Nuevo Mundo
Madrid, 9 de abril de 1920
 
año XXVII, número 1569
páginas 6-7

[Dionisio Pérez]

El agua en los Pirineos

La musa de Joaquín Costa

Mucho antes de que un ingeniero yanqui o canadiense proyectara apoderarse de todos los saltos de agua del Pirineo, convirtiéndolos en fuerza eléctrica y trasladándolos a Barcelona, y aun mucho antes de que los ingenieros españoles hablaran de la utilización de los ríos para convertir en regadías las tierras secanas y en industriales los pueblos agrícolas, Joaquín Costa tuvo la visión profética de la sed de España... Acaso niño todavía, en sus excursiones por las estribaciones del Pirineo aragonés; acaso mozo ya, cuando regresaba al pueblo natal, después de la invernada pasada en las aulas universitarias, Costa vio cómo la nieve de las cumbres se convertía en regatos, y manaba en fuentes, y se despeñaba por las laderas con estruendo, y se deslizaba silenciosa por cauces milenarios, y formaba ríos que se iban apresuradamente al mar, como si les corriese prisa despojar a la Patria de aquella riqueza desaprovechada que le pertenecía. Y luego, cuando el mozo regresaba a sus estudios, y cuando hacía viajes para indagar en las bibliotecas y archivos de Zaragoza, de Madrid, de Sevilla, los libros y papeles que apetecía conocer su curiosidad, se ofrecían a sus ojos, en Aragón mismo, en la meseta central y entre los oasis de Andalucía, los desiertos, estepas y pedregales donde la tierra sedienta se petrificaba en resquebrajadas costras, como si la hubiese calcinado una maldición de Satanás.

Así, cada verano que Joaquín Costa regresaba a su amada tierra oscense, y cada vez que, ausente de su pueblo, evocaba su visión, cantarineaba en sus oídos la deliciosa música del agua que bajaba de las cumbres, y que, símbolo vivo de la energía española, se perdía infecunda, mientras los hombres tenían que huir a otros continentes buscando un pedazo de tierra laborable al que hacer producir su pan de cada día. Y aquella música bravía en los torrentes, y acompasada y llena de misterio en los regatos, fue la musa de Joaquín Costa. Ella le dijo todo el dolor incomprendido de las tierras sedientas, que la Humanidad había olvidado desde que en la Biblia se alza el símbolo admirable de Agar, viendo a su hijo morir bajo el cielo desértico sin una nube, sobre la tierra polvorienta donde no crece una brizna ni brilla como un diamante una gota de rocío...

Así, el hombre de letras y de Derecho adivinó como profeta lo que luego expresaron los ingenieros en fórmulas matemáticas y predicaron los políticos su programa de política hidráulica. La musa cuyo lenguaje misterioso en las soledades pirenaicas interpretó Joaquín Costa, se ha convertido en el hada de España; una hada, humilde y resignada, que contempla, sin ira, sin desesperación, como si encadenara su voluntad un sino fatal, la lentitud con que el Estado español, entregado al azar, confiado su timón a los políticos sin seso y sin patriotismo, va realizando la obra que adivinara en sus mocedades el león de Graus, enjaulado tras los barrotes irrompibles de la inconsciencia nacional...

Espantaría a las gentes, sin duda, conocer la cantidad y aun la calidad admirable de los proyectos de aprovechamiento de saltos de agua, de encauzamiento, de conversión en fuerza, de utilización en regadíos, de posibilidades de navegación interior que se han ido acumulando en los archivos del ministerio de Fomento. Cada político que llega a poder realordenar y realdecretar y legislar sobre esta materia, quiere convertir a los ingenieros en plataforma de su gloria y escalones por donde suba su vanidad a los goces de la fama. Así, cada cual pide a los ingenieros cosa distinta de la que hicieron sus predecesores; éste quiere regar, aquél canalizar, estotro empantanar, esotro electrificar, y, al cabo, todos ponen el grito en el cielo, porque dicen que la Patria no les da bastante dinero para sus caprichos...

