El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 18 de junio de 1899
 
año I
número 1, página 1

[ Fernando Felipe Martín ]

Política nueva

«Usted es un hombre rico, señor Legislador,
o usted espera serlo y declaráis crimen todo lo que pueda
impediros gozar o abusar de vuestra fortuna.» Moliére

Este es el fundamento, no sólo de nuestra legislación, sino el de toda nuestra vida actual.

Los de arriba, que son los que legislan sin más que un fin: enriquecerse. Y los de abajo, sin poder infringir las leyes, o sin poder vivir, si no las infringen.

Los legisladores (mangoneadores que dice el pueblo) siempre comiendo y arrimando a la mesa a sus amigos. Los legislados, sufriendo a todas horas y arrastrando a los suyos al sufrimiento.

Y para dar más vida a este cuadro: el pobre, el que trabaja pisoteado, explotado, odiado por todos; y el rico, el burgués, el inútil satisfecho, apoplético, feliz…

Por todas partes, la misma paradoja, la misma mentira, el mismo crimen, el trabajo en una mano y el producto en otra. Produce la mano callosa y recoge y derrocha la mano enguantada. Así el productor es siempre pobre y el explotador siempre rico.

A esto es a lo que hay que oponerse; esto es lo que hay que enmendar; lo que hay que deshacer.

Esta será la política útil y no la política de hacerme sitio, que es la que hasta ahora se ha hecho. Nada de tolerancias, ni de componendas. Urge quemar esta carcomida maquinaria sin envejecer, esperando que se desmorone por sí misma; urge que todo esto desaparezca y que sobre sus ruinas se levante un pueblo en que sólo vivan los que tengan condiciones para vivir.

A los obreros, a los que producen, a los que no han nacido para zánganos de esta gran colmena humana, es a los que llama y a los que espera esta nueva política.

Y de ellos, sólo de ellos espera llegar a conseguir una vida tan amplia, tan intensa, tan justa, que ha de llevar en sí lo necesario para ser feliz.

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El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 23 de julio de 1899
 
año I
número 6, página 2

Política nueva

La blasfemia

Todos los días oigo que se imponen crecidas multas a los blasfemos y todos los días oigo… blasfemar. Esto último ni va ni me viene; pero lo de las multas ya es cosa distinta. De blasfemar no ha muerto nadie (digan lo que quieran los neos); pero las multas pueden matar a muchos.

Dejaré de blasfemar, para contar a ustedes una escena en que hace poco intervine.

—¿Por qué llevan a ese preso? (ese es un obrero).

—Mire, usted, porque ha blasfemado se le ha impuesto, una multa; y como no tiene para pagarla, le llevan a la cárcel.

—Bueno; pero en la cárcel todos blasfeman.

—¿Y qué?

—Que blasfemará más cuando salga de la cárcel.

—Pues se le impondrán más multas.

—Pues blasfemará más cada vez si las paga, yéndose a la cárcel.

—¿Y los vamos a dejar que blasfemen?

—¿Y los van ustedes a hacer más blasfemos, llevándoles a las cárceles?

—¿Pues cómo quitamos la blasfemia?

—Quitando otras cosas que son las causas de ella.

—Empiece usted por quitar las cárceles y dará usted un buen paso: y si después quita usted las autoridades tiene usted andado el camino.

—¿Quitar las cárceles? ¿Quitar las autoridades? Ta, ta, ta; usted es un loco.

—Sí señor, sí; y usted un memo.

Y ahora, lector imparcial, si es que tiene usted la dicha de serlo, (y no es usted mulo de reata), conteste usted a esta pregunta: ¿Quién tiene razón, yo que creo que no es manera de quitar un vicio meter al que le tiene entre viciosos, o los que creen que un hombre que hable muy mal, por tenerle en la cárcel 5, 10 o 20 días va a salir con un lenguaje más correcto que el de un académico?

Conteste usted, lector imparcial, pues para usted escribo, y no para el que piensa de una manera y habla de otra porque de ésta vive.

Por una parte esto: el que lo que se busca como remedio, lejos de serlo, es perjudicial. Por otro lado los perniciosísimos efectos de la vida de la cárcel.

Entra el obrero en la cárcel (el obrero, porque si el rico blasfema, blasfema bajo, porque tiene muy buena educación); y allí pasa los días de reclusión, acostumbrándose a aquella vida de holganza, codeándose con malhechores de mejor o peor condición, perdiendo la vergüenza que es su único freno, y oyendo a algún Cano que le dirá: «desde que entraste por esa puerta, terminó para tí el mundo de los hombres honrados».

Y como en casa del obrero no puede haber ahorros, sus hijos tendrán que mendigar para comer; de la mendicidad, irán al crimen inevitablemente; del crimen, a la cárcel a encanallarse más y más, y de aquí, seguramente, a la perdición.

Y cuando el obrero salga de la cárcel y vea que le han despedido del taller, que se ha deshecho su familia, porque los hijos han escapado de una casa donde solo había hambre, y que todo ha sido por blasfemar, cosa que no sabe qué significa, de fijo ha de decir: «si yo por lo que hice merecí veinte días de cárcel, bien merecen cien mil, los que han hecho esto conmigo».

Tiene razón el gran novelista: ¡qué canallas son las gentes honradas! [a]

F. F.

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El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 30 de julio de 1899
 
año I
número 7, página 2

Política nueva

¡Eh, a la Plaza!

25 de Julio, Santiago bendito.

Dieron las tres de la larde y los cafés quedaron desiertos como por encanto. Terminaron las conversaciones y se dejó pendiente la partida de dominó.

… … …

Dentro de un coche; vestidos con ridículos atavíos, van media docena de hombres inútiles para el trabajo los más, y mostrando en sus semblantes la huellas del sufrimiento y los estragos del vicio. Son los héroes de la fiesta.

¡Apartaos! Ahí van alegres, bullangueros, animándose con sus voces para que la alegría no decaiga. ¡Sitio! Es un pueblo que va a divertirse.

Van a la plaza; a brear, a reír, a endurecerse, riéndose con las hazañas de unos desgraciados. Van a aplaudir la repugnante mueca de unos infelices que se ha alquilado como objeto de lucro. Van a solazarse contemplando la barbarie, más cruda, más descarnada; la barbarie escueta, sin destreza, sin valor, sin lujo, sin nada de estética.

Es la sociedad presente que va a ver su animalidad reflejada en una docena de hombres. ¡Qué gran documento para conocer la vida de un pueblo! Torean unos mozos de cordel, son revolcados, cogidos, pisoteados… ¿Compasión? no sea usted ridículo; a un pueblo como el nuestro esto no inspira más que risa.

Son la obra de una sociedad egoísta; se les ha impedido salir de la categoría de bestias y gozan viendo esto los autores de tamaña obra.

¿Caridad? ¡imposible! ¿Quién ha de tenerla de gentes tan miserables? Son los inútiles, los que han sucumbido en la lucha con seres que se llaman sus hermanos. Es el hombre-bestia explotado por el hombre sin entrañas.

Son los humildes, los sencillos, los débiles. Esa gran falange de bufones de nuestra sociedad.

Y esto que subo la vergüenza, a la cara, que debía hacer llorar, que es un memento a nuestras injusticias o a nuestra tolerancia criminal, se aplaude y hasta se ve con alegría.

Después de verlo, se espera tranquilamente el nuevo día.

A la oficina, al café, a decir pestes del ministro venal, del general cobarde y del obispo hipócrita.

¿Y usted qué sabe de esto, burgués estólido?

Si usted supiera algo no hablaría de ello, porque el ministro venal, el general cobarde y el obispo hipócrita, son un producto de nuestra vida tan natural como el burgués parásito y el mozo de cordel torero.

Sí, esta es la obra de nuestro pueblo, del pueblo de las cofradías y las novenas, de la guardia civil y de los muñidores electorales, del cumplimiento pascual y las corridas de toros.

La alegría de la vida tranquila, los placeres del hombre educado… gazmoñerías de monja escrupulosa.

¡Broma, algazara, juerga! Va a la plaza pensando divertirse, y cree en Dios porque necesita idear diversiones y placeres para después que muera.

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El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 6 de agosto de 1899
 
año I
número 8, página 2

Política nueva

Socialismo

Hace mucho tiempo{1} que tenía deseos de escribir algo para los obreros de Salamanca, y por causas ajenas a mi voluntad, me era imposible satisfacer estos deseos.

Apareció El Combate, y viniera o no a «llenar vacíos» o a «vaciar llenos», en este periódico se puede escribir como se habla, ya que me metí sin otro pensamiento (sin otra divisa, que dicen los escritores que se sienten toros), que trabajar cuanto pueda por el bienestar del obrero.

Advierto a los sospechosos, que no me presento candidato a cargo alguno, que no tengo amigos que den canonjías a cambio de elogios, y que no pienso explotar industria de ningún género.

Hago esto, 1.º por distraerme; 2.º por aprender algo y 3.º por ver si de ello resulta algo útil a los que tengan coraje para leerlo.

Más advertencias: la situación para hablar al obrero de Salamanca, quizá no sea muy buena, pero algunas opiniones sobre artículos míos, aquí publicados, y algunas conversaciones con obreros, me han decidido a comenzar la campaña (y ustedes perdonen lo presuntuoso de la palabreja).

No voy a ocuparme de política. En El Combate hay redactores (no les llamo competentísimos, ilustradísimos, &c., para evitar que si de mí hablan, me insulten con esos indecentes motajos) que se ocuparan de esto.

Mis artículos (de algún modo hay que llamar las cosas), son para el obrero considerado como obrero. Lo cual, aunque parezca que no, puede tener alguna novedad. Sobre todo, aquí, donde se tiene del socialismo un concepto tan especial.

Y manos a la obra, que si no me pasa lo que a los de la ronda del cuento, que se les pasó la noche templando.

Hace mucho tiempo que apareció sobre el lioso tapete de las discusiones, una cosa que se llama «La cuestión social».

Dedicáronse a estudiarla gentes de todos los matices, y de entonces pera acá, ha llevado la tal cuestión más vueltas, «que chinches tié un catre viejo.»

Se habla de la sociedad actual, de las sociedades pasadas, se compara la vida de pueblos diferentes aunque coetáneos, y de aquí se quieren sacar normas, para resolver el problema.

Ya que no me considero capaz de hablar de todo esto, vamos con lo del día.

La sociedad capitalista en que hoy vivimos, descansa sobre la base del salario. Y ¿qué es el salario? El precio del trabajo, dice la gente, y por hoy lo tomaremos como si fuera verdad.

De modo, que existe el salario por que existe el trabajo; luego si no hubiera que trabajar, no habría salario.

Más claro, ni el café del tío Lino, que santa gloria haiga.

Sigamos filosofando (¡uf!). El salario existe, porque hay que trabajar.

—¿Y por qué hay que trabajar?

Miá qué salero; porque si no, no se come.

—¿Y el amo de tu fábrica trabaja?

—No señor, pero es porque es amo.

—¿Y el amo de tu casa?

—Tampoco, porque es amo.

—Y los accionistas de la Electricista, ¿trabajan todos?

—No señor; Fulano, no hace nada, don…

—Luego no todos necesitan trabajar para comer.

—Cállate hombre, cállate, y fíjate en lo que dice este libro.

«Después de una aventura galante que según parece ocurrió algunos días después de la creación del mundo, el hombre fué condenado a ganar el pan con el sudor de su frente.» [b]

Esto de la aventura, ya sabes es el cuento de Adám y Eva.

