Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 6 de junio de 1918
 
año I, número 19
páginas 3-5

Quintiliano Saldaña

Los revolucionarios en las Cortes
 

Revolucionarios, no socialistas

Desde Junio de 1910 figura en el Parlamento español un diputado socialista. No ha entrado el socialismo en el Parlamento español. Los socialistas españoles carecían de fuerza electoral para llevar por sí solos un solo diputado; el Sr. Iglesias venía a las Cortes traído –como ejemplar de museo político– por los gobiernos liberales y conservadores, elegido por los votos de los republicanos. La Conjunción republicano-socialista (que el partido socialista español quiso en vano romper en el último Congreso socialista de Madrid de 1912 contra la tenacidad de Pablo Iglesias) era condición de la permanencia convencional del Sr. Iglesias en el Congreso. Ahora han entrado cinco socialistas más en el Parlamento.

¿Es ese el socialismo español? ¿Se han quintuplicado en un año las agrupaciones obreras, federadas en la Unión General de Trabajadores? Al contrario. ¿Cómo esa multiplicación de su fuerza?

Pensemos por adelantado si acaso lo que se estima ingenuamente como un triunfo del socialismo español sea únicamente el triunfo de la revolución –del gran espíritu revolucionario en España– en expresión de simpatía hacia el socialismo que organizó la huelga revolucionaria de Agosto, que igual hubiera mostrado su aplauso a favor de otro partido –así el republicano, si eficazmente existiese–, que hubiera hecho otro tanto. Esos cuatro hombres submediocres han hecho «su Agosto». Y pueden repetir con los teólogos: O felix culpa! Por eso, los cuatro individuos del Comité de huelga, a quien tan espléndidamente premió la opinión española; los que a tan poca costa y escaso riesgo se asombran hoy de verse inopinadamente en el absurdo escaño parlamentario, al que acaso no hubieran llegado jamás, han de proseguir su acción revolucionaria necesariamente, fatalmente, aun por instinto de conservación, si no quieren perder inmediatamente sus puestos. Ellos saben bien que por solo los sufragios, bien contados de los obreros federados en Madrid, en Oviedo y en Bilbao, no volverán a ser diputados en toda su vida. Pero, ¿serán capaces? El Sr. Besteiro declara terminantemente que él «no ha nacido para héroe ni para mártir».

¡Esos son nuestros prudentes revolucionarios!

No ha entrado el socialismo español en el Parlamento: ha entrado –mal representada– la revolución.

La élite

En la traducción española del libro de Herkner –La cuestión obrera– aparecen estas palabras, escrita por persona que queda juzgada en ellas: «El partido Socialista Obrero está formado en España, como en Alemania y la mayoría de los países, de una élite (¡!) de propagandistas y agitadores.»

Veamos a ver qué clase de flor sea esa élite...

Si se salta la fase del socialismo teórico, anterior o coincidente con las primeras organizaciones obreras, en la que pocos partidos pueden ostentar tan noble linaje –Abreu, Francisco de Paula, Canalejas, Pi y Margall– desde la fundación de la Internacional en España, el socialismo aquí ha sido y es un esoterismo obrero. Lo dijo Marx, y la Internacional lo había escrito en su bandera: «la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos.»

De que grado sean los obreros de España –en la escala de dureza mental– no es difícil averiguarlo, cuando nuestros capitalistas rayan al diamante, y hasta resultaría peligroso un arañazo intelectual de nuestros doctores...

Mas, existe una clase de obreros que, por el manejo constante de las letras, pueden llamarse el equivoco de letrados... los tipógrafos. Uno aparece ya en el primer «Consejo federal de la región española», en 1870 (Anselmo Lorenzo); cuatro, en el «Segundo Consejo federal» de 1871 (Lorenzo, Mesa, Pauly e Iglesias); uno, en la primera candidatura por Madrid, para diputados provinciales en 1889 (Gómez Crespo); en el primer comité están otros cuatro tipógrafos (Quejido, Calleja, Gómez y Ros). Morato, Atienza, Diego Hueto eran también tipógrafos. El primer Congreso Nacional (Barcelona, 1888) nombra presidente a un tipógrafo: Pablo Iglesias. El Comité nacional de la Unión general de Trabajadores (1896) a Pablo Iglesias; antes presidente del «Arte de Imprimir» y de la «Federación tipográfica».

