Revista Europea
Madrid, 28 de enero de 1877
año IV, tomo IX
número 153, páginas 115-117

Armando Palacio Valdés

Apuntes críticos

El Self-government y la monarquía doctrinaria, por D. Gumersindo de Azcárate. – Cronicón científico popular, por D. Emilio Huelin. – Historia del derecho de Cataluña, Mallorca y Valencia, por D. Bienvenido Olivier. – Zorrilla en el Ateneo de Madrid

Todo el que se interese por el triunfo de las grandes ideas sobre las viejas y torpes preocupaciones, todo el que siga con amor y sobresalto los vacilantes, pero no interrumpidos pasos de nuestra cultura, no podrá menos de acompañar con el mismo interés y emoción el desarrollo de una inteligencia privilegiada que, nutriéndose con honrados propósitos y nobles ideales, marcha con decisión ardimiento por los senderos de la verdad. El desconsuelo que se apodera del espíritu cuando al mirar a su alrededor observa el rebajamiento moral de las inteligencias y de los corazones, cuando los ve con disgusto y repugnancia al servicio del sórdido interés o la malicia, se torna en ilusión y respiro cuando alcanza a contemplar uno de esos hombres que consagran un culto incondicional a la verdad y al honor. El nombre del Sr. Azcárate, por dicha para él, excita hoy en nuestra patria estos sentimientos de respeto y admiración que jamás ha dejado de tributar la humanidad a la ciencia, si ésta vive en ejemplar consorcio con la sinceridad y la alteza de miras. Por esta rozan, un nuevo libro que sale de su pluma no es acogido con recelo ni reserva, como suele acontecer con esas innumerables y frívolas producciones que cada día ven la luz sin méritos para ocupar un punto la atención del público, sino como el fruto sazonado de largos y reflexivos estudios.

El último libro del Sr. Azcárate versa sobre el mismo asunto que el tema discutido calorosamente en estos instantes por la sección de ciencias morales y políticas del Ateneo de Madrid. La única diferencia consiste en que el libro del Sr. Azcárate enuncia desde luego y con toda franqueza el problema que el tema del Ateneo oculta entre los pliegues de un estudio histórico. Aquí la Constitución inglesa sirve de punto de mira para el estudio de todas las cuestiones que entraña el derecho político moderno; allí estas cuestiones se presentan por su órden lógico, sirviendo únicamente la Constitución de Inglaterra como de punto de referencia para la comprobación práctica de las doctrinas que se exponen. Lo dicho basta para que se eche de ver que bajo el punto de vista del método, de la estrecha trabazón y dependencia de los términos, y de la claridad de las ideas, el trabajo del Sr. Azcárate lleva ventaja a los que se están efectuando en el Ateneo, aún cuando éstos le superen, por ser la obra de muchos y encontrados pensadores, en riqueza, movimiento y colorido. La forma del debate y el choque vigoroso de las doctrinas que de él se origina da por resultado muy a menudo el que las verdades se depuren y los errores aparezcan en toda su desnudez; ¡mas con cuánta frecuencia se extreman las ideas, se abandonan los verdaderos puntos cardinales de la cuestión para examinar tan sólo los detalles, se apela a las galas de la retórica para ocultar la miseria de la doctrina, y degenera la argumentación en pura sofistería!

El Sr. Azcárate no se extravía jamás del objeto que persigue. Aborda con resolución los problemas del derecho político como quien se encuentra seguro de deshacer las nieblas en que viven envueltos desde que sobre los principios simples y absolutos del antiguo régimen se alzó ese espíritu ecléctico cuya laboriosa urdimbre, de formas y combinaciones infinitas, aún sofoca el libre desarrollo de los códigos políticos modernos. El primer capítulo de su libro está consagrado a destruir, más que a destruir, a aventar, la famosa doctrina de los partidos legales e ilegales. La empresa de combatir esta deleznable y desdichada teoría no ofrece grandes dificultades: mas el Sr. Azcárate se da tan buena maña para despojarla del cortejo de sofismas que la protegen, que ya no puede quedar duda a nadie de su vergonzosa flaqueza.

A aquellos que confundiendo las sagradas instituciones cuya esencia no puede ser atacada, porque tiene un apoyo en la naturaleza humana, con las formas efímeras o estables que revisten dentro del desenvolvimiento histórico; a los que haciendo una ridícula y pretenciosa amalgama de los fundamentos irracionales aunque sencillos del pasado régimen con los principios infiltrados en la política moderna, sostienen la inmutabilidad de ciertas formas del poder, y a los que por virtud de estas premisas pretenden sustituir un despotismo doctrinario al más lógico y más franco del pasado, recomendamos la lectura de este capítulo, donde hallarán expuestos con lisura los funestos errores a que da lugar su concepción gubernamental.