Y después de esto dice el libro que hay que hacer trabajar «a los que desde hace mucho tiempo ganan el pan, y más que el pan, con el sudor de la frente de otros.» [c]

Esto es lo que los obreros deben proponerse; que ya que ellos ganan el pan con el sudor de su frente, no haya quien lo amase con el sudor del vecino.

—Fíjate bien en esto, sólo trabajando, se puede vivir, y hoy tal como están las cosas, los que están mal, son los que trabajan, y los que están bien, los vagos, que es lo contrario de lo que debe ocurrir. Tú que apenas tienes para pan, proporcionas a otros muy buenas comidas: ¿te parece bien esto?

—¡Papas! a mí lo que me parece es que si yo no me reventara a trabajar, el amo no parlaría tanto.

—Pero que muy bien dicho.

—Y que entre lo que come el cura de lo nuestro, de lo del pobre, como dice El Motín, y lo que comen los diputaos, y los gobernantes y too Dios, y luego lo que come el amo, lo van a quedar a uno como el canuto de la licencia.

—¿Y qué le vas a hacer?

—Pues echarnos a la calle.

—¿Por dónde, por la ventana?

—¡Cá, no señor! Comprarnos un fusil como dice Bernardo (el Pichi), y duro, que es tarde.

—Bueno, bueno, eso arréglalo tú con Bernardo, y vamos a seguir por donde andábamos.

Quedamos en que según el libro que te he leído, después que el señor Adám se tragó la manzana, Dios montó en cólera y le dijo, poco más o menos: «Contento me tienes, hijo, contento me tienes», (como el pajarero de «La Buena sombra»): te encargué que no comieras de esto, y en cuanto dí la vuelta, metistes el remo; bueno, hombre, bueno; ahora por desaogao, tú, y toda tu parentela, tendréis que trabajar cuando queráis comer cualquiera cosa. He dicho.»

Y desde entonces, ha habido que trabajar para comer… según dicen.

Salió Adám del Paraíso, y tuvo que trabajar para ganarse la vida.

Llovieron hombres sobre la faz de la tierra, y todos trabajaron para cumplir el castigo que sufrían por la metidura de Adám.

Aquí tienes a la divina Providencia con su barba blanca, su capa azul celeste, bien sentadita sobre cómoda nube y mirando con ojos satisfechos como cada quisque trabajaba y sudaba.

El que no trabajaba, no comía, y preocupados todos en buscar el diario sustento, no podía ninguno trabajar para otro.

No había, pues, salario, aunque había trabajo, porque no le hay cuando uno trabaja para sí mismo.

Y de esta época, en que cada cual vivía de su trabajo sin necesidad de explotar a nadie, dice un amigo mío: «Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella sin ser forzada, ofrecía por todas las partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían.» [d]

Qué ¿te parece que hablo de Jauja? Pues hablo de lo que ha sido el mundo, y llegar a ser puede.

{1} La antipática pero innegable importancia que en Salamanca ha adquirido el Círculo Obrero, el disgusto con que de este centro hablan muchos que «a la fuerza pertenecen a él», y la noticia dada por la prensa de que el Papa ha encargado al Colegio de Cardenales que estudie el socialismo (a buena hora, eh), me han decidido a publicar estos ligerísimos estudios, sin pretensión alguna, más que la de preparar a los obreros contra las paparruchas que pronto lloverán sobre ellos con el título de «Socialismo cristiano».

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El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 13 de agosto de 1899
 
año I
número 9, páginas 3-4

Política nueva

Socialismo

II

Terminaba mi artículo último con la descripción de la vida que se hacía en los primeros tiempos de la humanidad. Cogí, para presentarla mejor, un cuadro de un celebérrimo amigo mío, y aquí vuelvo a presentarle porque la obra lo merece.

Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. [d]

Te sobraba razón el otro día cuando al acabar de oírme esto decías: ¿pero eso es la descripción de Jauja, o qué es? Pero te advierto que tampoco me faltaba a mí cuando te decía: «esto es el retrato de lo que el mundo ha sido y puede llegar a ser. Eso que tanto te encanta es la tan manoseada «edad de oro» tan cantada por los poetas de antaño, y tan deseada por los verdaderos amantes de la justicia en todos los tiempos. Esa es la época tan feliz de la humanidad en que eran todas las cosas comunes», y en que no existían las palabras tuyo y mío.

Y este es el anhelo del socialismo: que las palabras tuyo y mío desaparezcan con el significado que hoy tienen y que volvamos a aquella comunidad primitiva.

¿Que si vamos a andar hacia atrás? No, hombre, no; tranquilízate: no volveremos a aquellas edades; pero no con taparrabos y plumas en la cabeza, porque aunque volvamos nos llevaremos toda la vida de la humanidad con su innegable progreso, y conservaremos lo mucho que de la vida merece conservarse, así como destruiremos todo lo que necesita ser destruido.

Volveremos a aquellos tiempos; pero con ferrocarriles, y telégrafos, con canales y maquinaria moderna, con la medicina, la agricultura, la química y la literatura del día, y volveremos para respirar en el escenario amplio y vivificante de entonces, sin que el omnipotente burgués de nuestros días, pueda obligarnos, como hoy, a una vida animal y raquítica.

Queremos variar la vida actual, porque los hombres, lejos de quererse como hermanos, tienen que mirarse con odio milenario, porque la felicidad de los unos solo puede hacerse a costa de las lágrimas de los otros.

Queremos una vida amplia, intensa, racional y no la vida de hoy, con una clase obrera explotada, odiada, aborrecida de todos y que sin embargo es el burro de carga de todos los gandules enriquecidos.

Esto es el socialismo; que vivan todos, que todos sean felices, que exista en la tierra un paraíso por todos deseado y que muchos no llegan ni a entrever siquiera.

Cuando el obrero viene al mundo necesita como el burgués y como todos vivir; ¿de qué medios dispone para ello? El capitalista tiene tierras, ganados, hierro, relojes, zapatos, &c., en gran cantidad, y puede, a cambio de estas mercancías, proporcionarse todo lo que se necesite. Y el obrero ¿qué tiene? Tal como está hoy en los países que se llaman adelantados, el obrero no tiene más que su fuerza de trabajo.

Nace el obrero de hoy, el asalariado en tales condiciones, que «cuando entra en la vida, no halla campo que cultivar, máquina que dirigir, ni mina que acometer con el azadón… si no cede a su amo la mayor parte de lo que él produce».

Esto merece fijar en ello la atención. El obrero que no dispone más que de su fuerza de trabajo, tiene que ceder al amo la mayor parte del producto, porque sin esa condición leonina no encontraría trabajo.

¿Y cómo consigue el patrón que el obrero le ceda tanta parte del producto, cuando éste es el que más lo necesita? Por esta sencilla y criminal operación que, a despecho de las reclamaciones de todos los obreros conscientes, toleran las autoridades de todos los países: al obrero le dan por su trabajo 3 pesetas; (esto es solo un ejemplo, en que lo mismo le dan 3 que 4), si el obrero que recibe este salario trabaja seis horas, devuelve al amo en productos, en utilidades, las 3 pesetas; sí esto se hiciera, estarían en paz trabajando seis horas y recibiendo 3 pesetas. Pero ¿cómo se enriquece el patrón? pues aumentando el tiempo del trabajo sin aumentar el salario.

En seis horas produce el obrero 3 pesetas; pues en diez, o en doce, o en quince, producirá 8 o 10, y como el patrón no paga más que 3 al obrero, se reembolsa diariamente 2 o 3 o más pesetitas de cada obrero. ¿Es esto lo que ocurre, o son calumnias para soliviantar a la clase obrera? ¡Contestad!

Esto es lo característico del salario, el tiempo no pagado; el patrón puede pasearse tranquilamente, dando el brazo a su burguesa, mientras los obreros de su fábrica producen 10 cada día y no reciben más que cinco.

Y solo así se le admitirá, cuando su trabajo valga 20 y reciba por él 10; pero esto le dará derecho a entrar en la fábrica robusto e inteligente y salir de ella sin fuerzas físicas ni intelectuales. A esto tiene derecho el obrero, a ser expulsado de la fábrica cuando el amo, que a su costa se ha enriquecido, no le convenga tenerle, porque sus cansadas fuerzas no pueden desempeñar el titánico trabajo de otro tiempo.

En cambio el patrón puede coger esta sangre de los obreros, acuñarla como moneda y derrocharla como le dé la gana, aquí para mantener la cuadra, la perrera y la servidumbre doméstica del rico; allí para responder a los caprichos de la prostituta de alto bordo y al depravado lujo de los viciosos de alto copete; en otra parte para forzar al consumidor a que compre lo que no le hace falta, o imponerle con reclamos un artículo de mala calidad.

Este es el burgués: amo de su dinero y del cual puede hacer cuanto le plazca sin que nadie se lo impida. Este es el enemigo mortal del obrero y con el que no puede transigirse; vive a costa suya, y cuanto diga que hace por mejorar la condición del proletariado, no es más que reflejo de su único sentimiento que es un ansia desmedida, un «hambre canina de sobre-trabajo». [e] Que el obrero sufre, que el obrero muere, que en todos los países su vida es mucho más corta que la de los que no lo son, ¿al burgués qué le importa? Que el burgués no tiene bastante con la vida de los trabajadores, reclamará la de sus mujeres y sus hijos. Acercaos a las fábricas que explota el burgués con indiferencia y veréis cuadros que sacarían torrentes de lágrimas del corazón fosilizado de un inquisidor; obreros sudorosos, faltos de aire, apretados, en horribles condiciones de vida, niñas calvas a los 17 años a fuerza de llevar en la cabeza, de una sala a otra, bandejas de cerillas (en algunas fábricas de Londres), cuando la máquina más sencilla podría acarrearlas hasta sus mesas.

¡Pero cuesta tan poco el trabajo de las mujeres que no tienen oficio especial! ¿Para qué una máquina? cuando éstas no puedan más, se las reemplazará por otras fácilmente. ¡Hay tantas en la calle!

… … …

Baja la frente tú que, por casualidad, conoces todas las mieles del Paraíso, y mira a tus pies un proletario, que deseándolas constantemente, no probó nunca más que la hiel del infierno.

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El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 20 de agosto de 1899
 
año I
número 10, página 2

Política nueva

Socialismo

Un fenómeno que diariamente llama la atención, es el que a pesar del progreso de la humanidad de que tanto se habla, la mayoría de las gentes, es decir, la mayor parte de la humanidad, no se aperciba siquiera de ese progreso.

Preguntad a muchas gentes, preguntaos a vosotros mismos (sobre todo si sois trabajadores), ¿en qué ha mejorado mi situación con tal invento? ¿qué ventaja tiene para mí tal máquina? ¿qué pedazo de pan me meten en casa (esto ya se preguntan muchos), con este tratado de comercio, o con la publicación de tal código, que dicen son utilísimos? Preguntaos esto, y veréis cómo muchas cosas que pasan por utilísimas lo son sólo para media docena, y en cambio, son muy perjudiciales para muchísima gente.

