Revista Europea
Madrid, 17 de junio de 1877
año IV, tomo IX
número 173, páginas 765-767

Armando Palacio Valdés

< Los oradores del Ateneo >

Don Gumersindo de Azcárate

En pos de un pesimista, un optimista. No me tildarán mis lectores de monótono en el asunto, ya que deje bien probado que lo soy, y no poco, en el estilo. Me asaltan, sin embargo, serios temores de que esta proximidad de los señores Azcárate y Vidart llegue a la postre a engendrar algún conflicto.

En verdad que no es gran prudencia acercar de tal modo a dos pensadores tan opuestos; pero así lo exige la ley de la armonía. Post nubila, Phoebus. Después de aquel pensar cavernoso del Sr. Vidart, vienen como de molde unos instantes de esparcimiento. Saliendo del cerebro tapizado de hollín de un pesimista, nada más grato que penetrar en el de un optimista forrado de miel de la Alcarria y arrope manchego. Pensar como piensa el Sr. Vidart, es dormir toda la vida con pesadilla. ¿Por qué no [766] han de hacer también los filósofos castillos en el aire? Siempre fui muy partidario de los castillos en el aire. Los que fabricamos en tierra firme salen muy caros, mientras un soberbio palacio de aquel género se levanta sin necesidad de aprenderse de memoria el capítulo de servidumbres urbanas, ni entenderse para nada con el gobierno o los particulares; ¡las dos únicas entidades que en este mundo me molestan! Pero entremos en el castillo del señor Azcárate.

Como acabo de manifestar, en punto a filosofía soy grande amigo del color de rosa, y suelo barnizar con él todas mis especulaciones metafísicas. Por eso coincido con el Sr. Azcárate en los rasgos más capitales del sistema general del universo. Quiero confesar ingenuamente, sin embargo, que amo el optimismo como puede amarse a una mujer bella, pero coqueta; es decir, que lo amo temblando siempre que me la pegue. El Sr. Azcárate, que conserva su virginidad filosófica, lo ama con la pasión ardorosa y confiada de un adolescente. Está vaciado en el molde de los hombres de fe, de esos hombres que miran a la verdad sin telescopio para no descubrir en ella, como en el sol, mancha ninguna. Su carácter es la causa y el efecto de sus creencias. Espíritu recto y lleno de virtudes, tiene derecho a erigir el bien en ley universal y a esperar una perfección hacia la cual camina con segura planta. La unidad de sus creencias arrastra consigo la unidad de su conducta, y ésta la de su carácter, que afecta una inmovilidad digna y serena. La facultad predominante del Sr. Azcárate es la voluntad. Su talento, con ser muy grande, es en relación a ella secundario. De ahí esa notoria lealtad y fidelidad del Sr. Azcárate en sus actos públicos y privados, señales evidentes de una naturaleza superior, pero en las cuales tanta parte tiene la voluntad como el instinto. Porque las virtudes de los hombres superiores no son movimientos involuntarios o inconscientes como en los oscuros; no son inocentes cono la violeta que exhala su perfume sin saberlo, sino que se conocen y se gobiernan. Los hombres superiores conocen y gobiernan sus virtudes, y las iluminan con su talento de tal modo, que atraen sobre ellas las miradas y provocan los juicios, sirviendo así de mayor ejemplo.

Posee el Sr. Azcárate una de las condiciones que más admiro en todo orador, a saber: el perfecto acuerdo entre su palabra y su pensamiento; la sinceridad. Si a alguno le parece extraña tal admiración, le advertiré que no es la sinceridad la cualidad más corriente entre los oradores; que son muchos los hipócritas y mucha la cizaña, y como oí a cierto clérigo –que no quiero nombrar por no ser pesado– cuesta gran trabajo separar al trigo de la cizaña después de la revolución de Setiembre. El señor Azcárate es el trigo más limpio que he conocido en esta materia. Dice lo que piensa; no todo, porque se necesita estar muy reñido con la piel para decirlo todo en estos tiempos, pero sí aquello que es compatible con un mediano sosiego. Consiste esto en que nuestro orador profesa cariño a las ideas y subordina a ellas los intereses. Ama la libertad, ama el derecho, y se constituye en apóstol suyo con todas las fuerzas de su entendimiento. Con el Sr. Azcárate me pasa una cosa, y es que en el orador, en el hombre público, en el pensador, admiro principalmente al hombre. El hombre es lo que más vale en el Sr. Azcárate, y esto le hace mucho honor. ¡Existen ya tan pocos hombres!