Entretanto, mientras van proyectos a las Cortes y se imprimen libros y folletos, y se hace ir a los ingenieros de una región a otra, y de uno en otro plan, ni se canaliza, ni se electrifica, ni se riega, ni se navega.

Los técnicos han llegado a condensar en unas cifras todo el dolor que acongoja a la musa de Joaquín Costa. La disponibilidad de fuerzas de nuestros ríos, que puede utilizarse inmediatamente, haciendo las obras necesarias, alcanza a cerca de dos millones y medio de kilovatios; la iniciativa particular ha captado y utiliza solamente trescientos mil. Imaginad la fuerza y la luz que pueden producirse con esos dos millones de kilovatios que no se aprovechan, que no se transforman, que se van al mar, y que, además, como si no invertidos en el bien, se apoderara de ellos el genio del mal, son el torrente que desnuda de tierra vegetal las vertientes y las convierte en estériles pedregales, y el río que se desborda arrasando los sembrados, y la charca infecta donde se aviva el paludismo, y al cabo, de tiempo en tiempo, la inundación que destruye los pueblos y empantana las campiñas en fiera asolación de riquezas y de vidas...

Era todo esto lo que oyó Joaquín Costa a las aguas que bajan de las cumbres del Pirineo. Hace tantos años de ello, que en sus primeras paráfrasis, el profeta hispano no piensa más que en esa tragedia, tan castizamente española, del cielo siempre azul, con belleza implacable, con la crueldad de un tormento que no llegó a imaginar la inventiva de Dante; en esa tragedia del infeliz labriego castellano, andaluz y extremeño, que mira cada amanecer al horizonte, esperando que la misericordia de Dios lo ensombrezca con el jirón gris de una nube; en esa tragedia, en la que el hombre, perdida toda fe en su esfuerzo, pide en rogativas públicas a la intercesión de las imágenes lo que no acierta a conseguir con su saber y su previsión. ¡España tiene sed!, clamaba la musa de Joaquín Costa... Y los ríos se hundían en sus cauces profundos, como si los labios de Tántalo fuesen a refrigerarse en ellos.

Pero más tarde, con los progresos de la técnica, la sed de España se hace más cruel y más doliente, porque ya no es sólo el campesino y el rústico aldeano quienes fían su vida al divino milagro de fecundidad que encierra cada gota de agua. Es que en cada río los sabios han encontrado haces infinitos de luz y músculos de titán capaces de mover incansablemente la más pesada maquinaria. El agua acompaña al hombre en su progreso; ya no sólo fecunda la tierra, y sustenta las plantas, y madura los frutos, y abreva los ganados como en las églogas primitivas: el agua se convierte en calor y en fuerza; alumbra y caldea y transporta; es movimiento, es electricidad; funde los metales; hace cuanto hace el sol... ¿Soñaron en ella los alquimistas que buscaban en un crisol la piedra filosofal? En ella, al menos, Joaquín Costa vio, con adivinación profética, el futuro engrandecimiento de España. La pasividad del Estado, ese paralítico que lleva a cuestas el pobre pueblo español, ha dejado espacio suficiente para que la iniciativa individual, mucha de ella extranjera o encubridora de capital extranjero, se apodere de los mejores saltos de agua del Pirineo. Todavía aún, un esfuerzo del ministerio de Fomento podría en pocos años aprovechar los dos millones de kilovatios, que, convertidos en fuerza y luz, sin dejar de ser agua para fecundar los campos, harían posible la transformación de España en la rica y próspera nación que Costa soñara; en la nación que podría ya resucitar sus héroes, sin que se la tuviera por manirrota y loca y desatinada, capaz sólo de curarse, como don Quijote, cuando se acercara la hora de su muerte.

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Dionisio Pérez, La musa de Joaquín Costa, Nuevo Mundo, Madrid, 9 de abril de 1920, pagina 6Dionisio Pérez, La musa de Joaquín Costa, Nuevo Mundo, Madrid, 9 de abril de 1920, pagina 7
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Dionisio Pérez
1920-1929
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