La Palabra Libre. Periódico republicano de cultura popular
Madrid, 17 de marzo de 1912
 
año III, número 64
página 5

Gaceta de la Liga Anticlerical Española

Eduardo Ovejero y Maury

La mujer, la Iglesia y la religión

En Alemania se ha celebrado un Congreso de mujeres protestantes, católicas y judías. Entre los temas allí discutidos, figura como de especial interés el que encabeza estos renglones. Pero tratado de una manera bastante original. En efecto, la señorita Paula Muller Hannover, se queja, y con razón, de que las mujeres representen en la Iglesia un elemento puramente pasivo, por estar completamente excluidas de las órdenes sagradas.

Es esta un hecho que, a decir verdad, no deben haber parado mientes los aficionados al tan manoseado como falso estribillo de que el cristianismo rehabilitó a la mujer, devolviéndole su dignidad. Pero lo cierto es que la Iglesia, al prescindir de ella en la organización de su sacerdocio, no dio gran prueba de aprecio, ni intelectual, ni moralmente, del sexo en quien, sin embargo, tiene su más poderoso resorte. Tal vez sea la única religión de la tierra en que no existen sacerdotisas. Y, sin embargo, ninguna como el catolicismo, exigía con más imperio esta natural colaboración de los dos sexos en la confesión, para dividir honestamente sus funciones.

Mas, ¿por qué extrañarnos, si la Iglesia llegó en este particular a donde no ha llegado ninguna institución humana?

Según refiere San Gregorio Turonense en su «Historia de los Francos», los dignos obispos que se reunieron en el concilio de Maçon, celebrado en el siglo VI, eran, en su mayor parte, de la opinión de que la mujer no pertenece al género humano. Opinión que en el siglo XVI contaba todavía partidarios, siendo uno de ellos el poeta y filólogo alemán Valente Acidalio, que sostuvo en una disertación que «Mulieres homines non esse», esto es, que las mujeres no pertenecen a la especie humana.

¿Qué de extraño tiene, pues, si la Iglesia sustentaba esta opinión con respecto a la mujer, que no la permitiese ni siquiera ayudar a misa? ¿Qué de extraño que hoy se muestre hostil a toda reivindicación social y política de la mujer?

Siempre que se trata de esto punto entre personas «sensatas», y en España todo hombre «sensato» huele un poco a sacristía, suele replicarse que la mujer tiene bastante con ser madre. A este propósito recuerdo que un célebre humorista español, dijo un día que, desde que se enteró de que la serpiente de cascabel es muy buena madre, el papel de madre había bajado mucho en su estimación.

Para nosotros no ha bajado el papel de madre. Pero quisiéramos verle desempeñado de otro modo. La madre se reparte con el maestro la educación del género humano. Pero como la finalidad y los medios de una y otro son distintos, y a veces opuestos, el maestro y la madre han de estarse siempre mirando de reojo. Detrás de la madre está el cura, detrás del maestro está, o debe estar, la ciencia moderna. Los gérmenes que echan cada uno de ellos en el corazón del niño son contradictorios. Esta contradicción ha de perdurar toda nuestra vida en forma de lucha interior, y estamos condenados a que cuando el estudio haya acabado de formar nuestro cerebro, tengamos que reírnos compasivamente de las cándidas enseñanzas maternales. Triste es para el hombre que piensa un poco, ver a sus mujeres queridas, a su madre, a su esposa, a sus hermanas y a sus hijas, condenadas a esta servidumbre mental que abre un abismo entre los dos sexos. Ella constituye una gran decepción del amor, una de las más dolorosos disonancias del matrimonio y de la familia.

Pero volviendo a nuestras congresistas, hay que confesar que es arduo el empeño, pero no hay que desesperar de que lo consigan, pues, ¿qué no conseguirá la mujer cuando se lo propone? Si las mujeres pueden gobernar los Estados díganlo Isabel la Católica, Catalina de Rusia o Isabel de Inglaterra, que los gobernaron directamente y en nombre propio, para no preguntárselo a las muchas que lo hicieron y que lo hacen aún indirectamente y ocultas detrás de la cortina. Y en cuanto a si pueden o no gobernar la Iglesia, dígalo aquella figura medio histórica medio legendaria que tanto dio que murmurar a la cristiandad: la papisa Juana.

Eduardo Ovejero y Maury

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