Renovación Española, revista semanal ilustrada
Madrid, 19 de marzo de 1918
 
año I, número 8
páginas 3-4

Edmundo González-Blanco

Problemas de Sociología jurídica

La ficción de la igualdad
 

Igualdad y revolución

Un discreto y ameno escritor, el médico francés Toulouse, que viene tratando con acierto cuestiones de política pedagógica, nos ha transmitido sus impresiones científicas sobre la doctrina legal de la igualdad de todos los seres. Leyéndole, por cierto con mucho agrado, di con unos párrafos en que el buen sentido de Toulouse se muestra mortificado, porque sus ojos tropiezan hoy por todas partes con esta recomendación fatídica: Igualdad o revolución, trasunto fiel de la de los energúmenos del siglo XVIII: Igualdad o muerte. Las misteriosas letras de fuego que vio dibujarse sobre el muro sombrío, no espantaron tanto al recalcitrante Baltasar como al ilustre doctor ese impertinente dogma de la sociedad moderna, que, sobre no tener fundamento serio en teoría, es injusto y perjudicial en la práctica. Teme Toulouse, que el prejuicio de la igualdad de los hombres no se desarraigue fácilmente, e invita a todos los pensadores a que se preocupen del daño que semejante doctrina está causando para evitarlo en lo posible. Porque Toulouse, que es de los que creen que Cristo y Lutero han provocado revoluciones puras, mientras que las Vísperas Sicilianas y la Revolución Francesa fueron en definitiva motines, tiembla ante la posibilidad de otra conmoción social equivalente, que pretenda obligar a los mismos deberes e investir de los mismos derechos a cuantos nacen de mujer, haciendo flamear las utopías más arraigadas, que rasan con el vaniloquio; humanidad sin naciones, comunidad sin Estado, bienestar sin propiedad, amor sin familia.

La igualdad en su aspecto jurídico

La Igualdad no es una ley social; la ley es ésta: que cada hombre, en igualdad de condiciones jurídicas respecto a sus semejantes, cumpla su destino sin atacar la personalidad y la propiedad ajenas. En una sociedad verdaderamente igualitaria, inspirada en el sentimiento civil y en la razón, nadie sobra, porque nadie es innecesario, y todos cooperan a la obra común. El error comienza tan sólo en el momento en que se supone que esta igualdad jurídica se cimenta y sostiene sobre una igualdad física, psíquica, jerárquica y reglamentaria.

Hecho, derecho y selección

Tal es, sin duda alguna, la tendencia teórica de las democracias; desde la declaración de los derechos del hombre, la ley nos hace a todos iguales. ¿Lo somos de hecho? Después de todo, ¿existe esa igualdad o hemos sido nosotros sus creadores? El derecho a la igualdad colectiva ¿ha destruido el privilegio en su raíz? He aquí unos graves problemas. Yo, ante todo, tengo un invencible horror al gobierno sin la superioridad; toda mediocridad, toda inferioridad elevada al poder, me causa una aversión irremediable. La igualdad social es una ficción útil, pues sin ella los desheredados de la inteligencia y de la fortuna no podrían hacer oír sus justas reclamaciones: pero, fuera de esto, la ficción igualitaria debe ser combatida cuando tiende a introducirse en las leyes y en las costumbres; y en tal caso, se convierte en un principio peligroso, cuyo resultado es la opresión de los débiles. Abandonada a si misma, sin la constante rectificación de una activa autoridad moral que la depure y encauce sus tendencias en el sentido de la dignificación de la vida, la democracia no hace otra cosa que sustituir la aristocracia de la sangre por la aristocracia del dinero. Los países en que hay clases marcadas, son los mejores para los débiles, los que crean menos desigualdades sociales; aquellos en que no las hay, son los mejores para las fuertes, pues en ellos no tienen estos deberes comunes ni deberes de protección, y nada de esto les detiene. La aristocracia, al modo antiguo, no hacía más que prolongar una organización de castas bien deslindadas, en que la ley de la herencia tenía que flaquear en plazo más o menos largo; pero la democracia, merced a la libre competencia, combina aquella ley con la de la selección social y la disuelve en una guerra económica, extinguiendo gradualmente toda idea de superioridad que no se traduzca en una mayor y más osada aptitud para las luchas del interés, que son entonces la forma más innoble de las brutalidades de la fuerza. Los verdaderos demócratas lo primero que han de poner a salvo, es un ideal superior de engrandecimiento, y así dice el insigne Rodó, respondiendo a las dificultades en contra: «La selección espiritual, el enaltecimiento de la vida por la presencia de estímulos desinteresados, el gusto, el arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento de admiración por todo perseverante propósito idealista y de acatamiento a toda supremacía noble, serán como debilidades indefensas allí donde la igualdad social, que ha destruido las jerarquías imperativas e infundadas, no las sustituya con otras que tengan en la influencia moral su único modo de dominio y su principio en una clasificación racional.»