Se habla de utilidad general, ¡pero como no todos somos generales!…

Lo que hay, es más bienestar en los de arriba y más sufrimientos en los de abajo. ¿Y a esto se llama progresar la humanidad? Pues qué, ¿mis compañeros de trabajo, no son parte de la humanidad? ¿O se puede decir que la sociedad progresa sólo porque progresa el amo de la fábrica, y no se puede decir que retrocede cuando los obreros, que son muchísimos, están peor y peor cada vez? ¿O es que el trabajador no es un hombre? Porque a esto vamos a llegar, si no hemos llegado, a decir que el trabajador, que es el autor de todo lo que sirve para la vida, no es necesario para vivir. Parece extraño, parece imposible, pero este es el hecho: el obrero es el que lo produce todo, el que trabaja para que todos vivan, y sin embargo, ni siquiera se piensa en el obrero, cuando de la sociedad se habla. El obrero es algo así como una vaca de leche a quien se exprime cuanto se quiere, y que no puede pedir más que lo que le dan. Hasta de oírle quejar se extrañan muchos. ¡Parece que no es digno siquiera de sufrir! Y esto cada vez más.

Jamás la lucha entre ricos y pobres se ha presentado tan franca y hostilmente como en estos días. El rico necesita cada vez más y más obreros a quien explotar, para proporcionarse los costosísimos placeres que su vida de hoy le exige. El pobre, necesita vivir, solamente, y para poder conseguirlo, necesita disponer de fuerza para contrarrestar el empuje del rico. De día en día se van deslindando mejor los campos. –Usted es rico, señor burgués, y yo soy proletario… no puede haber nada de común entre nosotros. –Usted me tiene empleado en su fábrica, porque de mi trabajo y el de mis compañeros, vive y engorda; no hay nada de común entre nosotros. –Cuando no le convenga a usted tenerme a su servicio, me despedirá sin compasión alguna, aunque ahora me adule usted porque me necesita. –De hoy en adelante jugaremos a cartas descubiertas: el interés de usted, es contrario al mío; si tengo donde ganar más, le dejaré a usted sin consideración, porque sé que usted no tendrá ninguna conmigo. –Se lo repito a usted, no hay nada, no puede haber nada de común entre patronos y proletarios, digan lo que quieran Don A. V. de Parga y León XIII, que hablan a los obreros de harmonías (¡qué guasa!) entre los patronos y los obreros. La lucha de clases, es un hecho innegable. –Si don Angel Vázquez de Parga, [f], si León XIII vinieran conmigo a la fábrica, se reirían de sí mismos; puede hablarse bien del patrón cuando no ha pesado sobre uno días y días. Cuando no se tiene amo se habla del que manda y el que obedece, como se habla de seres iguales. ¡Si muchos amos tuvieran nada más que ver sus fábricas!… Lo que digo, lo he pensado en el taller, que es donde hay que hablar. –Diga usted, señor Vázquez de Parga (don Ángel), ¿es mentira que el obrero cumple siempre (muy contra su gusto) el antiguo proverbio “En casa del herrero cuchillo de palo?”

¿Que es mentira? ¿Quién se lo ha dicho a usted? León XIII en su encíclica «De conditione opificum»? [g] ¿Será usted capaz de decir que sí, porque crea la gente que usted ha leído esa papa de que habla usted dándose mucho tono? –Pues mire usted, señor Vázquez de Parga (don Ángel), dígalo quien lo diga, León XIII o Menda, lo cierto es: que hay muchos que gastan mejores botas que su zapatero, mejores camisas que su camisero, mejores sombreros que su sombrerero, y viven en mejor casa que los albañiles, carpinteros, decoradores, &c., que hicieron la suya. ¿Es esto verdad? ¿Y no esto “en casa del herrero cuchillo de palo?” ¿Y cómo el que produce estas cosas se vería despojado de ellas, si no existiera la lucha de clases?

¿Qué extraño que el descontento crezca?

¡En todas partes patronos enriquecidos por medios criminales y obreros explotados!

No, no es peculiar el descontento de España, como han dado en decir ciertos periodistas de regadío, que hablan de los que aquí sufren, demostrando que no saben qué es sufrir.

Esto no es exclusivo de nuestro pueblo, es propio de todos los que viven bajo el mismo régimen económico.

En Francia, en Inglaterra, en Italia, en Rusia, en Europa y en América, en todas partes hay sufrimientos; consecuencia del régimen capitalista. Régimen fundado en la espoliación, en el egoísmo, en la guerra mutua, en la exaltación del yo a la divinidad; en las diferencias más irritantes.

Ese es el régimen capitalista, eterno manantial de lágrimas. «En los almacenes hay plétora de mercancías que no se consumen, mientras por otra parte, rebosa una población que vive en el dolor y en la miseria, que querría trabajar y no puede, porque los dueños de mercancías no sacarían ningún beneficio de una producción ulterior. ¿Puede concebirse una organización social más estúpida y más desconcertada que esta»? Ahí tenéis el régimen capitalista en que vivimos.

«Imaginad una producción en que se mantiene la proporción entre la producción y el consumo, y en que cada uno puede satisfacer las propias necesidades, mediante la parte de trabajo que ha prestado a la sociedad, no olvidando que no existe sociedad, que, como la actual, disponga de tantos y tan poderosos medios técnicos para conseguir esto. Vendrá tiempo en que podremos producir los medios de subsistencias de toda clase, en la medida más abundante y de un modo conforme a la necesidad de todos los hombres.» Esto es lo que quiere el socialismo.

… … …

No, no ha vivido la humanidad, siempre como hoy, ni vivirá eternamente, como ahora vive. No puede ser la única forma de vida esta, en que tantos seres perecen de hambre.

Hay que variar esto; hay que llamar sin descanso a todos los hombres justos, a todos los corazones generosos: ¡hay que trabajar por la redención de los que injustamente sufren! A los egoístas, a los ambiciosos, a los anémicos, a los rutinarios, a los viejos apartadles aun lado porque no nos estorben. ¡Volver la espalda! ¿Por qué? porque el enemigo es fuerte. Y como amo, sería honrosa la victoria.

Hay que luchar, y luchar a todas horas; hay que recordar el esclavo, «el siervo arrancado a la gleba»; hay que pensar en esto, y en el asalariado que hemos de arrancar al patrón.

Sólo se necesita fe para luchar; con ella, la victoria es segura.

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El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 27 de agosto de 1899
 
año I
número 11, página 3

Política nueva

Socialismo

Un escritor que goza de fama de notable, no sólo entre los socialistas, sino entre todos los que le conocen, dice en el comienzo de una obra suya: «El conjunto de ideas que representa el Socialismo moderno, es sólo el reflejo en la inteligencia por un lado de la lucha de clases que existe entre los poseedores y los desposeídos: entre los burgueses y los asalariados, y por otro de la anarquía que reina en la producción.» [h]

He subrayado en el párrafo anterior la lucha de clases, porque voy a hablar de ella, continuando lo que dije en el último número de El Combate.

Afirmé allí rotundamente que el interés del patrón y del obrero son contrarios: y mirando por un lado los patronos y por otro los obreros, afirmo hoy que la sociedad está dividida en clases y que siendo el interés de la clase burguesa (los patrones) contrario al de la clase proletaria (los trabajadores), hay lucha de clases; más aún: «que la sociedad presente no tiene más fundamento ni base que el antagonismo mortal de dos clases: una que posee la riqueza (de la cual no ha sido creadora), que disfruta de todo, que de todo goza, que satisface cuanto desea desde la necesidad más precisa hasta el más extravagante capricho, y otra (la productora de la riqueza social), completamente desposeída, falta de alimento físico, de alimento intelectual, de educación, de comodidades, de todo cuanto es indispensable para vivir vida racional y humana».

Si es cierto, es una ridiculez (cuando no es un negocio) que ciertos políticos de mostrador se empeñan en negar la lucha de clases.

Trepa a la parra un politiquero de esos, y dirigiéndose al pueblo le endilga una lata, de la que no se saca más que esto: «No hay lucha, no hay intereses encontrados»; gracias a las conquistas de la humanidad, se han roto las cadenas quo oprimían al esclavo: todos somos libres.

¡Mentira! dice el obrero que le escucha: es libre el que tiene dinero para serlo; el que no, es esclavo.

El burgués es libre porque tiene dinero; puede quedarse en casa o salir a veranear; puede ir a los toros o al teatro; puede comer esto o lo otro; puede hacer lo que le dé la gana… es libre.

Pero el obrero, el que necesita trabajar para comer y trabajar sin descanso… cuando se gana sólo tres pesetas (y eso el día que se ganan): si tienes ganas de trabajar, a trabajar, y si no a… trabajar; ¿tienes ganas de veranear? pues a… trabajar; ¿tienes ganas de descansar? pues a trabajar; y cuando tus fuerzas estén agotadas, a trabajar; y cuando pienses que no eres una bestia, y quieras ver a tu mujer, a tus hijos y a tus amigos, a trabajar. ¿Dónde está la libertad?

Y sigue el político con su sermón: «Todos somos libres, todos tenemos los mismos derechos…» ¡Mentira! dice otra vez el obrero. ¿Cómo comparar los derechos del patrón que gana seis mil duros anuales con los del obrero que gana tres pesetas al día (el día que las gana), en una sociedad como esta en que todo, derechos y deberes, depende del dinero que se tiene?…

Y sigue el sermón: Todos somos libres, todos tenemos los mismos derechos, somos iguales.

El obrero dice: ¡iguales! ¿por qué? ¿cómo he de ser yo igual a usted, si usted vive como una persona y a mi me obligan a vivir como un animal? usted come un cubierto de 5 pesetas y yo un plato de 0'50; usted lleva un traje de 30 duros, y yo un pantalón y una blusa; usted derrocha y se divierte, yo trabajo y sufro; vamos, ¿por qué somos iguales? dígame usted.

Un carca.— Porque todos tenemos un cuerpo y un alma.

El obrero.— Me alegro. Y ¿eso qué es? ¿algo para quitar el hambre?

El político orador.— Somos iguales porque la Constitución del Estado, ese sublime código del ciudadano, señala a todos iguales derechos y deberes…

El obrero.— ¿Y no señala dónde pueden comer todos los que tengan hambre?

E. P.— El que tenga hambre que trabaje y comerá.

—También yo trabajo.

—¿Usted? sí, con las muelas.

—Y además, si yo no trabajo es porque papá me dejó mucho dinero: porque trabajó mucho.

—¿Quién, su papá de usted? sería de niño, porque cuando yo le conocí siempre fumando, de paseo en su coche; eso no le llamará usted trabajar ¿verdad? y en cambio mi padre, usted se acordará, subiendo cubos de cal estuvo toda la vida y murió en el hospital.

—Pero papá heredó mucho al nacer.

—¡Heredó, heredó! (¿y por qué heredó?) tiene usted razón… son así las cosas.

¡Qué ha de tener razón! el que tiene razón es el que se queja de que haya gentes que sin hacer nada útil se den una gran vida, y que haya otras que ni reventando a trabajar consigan lo necesario.

El que tiene razón es el que se queja de que la sociedad haga producir a unos para que otros coman: las herencias desaparecerán, como han desaparecido otras muchas cosas que se creían eternas.

Día llegará que no habrá más título de propiedad que el trabajo, y en que el que no trabaje, no podrá disponer de nada.

Los economistas burgueses y los burgueses que no son economistas, tratan de presentar los testamentos como el mejor estímulo para el trabajo; sin embargo, y a pesar de lo indispensable que parece para la vida, la existencia de esa institución, quizá no esté muy lejano su fin.