Ahora, desde los primeros esfuerzos para la organización del partido socialista español, estaba al lado de Pablo Iglesias y de otros el Dr. Vera. El Dr. Vera, socialista consecuente, era un hombre de cultura. Por eso nadie se acordó de él para la elección de altos cargos. Un doctor ilustre no podía ser jefe del socialismo español.

En Septiembre de 1871, se celebraba la primera conferencia socialista en Valencia. Era jefe de los socialistas de Valencia el sabio catedrático de aquella Universidad Sr. Pérez Pujol. El Sr. Moreno Villena, catedrático de Economía política de la misma Universidad, y el señor Segura, abogado de Valencia, militaban junto a él en las filas socialistas. Ellos, es verdad, no eran amigos de la Internacional. Pero buscaban la luz, y convocados los congresistas en el patio de la Universidad, les hablaron invitándoles a polémica. ¿Qué lograron? Una silba... ¡un estrépito!

Actualmente profesan ideas socialistas en España: el Dr. Lluria, el Dr. Recasens, el catedrático de la Central Sr. Ovejero, y ahora, el Sr. Unamuno, entre otros. ¿Quién ha dado sus nombres para las últimas elecciones generales por los grandes centros obreros? Nadie, pero ha salido elegido por Oviedo el tipógrafo Saborit.

Esa es la élite socialista; una élite au rebours.

Socialismo culto

Entretanto, en Alemania un sabio jurista y economista –aquí poco conocido como sabio– llamado Fernando Lasalle; un caballero romántico que muere en duelo por una dama (1862), había propagado desde el libro y desde la tribuna un socialismo nacional extremadamente consciente y político, fruto de su espíritu sabio y amable, y Carlos Marx, el economista, y Lange el autor de la magna Historia del materialismo, volvían de su destierro de Londres, entregándose a la propaganda del socialismo internacional, publicando, aquél, su célebre obra Das Kapital (1867), la biblia del socialismo, y Bebel que era un maestro tornero –¡pero qué [4] exquisitas espirales las suyas!– publica, en 1869, Unsere Ziele y una polémica contra la Democratische Korrespondenz. Después, su célebre Die Frau (la mujer) traducido a todos los idiomas del mundo.

El socialismo alemán que había brotado –ya vivía latente– con el discurso de Lassalle, La ciencia y los obreros, no podía ser un rebaño de bárbaros. Luego son los Kathedersocialisten, los socialistas académicos.

Carlos Kautsky, autor de La cuestión agraria (1899), dirige Die neue Zeit, y crece al socialismo científico con Eduardo Bernstein, autor de Los supuestos del socialismo (1899), combatido por Kautsky y Bebel, defendido por Auer, por David, por Frohme, por von Elm, por von Wollmar, por muchos... toda una seria polémica, y después de su conferencia ¿Cómo es posible el socialismo científico? (Berlín, Mayo de 1901) aún mal entendido, el sentido de cultura se impone.

En Francia, pronunciaba discursos –en francés y en alemán con absoluto dominio– y publica Etudes socialistes (1902), su escritor supremo: Josés (asesinado de orden superior en 1914) y llega Millerand autor de Le socialisme reformiste (1903) al ministerio Waldek-Rousseau-Gallifet, y Guesde presidente del partido antiministerial, escribe libros: Stat politique et moral de clase (1901) y Le socialisme au jour le jour (1899) y el abogado Viviani capitanea a los independientes fuera y dentro del ministerio.