Está consagrado el segundo capítulo al estudio de la forma de gobierno personal, distinguiendo en ella el autor dos matices distintos, el cesarismo y la monarquía doctrinaria. Deploramos con toda el alma que al tratar del primero se haya dejado arrastrar el Sr. Azcárate por su ardorosa pasión hacia la libertad, y descargue tan rudos y, a nuestro juicio, inmerecidos golpes sobre esta forma ocasional de gobierno. En la política, como ciencia histórico-filosófica, no es posible fijar la vista tan sólo en los principios desconociendo el valor de los hechos, antes por el contrario, precisa que el pensador examine cuidadosamente y pese con esmero la inmensa variedad de circunstancias y de situaciones que [116] en los pueblos se producen, antes de lanzar eterno anatema sobre una forma política que ha surgido y surgirá siempre como una tabla salvadora en el océano de las revoluciones. Establécese en este capítulo una diferencia que el autor no logra justificar, porque es arbitraria, entre dictadura y cesarismo, aceptando como buena la primera y condenando incondicionalmente al segundo. Ambos tienen para nosotros la misma esencia, y no los separa otra barrera que la del tiempo. El dictador se impone a una sociedad desquiciada y desgarrada por la lucha de los elementos que en ella coexisten: en este sentido no puede ser, como el Sr. Azcárate afirma, un mandatario de la sociedad, sino el representante de una idea, de la idea de la unidad. Si el dictador, después que ha devuelto el equilibrio a los opuestos elementos que combaten, lleva en su espíritu otra idea que la de orden y aspira a realizarla en su país, es cuando la sociedad le aclama César. Téngase bien presente que todo César ha comenzado por ser dictador, lo cual claramente significa que no existe entre uno y otro cargo la esencial diferencia que el autor establece. Con mayor acierto e imparcialidad examina el problema de la legitimidad de las revoluciones. Para el Sr. Azcárate sólo están justificadas cuando absolutamente faltan en un país las condiciones necesarias para que el hombre pueda realizar su destino. En este capítulo y en los restantes de la obra discurre su autor con tal precisión y madurez de juicio, que bastan para colocarlo entre los primeros pensadores, no sólo españoles sino extranjeros. El capítulo relativo al Jurado, por lo sobrio, por lo claro y por lo contundente, es acreedor a mención especialísima.

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El Sr. Huelin, que con la publicación de un Cronicón científico popular había emprendido hace ya algún tiempo la tarea de difundir en nuestro país los conocimientos científicos, ha ofrecido al público en estos días otro ensayo del mismo género. Sentimos no estar conformes con el ensayo ni con el género. Esta literatura, que pudiéramos llamar recopilada, no prueba ninguna pericia en el que a ella se consagra, y no aporta otros resultados que los de fomentar la pedantería. Iniciar a los profanos en todas las fases de la cultura moderna, llevarlos desde la contemplación atenta del insecto al estudio de la velocidad de los astros para introducirlos después en los talleres donde se laboran los artefactos de que se sirve la sociedad actual, no es obra digna de un verdadero sabio, teniendo presente, sobre todo, el inmenso progreso que alcanzan en este instante las ciencias que el autor denomina positivas. Limitárase con más modestia el Sr. Huelin a redactar un «Anuario científico,» donde se consignasen simplemente los acontecimientos más notables cumplidos en la esfera de la ciencia (y no con aires de enseñarlo fundadamente todo en breves páginas), y nadie podría, como ahora, calificar de descabellado su proyecto. Advertímosle, además, que si trata de vulgarizar la ciencia, es preciso que conceda menos precio a las obras de su ingenio, máxime cuando no habrá tenido necesidad de atormentarlo gran cosa para formar lo que él mismo denomina una compilación.

Otra de las producciones que recientemente han visto la luz pública es la Historia del derecho de Cataluña, Mallorca y Valencia, por D. Bienvenido Oliver. El tomo primero, con que el autor da comienzo a su publicación, comprende la historia crítica del Código de Tortosa, escrita con un conocimiento del derecho patrio antiguo, poco frecuente, por desgracia, entre los que hoy dedican sus talentos al foro. Obras como esta a que nos referimos, hace mucho tiempo que están reclamadas con urgencia por la ciencia jurídica española, a fin de que no se dé ya más el caso de que extrañas gentes vengan a desenterrar las glorias que jamás debiéramos haber puesto en olvido.

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Un suceso por extremo interesante tuvo lugar noches pasadas en el Ateneo de Madrid. Un ilustre poeta, quizá el más ilustre, y sin duda ninguna el más espontáneo de los que existen, alejado por algunos años de su patria, de esta patria cuyo radiante sol y diáfano ambiente, cuyo frescor y lozanía ha sabido reflejar con tanta maravilla en sus inmortales versos, aparecióse otra vez saludando con inspirados cantos a la numerosa concurrencia que se agrupaba en aquel recinto, ávida de contemplar de nuevo la figura de Zorrilla. Llegó el poeta a las riberas españolas sin que su prolongada estancia en extraños países hubiese conseguido llevar a su espíritu ni un átomo de cosmopolitismo. Llegó cantando las glorias, las tradiciones, los hermosos recuerdos de la patria, pero al mismo tiempo como un ser anacrónico, incomprensible en estos tiempos. Sus canciones dulces e inocentes en nada se asemejan a los vibrantes y ásperos sones que exhala la lira de hoy, herida por las congojas de la duda o por los gritos de la desesperación. Sus endechas, delicadas como el soplo de las auras en Abril, suaves como el cántico nocturno del ruiseñor, despertaban en nuestra alma los amables recuerdos de la infancia. ¡Quién no ha escuchado cuando niño de boca de sus padres algún verso de Zorrilla! ¡Quién no se ha conmovido adolescente con las peregrinas aventuras de los fantásticos personajes de sus leyendas! Pero al mismo tiempo no podíamos menos de observar la radical contradicción en que se halla [117] nuestro poeta con el tono adoptado por la musa de los tiempos actuales. Encerrado en su peculiar inspiración, como en valle solitario y frondoso donde no se escuchasen los medrosos quejidos del mar que lo circunda, sino sólo los trinos de las aves y los rumores del bosque, bajo un cielo siempre azul y trasparente, ha dejado pasar sobre sí en plácido deliquio la balumba de los años. Por eso sus canciones producen en nuestra escéptica juventud amarga sonrisa de lástima, porque son los ecos cadenciosos, que el viento trae en sus alas, de una fe y de un entusiasmo que ha mucho tiempo huyeron de los corazones.

Armando Palacio Valdés


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