La Correspondencia de España
Madrid, viernes 5 de marzo de 1920
 
año LXXI, número 22.655
página 1

Julia Peguero de Trallero

Una conferencia

Contra la blasfemia

En la velada organizada por la Asociación para la represión de la blasfemia, la prestigiosa y distinguida maestra de las escuelas de esta corte y contadora de la Nacional de Mujeres Españolas, señorita Asas Manterola, disertó acerca del tema «Psicología del blasfemo».

Con la briosa elocuencia y sinceridad de sentimiento que caracteriza a esta ilustre escritora, tan conocida por sus campañas feministas como por sus artículos y esfuerzos a favor del Desayuno Escolar, analizó el espíritu blasfemo en sus diferentes aspectos y variedad de matices, afirmando la pobreza psíquica, tanto del que obra por costumbre rutinaria sin ver ni conocer el alcance y significado de sus palabras, como del que por irreverencia y deliberada ofensa, siendo ateo, se complace en herir los oídos creyentes que puedan escucharle, haciendo notar en este último su inconsecuencia, rayana en lo absurdo, pues afirma con sus injurias la existencia de aquello que niega.

Distinguiendo la devoción interior de la meramente exterior, señala el estado del que carece de una y otra, recordando algunos giros o modismos usados hasta por personas que se dicen creyentes, donde el nombre de Dios es traído sin el respeto que exige la idea preexcelsa que del Creador debemos tener.

Compara el valor de la cultura para el alma al de la gimnasia con respecto al cuerpo, como medio de corregir naturales defectos a fin de alcanzar una mayor belleza. Mas preconiza ante todo la noción de Dios, diciendo: «Un alma sin Dios no puede ser de naturaleza superior, porque sus magnitudes quedan inscritas al insignificantísimo delineamiento de suyo corporal o materializado.»

Y en la imposibilidad de resumir lo que al ser pura esencia nada es menos, porque todo es más, ya que no pueda mi pluma dar idea aproximada del mérito de su maravillosa disertación, he aquí algunos párrafos íntegros:

«Bien dijo Salomón «que el «temor» de Dios es el principio de la sabiduría». Mas yo he de decir sintiendo aún más alto que Salomón: «El amor» a Dios es el principio de la sabiduría. En esto, más que con Salomón, estoy con San Francisco de Sales cuando exclama: «Aunque, no hubiera cielo, Dios, yo te amara.»

Una dama española de superior psicología por su inteligencia y sus sentimientos, consagrada ya como una de las mujeres más célebres del mundo, doña María Espinosa, que, como se sabe, es la presidenta de la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, abundando en estos interesantes juicios, ha dicho: «El día que las sociedades se gobiernen con sólo la cultura y sin creencia en Dios, ese día será el más funesto del planeta; porque por mucha que sea la fuerza moral que quiera concederse a una cultura atea, nunca podrá ser comparada a la insustituible fuerza ética derivada de la creencia en un Ser Supremo.»

Yo sé positivamente que una lección dada al niño o a la niña en la escuela concerniente a la blasfemia puede influir más eficazmente en el ánimo de su padre blasfemo que la multa más gravosa impuesta en la calle al mismo individuo por una autoridad.

¿Citaré siquiera un caso corroborador de esta mi afirmación?

En la escuela nacional de una de las más prestigiosas maestras madrileñas, en la de doña Carmen Ramos, presidenta de esa hermosa institución benéfica que se llama Desayuno Escolar, se presentó cierta mañana un padre con su hija, diciendo a esa notable pedagoga:

«Anoche, durante la cena, por una pequeñez que no viene al caso, me enfurecí con mi mujer de tal manera, que, como de costumbre, para desahogarme más a mi gusto, empecé a blasfemar como un energúmeno. Esta niña, mi hija, al oírme, llorando y temblorosa, suplicante a la vez, se arrodilló ante mí, se abrazó con fuerza a mis rodillas y me pidió con tan angustiado acento que no blasfemase, que no pude menos de conmoverme y rendirme. Señora, vengo a darle las gracias, porque al interrogar a mi hija por su espanto al escuchar mis disparatadas frases, me ha hecho una relación tan encantadora de cuanto usted le ha enseñado referente a Dios y a la gratitud y al respeto que a Dios le debemos, que ella, esa relación infantil, me ha producido una impresión mil veces más eficaz que todas las reflexiones que concernientes a mi detestable costumbre me ha hecho mi mujer desde que contraímos matrimonio.»

Para que un caso de éstos salga a la superficie, ¿cuántos no quedarán ocultos?

Teniendo fe en el buen éxito que por mediación de la escuela se puede alcanzar en lo que afecta a la represión de la blasfemia, yo también he adaptado a una conocida pieza de música unas cuantas frases, que puede suponerse el escasísimo mérito que tendrán al ser mías, pero que, sin embargo, han tenido espontánea acogida en algunas escuelas.

Pondré punto a esta mi precaria y breve peroración recitándolas. Dicen así:

«Dios divino, admirado y bendito; yo te adoro con toda mi alma. A ti, que eres el Creador infinito que pobló los espacios sin fin.

¡Oh! ¡Qué pena causa ver que tu nombre sea manchado por el que blasfema! ¡Quién pudiera extirpar de la Tierra ese insulto del hombre soez! El hombre, que debiera con grandes alabanzas tu nombre sacrosanto en todo tiempo ensalzar, es cosa que avergüenza cómo se envuelve en lodo, cuando soberbio e ingrato, te injuria al blasfemar!»

El discurso de la señorita Benita Asas Manterola fue aplaudidísimo, y considerándolo como la mejor campaña que pueda hacerse para la represión de la blasfemia, se espera que la Prensa acoja benévolamente la publicación de estas líneas que anteceden.

Julia Peguero de Trallero.

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Julia Peguero Sanz
1920-1929
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