Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 26 de marzo de 1918
 
año I, número 9
página 12

Eduardo Ovejero y Maury

Un traductor de Espinosa

La casa Armand Collin ha publicado este año una traducción inédita (la primera francesa) de la Ética de Espinosa, hecha en los últimos años del siglo XVII, por el célebre historiador, teólogo, filósofo y astrólogo el conde Enrique de Boulainvilliers, contemporáneo y discípulo del gran filósofo.

El interés de esta primera versión estriba, no sólo en la personalidad del traductor, sino también y muy principalmente en que, por el hecho del comercio intelectual que con el maestro mantuvo, pueden buscarse en su obra, aquellos primeros matices de interpretación, perdidos con el tiempo, y que hoy reputamos datos preciosísimos en la historia del pensamiento espinosiano.

Fue el conde Enrique de Boulainvilliers espíritu original y complejo en que se daban extremos algo inconciliables. Un espíritu que más que otro alguno reflejaba todos los caracteres de su tiempo, combinados en una personalidad original. De nobilísimo abolengo, pues se le hacía descender de antiguos reyes de Hungría, el orgullo del nombre manifestóse en él por un altísimo sentimiento de las tradiciones de la nobleza. Quiso resucitar un feudalismo liberal enlazándole con las instituciones existentes en su tiempo. El culto al linaje le lanzó al estudio de la historia, ésta le condujo a la filosofía, de la cual elevóse a los estudios teológicos, y no bastándole todo ello, dio en las brumosas y falaces regiones de la astrología.

Para un espíritu al que ya retratan las anteriores líneas, el culto al pasado debía tener irresistible encanto. De aquí su quimérico ensueño de rehabilitar a la nobleza, moral y socialmente abatida. Saint Simón, que le conoció en los últimos años de su vida, le describe modesto, casi tímido, ocultando su saber inmenso y dotado de una curiosidad científica insaciable. Pero, aun siendo así, tuvo el valor de hacer frente a Luis XIV y de desafiar la cólera de Madame de Maintenon y de los jesuítas, no siendo tal arrogancia el efecto de un anhelo malsano de notoriedad puesto que aceptó deberes obscuros y abnegados, y más parece que trató de deslizarse calladamente por la vida, como es prueba de ello el no haber querido que sus escritos de reformador se publicasen hasta después de su muerte.

Pero, junto a todo esto, Boulainviliers era un espíritu irreligioso. En él da principio la serie de los exégetas, a quienes el amor de la historia convierte en heterodoxos. Guardó, quizá por prudencia, quizá por dignidad, en su libre investigación, un respeto aparente al dogma, pero ya estaba impregnado del determinismo de las leyes naturales, de aquella “necesidad de todas las cosas” que tanto horrorizaba entonces y que se reprochó a los mismos jansenistas llamándolos espinosianos disfrazados.

El magno conflicto entre la necesidad de las leyes naturales y la libre voluntad del Creador que ya dividió a Santo Tomás y Duns Escoto, se agitaba de nuevo, preparando la lucha entre una iglesia decadente y una ciencia histórica cada vez más pujante. Ya Isaac de la Peyrère, probable inspirador de Espinosa, fue víctima de estos problemas.

Pero no vaya a creerse que el traductor de Espinosa se proclamase secuaz de su doctrina. Le traducía para combatirle, y después publicó una refutación de sus ideas. Llegó hasta declarar que consideraba la Ética como el libro más peligroso que pueda haberse escrito en contra de la religión. Y sin embargo, debajo de este horror aparente, se encubre la profunda sugestión que sobre su espíritu ejerciera la obra del judío español. Caso que recuerda al de otro impugnador de la Ética en el siglo XIX, al buen Jacobi, quien confesaba que, de existir una filosofía, ésta sería la de Espinosa.

Según Colonna d'Istria, bien pudiera considerarse a Boulainvilliers como un precursor de Voltaire. Lo cierto es que escribió una vida de Mahoma que es una apología del Islamismo, y que en sus últimas páginas no vacila en colocar la religión del Profeta por encima de todas las demás.

Finalmente, en la Lettre d'Hippocrate a Damagéte, parece que su idea se esfuma y se inclina a ver en la naturaleza el principio eterno de todas las cosas.

La traducción está hecha en un bello y claro estilo; sin embargo, algunos pasajes aparecen incompletos y desfigurados. El libro lleva al final varios apéndices en donde se señalan las divergencias entre la versión de Boulainvilliers y las de Saisset y Auerbach. Para los aficionados a esta clase de estudios es algo casi como una reliquia exhumada. Su vida subterránea durante cerca de trescientos años hace pensar en aquellos rayos de sol que los alquimistas trataban de ocultar debajo de tierra para que se convirtieran en barras de oro al cabo de los siglos.

Eduardo Ovejero y Maury

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