La Palabra Libre. Periódico republicano de cultura popular
Madrid, 28 de enero de 1912
 
año III, número 57
página 5

Gaceta de la Liga Anticlerical Española

Eduardo Ovejero y Maury

La Iglesia y el pueblo

El clero buscó en la ejecución de Francisco Ferrer un escarmiento contra la propaganda anticlerical. Acostumbrado a considerar al pueblo como el cimiento bruto en que se apoya para levantar su edificio social, siente que el cimiento, firme otras veces, ahora vacila, que el pueblo se le va. En efecto, en las clases inferiores el ambiente de hostilidad contra la burguesía ensotanada, crece por momentos. Aparte su exteriorización en los partidos políticos populares, el odio al fariseo, que hace causa común con aquellos que le explotan sin entrañas, ruge sordo y contenido en los bajos fondos sociales. El pueblo ve al sacerdote subir a las moradas de los ricos, rodear a las viudas opulentas, a los acaudalados sin sucesión, y contempla al mismo tiempo cómo se aparta del pobre, para el que no tiene la solicitud que demanda su misión de caridad. Los llamados príncipes de la Iglesia (y bien llamados porque lo son), los sucesores de Pedro y de Pablo, el cual, en las duras andanzas de su apostolado, no dejó de ejercer su oficio de tapicero, porque creía honrar con el trabajo su misión de propagandista, son tan invisibles para el pueblo, como los demás príncipes, como los príncipes de la sangre y acaso más. Se les adivina, detrás de los cristales de sus coches en días de recepción o en las grandes ceremonias. Otros sacerdotes, propietarios de suntuosos edificios, blindan sus puertas de acero, más para defender sus propiedades que sus vidas.

Así, el pueblo no ve en el sacerdocio un ejército espiritual, unido a él por la compasión y defensor de sus derechos y de sus intereses, sino una forma, la peor quizá, de la burguesía; una clase que sostiene pacto con el capitalismo para predicar la sumisión y la paciencia al obrero, que no puede con el fardo que lleva sobre sus hombros. Ve que el sacerdote permanece completamente pasivo e indiferente en el pleito que el proletariado sostiene con el capital. ¿Cuándo vio que en una huelga el clero sirviese de mediador entre obreros y patronos? ¿Cuando le vio tratar de mejorar su suerte o interesarse por sus sufrimientos? ¿Cuándo le vio solicitar de los poderosos accionistas, de los dueños de fábricas, un aumento de salario? ¿Cuándo le vio pedir que se endulzara la condición de los que trabajan en las minas?

En cambio le ve simpatizar, hacer causa común con aquellos que el pueblo considera como sus enemigos. Le ve condenar los partidos que trabajan por su emancipación. Contempla su interés por apoderarse de los hijos de las clases adineradas y aristócratas. Le ve acudir, asalariado, a los funerales y entierros de los grandes, en que la vanidad se paga a precio de oro, y dejar desamparado el humilde cortejo fúnebre de los hijos del pueblo. Y ve aun más. Ha visto a algún párroco rural que negaba la sepultura del padre o del hermano del que no tenía para pagarla.

Los que creen que la religión se ha hecho para el pueblo, y que debe conservarse como un freno moral para contener sus pasiones, se equivocan. En ninguna parte penetra con más facilidad el recelo y el escepticismo que en las masas ignorantes. Incapaces de juzgar por deducciones ni por principios generales, juzgan por impresión. Se atienen más a los hechos que a las palabras. Ven antes a los hombres que representan una idea que a la idea misma. Y cuando la conducta de estos hombres se les hace sospechosa, rechazan la religión identificándola con sus representantes.

Las masas populares, incapaces de elevarse a una concepción dogmática, teórica de la religión, no ven en el sacerdocio sino una clase destinada a cumplir una misión práctica y moral. En consonancia le observan, y al descubrir la palmaria contradicción entre sus palabras y sus actos, le condenan irremisiblemente.

Cualquiera que sea el porvenir que el tiempo reserve a las religiones, el concepto moral, cada vez más robustecido en todas las clases sociales, exige una revolución profunda en las relaciones éticas del sacerdocio con los demás hombres. La religión en los tiempos modernos, sólo podrá subsistir renovando sus procedimientos prácticos. El pueblo quiere ver en el representante de Cristo, un amigo de los pobres, que le consuele y le fortalezca en la epopeya del trabajo manual, que luche junto a él contra todas las injusticias sociales,, que trabaje diariamente por el advenimiento de la verdad y la justicia. Cuando vea esto el pueblo estará con él; porque al pueblo se le conquista por el corazón. Y ahí, en el corazón del pueblo, es donde encontrará la Iglesia su mejor cimiento, no en los partidos políticos, ni en las leyes, ni en las bayonetas.

Eduardo Ovejero y Maury

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