El principio de variación

Toda igualdad de condiciones es, en el orden de las sociedades, como toda homogeneidad en el de la naturaleza, un equilibrio inestable. Así como se ha descubierto que el peso y hasta la estatura del cuerpo varían con las horas del día, del propio modo es de esperar que la psicología colectiva descubra, en tiempo no lejano, las causas de variación de nuestra temperatura social. Y en ese tiempo no será difícil que surja la fuente verdadera de la simpatía humana y se vea en toda su desnudez el egoísmo brutal que forma la medula de los sentimientos socialísticos y de los sentimientos acráticos.

El principio de proporción

Tampoco es óbice recordar que en la crítica del principio de igualdad no cabe hablar de proporción, porque ésta se halla indisolublemente ligada al carácter mismo del individuo, sin el cual no puede existir; y ya observaba Comte, para mostrar cómo en cuestiones de intelectualidad, de moralidad, de sentimiento, sería insensato pretender que la cualidad vaya a ser sustituida en ningún caso por el número, que ni de la acumulación de muchos espíritus vulgares se obtendrá jamás el equivalente de un cerebro de genio, ni de la acumulación de muchas virtudes mediocres el equivalente de un rasgo de abnegación o de heroísmo. La práctica ha hecho ver hasta la evidencia que el famoso vox vox praetereaque nihil a nada se puede aplicar mejor que al vocablo igualdad, porque nada existe en este mundo tan vacío de aplicación y significado. ¿Hay un hombre siquiera que, teniendo sentido común, se persuada que un criado es un ente despreciable y vil sólo porque lleva librea, y que basta despojarle de ella para que de repente sea igual a su amo? ¿Que es suficiente dar el nombre de elector a un degenerado o a un mendigo para hacerles iguales al labrador honrado o al [4] equilibrado médico? ¿Que con quitarles a los nobles los títulos de duques, marqueses, &c., y darles el de ciudadanos, al instante se establece la igualdad entre el rufián y el educado, el grosero y el civil, el brutal y el culto? ¿Quién no ve que la palabra igualdad, en tal concepto, no es más que una solemne vaciedad o una consumada locura?

La igualdad ante la biología

Los hombres nacen desiguales. En muchísimos casos lo son ya antes de nacer. Su crecimiento y resistencia fisiológica acusan aún mayor desigualdad. Según estadísticas médicas, basadas en las oscilaciones de la adaptación individual, la duración de la vida varia de 1 a 100. Esta desigualdad se extiende a la estatura, la forma del rostro, la fuerza física y el vigor cerebral. ¡Y qué decir de la predisposición a determinadas enfermedades! Aquellas personas que han estudiado la patología están persuadidas de que, dentro del tipo común, hay desviaciones y variedades, como la diátesis escrofulosa, artrítica, herpética, &c. Este siente desordenado su organismo por las influencias exteriores y pasajeras de un régimen analgésico; esotro deviene gotoso por abundancia de ácido úrico; la grasa hace a uno cardiaco; a otro, el azúcar circulante en los tejidos, le convierte en diabético. La mayoría de los médicos coinciden en encontrar en los temperamentos morbosos una ecuación exacta, cuyos términos son la debilidad orgánica y la excitación patógena. Hasta hablan de la fiel «memoria patológica» de los órganos, demostrada en anginas, jaquecas, &c.

