africa sería hoy, en su mayor parte, española, si su proximidad nos hubiera permitido conservarla, a pesar de nuestra idiosincrasia, refractaria a toda colonización eficaz. Así lo permitía esperar el modo próspero con que aquellos hombres arrojados, que expulsaron definitivamente a los moros de la Península, los iban después empujando al interior del continente africano.

Y lo que entonces hacía la fe, cuando no también la conveniencia de apercibirse contra nueva invasión, apartando más y más al enemigo, lo recomienda en todo caso la libertad y seguridad de nuestro litoral mediterráneo, la existencia de un Gibraltar inglés y el rango, sea siquiera en último término, de nuestro prestigio histórico.

En una palabra, lo exige la efectividad de la independencia española, que no puede sólo apoyarse en argumentos generosos de civilización, incomprensibles la mayor parte de las veces para el espíritu popular.

Sepa el pueblo que no es la vanidad de mantener rango de casa grande con erario quebrantado por defectuosa administración de sus bienes, sino exigencias de situación geográfica, favorables y aun necesarias a nuestros movimientos en el Mediterráneo, y toda la bravura y desprecio de la vida que caracterizó a nuestra raza, surgirá en el alma, siempre española, de nuestros soldados.

Pero hablar al país solamente de carreteras, ferrocarriles, industrias y civilización del Rif, es hacer que acaso piense alguna vez en intereses particulares y vuelva tristemente su mirada hacia el interior de sus regiones con un silencio desconsolador que vale por toda una interrogación.

Esto sentado, ¿cuál será el sentimiento de la mujer española en la presente situación?

Del aspecto en que mire la cuestión dependerá, no sólo el entusiasmo de sus hijos, sino que, pese a todos los pesares, habrá de reconocérseles beligerancia en lo que tan directamente la afecta; siendo de hoy más, cada vez, su voz un elemento de que no se podrá prescindir en la marcha de los pueblos.

Pero el dolor de la catástrofe ha herido hondamente el corazón de la mujer española, y conociendo que no son momentos los presentes de vacilación ni de regateos a la patria, los vítores acompañan la salida de tropas en todos los puertos de la nación.

¿Quién osaría, llamándose española, oponer la menor resistencia, aun a trueque de desgarrarse el alma?

Pero ¡cuidado!, que en vano se jugaría con sus más caros sentimientos, pues la mujer, consciente ya no se hará solidaria de cobarde silencio si el Estado no da todo a cambio de esos sacrificios; y la técnica, la pericia, la actividad y el desinterés, la moralidad, en fin, ya que tanto se peca por ignorancia como por malicia, no imperan en todos los actos, cuyas consecuencias, más o menos directamente, vengan a repercutir en el soldado.

Sea el Estado avaro de la sangre de sus hijos, dotándoles de cuantos elementos modernos protejan más eficazmente su vida; aportemos todas las clases, urgentemente, nuestro concurso, porque no son momentos de economía los presentes, aunque nunca exigieron tan prudente y honrada administración.

Mujeres, en fin, amantes, por excelencia, de la paz, no vacilamos en afirmar que, mientras el desarme general no sea un hecho que lleve a otros terrenos más humanos las contiendas de los hombres, hasta que la realidad de una paz universal no corone nuestros anhelos, y un sentimiento de mundial confraternidad no incline a los seres todos al amor, no será un sentimiento de pusilanimidad femenina el que ponga a su nación en condiciones desfavorables con respecto a otros países, y en entredicho el prestigio de su gloriosa historia.

Cuide el Estado, que como supremo Poder tiene la máxima responsabilidad, de no confundir la verdad de nuestros intereses en el Norte de África con aventuras quijotescas harto caras, y por demás estúpidas en el siglo XX.

Ser o no ser, hacer o no hacer; fortifíquese bien aquel litoral, y dondequiera que por mandato de su país haya un español, disfrute de todos los medios que la civilización y la industria han creado y se encuentre a cubierto de toda sorpresa, para que al ver los niños vagando en las calles, por carencia de escuelas, las estaciones abarrotadas de mercancías que se pudren por falta de medios de transportes, las aguas de nuestros montes precipitándose en torrentes devastadores, mientras se mueren de sed nuestros campos, y nuestras bellezas naturales y artísticas sin explotar por falta de actividades industriales, no pueda decirse que tanto sacrificio es estéril.

Esto quiere la mujer española.

Julia Peguero de Trallero
Secretaria general de la
Asociación Nacional de Mujeres Españolas.

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