No hace mucho tiempo las faltas de los padres caían sobre los hijos por más inocentes que éstos fueran. Hoy los hijos, aunque no por completo, son independientes de la vida de sus padres; ya no se castiga a ningún hijo directamente por faltas que haya cometido su padre, y esto mismo pasará con las herencias.

Tu padre mató, robó, calumnió… tu estás limpio de estos delitos; no recibirás pena alguna. Tu padre trabajó, ganó dinero, fue muy rico… tu nada pusiste en ese capital, no recibirás herencia alguna. Ni las faltas de los padres pueden perjudicar a los hijos ni los méritos beneficiarles.

En fin, esto de las herencias, es asunto que exige mucho tiempo para hablar de él, sin desbarrar ni asustar a los tacaños. Lo dejo para más adelante, y cuando le toque el turno, trataré de demostrar «que la herencia por familia es un error que aísla a todos los miembros de la asociación y hace de cada hogar una pequeña república que no puede menos de conspirar contra la grande y consagrar la desigualdad.»

… … …

Volviendo al asunto de hoy: ¿cómo ha nacido la lucha de clases? Hacer la historia de lo que las clases han sido desde que aparecieron hasta la fecha, exigiría un conjunto de conocimientos que no tengo o un desahogo que no quiero tener; por eso hablaré sólo de las clases actuales en que la sociedad está dividida.

«Si alguien tuviera mil acres y otras tantas libras de monedas y otros tantos animales ¿qué sería sin el trabajador ese hombre tan rico, sino un trabajador? Y como los trabajadores enriquecen a la gente, cuantos más trabajadores haya, más ricos habrá. El trabajo del pobre es la mina del del rico.

Todo esto que se ha dicho mil veces en todos los tonos, parece demostrar una cosa; mil o cien mil acres, mil o cien mil monedas y mil o cien mil animales, no producen nada al que los posee; que lo único que produce es el trabajo. Según esto, ¿los productos debieran ser de los que tienen la fuerza de trabajo y la utilizan, y no de los que no la tienen o la emplean inútilmente? Pues ocurre todo lo contrario: el obrero trabaja y se queda sin los productos y el patrón que no hace nada por virtud de la omnipotencia de su capital, se hace amo de los productos.

¿Por qué ocurre esto? Hace algún tiempo, el obrero trabajaba en su casa, y allí quedaba el producto; podía cambiarlo, venderlo o consumirlo, según le pareciera. Esto pudo hacerlo el obrero antiguo, hasta que se inventaron los grandes medios producción de que hoy se dispone. Trabajando el obrero con los antiguos y grandes medios de que disponía, no podía con sus productos hacer la competencia a los que las grandes máquinas modernas elaboran. El capitalista que montaba una fábrica, compraba materias en grandes masas, y con ello conseguía comprar mucho más barato que el pequeño productor; además, el capitalista conseguía en un día, cien o mil veces más productos, que el productor pequeño. Tuvo éste que abandonar sus antiguos medios de producción, y ofrecer sus servicios al capitalista: se hizo asalariado. Desde este día en que el obrero abandonó sus medios de producción, el producto suyo quedó en casa del patrón, mediante el salario.

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El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 3 de septiembre de 1899
 
año I
número 12, páginas 3-4

Política nueva

Socialismo

«Desde este día en que el obrero abandonó sus medios de producción, el producto suyo quedó en casa del patrón mediante el salario.»

Con estas palabras terminaba mi último artículo, que hoy continúo.

Y desde ese día comienza el obrero a decaer, hasta llegar a la triste situación en que hoy vive, y de la que sólo el socialismo puede sacarle.

Aquella comunidad primitiva de que hablaba en los primeros artículos de esta serie, desapareció, como ya dije, y en vez de vivir cada uno de su trabajo, como entonces ocurría, se dividió la sociedad en clases: una que trabajaba y producía, y otra que utilizaba los productos de los que trabajaban.

Desapareció la esclavitud que siguió a la comunidad primitiva, pero no por eso desaparecieron las clases, que han llegado hasta nuestros días.

Dando un gran paso, se llegó a la pequeña producción de la Edad Media. Esta época exigía forzosamente al productor, fuese propietario de sus medios de producción, «la agricultura, propiedad del labrador libre o siervo; los oficios de las ciudades; los medios de trabajo, las tierras y los instrumentos aratorios; el buril y las herramientas pertenecían al individuo y sólo servían para su uso personal: por consecuencia, eran insuficientes, mezquinos, limitados; y precisamente por esta razón, pertenecían casi siempre al productor.»

Pero la revolución industrial inglesa, producida por las grandes máquinas modernas, obligó al obrero a abandonar las pequeñas herramientas que poseía, y como no podía vivir sin trabajar, se hizo asalariado.

Los economistas burgueses dicen que este día se hizo el obrero libre. ¡Tiene gracia la libertad! Libertad de trabajar, o morirse de hambre; es decir, libertad de hacer lo que le imponen o de una libertad sui generis la que ha traído el capitalismo.

Hasta que este régimen impuso el salario como medida de producción, el obrero tenía asegurada su vida, porque las corporaciones de la Edad Media, le garantizaban la seguridad del trabajo.

Todo esto ha desaparecido: el obrero al hacerse independiente del amo, no por su gusto, sino por imposición, ha conseguido llegar a la inseguridad del salario.

Esta es la obra del régimen capitalista. Él ha traído esa inseguridad, terrible fantasma, capaz de amargar las horas de mayor alegría, si el obrero puede tenerlas. ¿De qué comeré mañana? ¿Dónde encontraré pan para mis hijos?…

El obrero no posee como antes sus medios de producción; no posee más que su fuerza de trabajo, su inteligencia y su deseo de trabajar. Acude a casa del patrón buscando trabajo, porque el patrón es el que posee los medios y las herramientas que él necesita. El patrón quiere vivir opulentamente y no trabajar: naturalmente, tiene que vivir del trabajo de sus obreros. Impone condiciones inhumanas, irresistibles, pero ¿puede el obrero cobrar esto? Acudirá a casa de otro patrón, y las condiciones serán tan duras o más. Hay que ser explotado para encontrar trabajo, pero no hay más remedio que soportar la explotación.

Y esta explotación de que el obrero es víctima, no es cosa de un día ni dos, sino que le sigue durante toda su vida.

En la época, en que según he dicho, cada cual poseía sus medios de producción, el obrero satisfacía con ellos los pedidos que recibía: pues si los medios eran pequeños, las necesidades no eran tan grandes como hoy.

Ocurría, sin embargo, que alguna vez el obrero estaba muy atareado y tenía que terminar su trabajo para determinada fecha: entonces llamaba a uno o varios obreros para que le ayudaran, y les daba un salario. Pero esto ocurría sólo como excepción, pues al día siguiente volvían a sus casas a trabajar con sus instrumentos.

La producción capitalista, quitó al obrero sus medios de producción, y como consecuencia le obligó a ser asalariado perpetuamente. El cambio parece que no es notorio, pero entraña esta gran diferencia: El proletario de hoy, trabaja para el burgués: el obrero antiguo, trabajaba para sí mismo.

Con esto parece más que suficiente, para ver la situación del trabajador de hoy. Sin embargo, la clase burguesa pidiendo cada vez más y más, no sólo ha despojado al trabajador de sus herramientas, de sus útiles, sino que le ha inutilizado para el trabajo. ¿Cómo?

«Subdividir a un hombre, es ejecutarlo, si merece la sentencia: asesinarlo, si no la merece. La subdivisión del trabajo, es el asesinato del pueblo.»

La sociedad burguesa ha asesinado al pueblo, al dividir y subdividir los trabajos, hasta un punto antes inconcebible. ¿Qué importa este asesinato? El burgués lo que quiere es satisfacer su «hambre canina de sobre trabajo.» [e]

Producir a montones como el burgués desea y exige, no podía ser con la forma antigua de producción: el obrero que se ocupaba en las diferentes operaciones de su oficio, perdía tiempo en pasar de una a otra. Esto no le convenía al burgués; además, trabajando sólo en una operación determinada, se llega a adquirir más destreza y más intensidad, son más y mejores los productos. Indudablemente, se dijo el burgués, que aunque tiene dinero, tiene su talento especial, la división del trabajo se impone.

Antes un sólo obrero hacía un objeto cualquiera desde el principio al fin. Por ejemplo; un reloj; el obrero hacía todas las piezas y no necesitaba de nadie, para ponerle en marcha por completo terminado.

Hoy un reloj no es obra de un sólo obrero; los hay que fabrican resortes, otros cuadrantes, otros cuerdas, otros espirales, otros agujas, otros tornillos… y que no saben hacer más que cada una de estas piezas. Antes el obrero que hacía un reloj, podía venderle hoy. ¿Qué puede vender el que sólo sabe hacer tornillos o resortes?

Muchos objetos que son pequeñísimos y parecen obra de uno solo, son obra de mucha gente. Hay fábricas de agujas, en que el alambre pasa por setenta y dos manos, y en algunas hasta de ¡noventa y dos!

Con la división del trabajo y la cooperación, se hizo un obrero perfecto, pero se inutilizó al obrero individual.

Esta es la situación del obrero de hoy. Se le llama libre, pero tal libertad, por mucho que de ella se hable, no deja de ser una mentira. La libertad verdad, es la del patrón, que antes tenía que ocuparse de los que en su obra empleaba, y hoy nada tiene que ver con ellos: les paga su jornal, y no tiene más obligaciones.

Además, el obrero no tiene más medio de vivir que el trabajo, y el capitalista puede negársele cuando quiera. Centenares de obreros de Altos Hornos, miles de manufacturas permanecen constantemente inactivos, otros no trabajan más que la mitad del tiempo, y en cada nación civilizada hay siempre una población de ¡dos millones de individuos, que sólo piden trabajo y no se lo dan!

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El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 10 de septiembre de 1899
 
año I
número 13, página 2

Política nueva

Paréntesis socialista

Amigo Pepe: Tan interesantes me han parecido las cosas de que en tu última carta me hablas, que, (a riesgo de perder el tiempo), abro un paréntesis en mis notas, y me pongo a contestarte.

«Que ¿qué me propongo con mis artículos de propaganda»? Por lo visto te gusta que te regalen la oreja (no en el sentido que a nuestros arrojados matadores). ¿No me has oído la mar de veces: no lo viste en el primer artículo que publiqué aquí sobre socialismo? Entonces, ¿a qué viene la pregunta? ¿Crees que es huir de tu aplastante dialéctica? Pues ahí va lo que quiero:

Un día de esos aburridos, que por generación espontánea de Salamanca, (la muerta, que dirían Bonafoux y un amigo mío), fumábamos un cigarro en el Café y jugábamos a los «Despropósitos» ¿te acuerdas? bueno: pues entre chupada de cigarro y golpe de café, te hice yo una historia que ni las de «Las Mil y una noches». El argumento era sencillísimo: yo era dueño del mundo: un poco menos que Dios, y bastante más que Napoleón y Atila, y en menos que se santigua un cura loco, todos los seres humanos vivían felices. Utilizaba mis colosales fuerzas para dar un empujón terrible al Paraíso, que tan alto han subido nuestros volátiles escritores, y lo plantaba en tierra. ¿Qué dices? ¿que buena andaría la cosa? Pues no sé a qué vienes con esas, cuando al dar yo la patada decisiva, tú pegaste una, que casi lo fue para que creyeran algunos concurrentes al café que se hundía el mundo.