Los profundos estudios que viene haciendo sobre las ciencias sociales o políticas, unido a la seriedad de sus convicciones, han robustecido su pensamiento, tornándole en paladín famosa de la idea democrática. Cuando levanta su voz en pró o en contra de cualquiera institución, corre un estremecimiento de placer por los bancos de la izquierda, y se escucha un tenue rumor que va a la derecha diciendo: «Ahí está nuestro atleta; ¡dad con él en tierra si podéis!» No, no ha llegado al Ateneo quien pueda contrarrestar el empuje de este orador insigne. La fuerza de aquellos héroes legendarios que con sólo su brazo ponían en dispersión a miríadas de enemigos, se ha trasladado al cerebro del Sr. Azcárate, y su palabra candente y vigorosa es la maza de Martel o la espada de Bayardo que fulgura sin cesar sobre la cabeza de sus contrarios. Campeón invulnerable es al mismo tiempo, porque en su vida no existe ni una sombra de vacilación, sobre todo de aquella clase de vacilaciones que amargan a la conciencia. Su espíritu es un palacio de cristal por cuyos muros penetra la luz de un sol que no se acuesta jamás. ¡Cuántos hay que pareciendo todos de cristal tienen, sin embargo, al Sur o al Norte un muro de cal y canto por el cual no ven, ni oyen, ni entienden nada; el muro de alguna preocupación! El Sr. Azcárate vive sin preocupaciones: debe pasar una vida muy dulce. Cuando comparo al Sr. Azcárate con uno de esos robustos clérigos cuyos espesos carrillos y anchuroso abdomen van gritando a voz en cuello: «Hijos míos, nuestro reino es de este mundo,» opino que hay un ligero error en la distribución de las funciones sociales. Escuchad, no obstante, a ese clérigo, y os dirá que el Sr. Azcárate es un infame descreído, un ateo que tiene los demonios metidos en el cuerpo. ¿Y por qué? Porque el Sr. Azcárate profesa horror a las restricciones mentales, porque ama la sinceridad. ¡Ah! si todos los hombres expresaran lo que llevan en su corazón, ¡cuánto más valdría la sociedad! Decir en alta voz lo que se piensa es manifestarte digno del título de hombre. Amar la verdad es [767] un medio seguro de hacerse amar de ella. Amar y ser amado por la verdad, he aquí la dicha. El amor, la verdad, la caridad, hé aquí toda la religión.

La palabra del Sr. Azcárate se acomoda admirablemente a las exigencias de la idea que le anima. No tiene de ella tan gran copia como otros oradores; pero en cambio es vigorosa y precisa cual ninguna. Acaso carezca de flexibilidad y no sea tan elegante como apetecen por punto general nuestras Asambleas; pero es viva y está saturada de ciencia. Es una palabra jugosa, como las frutas más lozanas de la América, pero no tan dulce. Tiene la frescura y el aroma de la flor de los campos, aunque no ostenta los vividos colores de la que riega blanca mano entre las pintadas rejas de un balcón. En la discusión vibra como un dardo acerado y produce chispas cual si chocase con un pedernal. Es una palabra fragorosa como una montaña que se derrumba. Es una palabra que amedrenta, porque tiene chasquidos como el trueno. He visto un día al Sr. Perier en poder de nuestro orador como tierna gacela en las garras del león. Me hacía el mismo efecto que un caramillo contestando a un trueno. La lógica del Sr. Azcárate rugía sobre la cabeza del incauto conservador, mientras éste pasaba y repasaba con la mayor tranquilidad el bucólico instrumento por sus labios arrancándole muy dulces y prolongadas notas.

Era una verdadera sinfonía alemana. Por los clavos de Cristo, mi querido Sr. Perier, si usted no quiere que se turbe esa paz seráfica que su corazón disfruta, no vuelva jamás a entrar en lides con el Sr. Azcárate, que es un gigante. Y no me venga usted a recordar ahora que el mancebo David consiguió vencer a Goliat, que era otro gigante. David derribó a Goliat de una pedrada, y usted, dulcísimo Sr. Perier, es incapaz de tirar una pedrada a nadie.

El Sr. Azcárate es a la fecha presidente de la Sección de ciencias morales y políticas, y en este honroso cargo ha tenido ocasión de dar a conocer una firmeza, un tacto y una imparcialidad que deseamos ver imitadas por cuantos en adelante lleguen a ocupar el mismo sitial. Y cuenta que nuestro orador está como el que más enamorado de sus ideas y las defiende con exaltación; pero sabe anteponer la notoria rectitud de su carácter a las sugestiones de la pasión. Por todo esto, lo mismo que por sus altas dotes intelectuales, debe ser considerado, y de hecho lo es, como una de las figuras más simpáticas que hoy posee el Ateneo de Madrid.

Armando Palacio Valdés


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