Revista Europea
Madrid, 21 de marzo de 1875
año II, tomo IV
número 56, páginas 115-119

Boletín de las Asociaciones Científicas

Ateneo Científico y Literario

Sección de Literatura y Bellas Artes
13 de marzo de 1875

El realismo en el arte dramático

Los trabajos de esta importante sección, interrumpidos hace algún tiempo, acaban de reanudarse el día 13 con la discusión del tema «Ventajas e inconvenientes del realismo en el arte dramático, y con particularidad en el teatro contemporáneo,» tema cuyo debate inició, bajo la acertada presidencia del Sr. D. Juan Valera, el señor Montoro, en un discurso correcto, elegante y metódico, que puso de relieve sus notables condiciones de orador académico.

Empezó el Sr. Montoro manifestando que el estudio del realismo en el teatro no tiene una importancia pura y simplemente literaria. La trabazón y enlace, dijo, que guardan todos los elementos de la civilización, nos persuade desde luego a considerar en el realismo, que tan vigorosamente se apodera del teatro en algunos países, una manifestación del momento histórico en que vivimos. La crisis religiosa y la filosófica, los peligros y las tendencias que se advierten en el orden moral y dicen relación con la organización de las sociedades, la instabilidad de las instituciones y la inquietud de los espíritus, han formado sin duda el medio social en que nace el poeta realista y la obra de éste, hija de tal tiempo, acúselo o no gravemente, nos sirve de todas suertes para caracterizarlo.

Mas no consiste en esto sólo, a juicio del orador, la importancia del oportuno tema debido a la iniciativa de uno de los señores socios. Las cuestiones artísticas fueron siempre miradas con vivo interés por los pensadores y por todas las personas de mediana cultura, a quienes han ofrecido en todos los tiempos las creaciones del arte un manantial de nobles placeres y puras emociones. Esta seria atención con que deben ser considerados la naturaleza y el fin del arte, se ha generalizado en nuestro siglo de un modo extraordinario. Harto nos dicen en este sentido los museos, las galerías, los certámenes, las escuelas y las obras literarias que revelan en todos los países civilizados un honroso celo y un generoso entusiasmo altamente favorables a los progresos artísticos. No entendía, sin embargo, el orador que hubieran coincidido con el perfeccionamiento y abundancia de los medios materiales y externos que cuidadosamente detallaba, tan considerables adelantos del arte como por ventura se esperaban. Y preguntándose después si la influencia del desarrollo que en las artísticas aficiones advertía, se limitaba a determinar ciertas condiciones de vida para el artista y el arte mismo, declaraba francamente su opinión, manifestando que esa influencia se hace sentir sobre la sociedad en general. Las obras de arte dejan siempre en nosotros, nos decía, algo de ellas mismas. Mas no se retiene de ordinario la lección moral, sino la impresión que nos ha conmovido, la nota que ha vibrado con sonido tan dulce que no nos cansaríamos nunca de escucharlo. El precepto filosófico habla con noble y severo lenguaje, que a las veces exige esfuerzos muy costosos, mientras el arte obra siempre en nosotros como esas personas muy queridas a cuyos deseos nos rendimos fácilmente, porque disponen de una gran fascinación y un poderosísimo encanto.

El orador hacía notar después, que se necesitaba determinar el concepto del realismo para que pudieran versar sobre éste las consideraciones que se proponía expresar en su discurso. Entiende por realismo una doctrina opuesta al idealismo, y que considera la reproducción fiel y hasta minuciosa de la realidad que inmediatamente se percibe como fin del arte: doctrina que le parecía fundada sobre un erróneo concepto, y cuyos inconvenientes para la literatura dramática han de ser por fuerza muy graves y trascendentales, siendo en cambio muy contadas y relativas sus ventajas y un mero accidente histórico.

