El Pensamiento Español. Edición semanal
Madrid, sábado 22 de junio de 1867
tomo I, número 25
páginas 397-398

Miguel Cruz Ochoa de Zabalegui

Rumores sobre la reunión
de un próximo concilio ecuménico

Continúa anunciándose la probabilidad de que a la invitación que el Soberano Pontífice ha dirigido a todos los Obispos del mundo católico, con el objeto de solemnizar el décimo octavo aniversario secular de la gloriosa muerte de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, suceda la convocación instantánea de un Concilio ecuménico y que por lo tanto, la celebracion en Roma de un Concilio general siga a la reunion que ha de verificarse en la capital del orbe católico el día 29 del presente mes.

El periódico imperialista La France publica las noticias que ya conocen nuestros lectores, y ademas refiere la verosimilitud y extension de las mismas, expone la causa que, en su concepto, puede motivar la celebracion de un Concilio ecuménico y el objeto que este debe proponerse, indica la importancia de la reunion y designa el nombre de alguno de los Prelados que han debido influir en que se haga la convocatoria.

«La noticia, dice la France, de una reunion más o menos próxima de los representantes del catolicismo ha circulado ya en diferentes épocas, aunque hasta este día no había parecido confirmarse. Pero hoy se asegura que este gran pensamiento ha encontrado altas adhesiones en el seno de la Iglesia, y que su aplicacion no se hará esperar mucho tiempo.»

La causa de la celebracion mas o menos próxima de un concilio general cree la France que es «la gran transformacion que se ha apoderado en la sociedad desde el Concilio de Trento y las gravísimas cuestiones que han sido agitadas desde principios de este siglo entre los católicos de los diferentes países del mundo.»

No es menos explícito el diario francés sobre el objeto que se propondría el Concilio que sobre la causa que lo motiva. El objeto de la reunión es, para la France, resolver las cuestiones importantes que la controversia religiosa ha promovido en estos últimos tiempos sobre las relaciones de la Iglesia con la sociedad moderna, según dice en uno de los párrafos del artículo que estamos transcribiendo; o como afirma en otro, examinar y juzgar, como ha sucedido en épocas anteriores, las cuestiones que dividen el mundo religioso.

La reunion de los Obispos en Concilio general, dice el mismo periódico, hablando de la importancia que tiene este acontecimiento, «será uno de los sucesos más memorables del presente siglo,» y después de indicar que desde el Concilio de Trento no se ha celebrado ningún otro general, concluye asegurando que será una de esas reuniones solemnes que hacen época en la historia de la Iglesia.

En lo que con razón se muestra más reservado el periódico repetidamente citado, es en anunciar el nombre de algunos de los reverendos Prelados que trabajan porque se celebre el Concilio ecuménico. «Según los informes, habla la France, que recibimos y que creemos deber reproducir con reserva, la influencia de Mr. Dupanloup no debe ser estraña a esta resolución.»

No queremos hacernos cargo de las observaciones a que se presta el artículo que hemos analizado, tanto por razón del periódico que lo [398] publica como por las aserciones que contiene. La convocación de un Concilio general es asunto de la exclusiva competencia del Soberano Pontífice, y nadie mas que Él, a quien se confió el Primado de honor y de jurisdicción en la Iglesia, es el árbitro de decidir sobre la oportunidad de la ocasión para celebrarlo. Pero si las noticias que se nos han trasmitido por los periódicos le Monde y la France son exactas, si nuestro Santísimo Padre, el inmortal Pío IX, determina convocar un Concilio ecuménico, si la Santa Sede juzga que ha llegado el momento de celebrar tan solemne reunión, ¿qué católico verdadero no siente henchírsele el pecho de regocijo y latir su corazón a impulsos de acendrada fé? ¿Qué católico verdadero deja de arder en santa alegría al considerar que el liberalismo y el filosofismo, hijos legítimos del protestantismo, va a correr la suerte de todos los errores que le antecedieron? ¿quién que sienta abrasarse su alma en la llama viva de la fé no prorrumpirá en cánticos de alabanza al Altísimo al ver que los errores, modernos por la forma con que se encubren, pero antiguos por el principio en que descansan, que no es otro que la independencia de la razón, aunque no haya habido hasta Lutero quien expresamente lo proclamara, van a sufrir la misma pena que las herejías de los primeros tiempos, el cisma de Focio y el de Occidente, las invasiones del imperio en la Iglesia, conocidas con el nombre de investiduras, las herejías de los valdenses, albigenses, Pedro Juan, Begardos y Begininos, Wiclefistas, Husitanos y todos los demás predecesores de los Luteros y Calvinos y consiguientemente del protestantismo anatematizado en el Concilio de Trento?

Como ha sucedido siempre, los secuaces del error se creen hoy en posesión de la verdad y, despreciando la autoridad de quien es su augusto depositario en la tierra, siguen impertérritos profesando, predicando y practicando el anti-catolicismo que ellos tienen, o por lo menos quieren afectar que tienen por cosa independiente del Catolicismo, y nada opuesta a la doctrina de la Iglesia bajo el poco piadoso pretexto de que el progreso, el liberalismo y la civilización moderna no han sido condenados absolutamente por el Papa, y de que la proposición 80 de la Encíclica Quanta cura no los anatematiza más que en esta cantidad, o en aquellas proporciones, en todo o en parte, como si la cantidad, la proporción y otras circunstancias accidentales pudieran variar la esencia del error y del mal.

Esto, decimos, que acontece hoy, ha sucedido siempre, desde Arrio, que negaba la divinidad de Jesucristo y pretendía que la Iglesia admitiera su doctrina, hasta Lutero, que negó la autoridad de la Iglesia y erigió en regla de fé el libre examen, anunciando al mundo que no se proponía más que reformar la Iglesia. No necesitamos recordar a nuestros lectores lo que respectivamente acaeció en los Concilios de Nicea y de Trento al arrianismo y al protestantismo, y en todos los demás a cuantas herejías han trabajado al Catolicismo.

Pero ¿qué es lo que con los Concilios acaeció a todos los errores anteriores? Lo que a la cizaña que nace y crece en un campo: mientras se halla confundida con la miés vive lozana a expensas de la vida de la buena planta, que al lado de aquella permanece raquítica y en peligro de hacerse estéril; mas en cuanto la callosa mano del agricultor separa a ambas, la buena espiga crece robusta y florece y fructifica copiosamente, en tanto que su enemiga yace en el suelo tendida y agostada esperando a que la tierra la consuma o el fuego la reduzca a cenizas.

¿Necesitaremos añadir, en conclusión, que el agricultor del vasto campo de la doctrina es la Iglesia, que los errores modernos son hoy la maleza confundida con el Catolicismo, y que las definiciones dogmáticas y los anatemas son el deslinde del error y de la verdad, y con el deslinde la tala, y con la tala la extinción del primero, dentro, por supuesto, de la Iglesia?

Cruz Ochoa


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