En Italia ¿quién dirige el socialismo? Un sabio jurista. Turati (reformista); un genial sociólogo Ferri (intermedio-integrista). En Inglaterra ¿quién funda agrupaciones socialistas? Hindman, el traductor de El capital; William Moris, el exquisito humorista y poeta, con los escritores de la Fabian Society, en la que militan: Sidney y Beatriz Bebb, Bernard Shaw, William Clarke, Stewart y otros.

Y en Bélgica, es Vandervelde, autor de numerosas obras, es Destree, su colaborador; es D. Greel; ¡son tantos!

Y en los Estados Unidos, ¿cómo se llaman los apóstoles de la idea socialista? Henry George (el autor de Progress and Poverty), Ernesto Bellamy (el mago de El año 2.000 y de Looking Backward) y los sacerdotes protestantes y Jhon Mitchell, autor de Organised Labour y discípulo de Webb.

En Austria, ¿quién dirige el movimiento? Redacta el manifiesto el gran Kautskg, el Dr. Froehlich dirige la propaganda antialcohólica, Fr. Herz escribe –contra Kautsky– dos libros fuertes de cuestión agraria (1899 y 1910).

En España... la Historia del socialismo español la escribe un zapatero, Francisco Mora. ¿Qué ha escrito Iglesias? El mismo señor Besteiro ha publicado, aparte su mediocre tesis doctoral, dos folletos un solo libro?

Así, a diferencia de España, el socialismo es: en Europa y América el partido de los hombres cultos, de los artistas, de los sabios, y –como todo evangelio nuevo– de los nobles espíritus.

Verdad, verdad, verdad

En los Estatutos generales de la fundación de la Internacional, redactados por Marx, aprobados en el primer Congreso (3 de Septiembre de 1866), se leía:

«Se funda la Asociación Internacional de los Trabajadores, y declara que todas las Sociedades e individuos que a ella se adhieran reconocerán como base de su conducta para con todos los hombres la Verdad, la Justicia y la Moral.»

Si algo puede significar hoy el socialismo –como todo nuevo evangelio– no es la belleza pura, que sólo se percibe bajo marco de serenidad, al día siguiente del triunfo, no entre las deformadoras contorsiones y agudas violencias de la lucha. No es, acaso, la justicia, difícil conciencia y atribución de los derechos, cuando se combate.

Mas el socialismo ha de significar, en esquema, esto: la verdad. Y he aquí la verdad que se contiene en los discursos de los diputados socialistas. El Sr. Prieto habla de los desórdenes de Bilbao. Cerca de Bilbao descarriló un tren de viajeros. Se dice que levantaron las traviesas y los ríeles los huelguistas; se asegura que los huelguistas –es horrible– tirotearon a las victimas del criminal descarrilamiento, después de volcado el tren. Habla el señor Prieto (texto del Diario de Sesiones del día 24).

El Sr. Prieto. –No hay manera de que se concrete cuál fue el acto execrable. El Sr. Artiñano. –Yo fui testigo, señor presidente; de lo que no habla su señoría (al Sr. Prieto): es del tiroteo que se hizo a los viajeros. El Sr. Prieto. –Yo no conozco eso. El Sr. Artiñano. Yo sí lo conozco. El Sr. Prieto. –Perfectamente, señor Artiñano. Vamos a los tiroteos. (Los extractos de Prensa de ABC y de casi todos los periódicos decían: «El Sr. Prieto: Bien, hubo tiroteos.» Sabido es cómo se tolera indebidamente que el diputado corrija las cuartillas de los taquígrafos, modificando las declaraciones que le perjudican) El Sr. Artiñano. –Se descalzó un rail, y cuando pasó el primer tren estaban ya las tuercas sueltas. (Otros diputados: «Y hubo heridos en el tiroteo; un civil con un brazo atravesado.» Estas interrupciones no aparecen en el texto del Diario. ¿Porqué? El Sr. Prieto se aparta bruscamente del asunto y no vuelve a hablar de los sucesos de Bilbao, diciendo que no le importa lo que diga el «coro de ángeles».)