El destino del hombre es desarrollarse necesariamente; la ley de su naturaleza un perfeccionamiento que no debe cesar nunca. Debe esforzarse [116] el hombre por vencer las luchas y oposición que en su propio ser advierte, por conciliar los elementos y las potencias de sí mismo. La vida es lucha, contradicción y emancipación progresiva. En la esfera física, fuerzas contrarias que chocan y se combaten; en el orden moral, esa lucha y emancipación progresiva, manifestándose por medio de la libertad, cuya historia, como ha dicho Hegel, es la del mundo. Gasta el hombre sus fuerzas en la vida real, buscándola satisfacción de sus necesidades físicas; en el estudio, investigando las leyes que rigen al universo; en la vida social, pugnando por realizar sus concepciones y un ideal de justicia que le enamora. Sólo le es dado alcanzar, en estos afanes, limitados goces con bienestar imperfectísimo, y obrar una parcial consecución de los fines que se propone. Y cuando su voluntad se estrella, por decirlo así, en los obstáculos que le opone la impura realidad, se reconcentra en sí mismo y se levanta en el fondo de su alma una aspiración nueva hasta entonces sentida, una necesidad nueva hasta entonces experimentada, que lo lleva a la sublime esfera en que las contradicciones vienen a resolverse en magnífica armonía y acabada conformidad. Necesidad y aspiración tan profundas, sólo pueden satisfacerse por medio del arte, la religión y la filosofía.

¿Cuál es la misión del arte? El orador entiende que esta misión se cumple cuando el arte nos da la contemplación de lo infinito bajo formas sensibles. Llamado a representar lo bello, que es la unidad de los dos principios de la existencia, la ley de los seres y su manifestación, la esencia y la forma, el arte debe ofrecernos una imagen de esta armonía. Y no se diga que considerándolo de este modo, pierde su posición independiente de las dos esferas, religiosa y filosófica, a que también aludió. Mostrándonos el arte la verdad, bajo formas sensibles, por esto mismo se determina y distingue muy claramente. La misma necesidad de que él ha nacido, hace que se reconcentre el espíritu más profundamente dentro de sí mismo y contemple la verdad en la intimidad de la conciencia; por donde se ve que la religión aparece colocándose desde luego por cima del arte, y trasportando al fondo del alma lo que aquél nos muestra en el mundo exterior. Hablando a su vez la filosofía directamente a la razón, hace que la inteligencia se eleve por sí misma hasta esa verdad que, como representación sensible, aparece en el arte, y como sentimiento, en la religión.

Hacía el orador que se notara cuan diferentes son los criterios más conocidos, y la opinión que estaba exponiendo sobre el fin del arte. Tres son, a su juicio, las principales teorías que difieren de la que profesa: las de la imitación, la expresión y el perfeccionamiento moral. Hizo el examen de éstas, y trató de refutarlas en breves consideraciones; insistiendo sobre todo en combatir las dos últimas, que siendo incompletas y no abrazando toda la vida del arte, se completan luego para determinar (en toda la extensión de éste) ese erróneo concepto del arte que se denomina realismo.

No debe ser el arte quien aleccione para el cumplimiento del bien, pues no debe darnos la lección sino la emoción estética, la abstracción sino la belleza. Si es verdad que existe una eterna e íntima armonía entre el arte y la moral, como entre el arte y la religión, no dejan de ser por eso formas esencialmente diversas de la verdad. Cada una tiene naturaleza, fin y procedimientos particulares.

No debe ser indiferente para el artista el fondo de la expresión; no debe mirar con indiferencia inconcebible que este fondo esté constituido por la verdad y por el bien, o por sus contrarios, pues el mal, el error, lo feo, en general, deben de ser en la obra de arte como lo son realmente, términos negativos llamados a definir por la contradicción, ley del pensamiento y del ser, la verdad, el bien, la belleza. Arte que no alcance en sus obras una glorificación de éstos, es un arte sin vida.

Ni debe ser la imitación servil la norma del artista. Este trabajo no es digno del espíritu que no tiene por misión la copia servil sino la libre creación. Además la copia, por buena y extremada que se alcance, no puede menos de ser inferior a la realidad, y la imitación es criterio que sólo puede aplicarse a la escultura y a la pintura, mas no a la arquitectura, ni a la música, ni a la poesía, a no ser en su forma más prosaica, el poema descriptivo. Este inconveniente con que tropieza el realismo, propiamente dicho, se ha querido subsanar con el punto de vista que caracteriza al criterio de la expresión, cuyo defecto, o mejor dicho, cuyo error fundamental, atacaba también en su discurso el Sr. Montoro.