El tipo medio humano

Normalmente, todo hombre responde a un «tipo medio», cuya indagación es útil para la medida y determinación de las diferencias individuales; pero este tipo medio no es un tipo ideal, menos aún, un tipo especifico. En realidad, no hay tipo medio: no hay más que tipos medios con caracteres más o menos peculiares; pero de ninguna manera ancestrales. La busca de tales caracteres recuerda algo a la de la piedra filosofal que, aunque no ha sido hallada, ha prestado grandes servicios a la química. Las diferencias individuales son las que tienen, por su significación práctica efectiva, importancia social. Y son precisamente aquellas que la ficción igualitaria para nada toma en cuenta. Así se castiga con la misma pena, mirando sólo a la objetividad del delito, al ladrón o asesino que es anormal hasta el punto de estar enfermo, o al que desde niño se ha educado en un medio colectivo defectuoso, y a aquel a quien el crimen no se impuso, fue obra de su voluntad libre y tuvo su origen en una falta personal o doméstica. Así también se impone a todos los soldados, llenando de tísicos las ambulancias y los hospitales militares, el mismo esfuerzo en la marcha o en la carrera. ¿Y qué diré del peligro que para la instrucción entraña el mirar a los niños como organizaciones igualmente aptas para adquirirla? ¡Cuántas inteligencias débiles sometidas a los mismos ejercicios mentales que los cerebros vigorosos! ¡Cuántos verdaderos imbéciles con facultades atrofiadas, tratados como si se desarrollasen de idéntica manera que espíritus sanos y lúcidos! ¡Oh la irreflexión de los pedagogos! No comprenden que la indisciplina y el retraso proceden casi siempre de que los niños de una misma escuela no pueden ser instruidos del mismo modo, por representar momentos fisiológicos muy desemejantes.

No conocen que hasta educadores especiales necesitan los que padecen males profundos. No saben que ciertas perturbaciones generales conducen a una pereza psíquica invencible. Ignoran que las deficiencias de la vista y del oído se reflejan en la atención. De ahí tantos analfabetos, a pesar de su paso por la escuela, donde nunca se logró que aprendiesen nada; de ahí la poca seguridad en las ideas y el desequilibrio en las concepciones, la uniformidad estéril de inteligencias y aptitudes, el moldeamiento infecundo del carácter, del pensamiento y de la actividad, que hace que se resientan de rechazo las vocaciones profesionales, con beneplácito a veces de las familias, casi siempre con daño de la sociedad, que requiere cierta armonía preestablecida en las tendencias naturales de los individuos.

El dogmatismo igualitario

La civilización igualitaria es dogmática, constituyendo un atentado contra la libertad y un ultraje a la justicia. A la libertad no es extraño en estos tiempos de colectivismo que atravesamos. Alrededor de la libertad, efectivamente, hase hecho la conspiración del silencio... ¡Pero a la justicia! ¿Por ventura la superioridad del hombre, en el orden espiritual, no está en razón directa de la proporción o medida en que va gradualmente pasando de miembro inorgánico de la colectividad a personalidad moral, consciente, inconmutable?

Las tres igualdades únicas

El ateo Borrelli fue llevado por el Santo Oficio a demostrar en presencia del magistrado, en tres lugares, que los hombres eran todos iguales: en el templo, ante la unidad de Dios; en la tumba, ante la unidad de la muerte, y en el tribunal, ante la unidad de la justicia. Aquellos inquisidores estaban dentro de la más rigurosa democracia, de la única posible, sin duda. De Dios, de la muerte y de la justicia para abajo, la igualdad comunista, la igualdad ruda que no conoce atenuaciones, es una simple fórmula abstracta, que eternamente habrá de ceder el puesto a la desigualdad proporcional, a la desigualdad que ayuda a favorecer la vida, a conservar la especie, y que es elemento indispensable de su evolución.

Edmundo González-Blanco
 

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