La Época
Madrid, miércoles 17 de mayo de 1899
 
año LI, número 17.579
página 1

Nuestro affaire

Será coincidencia casual, pero es lo cierto que casi todos los escándalos políticos o judiciales que han apasionado a la opinión pública de Francia en estos últimos tiempos han tenido aquí su repercusión o remedo. Parece que hasta en esto nos arrastra la imitación de nuestros vecinos. Después de su Panamá, tuvimos nosotros nuestro Panamá municipal; un petit Panamá de mucho ruido y pocas nueces. Ahora andan ellos de cabeza con el affaire Dreyfus y ya está apuntando nuestro affaire, que es el de los tormentos de Montjuich.

Aunque esta cuestión no ha llegado ni llegará nunca probablemente a tomar las proporciones que ha adquirido en Francia aquel célebre proceso, bueno será que aprovechemos la experiencia que nos suministra el curso del affaire en la nación vecina. Escarmentar en cabeza ajena es cosa muy conveniente, y debe bendecirse a la Providencia cuando nos proporciona este medio de evitar los sinsabores de que suele ir acompañada la experiencia propia.

Allí, por motivos explicables, la revisión del proceso Dreyfus ha encontrado gran resistencia. Se creyó que el honor del Ejército estaba en litigio, se temieron riesgos internacionales, se pretendió ahogar la agitación favorable al sentenciado, en nombre del patriotismo. Estos esfuerzos, sobre ser inútiles para impedir la revisión, han sido muy perjudiciales para la tranquilidad pública y para el Ejército mismo. Los franceses se han dividido en dos bandos que se miran como encarnizados enemigos; en París y en provincias han ocurrido frecuentes tumultos en las calles; el antimilitarismo ha tomado vuelo, y por otra parte, algunos revoltosos han procurado sembrar la indisciplina en el Ejército, llegando los más osados hasta intentar un ridículo pronunciamiento en la misma capital de la República.

Entre nosotros no hay, por fortuna, estas divisiones, ni cuestión alguna de clase, ni la opinión se halla tan excitada. Lo que en Francia es difícil, aquí es fácil, relativamente. Todos los españoles cultos saben que el tormento, además de ser hoy un delito es un medio procesal bárbaro, que nada prueba, que repugna a todo hombre civilizado y que conduce a los más monstruosos errores. Es cuestión de resistencia física, y toda nuestra literatura truhanesca de la época en que era legal el tormento está llena de testimonios de que el criminal endurecido, Juan Niega, resistía la prueba, porque como decían los pícaros, las mismas letras tiene un si que un no.

No es menos evidente que esta página, agregada a nuestra leyenda negra, nos ha ocasionado ya graves perjuicios, quitándonos simpatías entre los extranjeros cuando más las necesitábamos, facilitando un nuevo argumento a nuestros enemigos y detractores y siendo acaso origen de crímenes y desdichas que han ejercido funesta influencia en nuestra suerte.

Ahora vuelve a agitarse esta cuestión. La prensa de ideas avanzadas reproduce las denuncias de los tormentos y se celebran y se anuncian meetings para pedir el castigo de los acusados de atormentadores y la revisión del proceso. La prudencia aconseja no hacer de este asunto un affaire que nos divida y nos perturbe; no dar a los elementos revolucionarios un pretexto de agitación con el que es tan fácil agrupar simpatías; evitar que llegue a adquirir la cuestión proporciones que hasta ahora no ha alcanzado.

Afortunadamente, la actitud del Gobierno hace esperar que estas eventualidades no llegarán a presentarse. Es público su propósito de castigar todo exceso que aparezca de la depuración de los hechos. Esto es lo justo, y además lo político y lo prudente.

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