Aunque esta serie de consideraciones críticas que acabamos de extractar brevísimamente, declaraban desde luego su pensamiento, creyó conveniente el orador amplificarlas algún tanto, y así lo hizo, manifestando que, a su juicio, lo bello debe ser considerado en tres momentos: metafísicamente, o sea en la idea, en la naturaleza y en el ideal, o sea en el arte. Extendióse en algunas consideraciones ajustadas a la doctrina filosófica que se conoce con el nombre de idealismo absoluto, y que está unida indisolublemente con la memoria de Hegel; consideraciones en las cuales desarrolló las opiniones que profesa acerca de los tres momentos de la división que había formulado. Considerando lo bello abstractamente y en la idea, dijo que es la esencia o íntima sustancia de las cosas, la verdad manifestándose a los sentidos, expresada bajo formas sensibles, o en otros términos, la manifestación sensible de la idea; definición hegeliana que defendió en algunas frases. Dijo además que lo bello en su idea es infinito y libre. Considerándolo en la naturaleza, sostuvo que consiste en la manifestación del principio que se desarrolla en la materia, y después de manifestar que el carácter esencial de lo bello en esta esfera es la unidad en un sentido que le permitió extenderse un momento en ciertas explicaciones, hizo resaltar las imperfecciones con que se acompaña lo bello en el mundo físico. Manifestó después que aparece la belleza en el ideal, o sea en el arte, con un grado de perfección superior a lo real; pero insistió en que no se le debe considerar como opuesto de lo real, sino como lo real idealizado, glorificado, expresando fielmente la idea; insistiendo también en que verdaderamente resplandece ese ideal en el espíritu, o sea cuando alcanzando el alma plena conciencia de sí, muéstrase en el pleno goce de sus facultades con vida y libertad enteras, con sus grandes concepciones, con sus sentimientos más levantados, con sus pasiones más nobles y avasalladoras.

No se debe prescindir, a su juicio, de la realidad que se siente: el arte debe apoderarse de ella, [117] rehaciéndola y ajustándola a más perfecto tipo, llegando a la íntima armonía, a la revelación que se emplea en la forma total, a la idea, en una pura contemplación y por medio de la sensibilidad. En la poesía, punto culminante del arte, ha de esforzarse ésta, más que nunca, en mostrar la alianza de lo individual y lo general, de la esencia y de la forma. En medio de los accidentes de la imperecedera lucha, que al fin y al cabo constituye la vida toda, no encuentra un tipo individual que le ofrezca formas bastante puras, y crea un ideal vivo que aparece en el fondo de su obra, personificando cumplidamente una gran idea, un noble sentimiento, una pasión avasalladora y prepotente. Que no basta considerar abstractamente este ideal, que se debe estudiarlo en las formas que cada una de las artes particulares emplea para su expresión, es también una observación que hizo el orador. Breves consideraciones adujo sobre las formas en que el ideal se nos muestra, y sólo recordaremos que, al ocuparse de cómo se expresa en el círculo de la vida humana, lo hace consistir en el triunfo de los principios eternos que en nuestra naturaleza se manifiestan, como también en la familia, la moral, el estado, &c. Fijándose en que al aparecer el ideal en esta esfera necesita para su desarrollo la forma de una acción, hizo notar que sólo es dado a la poesía dramática el expresarla en sus fases sucesivas, y determinó, como caracteres esenciales de dicha acción, los tres que siguen: una forma social en que pueda desenvolverse, observando que debe ser favorable al desarrollo de las figuras ideales; una situación que haga nacer el conflicto, la lucha de principios y personajes, divididos por sus ideas, pasiones, caracteres, intereses, y en la cual consista el problema del arte en hacer que reaparezca la armonía en el desenlace, y por último, una acción propiamente tal con sus momentos esenciales, principio, medio y fin. Algunas observaciones sobre estas tres condiciones esenciales de la acción, sobre el error de considerar al mal por sí mismo como susceptible de belleza, y sobre la necesidad de que los caracteres sean firmes y sostenidos, completaron esta parte del discurso que en esta reseña se extracta. Manifestó entonces el orador que creía haber hecho una impugnación teórica del realismo, fundada por una parte en la crítica de las teorías en que está basado, y además por la exposición y defensa de los principios que juzga más ciertos en materias de arte. Entró después a considerar la aparición histórica del teatro realista, y lo veía nacer en el seno del romanticismo, pues como hizo notar el malogrado Fígaro en sus celebrados artículos, tuvo aquél dos aspectos, el que representa Víctor Hugo, y aquel otro más humano y de actualidad que representó Dumas. Empujaban al teatro en estas direcciones el mismo espíritu de espontaneidad y original impulso que desterró en buen hora la preponderante influencia del pseudo-clasicismo, preconizado por Boileau y La Harpe, y cuya invasión en todas las naciones describió brevemente el Sr. Montoro: la tendencia a la crítica, al mismo mal de la duda y cierto desencanto que convirtieron las miradas del poeta a lo sensible con marcada predilección, a los detalles y a las luchas todas de la vida, sin más levantado fin que su exacta reproducción.

