Filosofía en español 
Filosofía en español


[ Rafael Cansinos Assens ]

Literaturas novísimas

Vertical. Manifiesto ultraísta por Guillermo de Torre

Manifiesto Ultraísta Vertical

Guillermo de Torre, la arista más avanzada de la cordillera ultraica, el audaz señero que ha hecho suyas todas las palabras que señalan la altura conquistada por los modernos velívolos, ha publicado un manifiesto ultraísta, en el que desentraña el sentido e interpretación que en su psique, apenas púber, asume la palabra Ultra, esa palabra múltiple y refrangible, que en su sencillez verbal recoge, irradiada y maleable, toda la pluralidad de una poliantea.

(Señalemos de paso cómo entre nosotros se establece, al fin, la costumbre de los manifiestos literarios, de las hojas volantes en que los escritores exponen sus credos estéticos, de los lábaros en que graban sus lemas de combate. El primero que entre nosotros lanzó manifiestos de esta índole, fue Ramón Gómez de la Serna, que en Mis siete palabras (1910), y en esas encíclicas, forjadas en las prensas de la Cripta de Pombo –esas hojas anchas y grandes como para alfombrar itinerarios– ¿por lo demás no es toda la obra del inquieto escritor como un manifiesto de arte? –hacía donación a la ciudad dormida de sus más recónditas intenciones. Siguiéronle Goy de Silva en 1917 –proclamando un neolirismo semejante al de Phileas Lebesgue en Francia–, Vicente Huidobro en 1918 con su promulgación del creacionismo, y en 1918 también los poetas ultraístas, con aquella breve y conminatoria nota a la Prensa, en que anunciaban la abolición de un régimen literario y se erigían, tan jóvenes aún, en precursores de sí mismos. Y ahora, este Guillermo de Torre, que ha cogido para su apellido la letra central del tema, esa I ahorquillada, esgrimiéndola como una especie de tridente o como esa I de ciertos anuncios de filamento metálico que no puede verse sin un calofrío eléctrico. Los modernistas no llegaron a lanzar ningún manifiesto de esta índole; sus nombres sólo ilustraron un documento bélico: la protesta contra el homenaje a Echegaray. Saludemos, pues, la era del advenimiento de los manifiestos literarios y de la expresión resuelta de esa voluntad que dota de alas a los prólogos y les da vida independiente y autónoma, desligando así en toda libertad esa placenta del libro.)

Guillermo de Torre elige como emblema de sus intenciones estéticas la palabra Vertical, cuyas letras dispone, según aparecen en el título, en forma de surtidos o de plomada literal. Acaso pudiera asombrar esa palabra, sirviendo de lema a un manifiesto de arte, ultramoderno. Diríase que tiene ya un abolengo parnasiano: que los incroyables del primer imperio la actuaron ya en sus actitudes engoladas, que querían emular la impasibilidad soberbia de la estatua clásica. Ya entre nosotros, Alejandro Sawa habló de cierta frase, vertical y luminosa como un faro. Vertical sugiere una figuración arquitectónica; hace referencia a la plomada y al dorso erguido de la estatua antigua. Sin embargo, su empleo está justificado en un manifiesto de arte juvenil; pues…

La palabra Vertical evoca también en nosotros la idea del surtidor, que es la plomada inestable, la plomada dinámica y rebelde, que no se resigna a sostener el dorso de la estatua antigua como ese travesaño oculto en el interior de ciertas esculturas, sino que se afana por alcanzar un límite más alto, por prolongarse en el sentido opuesto al que le marca la fatalidad de la ley de gravitación, por no ser fatídica en suma; y de ahí su sollozo y su vulnerabilidad; pero de ahí también su suprema victoria de cambiar la plomada en airón, venciendo, aunque sólo sea intencionalmente, las fatalidades físicas. Además...

Nunca como ahora la actitud vertical se impone y justifica, pues, en realidad, la aspiración de los surtidores y de las cimeras románticas ha sido lograda en nuestros días, ya que los hombres que realmente volaron en los horizontes han alargado y realzado la figura humana, elevándola adonde no lo lograron los antiguos coturnos trágicos. Eu realidad, la frente del hombre moderno, actual o futuro volador, toca en las nubes, y es él –y así habrá de concebirse en lo futuro al Mercurio de los pies alígeros– como un gigante enhiesto y vertical que camina llenando el espacio entre la tierra y el cielo en toda su materialidad y representando en cada instante el eje sobre que gira el universo. (Retorno al antropocentrismo clásico.) La palabra Vertical puede ser por lo tanto lema de un lábaro de arte moderno.

