Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 30 de mayo de 1918
 
año I, número 18
página 4

Eduardo Ovejero y Maury

Rogerio Bacon

En una Historia de la Geografía que anda por ahí formando parte de una publicación de abultados volúmenes, aparecida recientemente, se confunde a Francisco Bacon de Verulamio, el autor del Novum organum, con Rogerio Bacon, el monje franciscano del siglo XIII.

Es de lamentar que en obras científicas, en que va a abrevarse la juventud contemporánea, aparezcan errores de tanta monta y que acusan en los redactores de tales obras una ligereza imperdonable. ¿Qué confianza puede inspirar un trabajo en el que se autoriza de buenas a primeras una tal inexcusable confusión?

Inexcusable, en efecto, pues la importancia y notoriedad del preconizador de los métodos experimentales en el siglo XVII, del gran Canciller de Inglaterra, no obscurece ni aminora la de su homónimo del siglo decimotercio. Si aquél redactó de manera definitiva el código de los procedimientos científicos en un siglo en que la revolución intelectual estaba consumada y los antiguos ídolos habían caído de su pedestal pasando a ser venerables restos arqueológicos, este fue el primero que en una época de ardiente fanatismo y de bárbara intolerancia, en un siglo en que la ciencia escolástica, en todo su apogeo, hacía casi imposible la menor tentativa de renovación, y el mundo fascinado por los esplendores de la teología no tenía oídos para los precursores, ni piedad para los rebeldes, alzó su voz contra los prejuicios tradicionales y trató de señalar nuevas rutas al espíritu humano.

Pero aún hay más. Mientras Francisco representa, por su carácter venal y por las innobles transacciones de que se hizo reo, el más triste divorcio entre las dotes intelectuales y las cualidades morales; Rogerio, víctima de su carácter independiente y de su indomable sinceridad, fue viva encarnación del espíritu de rebeldía y de consecuencia.

Mientras Francisco recibía de Jacobo I el título de caballero, el de consejero o abogado ordinario del Rey, el de procurador general, el de miembro del Consejo privado, el de guardasellos, el de gran canciller, el de barón de Verulamio y el de vizconde de Saint-Alban, a más de las cuantiosas pensiones consiguientes, Rogerio, solo, abandonado y sin que le sirviese de valimiento la amistad de Clemente IV (tal era el poder de los franciscanos entonces), perseguido por los generales de su orden, acusado de hechicería, condenado al suplicio más espantoso que pueda imaginarse para un hombre de genio, al de no poder transmitir sus ideas, ni siquiera por escrito, arrastraba su vida por cárceles y calabozos, encerrado primero en el convento de los Menores de París, y más tarde en no se sabe qué prisión de Francia o Inglaterra, consumía su existencia entre amarguras y padecimientos, sin poder recobrar su libertad, hasta los ochenta años, en que una piedad tardía le arrancaba de las garras de sus enemigos para dejarle morir en Oxford a los pocos meses. Los odios que le habían oprimido durante su vida, dice Saisset, se encarnizaron en sus escritos después de su muerte. Clavaron sus escritos entre tablas para que nadie los leyese y para que se pudrieran en el polvo y la humedad.

Y el mismo Saisset añade: que si hay alguna diferencia entre los dos Bacon es, sin duda, a favor de Rogerio. Porque, aparte de que no es ya mínima ventaja la de haber preconizado en el siglo de Santo Tomás el mismo método, que luego había de recomendar el contemporáneo de Galileo y Keplero, puede decirse que el de Verulamio, falto del ingenio de invención, no descubrió nada verdaderamente capital, mientras que su precursor, a más de haber lanzado a la filosofía escolástica, entonces en todo su esplendor, las mismas acusaciones que luego fueron coreadas por los sabios del Renacimiento, combatió con igual valor las relajadas costumbres del clero de su época; propuso a Clemente IV la reforma del calendario, que no se consumó hasta el tiempo de Gregorio XIII; atacó el sistema de Ptolomeo por el mismo lado que lo hizo después Copérnico; describió, adelantándose a la óptica de Newton, el delicado y complejo mecanismo del ojo; sostuvo contra Aristóteles que la propagación de la luz no es instantánea, y que la luz de las estrellas es propia y no reflejada del sol; estudió el fenómeno de la refracción, atribuyéndosele la fama de invención de las lentes del microscopio y del telescopio, el descubrimiento del fósforo, del magnesio y del bismuto y aún de la pólvora de cañón, y recibiendo de sus contemporáneos el sobrenombre de doctor Admirabilis, por haber sido más esclarecido que su siglo en las ciencias físicas y astronómicas.

En el siglo XVIII había aún en Oxford, en un barrio situado al otro lado del río, una antigua torre que se enseñaba a los extranjeros como lugar de estudio y observatorio del hermano Bacon (Friar Bacon's study). En el más apartado rincón de este misterioso retiro fue sin duda donde Bacon y su amigo Tomás Bungey fabricaron aquella famosa cabeza de acero que hablaba y hacía profecías. A ella le preguntaba el modo de ceñir a su querida Albión de una muralla inexpugnable (cosa que hubiera ahorrado al almirante inglés muchas cavilaciones). Si fue esta quien le sugirió aquellos vaticinios, según los cuales, andando el tiempo, se fabricarían «máquinas para navegar sin ayuda de remeros, coches que rodaran con velocidad inagotable sin ningún animal; máquinas para volar, por las cuales el hombre, sentado en su centro, hará mover algún resorte que pondrá en conmoción artificiales aparatos para marchar por el fondo de los mares y de los ríos sin peligro alguno...» bien podemos considerarla como verídica.

No es, por consiguiente el monje franciscano ningún grano de anís para que sea borrado de la historia por obra y arte de un compilador precipitado y olvidadizo. Tributémosle aquí el homenaje que merecen los que, despreciando los honores y las comodidades de la tierra, sufrieron persecución aterradora por defender los fueros del pensamiento y las libertades del espíritu.

Eduardo Ovejero y Maury
 

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