Atacó, por último, esas manifestaciones del realismo que han producido una especie de teatro jurídico y político, que con frecuencia nos ofrece sus prosaicas creaciones; ese enamoramiento del mal como base de su acción dramática, esa secreta predilección por los vicios como fuente del dramático interés, y ese insulso diálogo que se limita a transcribir servilmente el lenguaje convencional y pintoresco de las diferentes clases sociales. Después de ampliar con algunas reflexiones estos juicios, terminó recordando que Larra, aunque favoreció de algún modo al realismo con su talento, presintió sin duda el término de este viaje, que se hacía emprender al arte, cuando dijo que el teatro se moría, no sólo en España, sino en todas partes, profecía que no aceptaba el Sr. Montoro, aunque entendía, que si se persevera en la dirección que estaban combatiendo, no sería difícil que se cumpliera para tan extraviadas gentes ese siniestro pronóstico. Que no abandone el arte las vías en que alcanzó sus más gloriosos triunfos si quiere evitar un porvenir tan desdichado y rivalizar ahora en obras dignas de la fama con los períodos más brillantes de su historia.»

Terminado el discurso del Sr. Montoro, que la sección acogió con repetidos aplausos, el señor Valera concedió la palabra al Sr. Nieto, que figuraba en la lista de los que habían de tomar parte en el debate.

El Sr. Nieto manifestó el deseo de que se le reservara exponer su pensamiento en otra sesión, ruego que fundaba en legítimas conveniencias del debate.

El Sr. Valera la otorgó entonces al Sr. Calavia. Comenzó éste por exponer cuál era el concepto común que todos tenemos generalmente formado del realismo, y cuál era, propiamente hablando, el sentido histórico de esta palabra en la época contemporánea. Mostró luego, y mediante el ejemplo de los hechos diarios, que a pesar del carácter sensualista y materialista que el realismo encarna por necesidad en el arte, éste, sensualista y materialista en el fondo, tendía en cierto modo a espiritualizar la materia, convirtiéndola al menos en instrumento de una voluptuosidad refinada y de un epicureismo lo menos repugnante posible en sus apariencias, si bien conservando siembre el temperamento positivista que lo constituye.

Penetrando luego en las causas históricas que habían determinado su aparición, el Sr. Calavia dijo: que estas causas eran más hondas de lo que comúnmente suele pensarse; que su principal influencia no era simplemente debida a la influencia mayor o menor que hayan podido ejercer en la historia estas o aquellas individualidades ilustres, sino al poder irresistible de los grandes acontecimientos, y a las corrientes y direcciones generales de la humanidad en épocas determinadas, que todo lo mueven, todo lo agitan y a todo imprimen una marcha tan decisiva como irresistible.