Por lo demás, Guillermo de Torre exalta y glosa el simbolismo de esta palabra, en adelante su verbo fatídico, en inspirados ditirambos, que recuerdan por su ingenuidad efusiva los gritos reiterados y matinales de los nautas ante la tierra nueva. Vertical ha de ser la intención de su arte, y él nos explica esta intención primordial desdoblándola en otras, como si abriese ante nosotros series de conchas, todas agraciadas con la misma perla. A veces adopta un aire grave y algo impertinente de profesor, e imita con gran fortuna las más arduas y remotas abstracciones mallarmeanas. Pero en ciertos momentos logra desenrollar a nuestra vista panoramas ideológicos, que por el apresuramiento con que desfilan las palabras y el aire de folletín actuado que asumen los conceptos, recuerdan las cintas cinematográficas de gran metraje, con tal eficacia, que hasta nos parece oír el ruido que hace –de música para sordos– la manivela del operador. Sí, Guillermo de Torre maneja en realidad una gran máquina de impresionar películas, que sin reparar en ningún obstáculo ni guardar ninguna medida, refleja y archiva cuanto desfila ante su objetivo. Así a veces creemos reconocer en su film ciertos rostros y paisajes ya vistos. Por ejemplo: «Femias cygneas, en la ribera nostálgica, punzan su endocardio ablucionándose con sangre sentimental.» ¿No nos recuerda esta frase el duro punzón de Vargas Vila o de Herrera Reissig? Y «En el Museo hay un cuadro anacrónico: campesinos de égloga exprimen la ubre de un sol que tramonta vesperal.» ¿No traen a nuestra memoria con apremiante evocación unos versos de Huidobro? Por la pantalla cinemática desfila toda la era ultraica y como el registro dactilar de muchas manos delincuentes y gloriosas.

En realidad, el manifiesto de Guillermo de Torre es un resumen de las últimas tendencias artísticas, desde el futurismo hasta el dadaísmo. Pero hay un punto en que el lucífero ultraísta acierta a ofrecernos su hallazgo personal; y es cuando, con rara videncia, logra conciliar las ideas de la plomada y del surtidor, o sea los emblemas del arte clásico y del arte romántico operando una ejemplar metamorfosis de símbolos, en la que «Psiquis, mariposa, deviene aviadora; Laocoonte se desenlaza las sierpes de sus barrocas ideaciones, y Ariadna marca con su hilo la brújula del laberinto ultraespacial». Estos tres conceptos, tan afortunadamente expresados, adquieren involuntariamente una magnitud magistral y merecen ser retenidos en la memoria e inculcados a los neófitos de todas las criptas futuras –también la guerra ha justificado las criptas– como la fórmula mediante la cual el arte más moderno continúa y prolonga al antiguo. Esos tres conceptos tienen en la estética moderna el mismo valor que cualquier teorema de las ciencias exactas, y ellos nos dan la clave del metabolismo por el cual el audaz poeta, que en su calidad de velivolante debería considerarse emancipado de la verticalidad de la gravitación, ha elegido para divisa de su obra el epíteto de la plomada. Pues la actitud vertical es la escogida por la antigua serpiente órfica que, erguida sobre su cola, aspira a la posesión de la poma sapiente; vertical es la actitud con que los atlantes, nunca definitivamente cansados, sostienen el orbe con siempre renovada energía; vertical es la actitud del individuo puro o incontaminado de la horizontalidad de los tálamos, y vertical, en suma, es la actitud en que los priapos de las hermes de Samotracia expresaban, en sentir de los gnósticos, la plenitud integral del hombre primero o Urmensch, tan semejante al Uebermensch nietzscheano, lanzando, erectos a los cielos, evohés jubilosos y jocundos peanes. Así interpretado, el manifiesto de Guillermo de Torre es como un gran grito núbil, un alarido ancestral de combate y de amor, un documento íntimo y pudendo y la forma más adecuada en que podría expresarse una voluntad de arte individualista y personal.

En resumen: pudiera objetársele al autor del manifiesto que la actitud vertical, la adopción de la línea de la plomada, no responde al concepto modernísimo del infinito abstracto como una sucesión de curvas quebradas, según la teoría de Einstein que de Torre cita incidentalmente. La actitud vertical impone una rigidez hierática, ya excesivamente estilizada por todo el arte antiguo, y que es como una dictadura impuesta por el espinazo. Un arte verdaderamente moderno ha de ser más ágil y oblicuo. Pero, en fin, la actitud vertical es aquella de la que se deducen los cuatro puntos cardinales y las cuatro sombras que viajan en torno a la estatua inmóvil, es la condición primera que se requiere para orientarse y para engendrar en rotaciones sucesivas el poliedro total, y en este sentido está bien como actitud inicial de un poeta joven.

R. C.-A.