Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 30 de mayo de 1918
 
año I, número 18
página 11

Mariano de Rueda

Las acumulaciones de cátedras

Era de suponer que en estos tiempos todos estuvieran convencidos que la vida del Estado no puede estar encasillada en figuras perfectamente regulares y geométricas, y que nadie se atreviera a hablar de tantos por cientos, de amortizaciones ni de aumentos; esos coeficientes absolutos, que pueden ser útiles para calcular las resistencias de un puente, son ineficaces, y me atrevería a llamar mortales, cuando se trata de aplicarlos a la vida. Para observar y encauzar ésta, hay algo más que las tablas de logaritmos.

Acordar un 25 por 100 de economías en los funcionarios del Estado y aplicarlo inflexiblemente a todos los servicios públicos es prueba palmaria del atraso en que nos hallamos en todo lo que se refiere a la ciencia política.

Habrá servicios que haya que suprimir y otros que crear, y otros que reducir, y los demás que aumentar; y hacerlo todo con conocimiento de causa y oportunismo es lo que constituye la consciencia del gobernante; la aplicación de fórmulas generales es conclusión digna de una tertulia de café o de salón de peluquería en día de sábado.

Y este hallazgo ingenioso de reducir los gastos del Estado sin fijarse en la eficacia de lo que se gasta, llegó, como no podía menos, a la enseñanza, campo abonado para todas las experimentaciones de gobierno, y marco de frases hueras de gobernante.

Otro punto de vista sería buscar economías en la supresión de Universidades. Pero a esta orientación se opondrían los intereses creados, habría que cerrar la puerta a los telegramas colectivos de Cámaras de Comercio, distritos electorales, &c., etcétera, y por este camino no se puede ir. Nada importa que haya facultades de medicina que no tengan enfermos donde estudiar, ni que existan otras infinitas enseñanzas mal dotadas y peor servidas, y que a la larga preparan una juventud indocta y holgazana que en las provincias agrícolas, por ejemplo, han hecho más daño que una granizada el día de San Antonio; el caso es que la población A o B (para qué usar nombres) tenga su Universidad, su Escuela de Comercio o su Escuela Industrial, sin pensar que de las primeras no podrán salir sabios, sino doctores; de las segundas, no comerciantes, sino profesores mercantiles, y de las últimas, no técnicos de la industria, sino peritos con diploma.

¿Quieren hacerse economías es decir, hacer eficaz el gasto (no solamente reducirle)? en buena hora se hagan; pero no suprimiendo maestros y dejando los centros de enseñanzas vacíos de todo, incluso de hombres que enseñen.

Quien haya preparado la lección de una cátedra, sabe bien que no puede comprometerse dignamente a preparar dos de disciplinas análogas, y mucho menos si no lo son.

Las Universidades han callado, y es un signo palmario (por si fuera menester alguno más) de que no hay espíritu corporativo (ni les importa tenerlo).

Mientras el presupuesto ofrezca unas pesetas por acumulación, supongo que por desgracia de todos, nadie ha de protestar, y no habría quien fuera capaz de comprometerse a explicar todas las asignaturas de una carrera y hasta hacer rebajas proporcionales, como algunos colegios hacen a las familias numerosas.

Además, parece lógico que, aun dado el disparate de la acumulación, se hubiera pensado ver la posibilidad de implantarle, dando haberes y criterios para saber las asignaturas que se habían de acumular y a quién; pero es el caso que no hay más que un decreto en que se habla de lo que se ha de hacer, sin duda bajo palabra de honor del ministro, que cuando tenga tiempo pensará cómo se ha de hacer. ¡Y hay para esto una asignatura que se llama pomposamente Lógica fundamental! Y, entretanto, las Universidades callan... ¿Será que no les importa?

Mariano de Rueda

* * *

Con gusto complacemos al querido amigo que, ocultándose bajo el pseudónimo «Mariano de Rueda», nos envía, desde una capital de provincia, este artículo. Mas no sin advertir que no compartimos su punto de vista. En las buenas Universidades de Europa –Alemania, Austria, Suiza, Bélgica, Italia, Suecia, Francia– no hay un solo profesor que explique (cómodamente o penosamente, por dedicar la esencia de su actividad a ocupaciones extrauniversitarias) una sola cátedra. Hay quien da hasta diez cursos, más o menos similares o diversos, privados o públicos, en las de Alemania. Y esto porque ninguna cátedra es diaria, ni dura una hora entera... Aquí, en las Facultades de Filosofía y Letras, da la acumulación buenos resultados, porque arranca las cátedras de manos de auxiliares insuficientes y las entrega a catedráticos probados. Ello supone, además, una gran economía –sin daño en el servicio– para el Estado. Pero esto no supone un aplauso para el Decreto, que la establece, ciegamente, sin norma ni criterio.

N. de R.

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