El realismo en el arte, decía el señor Calavia, es el individualismo en la esfera social, el positivismo en la esfera de la filosofía, el escepticismo individualista en la esfera de la religión, el doctrinarismo, en fin, en otra esfera más candente y más abrasada, que no quiero nombrar. Ahora bien, si la vida entera ha penetrado en estas vías, si cada cual no vive de otro modo que como piensa su negocio o siente su conveniencia, ¿cómo en [118] el arte se ha de expresar un sentido diferente? El arte, como la ciencia, como la economía, como todas las relaciones de la vida humana, se hacen siempre, según los tiempos que corren, según los intereses que palpitan, según las ideas que se cotizan, según los móviles que guían las aspiraciones del siglo en que se ha nacido, y de las tradiciones que de más o menos largo tiempo vienen educando a las sociedades y a los hombres. Es evidente que desde el siglo XV, sobre todo, se viene acentuando irresistiblemente una crisis profunda, y que todo, absolutamente todo, se halla profundamente perturbado y fuera de asiento. Todos nos agitamos hoy con un desasosiego cada vez más acentuado, y llevamos en la mente, sin solución definitiva, los problemas fundamentales de la vida entera; nadie sabe lo que piensa en religión, ni lo que debe pensar en el orden científico, ni lo que le es dado sentir en la esfera del arte; vivimos, en fin, sin ideal de vida, porque muertos irresistiblemente el ideal clásico del mundo antiguo, y oscurecido y ya eclipsado necesariamente el ideal romántico de la Edad Media, no hacemos más que vegetar, ora recordando con más o menos encanto el romanticismo que ha sido nuestra próxima vida pasada, ora reverdeciendo por obra y gracia de una erudición tan fría como exenta de animación y colorido, el clasicismo, al cual tributamos una admiración más o menos justa o exagerada.

Pero el ideal y los ideales que tienen su fuente de producción en la naturaleza humana, y por consiguiente en la conciencia y en la razón a ésta presente, no son la obra ni el resultado del poder creador del artista; los tiempos, los acontecimientos, los intereses y las cosas, van acaparando los materiales; y cuando suena la hora oportuna, y cuando llega el momento adecuado, entonces y sólo entonces es cuando aparece el poeta de la Epopeya, que formula con plena y entera unidad de sentido las bases constitutivas de la vida, y por consiguiente, dentro de éstas, las leyes fundamentales y determinantes del arte.

Homero escribe su Epopeya inmortal dos siglos después que han vivido los héroes de su acción dramática; y la Edad Media llevaba ya cumplida una buena parte de su obra, cuando el poeta florentino aparece para formularla y definirla en su eterno poema. Por eso se nota, que cuando estas formulas han aparecido, y por consiguiente, cuando el ideal de una edad histórica ha dicho su palabra definitiva, entonces el arte, moviéndose libremente dentro de esta pauta reguladora y de este universal protagonista, encuentra servidores ilustres que en el mundo clásico se llaman Esquilo, Sófocles y Eurípides; y en el ideal romántico, se denominan Lope de Vega, Calderón y Moreto.

Ahora bien; si en los tiempos que corren carecemos de ideal, de protagonista, de unidad común, de principio universal de vida, ¿cómo hemos de tener arte propio y propiamente definido? Viviendo a la ventura, el artista contemporáneo no hace más que reproducir, según su genialidad personal, los gustos de la época y las aficiones de su público. Escéptico como éste, no deja en sus obras otra cosa que el rastro pasajero y fugitivo de las impresiones en moda y de las aficiones en alza, y por eso es por lo que, aun tendiendo todos a salir de este estado asfixiador por irresistible necesidad y por la experiencia diaria del desencanto doloroso que nos produce su espectáculo, volvemos, sin embargo, a recaer en él y continuamos envueltos en ese realismo pernicioso que nos molesta agradándonos momentáneamente, y que nos seduce por un lado para dejarnos luego abrumados con el sentimiento doloroso de su vacío. Aspirar lentamente a salir de este estado, es, y debe ser, según piensa el Sr. Calavia, la misión actual del arte, dando con esta conclusión fin a su discurso.