Estabas conforme con mi plan y ahora me vuelves la espalda ¿por qué? porque te parece una tontería «que por meterse a arreglar la casa del vecino abandone uno la suya».

Lo que a mí me parece mentira es que hombres de tu valer (ya sabes que entre nosotros el elogio no es moneda) y tu carácter, se dejen llevar por la rutina como tú te dejas. Por ejemplo, en este caso: tú como otros has oído hablar de casa propia y casa ajena, y lo has tomado como artículo de fe. «¡Bienaventurados sean los perezosos de inteligencia, porque de ellos es el mundo… de las creencias super!

¿Qué metafísicas son esas de yo y no yo, o de casa propia y casa ajena? ¿Dónde has aprendido tú esas cosas? Tú y otros como tú, sin pararos a pensar, os habéis hecho una filosofía de lo más original y extravagante: «esto me interesa a mí y a tres de mis parientes: esto otro a mí y a cuatro de mis amigos, y esto a mí, a doce parientes y a treinta y cinco paisanos». Lo demás no me importa. Eso es cencia y aquel. Piensa un poco en ello, y si no te ríes, pierdo.

¡Qué lástima que no te fijes en lo que dices! Si hicieras esto, no dirías simplezas. Porque a mí tales me parecen esas ocurrencias. Medita un poco, observa y verás que no hay yo y no yo, sino que todo, hasta lo más lejano, le atañe a uno en más o en menos. Piensa esto, te repito, y quizá y sin quizá dejarás de ser lo que eres.

«El que ha reconocido la identidad de todos los seres, no distingue entre sí mismo y los demás; goza con las alegrías y sufre con los dolores de otros, como con los suyos propios; y por el contrario, el egoísta, estableciendo diferencia entre sí mismo y los demás, y considerando a sus individuos como lo único real, niega prácticamente la realidad de los demás».

Tú que conoces este parrafito no quieres que te llamen egoísta, pero no hay otro nombre que mejor te cuadre.

Figúrate que en vez de creer que tú eres el único que existes, miras la humanidad como un ser, del que formas parte, y del que dependes; ¿qué harías en este caso? La cosa me parece sencilla: la humanidad sufre; el dolor de la humanidad, es dolor mío: pues acudamos a sanar la parte dolorida. Y dí, maestricista incipiente, ¿dónde le duele a la humanidad, sino en las clases menesterosas? ¿Por dónde echa pus, por dónde sangra la humanidad, sino por sus desposeídos, por sus derrotados?

Viendo esto, me parece más natural que te ocupes del dolor de los otros (que no es dolor ajeno), que de tí que estás sano. Mejor que comprar dos pares de zapatos para tí y no poderlos usar a un tiempo, que si tienes dinero para dos pares y te basta con uno, regales el otro a quien le necesite. ¡Lo que hay es muchos capaces de gastar dos pares a la vez!

Sé condescendiente y no digas chiquilladas. Eres parte de la humanidad, y la humanidad sufre: contribuye a aliviar su sufrimiento. La humanidad sufre, ¿quién lo duda? «De un lado, un trabajo extenuante, que contrasta cruelmente con el ocio a que por el otro lado se entrega, el que vive de los réditos de su capital; crecimiento de los débitos en proporción con la inseguridad del salario; disolución de la familia obrera con la aplicación al trabajo de la mujer y los niños, como medio oportuno para bajar los salarios en los grandes oficios; división del trabajo humano, en mil formas diversas; inseguridad y mezquindad del salario; subordinación absoluta del operario asalariado al capitalista industrial, tanto más cruel, cuanto que se presenta bajo la capa de libertad política y civil, las cuales sin la independencia económica no son más que palabras vanas y de una amarga ironía; contraste cada vez más notable y siempre odioso, entre la espantosa miseria y el lujo deslumbrante; entre el escaso salario y el repentino enriquecimiento, en el llamado juego de bolsa.»

Esta es la vida que hoy existe y creo que bien merece que se sacrifique uno por enmendar estas desigualdades. Que ¿quién me mete a curar a la sociedad enferma, si no soy médico? pues el deseo de que mejore. En todas las enfermedades encontrarás muchos que desean el alivio del enfermo, sin conocer el remedio; y quizá muchos médicos que no lo deseen.

«Todos los males de la sociedad son ciertos, pero ¿a qué ponérselos delante a los que los sufren? ¿qué adelantamos con hacer ver a la víctima la magnitud de sus sufrimientos»?

Ya sabes que no eres tú el primero que ha dicho esto. Muchas gentes que dicen quieren mucho a los trabajadores dicen que, aun siendo verdad que sufren, hay que ocultarlo. En primer lugar, si es cierto que el obrero sufre, debe decirse, ocurra lo que ocurra; y en segundo, ocultar al trabajador su situación, puede ser humano en los que crean sinceramente que es irremediable; pero quienes como los socialistas, creen que tiene remedio, deben trabajar porque el obrero se fije en la vida que hace, y piense en la que tiene derecho a hacer.

Esta es la clave. Sería una infamia hablar al obrero de su vida, y hacerle ver lo defectuosa que es, si no se diera remedio a sus males presentes; pero teniendo el remedio y creyendo en él con todas nuestras fuerzas, no nos queda más que un camino: «nuestra salvación está en crear descontentos: creémosles.» [i]

Esta es la manera de llegar al fin, crear descontentos; descontentos no sólo del medio económico en que vivimos, sino descontentos de cuanto contribuye a sostenerlo. Descontentos de la milicia, de la magistratura, de la clerecía, de todas esas gentes, que dicen desempeñan una importante función social, y cuyo único objeto es mantener al trabajador en el más humillante rebajamiento, para que no turbe el plácido vivir de los ahítos burgueses. ¡Descontentos! ¡ojalá lo fueran todos los que tienen tantos motivos para serlo!

«La condición del obrero de hoy, no digo que sea excelente, no, pero es mucho mejor que la del obrero de épocas pasadas.»

Esto puede discutirse, pero tomándolo a la ligera, voy a contestarte.

Los socialistas no niegan que el obrero no haya mejorado; lo que dicen, y en esto tienen razón, es, que los obreros no han progresado, a compás de las otras clases sociales.

¿El burgués de antes (suponiendo que el burgués existiera en ese antes), hacía la vida de hoy? ¿Disfrutaba de teatros, de bailes, de distracciones como hoy disfruta? ¿Se beneficiaba de los grandes descubrimientos modernos que entonces no se conocían? Pues para el trabajador poco se ha inventado, porque poco le aprovechan los inventos.

Dices y finiquito con eso, «además lo que hacéis con periódicos y meetings, me parece muy populachero». Pues claro que lo es: ¿populachero es lo del pueblo? pues tiene que serlo cuanto hagamos, puesto que para el pueblo se hace.

Tú creerás que este horror a la populachería es muy elevado y muy científico; quizá lo sea; pero es muy aristocrático, y con aristocracias no quiero ni la gloria, porque aristocracia es clases, y mientras haya clases, esto no será «el mundo de los hombres», será un muladar lleno de escarabajos que se disputan a tiros la basura social. Procura enmendarte, y manda.

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El Combate, semanario político republicano
Salamanca, domingo 17 de septiembre de 1899
 
año I
número 14, página 2

Política nueva

Paréntesis socialista

Amigo Pepe: Durante los días últimos ha sido imposible sustraerse al barullo en que hemos vivido. ¡Qué días de feria, querido amigo! ¡qué días de feria!

Hemos dado de mano a todas nuestras ocupaciones, y nos hemos lanzado a la diversión más imbécil. Hemos comido mal, hemos tomado mal café, hemos paseado como pueden pasearse las sardinas en sus latas, nos hemos casi asfixiado en los teatros, pero… ¡la hemos gozado!

Sin embargo, tú puedes felicitarte de no haber venido. Tú eres un hombre normal, y esto es sólo para neuróticos (léase chiflados.)

¡Qué lecciones he sacado de estas fiestas! Agradéceme quo no te hable de ello. Conozco tu envidiable cultura, y sé el efecto que te harían mis psicologías de guarda de consumos.

Ahí van mis impresiones, pero sin tesis. Lo que ha echado a perder nuestra vida, durante estos días es la maldita fiesta nacional.

Ya sabes lo que ha echado a perder la nación. Por eso, por ser nacional esta fiesta, está la nación como está. Me explico, siendo las corridas de estos días el rebajamiento de los pueblos donde son endémicas.

Pocas cosas, para conocer una muchedumbre, como estudiarla camino de la Plaza. ¡Qué camino de la Plaza! Antes empieza la fiebre. Desde que se compra la entrada, se acabó el hombre racional y serio. Se come de prisa, se toma café con sobresalto, se maldice del amigo que se retrasa… ¡No puedes imaginarte! Y cuando se llega a la Plaza… ¡malditos toros, por qué no se le secarán los cuernos!

Ruido de caballos enjaezados, de coches, de trompetas, de voces humanas, de chillidos de animaluchos… polvo, sol, fatiga; una cosa como deseo de marearse para olvidarlo todo, y algo que hace de miles de individuos sensatos un ser bestial, que se llama el público de toros.

¿Quién no hace barbaridades, si las hace el del lado, y las hace el de enfrente, y el de por cima y el de por bajo? A solas pocos harían lo que allí hacen. Observa una cosa: son muy contados los que van solos a los toros. ¡Gran influjo el de la imitación! ¿Quién va a hacer excesos que destrozan, si no hay quien los aplauda?

Aunque quizá no valgan nada para tí mis impresiones, dejo de hablar de toros (aunque tengo mucho que decir), porque les tengo un odio mortal, y creo que hasta los que hablamos de ellos para maldecirlos, contribuimos a su popularidad. Si así es, la humanidad me perdone.

El pueblo, los trabajadores, mis grandes amigos; los trabajadores también han participado de las diversiones de feria. ¿Que también tienen derecho a divertirse? No sé, Pepe, no sé; estos son problemas serios.

La burguesía tiene sitiado constantemente al proletario, y no se puede abandonar la defensa, ni para divertirse siquiera. Cuando veo al pueblo distraído con estas fiestas, pienso involuntariamente. «¡Cuántos días perdidos en la obra de la emancipación!» Sensiblerías ¿verdad? ¡Quién sabe!

¡El pueblo en manos de jesuitas y burgueses que explotan su ignorancia! ¡Cuánto trabajo es necesario para emanciparle! ¡Qué triste es el día presente, cuando el mañana se presenta amenazador y oscuro!

Obreros de la ciudad que han estado viviendo uno o dos meses con pequeñas privaciones, para poderse divertir unos días; el obrero del campo, afanándose y economizando (escatimando lo necesario) para ver las ferias de la ciudad; y luego ya sabes lo que pasará dentro de poco.

Al comenzar Septiembre, escribí para que no derrocharan el calor que tuvieran hecho. No me hicieron caso; pero lo de siempre: hacía falta sol para las corridas de toros, y lo derrocharon a manos llenas.

Pronto, dentro de unos días, cuando el bullicio de la feria pase, y no se perciba ni el eco del cascabeleo de estos días, el frío penetrará en las casas de los trabajadores. Vendrán los días tristes, las noches de helada; faltará el trabajo, vendrá el hambre…

«Da temor tanto frío,
¡Pobre de aquel que sin calor se vea
Y halle nieve en el cielo
Y halle “hielo” en la tierra!» [j]

Hasta que el pueblo se ilustre; hasta que conozca sus derechos; hasta que conquiste el proletariado el poder, e imponga su ley, los días de fiesta serán para el obrero una carnavalada, en la que la benignidad del burgués, consiente que el esclavo de siempre, presuma de persona durante unos días.