El movimiento de Agosto, ¿fue revolucionario? Según los señores Largo Caballero, Anguiano (día 22) y Saborit (día 23), «el movimiento fue pacifico, como lo demuestran el manifiesto y las instrucciones (risas y murmullos). Según los Sres. Prieto (día 24) y Besteiro (días 28 y 29), fue revolucionario, y éste hace constar que el movimiento general del mundo es revolucionario; lo de España, un ligero episodio; que aquí quién más, quién menos, todos somos revolucionarios; que se esperaba en Agosto la adhesión del Ejército; que se tenía proyectado proveer de armas a las masas.» ¿Qué más? ¡Para lograr esa unidad de criterio se habían reunido los diputados socialistas previamente –al constituirse en minoría– en una de las sesiones del Congreso!

El Sr. Besteiro relata los excesos del Ejército, en la represión de la huelga revolucionaria de Agosto, en Madrid. En los Cuatro Caminos hubo victimas. ¿Atacaban los huelguistas al Ejército? ¿Le tiroteaban?

Habla el catedrático de la Central Sr. Besteiro (texto del Diario de Sesiones, día 28). Advirtamos que el Sr. Besteiro en la Universidad explica Ética.

Sr. Besteiro. –Día 14... En los Cuatro Caminos... Para disolver a aquellos hombres a quienes se les había levantado del suelo donde estaban sentados, se desplegó la tropa en guerrilla por la calle de Bravo Murillo arriba. Entonces –lee, aceptándole, el relato de El Imparcial– serían próximamente las seis menos cuarto, partieron de entre los huelguistas varios disparos de pistola» (pág. 29, columna 1ª). (Más adelante). El día 14... Iba avanzando la tropa y tomando posiciones en las boca-calles y allí empezaba a disparar» (pág. 30, columna 2.ª). Y más adelante: El Sr. Ministro de Estado. –Lo que se dice es el número de bajas que ocurrieron. El señor Besteiro. –Todo lo grandes que su señoría quiera. Yo lamento que el número sea grande. Estoy en cierto modo enterado, aunque no me he tomado el trabajo de reducir estas cosas a proposiciones matemáticas, porque, Sr. Dato, eso sería una nueva mezquindad de aquel gobierno» (pág. 31, col. 1.ª).

Primero, no; luego, sí. Se niega terminantemente un hecho; se reconoce explícitamente ese hecho. ¿Qué es esto? ¿Estos, son hombres? Adelantemos que el socialismo español se caracteriza por el primitivismo; pensemos, en su disculpa, que estos titulados diputados socialistas, son infantes parlamentarios. No saben que en el Parlamento de España no se puede hacer eso. Aquí se miente, acaso, pero con habilidad, con maestría. Cuando la mentira balbucea, le aguarda una sanción cruel: la risa. A eso han ido al Parlamento esos señores: a hacer reír. Más respetables eran desde el presidio.

Y mientras el socialismo universal es: verdad, verdad, verdad; el socialismo español es esto:

¡Mentira, mentira, mentira!

El primitivismo

Si un pintor quisiera expresar gráficamente el símbolo del socialismo español, lo representaría, seguramente, en figura de un felino doméstico erizado... Y expresaría su manera, ingenua y hostil, en la inocencia de una línea pura y dura, sin transiciones de contorno, sin sutilezas de matiz, igual que una escena de juramento en las tablas de los primitivos... [5]

El socialismo español –en la teoría– no ha pasado de Marx. El simplicismo de su materialismo histórico, sin comprensión antroposociológica, es la única comida mental apropiada a su estómago foliáceo.

Ni siquiera han mascado su teoría de la «plusvalía». Yo sé de un socialista que lleva veinte años estudiándola y no logró explicarla claramente un día en el Ateneo.

Lo único que sí han entendido a maravilla es lo de la «lucha de clases», y no como triste fenómeno social, sino como ideal único de la más cruel preceptiva. Antes de haber adquirido la conciencia de clase, se les inspiró el odio de clase. En lugar de ocuparse principalmente de la segura lucha social y económica –lucha por la existencia, por el mejoramiento– se lanzan, precipitadamente, al riesgo de la lucha política: lucha por la excelencia, por el dominio.