Tal es, en compendiado resumen, lo que expuso el señor Calavia, demostrando la profundidad de sus juicios y la extensión de sus conocimientos, que ya antes de ahora le han hecho acreedor a un nombre distinguido en la república de las letras. La sección, que le había escuchado con gusto, aplaudió al final repetidamente.

Atendiendo a lo avanzado de la hora, el señor presidente suspendió el debate para continuarlo en la sesión inmediata, procediendo antes de terminar ésta, a resolver sobre la índole y forma de los trabajos que llevará a cabo la sección para el mejor desempeño de su objeto. A este fin habíanse presentado a la mesa varias proposiciones. En una de ellas se pedía que, a más de las sesiones ordinarias de la sección, se reuniera ésta en tertulia literaria un día todas las semanas, a fin de escuchar la lectura de los trabajos que pudieran ser presentados con ese propósito.

El Sr. Pacheco hizo presente la conveniencia de que en estas «Tertulias» se dé cuenta por los socios que deseen hacerlo, de las obras que se publiquen o hayan visto recientemente la luz en nuestro país o fuera de él; en favor de este pensamiento, milita la costumbre de otros países y de corporaciones literarias respetables, a más de las ventajas que ha de producir el que sea así posible apreciar con mayor exactitud las variadas fases que en la actualidad presenta el movimiento científico y literario de Europa.

Después de un ligero debate y de algunas discretas observaciones del Sr. Canalejas, se convino en lo que proponía el Sr. Pacheco. Hablóse también de la oportunidad de inaugurar en el Ateneo una serie de conferencias públicas científico literarias, con la colaboración de nuestros primeros oradores, y encaminadas a exponer de un modo breve el estado de los problemas que en estos momentos preocupan al mundo intelectual. Nada se decidió acerca de esto por ser el asunto de la competencia de la Junta de Gobierno, que parece animada de excelentes deseos respecto de él.

Por último, la sesión se levantó a las once y media reinando entre todos los socios un excelente espíritu, que nos hace creer serán multiplicados y fecundos los trabajos literarios del Ateneo. Para la sesión próxima tienen pedida la palabra los señores Canalejas, Nieto, Alcalá Galiano, López Iriarte, y otros que no recordamos.

En la primera Tertulia literaria que se verifique, que se anunciará oportunamente, usarán de la palabra:

El Sr. Perojo, sobre las Cartas inéditas de Enrique Heine, reciente publicación alemana llamada a despertar un grandísimo interés en los admiradores del ilustre poeta;

El Sr. Pacheco, sobre la Literatura inglesa contemporánea de Odysse-Barot; [119]

El Sr. Galvete, sobre los Escritos religiosos de Mr. Gladstone.

Otros socios además, preparan, según nuestras noticias, curiosísimos trabajos para esta sección, de lo que sinceramente nos felicitamos.

16 Marzo.

* * *

Sociedad española de Historia Natural

3 de marzo de 1875

Abierta la sesión, bajo la presidencia de D. Manuel Abeleira, se admitieron siete socios y se hicieron cuatro nuevas propuestas.

Se aprobó el dictamen de la Junta Directiva, desechando la proposición verbal del Sr. Garrido sobre establecer relaciones con la Reale Associazione dei Benemeriti Italiani, de Palermo.

El Sr. Jiménez de la Espada leyó una noticia biográfica del Sr. D. Patricio Paz y Membiela, trabajo que pasó a la Comisión de publicación.

El Sr. Pérez Arcas leyó en extracto un artículo acompañado de dibujos, remitido de Valencia por el señor Cisternas, sobre una nueva especie de pez, el Ammodytes terebraus, cuyo artículo pasó a la Comisión de publicación.

El Sr. Martín de Argenta entregó una noticia necrológica de D. Quintín Chiarloni, escrita por D. Joaquín Olmedilla, y que la Sociedad acordó pasara a la Comisión de publicación.

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