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El Combate, semanario republicano
Salamanca, domingo 1 de octubre de 1899
 
año I
número 15, página 2

Política nueva

A los obreros de Salamanca

El 12 de los corrientes comenzó a celebrarse en Madrid el 6.º Congreso de «La Unión general de trabajadores,» que ya ha terminado sus sesiones.

«Entre las ruinas miserables y sin grandeza de esta nación que desaparece, gentes humildes, sin otro estímulo que una fé grande en un ideal lejano, y una abnegación sin límites a la causa de los oprimidos, sientan los primeros sillares de la ciudad hermosa de la fraternidad en el bienestar común» (De El Socialista del 15 de septiembre de 1899).

Hermoso espectáculo el que han dado los obreros con su último congreso. Gentes honradas que luchando a brazo partido contra las opresiones que les rodean, han sacado adelante después de la lucha una inteligencia cultivada y un corazón sano.

Aquí donde todo el mundo vive al día, donde la pereza impide pensar en el mañana hasta a las clases más elevadas, un grupo de obreros cada vez más numeroso trabaja por una obra de redención y de justicia lejanas. ¡Qué ejemplo tan perfecto! No se trabaja por conquistar la holganza, suprema ambición de nuestros hampones políticos; se trabaja por conquistar el ideal, por cumplir el deber que arraigadas convicciones imponen.

¿A quién va a interesar esto en esta España de «pan pa hoy y hambre pa mañana»?

¿Cómo va a merecer este congreso los aplausos que las corridas de toros, las fiestas religiosas o los simulacros militares?

Obreros que saben como viven, que ansían mejorar su situación, que luchan, que se esfuerzan y batallan, ¡que viven! no burgueses estúpidos, para quienes la vida es apoltronamiento, disipación, anestesia.

En Salamanca los obreros (con raras excepciones) apenas conocen los trabajos de sus compañeros de otras partes. En todos los sitios el obrero estudia, el obrero trabaja, busca sin descanso su mejoramiento. En Salamanca hasta hoy nada se ha hecho. ¡No perdamos las esperanzas!

Pueden los últimos sucesos haber sacudido a todos y sacado a los obreros de su indiferencia y de su sueño. Gracias a lo ocurrido estamos en muy buen camino. Animo, obreros de Salamanca. Ya sabéis que hay algo más que el Círculo obrero, ya sabéis que hay quien piensa en vosotros, ya sabéis que no sólo entre curas y burgueses puede vivirse.

Trabajad, ilustraos y el triunfo será vuestro. Seréis dueños de riquezas, por que impediréis que los vagos os roben lo que vosotros hacéis; seréis dueños de vuestras conciencias, porque impediréis que el cura domine en ellas; seréis dueños de la vida, porque la vida es de los que trabajan y los que trabajáis sois vosotros.

¡Hay que confiar en el porvenir! Nuestros ideales regeneradores van llegando a todas partes, satisfacen a las inteligencias más exigentes, subyugan las voluntades más puras. Nuestro es el triunfo.

Las generaciones van pasando, nuevos hombres reemplazan a los que desaparecen, las inteligencias nuevas no nacen con el peso abrumante que la tradición echaba sobre las pasadas; ya no se hereda al nacer el caudal de rutina que heredaron nuestros mayores, no nacemos atados de pies y manos, nacemos sin trabas y podemos abrazarnos a una bandera y defenderla con el tesón de los juramentados. Esto se hace ya en muchas partes; prestad vuestra cooperación a esta obra, trabajadores de Salamanca.

No hay, no puede haber engaño en esto. No se ofrecen paraísos para premiar a los buenos, ni infiernos para castigar a los malos. Nuestro credo es sencillo: «el trabajador debe ser dueño de su obra, el que nada produce a nada tiene derecho». Con esto basta, y sin grandes estudios puede uno convencerse de ello.

¿Qué es lo que yo necesito? ¿Dejar de ser obrero? No, porque si yo no trabajo tendrá que trabajar para mí otro. La justicia exige dar a cada uno lo suyo. Pues lo mío es lo que yo produzco, no lo que yo robo del producto de otro. ¿Entonces cómo viven también muchos que no trabajan? Porque se lo roban a los trabajadores. No hay otra solución. Yo trabajo y no tengo: alguien me roba. Otros no trabajan y tienen: a alguien han robado.

Esto no puede consentirse; hay que acabar con esta organización. ¿Que lo impiden la moral, el derecho, la religión? No me importa: la moral, el derecho y la religión de hoy, no son más que lo que les da la gana a los de arriba.

Quiero hacer otra moral, otro derecho, otra religión que sean producto de todos y no la obra de unos cuantos que quieren explotar a otros.

Y vosotros… los que sufrís día y noche, los que carecéis de pan y de cultura, los que no habéis gustado jamás las dulzuras de la consideración y el cariño, los que habéis vivido bajo el látigo y el desprecio, cooperar a la nueva obra, confiad en que aún hay redención para vosotros y en que vendrá la era socialista en que seréis amados, poseedores, respetados y felices. Y en que todo esto no se lo deberéis á nadie, sino que será obra de vuestro propio esfuerzo.

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El Combate, semanario republicano
Salamanca, domingo 8 de octubre de 1899
 
año I
número 16, página 2

Política nueva

Los socialistas y la revolución

Cuatro revolucionarios de profesión, de esos que aparentan despreciar el socialismo por utópico, han dado en el chiste de que los socialistas no son revolucionarios.

Los socialistas, que saben quiénes son los que esto dicen, y que saben lo que estas gentes entienden por revolucionario, no deben rectificarles.

Están en lo cierto: los socialistas no son revolucionarios, ni lo serán nunca… a la manera hipócrita de ciertos políticos de guardarropía.

¡No son revolucionarios los socialistas! ¡Si se pudiera preguntar qué es revolución a cada uno de los que esto dicen!

Para muchos, para los más, la revolución no es más que una juerga con palos, tiros, barricadas, &c., &c., hecha por unos desgraciados, y cuyas ventajas perciben dos o tres que se acuestan imbéciles y se levantan ministros. Es verdad; no son revolucionarios los socialistas.

—Diga usted, señor… revolucionario: ¿qué espera usted de la revolución?

—Pues mire usted, yo para mí nada; yo lo que quiero es «que no haya tanto cura».

—¿Y qué adelanta el proletariado y la mayoría de la nación, con que haya menos curas, aquí donde todos nacemos curas y curas morimos? No son revolucionarios los socialistas.

—Diga usted, señor… revolucionario: ¿qué espera usted de la revolución?

—Pues, con franqueza, «que no haya tanto militar», que ya sabe usted…

—¿Y qué adelantamos con eso, si mientras estén las cosas como están, hemos de nacer todos bravucones y guapos y hemos de pasarnos la vida haciendo el cadete? No son revolucionarios los socialistas.

¡Que han de ser revolucionarios así! Son demasiado serios los socialistas para hacer el oso de ese modo.

Alzaprimar al pueblo con promesas irrealizables, lanzarle a la calle armado y enfurecido cuando no hay esperanza alguna de triunfo, y cuando las circunstancias, aunque malas, permiten esperar, sólo puede ser político para los que piensan aprovecharse de estas algazaras. Para el pueblo que toma parte en ellas, es salir a la calle a tener el gusto de ver cómo carga sobre él la fuerza armada. Esto lo temen los socialistas porque les duele, porque no echan nunca mano de otros para sacar las castañas del fuego.

¿Se quiere ver revolucionarios a los socialistas? La cosa es fácil: en vez de ensayos de motín, háblese de una revolución verdad, palpable, beneficiosa; entonces se les verá poniendo cuanto tienen al servicio de la revolución.

Háblese de revolución social, de algo que produzca un cambio brusco que diferencie perfectamente la nueva vida de la pasada, y entonces serán revolucionarios los socialistas. Entonces, cuando con la revolución se conquiste el derecho a la vida para los que no lo tienen hoy, serán revolucionarios los socialistas; no cuando se trate de ayudar a un batueco a conseguir una portería o un estanquito en sitio céntrico.

La revolución social será una revolución, porque variará la vida por completo: variará la moral, la religión, el derecho, la producción.

Variará la moral, «porque donde quiera que existe una sociedad dominante, una gran parte de la moralidad del país emana de los intereses de esta clase y de la conciencia de su superioridad».

Variará el derecho, «porque la transformación de las relaciones económicas lleva en sí, fatalmente, la del derecho».

Variará la religión, «porque la revolución social que se va preparando en la historia, se distingue de las precedentes porque no va, como aquellas, en busca de una nueva forma religiosa, sino que, en realidad, niega toda religión».

Variará la producción, porque no habrá el obrero de hoy, que «cuando entra en la vida no halla campo que cultivar, máquina que dirigir, ni mina que acometer con el azadón, si no cede a su amo la mayor parte de su producto».

Por esto es por lo que hay que trabajar con toda el alma y hasta que la revolución social cuente con devotos entusiastas y numerosos; trabajar y trabajar sin lanzarse a aventuras… que se puede ser muy revolucionario y muy sensato, aunque digan lo contrario los que, dándoselas de revolucionarios, no son más que unos pobres diablos o unos vividores presuntuosos.

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El Combate, semanario republicano
Salamanca, domingo 15 de octubre de 1899
 
año I
número 17, páginas 3-4

Política nueva

Socialismo

«Somos “utopistas”, es cosa sabida. En efecto, tan utopistas, que llevamos nuestra utopía hasta creer que la revolución debe y puede garantizar a todos el alojamiento, el vestido y el pan. Es menester asegurar el pan al pueblo sublevado; es menester que la cuestión del pan preceda a todas. Si se resuelve en interés del pueblo, la revolución irá por buen camino.» [k]

«El día en que el trabajador del campo pueda labrar la tierra sin pagar la mitad de lo que produce; el día que las máquinas necesarias para preparar el suelo para las grandes cosechas, estén profusamente a la libre disposición de los cultivadores; el día que el obrero del taller produzca para la colectividad y no para el monopolio, no irán ya harapientos, y no habrá más Rotschild ni otros explotadores.» [k]

No se dirán estas cosas demasiado, por más que se repitan y se repitan a todas horas.

La revolución social que los socialistas esperan, no es una revolución política como tantas otras que la humanidad ha visto. La revolución social, representa no un cambio de Gobierno, sino un cambio completo de la sociedad.

Muchas gentes a quienes no cabe en la cabeza que el obrero sea una persona, niegan que pueda llegar una época en que todos trabajen y en que no pase lo que hoy, que los productos de los mil o cuatro mil se los reparten entre cuatro.

Estos son los que llaman utópico al socialismo, los que se ríen de sus doctrinas, los que dicen que siempre ha habido clases y siempre las habrá. Son los que creen que el socialismo es llegar al poder y… turnar con Sagasta y Silvela.

Es perder el tiempo decir a estas gentes que el socialismo es cosa muy distinta.

Para ellos, cuidarse de organizar convenientemente la producción y repartir el producto con equidad, no es socialismo.

Estas ideas se explican perfectamente en pueblos como Salamanca. Se piensa como se vive, y aquí la mayoría de las gentes viven en completo siglo V.

Aquí, no sólo los obreros, sino hasta los millonarios (quizá más éstos), son víctimas de la tradición y la rutina.