Parodiando a los cristianos de la Edad Media, nuestros socialistas piensan ingenuamente: «Después de El Capital, de Carlos Marx, toda ciencia es vana.»

El pecado original

El socialismo español carecerá siempre de representantes cultos por el pecado de origen de su organización. Se ha comparado –no sin razón– la organización política y administrativa de la Casa del Pueblo a la organización jerárquica de la Compañía de Jesús. Va en su daño, que en ésta se da por anticipado una selección de entrada, que allí no se hace.

Los representantes parlamentarios del partido socialista español, pasan por esta odisea: Primero, son las «Agrupaciones profesionales» –gremios de herreros, torneros, &c.–, y la «varia» que se ocupan exclusivamente de la defensa de los intereses, y entienden únicamente de organización obrera.

Aquí tiene lugar la primera elección propuesta: –Como es lógico, cada una procura proponer un representante propio. Luego es la «Agrupación socialista» –especie de grupo libre, superior, de los semi-intelectuales– encargada de la propaganda y organización electoral. En ella se da la segunda_ elección- designación de los candidatos. (Ella misma tiene voto de proponer, como una sola, entre las Agrupaciones.)

En fin, es el «Comité nacional» encargado de la alta dirección del partido, y en él se verifica la definitiva elección-aprobación, en forma de dictamen, sobre las candidaturas procedentes de las «Agrupaciones profesionales», triunfantes en la «Agrupación socialista».

Como se ve, sólo por azar puede ocurrir que un hombre de carrera como el Sr. Besteiro –perteneciente a la «Agrupación socialista»– llegue a ser propuesto, designado y aprobado como candidato para las elecciones generales en nombre del partido socialista español.

Lo frecuente y general es que la designación recaiga en obreros incultos, como estos, cuyos apellidos parecen interjecciones (¡Saborit!, ¡Largo Caballero!), y cuyos rostros hacen reír, y cuyas oraciones son injurias.

¿Quiénes son? No importan sus nombres. Basta escucharles y verles... Son los discípulos de Pablo Iglesias, el apóstol de la la incomprensión y del odio, el mayor enemigo del socialismo español. Porque, ¡cuántos espíritus avanzados de las izquierdas españolas han ahogado en su pecho la noble idea socialista, antes que el bochorno de ser presididos por ese ogro inculto!

Que se revise la colección del Diario de sesiones del Congreso: ¿cuántas proposiciones de ley ha presentado, en ocho años, el representante del socialismo español?

Sus iniciativas parlamentarias se reducen a dos: «Prórroga para solicitar una cruz para un ex capitán de navío», y –esto es importante– «Fijando indemnización al cargo de diputado a Cortes» (Anales parlamentarios, 1910, pág. 425; cons. 1911, 1912, 1913, página 454).

Todas las leyes sociales y obreras –de Accidentes del trabajo, Descanso dominical, Electoral, Usura, Trabajo de mujeres y niños, Trata de blancas, Sindicatos, Enseñanza obligatoria, Administración local, y proyectos– fueron propuestas y votadas por los hombres del régimen.

Entretanto, el Sr. Iglesias, diputado con talla de concejal, echaba su gancho de trapero en el arroyo, pescaba un pingo de irregularidad y lo enarbolaba en las Cortes gritando: «¡Es un escándalo!»

El socialismo español no ha entrado aún, ni está capacitado para entrar dignamente a colaborar en la obra legislativa. Ha entrado en las Cortes la revolución. Pero, ¿de qué modo? Que la revolución busque otros representantes más dignos; que los lleve a las Cortes. Entonces, sólo entonces, puede triunfar en los espíritus antes que en los intereses.

Quintiliano Saldaña

Imprima esta pagina Informa de esta pagina por correo

www.filosofia.org
Proyecto Filosofía en español
© 2009 www.filosofia.org
Renovación Española
1910-1919
Hemeroteca