La principal preocupación de los salmantinos (aunque de una manera que causa risa), es la otra vida…; de aquí la despreocupación por los asuntos terrenos.

Se funda un Círculo de obreros; parecía lo natural que se les hablara de salarios, fábricas, jornada de trabajos, arrendamiento de servicios, accidentes del trabajo, &c., &c.: mil y mil problemas que pueden interesarle; pues no señor, van al Círculo y se les habla «Del Bautismo», «De la institución de la Sagrada Eucaristía», «Del culto debido al Santísimo Sacramento», &c., &c.; cosas que si ustedes quieren serán muy bonitas, pero es para los que tienen el estómago repleto. A los obreros lo que le interesa es tener trabajo asegurado y con buena retribución, y de esto nadie le habla.

Por esto, porque siento que los obreros se distraigan en cosas sin importancia, es por lo que yo publico estos artículos, exclusivamente por eso…

A los trabajadores lo que les interesa es su vida como trabajadores. Creer que una revolución los va a hacer marqueses, es error de cuatro canallas engañados, que ya difícilmente convencen.

Sólo para hablar de mejoras en el trabajo y de la manera de conseguirlo debían reunirse los obreros; al menos mientras consigan lo que tienen derecho a conseguir. Anunciándose para esto, no para hablar del juicio final o para oír sermones, se convencerán de lo fácil que les es el mejorar su manera de vivir.

«¿Quién es tu enemigo? Quien tiene tu oficio mismo.» Este es el lema de los obreros de Salamanca.

El lema socialista es todo lo contrario: «sólo uniéndose los obreros pueden vencer». El enemigo del obrero, el patrón, es tan formidable porque reúne en sí lo que no pueden reunir los obreros aislados, pero sí reunidos.

Va un obrero a la fábrica, y si no acepta las condiciones que el amo le impone, tiene que morir de hambre, mientras el patrón sigue tan bueno; pero en lugar de un obrero van cien y le dicen al patrón: «si no nos paga usted tanto no trabajamos ninguno». Entonces el patrón lo medita, porque si no trabajan no le sirve de nada su fábrica.

«En los países donde frente al sindicato capitalista se contrapone el sindicato obrero, el salario es siempre más alto que en los países donde las masas obreras no tienen cohesión ni ofrecen resistencia».

Si cada obrero vive aislado ganará lo que le dé la gana al patrón; si los obreros se unen ganarán lo que a ellos les dé la gana.

Con obreros aislados, el patrón impone su voluntad; con obreros asociados, el patrón sufre que los obreros le impongan la suya. Y de esto es de lo que hay que tratar y a lo que hay que atender: que el obrero, que es el elemento principal de la producción, sea el amo del producto, no que lo sea el patrón, un zángano que nada produce.

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El Combate, semanario republicano
Salamanca, domingo 29 de octubre de 1899
 
año I
número 19, páginas 2-3

Política nueva

Socialismo

Es un principio axiomático entre los socialistas que «allí donde una parte de la sociedad, posee el monopolio de los medios de producción, el trabajador, libre o no, está obligado a agregar al tiempo de trabajo necesario a su propio sostenimiento, otra cantidad de tiempo destinada a producir la subsistencia del poseedor de los medios de producción». [l] O dicho de otro modo; que el obrero que trabaja con instrumentos de otro (máquinas, herramientas) tiene que trabajar para sostenerse a sí mismo y para sostener al que le presta los instrumentos de trabajo.

De modo que hay quien, por el hecho de ser dueño de estos útiles, puede pasarse la vida al sol, sin cuidarse más que de gastar lo que otros ganan para él, y otros que tienen que trabajar para sí y para los demás.

Esto es lo característico del régimen capitalista; tanto que, el día que este desaparezca, el obrero será dueño de los productos de su trabajo, sin repartirlos con patronos, ni intermediarios inútiles.

Ahora, lo que el interés del obrero exige mientras el régimen capitalista dure, es que la jornada que el obrero dedica a trabajar para el patrón, sea cada vez menor.

A propósito de esto, hay que hacer una observación, que cualquiera que haya leído algo, puede comprobar: los obreros de los países atrasados, creen que estas cosas, de mejorar su vida, son concesiones de los patronos y los gobiernos, que éstos otorgan cuando les da la gana. Por el contrario, los obreros de los países cultos saben que cuanto quieran lo tendrán que conquistar por sus puños, o dicho como corre por los periódicos y obras que de esto se ocupan, «la redención del obrero tiene que ser obra del obrero mismo».

Por ser obra del proletariado su propia redención, es por lo que menos nos aproximamos a ésta en los sitios en que el proletariado no tiene personalidad.

Aquí (Salamanca) donde no hay un partido obrero, donde los trabajadores se ajustan y despiden cuando y como el patrón (¡el amo!) quiere, es donde los obreros ganan peores salarios y tienen más horas de trabajo. El trabajador que tiene muchas horas de trabajo, es imposible que pueda ocuparse de otra cosa que de cumplir la obligación que le imponen y aprovechar para reponer sus fuerzas, las pocas horas que le dejan de descanso.

En los países adelantados, en que el obrero trabaja menos horas (los países más adelantados se caracterizan, por el mayor salario de los obreros y menos horas de trabajo) puede dedicar las que le queden libres a instruirse, y como consecuencia de la instrucción, el obrero llega a conocer sus derechos y a ver que, lejos de haber nacido para ser explotado, ha nacido para vivir mejor que los que le explotan.

Este es el gran paso; el que el obrero llegue a comprender que, en vez de resignación y mansedumbre, lo que necesita es fuerza para protestar y para cambiar su situación. Por esto dice muy atinadamente un distinguido escritor: «Sorprenderse de la aparición del socialismo, es sorprenderse de que la instrucción popular rinda su fruto más germinoso; el de dar capacidad al pueblo, para estudiar sus propias necesidades». [m] Por eso, en cuanto las condiciones económicas han permitido que la instrucción bajara hasta el pueblo, éste ha conocido sus necesidades y ha pensado en el socialismo como único remedio para ellas.

La instrucción, proporcionando al obrero concepto exacto de la sociedad y del papel que en ella desempeña, es el arma principal del obrero. Pero para que el obrero pueda instruirse, necesita no estar todo el día en la fábrica, para esto los que quieren mejorar la situación del trabajador, han fijado su atención en la reducción de la jornada de trabajo, «porque alejar al obrero del taller, significa ponerlo en contacto con la civilización, hacerle apreciar la utilidad de la instrucción, de la educación, de la literatura, del paseo mismo, todo lo cual crea necesidades y toda necesidad pide ser satisfecha.»

Entre nosotros todas estas cosas las ignora el obrero; en cambio en otras partes las conocen y las aman como indispensables para la vida. Hace poco leía yo con verdadero placer unos artículos en que se decía de unos obreros de Manchester: «Cuando salen de las fábricas correctamente vestidos, enguantados, sonrientes, producen la impresión del señor que va de diversión, y no de obreros desfallecidos.» [n]

¡Obreros con guantes! dirá algún luis inútil que rompa más pares que si anduviera en cuatro manos. Sí, señor, sí, obreros con guantes, porque puede gastarlos el obrero que gana para ellos, mejor que el luis que los compra del trabajo de otro.

Nuestros obreros estrenan un traje cada lustro, se contentan con echar medio a diario, ver una función en El Siglo los sábados y «encuentran en una hostia la compensación de un almuerzo». Así no puede haber aquí más que miseria y pobreza de espíritu.

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El Combate, semanario republicano
Salamanca, domingo 5 de noviembre de 1899
 
año I
número 20, páginas 2-3

Política nueva

¡Trabajadores!

El invierno nos amenaza. Los días son cada vez más cortos y no consienten que se harte, la ambición insaciable del patrón, apenas contenta con las interminables jornadas del verano. Durante el invierno, es decir, cuando más lo necesitamos, no habrá trabajo. El estómago del pobre, tendrá que esperar lo que al bolsillo del burgués se le antoje. Y ya sabéis por otros años, cuánto habrá que esperar.

Dentro de semanas, de días quizá, nadie trabajará. Sufriremos el hambre como un castigo que los ricos nos imponen. Los vagos mantenidos, castigando a los que los mantienen. Los ricos, que lo son a costa nuestra, no saben la tristeza de estos días.

Estos días…

En que grana el hambre
y “arrecoje” la muerte su cosecha… [ñ]

Es inútil hablarles de nuestra situación. Su corazón es de piedra; decidles que no coméis, que tenéis frío, que vuestros hijos lloran porque no tienen que comer, ni con qué abrigarse. Esto no lo entienden, porque tienen bien repleto su estómago y bien guardadas sus carnes. Se ríen de nuestras quejas… Dicen que somos malos. ¿Cómo serían los ricos si tuvieran hambre? ¿Cómo son aún hoy que no la tienen? Los pobres somos malos.

Hay que enseñar a los ricos quiénes somos. No hemos nacido para sufrir y quejarnos solamente; hemos nacido para vivir, y tenemos derecho a la vida. Los ricos lo son, porque nos roban el producto de nuestro trabajo: nos uniremos, y no nos dejaremos robar.

¡Albañiles, pintores, herreros, tipógrafos, zapateros, &c. &c., uníos para defender lo vuestro!

El patrón que dice paga, no hace más que robaros: lo que vosotros hacéis en 20, a él le vale 40; por eso es rico. Si conserváis el producto, lo venderéis: y en lugar de 20, tendréis 40. Poco a poco seréis ricos, que para eso trabajáis.

Tenemos que unirnos contra tanto vago y tanto canalla, como vive a costa nuestra. Tenemos que unirnos para poder vivir.

Los que saben, los que mandan, los fuertes, los dueños, todos están al lado del burgués para ayudarle: ¡no importa! Solos, sin ayuda de nadie, sin intervención de nadie, nos organizaremos para la defensa. Tendremos nuestras sociedades, nuestros círculos, pero nuestros, solo nuestros, sin consentir que nadie mangonée nuestros asuntos. Sin esperar nada de nadie, nosotros nos bastamos.

No queremos círculos católicos, en que se hable de la otra vida; queremos círculos obreros, en que se consiga que ésta no sea tan infernal.

Cuando la vida presente esté asegurada, pensaremos en la otra; lo demás, es una niñada ridícula. Dejemos de ser niños, que ya es hora de ser hombres.

Nos dicen que nos resignemos, ¡que se resigne el débil! el que no pueda protestar; el obrero fuerte no debe mendigar un pedazo de pan; debe ganarlo y defenderlo de los ladrones tolerados.

Se nos sujeta, se nos maltrata, nos tratan como fieras… ¿Sómos tan débiles los inútiles? Llevaremos la peor parte; pero si somos los fuertes y los que crean utilidad, la peor parte será de los burgueses. «La fuerza es la partera de toda sociedad en cinta». [o]

La mortalidad en la clase obrera es cada vez más aterradora: ¿quién mata a esos obreros? ¿quién hace que su vida se consuma, cuando aún debiera existir?

¡Alegraos, trabajadores; se acerca el día de pedir cuenta de estas vidas a los burgueses!

Porque son dueños del capital, quieren despreciar el trabajo. ¿De dónde ha nacido el capital del burgués, sino del trabajo del obrero? ¿Por qué son dueños del capital, si no hay capital, ni hay nada, que no salga del trabajo?

Hasta hoy, cualquier burgués indecente, con cien duros, ha sido más considerado y más querido, que un obrero inteligente y útil, que ha trabajado sin descanso toda su vida. Se ha mirado el trabajo, como un esclavo del capital; nosotros haciendo la guerra a los que detestan el capital, demostraremos, que los únicos amos, los únicos señores, deben ser los trabajadores.

Hemos trabajado día y noche y no hemos logrado prever, ni lo necesario; trabajaremos por salvar el porvenir nuestro y de nuestros hijos, inculcándoles el odio al burgués, mientras siga siéndolo, mientras sea un parásito, que vive de las lágrimas y la desgracia de sus semejantes.

No soñamos con imperios ni con opulencias; soñamos con una humanidad justa y trabajadora, en que cada cual reciba el premio o el castigo que sus obras merezcan.

Para conseguirlo, para llegar a esto, no hay más camino que la asociación; que todos nos unamos, y juntos, nos opongamos a la obra de rapiña del burgués, y cooperemos a la consecución del bienestar social. Esto con la unión. Sin ella, nada podemos hacer.

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El Combate, semanario republicano
Salamanca, domingo 12 de noviembre de 1899
 
año I
número 21, páginas 2-3

Política nueva

Los trabajadores de la ribera

Tiene razón el refrán, «que poco dura la alegría en la casa del pobre.»

El domingo pasado, batía yo palmas, en honor a los canteros: hoy, es bien diferente lo que se me ocurre al hablar de los curtidores.

Desde que, siendo niño, paseaba por las orillas del río, y llegaba alguna vez hasta las Tenerías, los curtidores, dedicados a sus rudas faenas, me producían un efecto desastroso.

Recuerdo bien los paseos de mi niñez, y como aquellos hombres me hacían tal impresión, que siempre que oía por entonces decir «trabajos forzados» me acordaba en seguida de los curtidores. Y esta idea que he tenido desde niño, me ha seguido hasta la fecha.

Cuando mi amor a los desgraciados, me llevó a estudiar las causas de la miseria y el rebajamiento de algunos seres, los primeros que se presentaron ante mí pidiendo justicia, fueron los curtidores. En Salamanca, creo que nadie puede tener más derecho que ellos a ser oídos y ayudados por los que algo pueden.

He pasado el miércoles último un buen rato (largo quiero decir), charlando con un trabajador de la Ribera.

¡Qué cosas tan tristes se oyen a estas gentes, que no saben mentir, ni conocen la exageración!

Se entra a trabajar a las seis de la mañana y se deja el trabajo cuando no se puede trabajar por falta de luz: en verano a las ocho de la noche.

Trabajan en inmundas pocilgas, (fábricas las llaman), o metidos en el río hasta las rodillas, expuestos a mil enfermedades y soportando olores irresistibles: y por esto, durante diez o doce horas, reciben dos pesetas, una, o media. ¡Esto es criminal! Hay hombres a quien se hace trabajar en un oficio bestial y malsano, durante once horas, y le pagan con dos reales. ¡Esto es asqueroso!

«No crea usted (me decía un trabajador el otro día), y todavía nos tratan como perros. ¿Le parece a usted, que hay días en que el amo ni nos dá la hora cuando entra?»

Hace bien el amo: «De San Miguel a San Miguel, no queda nada por vender», dicen los curtidores de Salamanca.

Además, se dice por los mismos obreros, que los amos ganan el 100 por 100.

¡Y todavía no se sacian! Venden cuanto quieren y al precio que quieren y todavía explotan al obrero hasta un extremo inconcebible.

Natural consecuencia del reducidísimo salario de estos obreros, y de sus largas jornadas de trabajo, es su escasa cultura. La generalidad de los curtidores no leen un periódico nunca, ni hacen otra cosa, fuera de trabajar como bestias, que ir al Círculo obrero, porque el amo los manda. Ya sabe el amo que los consejos del Círculo crean gentes que se dejan explotar con resignación.

Pero, ¿por qué se toleran estos abusos de hombres que pasan por honrados? ¿Por qué se ha de consentir que en el año de 1899, la explotación del hombre por el hombre, sea tan manifiesta y tan grande?

¿En qué piensan los Municipios? ¿En qué piensa el Gobierno?

Que ¿en qué piensan? En lo que piensa aquí todo el mundo: en enriquecerse a costa del trabajador, llámese curtidor, herrero, tipógrafo, o como se llame.

¡Explotar al pueblo! Afortunadamente el pueblo se va cansando de ser explotado. Los canteros, dando un ejemplo admirable de virilidad, van a la cabeza del movimiento obrero en Salamanca; los carpinteros, tienen reunidas algunas firmas y pronto tratarán de organizarse; a los tipógrafos, hace un llamamiento hoy uno del oficio, doliéndose de que ellos no hayan sido los primeros… ¿Por qué no se asocian los curtidores?

Francamente; es tal la situación en que viven, de tal manera les domina el amo, que creo que les ha de ser más difícil que en otros oficios; pero con un poco de interés, quizá se consiga algo.

Convénzanse los curtidores, como los obreros, todos, de que no deben el pan que comen, al amo; si no gana el amo con tenerlos en su casa, los despedirá; los tiene allí, porque a cambio de su trabajo vive, pues si los obreros no trabajaran, el dinero del amo no pariría panecillos, ni zapatos, ni agua.

El amo ¿quiere enriquecerse?, que trabaje, que sólo el trabajo produce riquezas.

¡Que tiene dinero! ¿sabéis por qué? porque a los obreros que tuvo su padre, les pasaba lo mismo que a vosotros; trabajaban once horas, dejaban 10 pesetas de ganancia al amo, y ellos se llevaban dos para casa.

Así ha hecho el amo su capital, dando 2 a los obreros, por lo que vale 4. ¿Por qué han consentido esto los obreros, y por qué lo consienten? Por no estar asociados: el día que lo estén, el amo dejará de ser amo, y ellos dejarán de ser esclavos.

Yo, para nada sirvo; pero lo mismo que dije a los canteros, digo a los curtidores, y a todos los obreros: todo cuanto quieran de mí, dentro y fuera del periódico, lo tienen con sólo pedirlo; siempre que se refiera a los obreros, como obreros, no en otro sentido.

 


[ Notas del Proyecto Filosofía en español. ]

[a] «—¡Qué canallas son las gentes honradas! –exclama un personaje de una de las novelas de Zola;– y en una forma o en otra estalla a menudo en el pueblo el sentimiento que dicta tales frases.» (Miguel de Unamuno, «El buen ladrón», El Noticiero, Palma de Mallorca, 20 de abril de 1905.)
«—¡Qué canallas son las gentes honradas! –exclama un personaje de una de las novelas de Zola;– y en una forma o en otra estalla a menudo en el pueblo el sentimiento que dicta tales frases.» (Miguel de Unamuno, «El buen ladrón», El Globo, Madrid, 14 de abril de 1927.)

[b] Esta frase es del divulgador francés Gabriel Pedro Deville (1854-1940), en la “Aperçu sur le socialisme scientifique» que antepone a su resumen de El Capital, de Carlos Marx (Flammarion, París 1883, pág. 10), según su traducción española en: Carlos Marx, El capital, resumido y acompañado de un estudio sobre el socialismo científico, por Gabriel Deville, Est. Tip. de Ricardo Fé, Madrid 1887, página XIV.

[c] Gabriel Deville, ed. cit., Madrid 1887, página XIV.

[d] Cervantes, Quijote, parte I, capítulo XI, “De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros”.

[e] Marx.

[f] Ángel Vázquez de Parga Blanco, doctor en Derecho en 1897, era en 1899 secretario del Círculo de Obreros de Salamanca. Hijo del escritor y doctor en derecho Jacinto Vázquez de Parga Mansilla (†1919), se ofrecía entonces como profesor particular para todas las asignaturas de la carrera de Derecho en la Academia de la salmantina Plaza de los Bandos, nº 2. En 1918-1919 fue alcalde de Salamanca. El 18 de julio de 1836 era concejal, junto con Unamuno, de ese ayuntamiento.

[g] El 15 de mayo de 1891 había publicado León XIII su encíclica Rerum novarum. De conditione opificum, que sirvió de guía para impulsar una democracia católica que frenase a la democracia liberal que, entendía Roma, no hacía sino encaminar a los obreros al socialismo y al anarquismo. En Bélgica, la Liga democrática antisocialista de Arturo Verhaegen adoptó en 1893 el rótulo «democracia cristiana» para designar a los católicos que trataban de llevar a la práctica tales directrices pontificias. Y ese mismo año, en España, el jesuita Antonio Vicent (1837-1912) dedicaba a Claudio López Brú, segundo Marqués de Comillas, protector de los Círculos de Obreros Católicos, su detallado manual teórico práctico: Socialismo y anarquismo. La encíclica de nuestro santísimo padre León XIII 'De conditione opificum' y los Círculos de obreros católicos (Valencia 1893, 502 págs.; nueva edición económica: Valencia 1895, LXIII+681 págs.).

[h] Frase de Federico Engels, citada probablemente de segunda mano del artículo de Cristóbal Botella, «Socialismo. VII. Socialismo científico» (Revista Contemporánea, Madrid, 29 febrero 1888, tomo LXIX, vol. IV, pág. 353): «Federico Engels, escribió, en la primera página de una de sus obras, estas palabras: “El conjunto de ideas que representa el socialismo moderno, es, sólo, el reflejo, en la inteligencia, por un lado, de la lucha de clases que existe entre los poseedores y los desposeídos, entre los burgueses y los asalariados, y, por otro, de la anarquía que reina en la producción…”.»

[i] Juan José Morato terminaba quince días antes su artículo «Motor necesario» (El Motín, Madrid, 19 de agosto de 1899): «Nuestra salvación está en crear descontentos: creémoslos.»

[j] Fragmento de “Noche güena”, de Vicente Medina (1866-1937), publicada en Madrid Cómico (nº 827, 24 diciembre 1898, pág. 10) y recogida en Aires murcianos (Biblioteca Mignon, Madrid 1899). El copista redujo los murcianismos del original: «¡Da temor tanto frío!… / ¡Probe d'aquel que sin calor se vea / y halle nieve en el cielo / y halle guielo en la tierra!». Unamuno había escrito el 30 de enero de 1899 al autor: «Conozco sus Aires murcianos, las poesías publicadas en el “Madrid Cómico” (sobre todo Noche güena) y El Rento. Se lo he dicho aquí a mis amigos: (todos los cuales le conocen, contando en esta vieja ciudad con un grupo de admiradores) hace tiempo que no nos salía un verdadero poeta como Medina» (carta transcrita en Poesía. Obras escogidas de Vicente Medina, Cartagena 1908, pág. 24.). Por cierto, el murciano del cuarto verso transcrito ya había evolucionado así en esta reedición de 1908: «y yelo en tóicas partes en la tierra!» (pág. 464).

[k] Pedro Kropotkine, La conquista del pan [1892], Revista Nueva, Madrid 1899, 295 págs.

[l] Carlos Marx, El Capital. Crítica de la economía política, traducido de la cuarta edición alemana por Juan Bautista Justo, Imprenta de F. Cao y D. de Val a cargo de J. A. Herrero, Madrid 1898.

[m] Valentín Letelier, Los pobres, 1896.

[n] Francesco Saverio Nitti.

[ñ] Vicente Medina, “Noche güena”, Madrid Cómico (nº 827, 24 diciembre 1898, pág. 10).

[o] Marx.

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Fernando Felipe Martín
1890-1899
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