Revista española de ambos mundos
Madrid, mayo 1854, número 7
 
tomo segundo
páginas 93-106

Facundo Goñi

De la filosofía de la historia
y sus principales escuelas

Artículo segundo.

Dejamos expuestos en el articulo anterior los sistemas de Bossuet y de Vico, fundadores de la ciencia denominada filosofía de la historia. Bossuet, como representante de la idea cristiana, despertó universalmente la atención de sus contemporáneos. Hoy es, y todavía su libro es tenido en la más alta estima y veneración, por mas que flaquee por su base como obra filosófica, según oportunamente indicamos. En cuanto a Vico, su destino como pensador fue menos lisonjero. Nunca llegó el tiempo para él. Cuando escribió, sus especulaciones fueron acogidas con desdén porque se adelantaban demasiado a su época: y cuando después se desenterraron, por decirlo así, y se estudiaron sus trabajos, ya era tarde: el espíritu humano había pasado por encima de ellos. Vico, pues, vivió y murió sin ser comprendido y sin alcanzar la satisfacción de influir en el mundo de las ideas. Tal es la suerte de los pensadores solitarios a quienes no es dado poner su pensamiento en comunicación con el pensamiento público. A pesar de todo, así como Bossuet es el jefe natural de todas las escuelas históricas fundadas en la revelación cristiana, así Vico no puede menos de ser reputado como fundador de las que derivan [94] de la conciencia íntima, de la razón del hombre. Por eso, Bossuet, partiendo de Dios; Vico, partiendo del hombre, y Herder, de quien vamos a ocuparnos, partiendo de la naturaleza física, o sea del mundo exterior, reasumen el triple origen de que arrancan respectivamente todas las filosofías humanas. En el presente artículo nos ocuparemos de Herder, Hegel, Schlegel y Bouchez llegando hasta nuestros días.

Herder vivió en la segunda mitad del siglo pasado. Nacido en Mohrungen en 1744, falleció en 1803. Teólogo de profesión, y aunque más literato que filósofo, consagró su vida a trabajos intelectuales, y escribió varias obras sobre la filosofía entonces dominante en Alemania. En su libro titulado Dios procuró explicar favorablemente el sistema de Espinosa; y en el titulado El entendimiento y la experiencia se propuso refutar la Crítica de la razón pura de Kant. Pero dejando a un lado estas producciones, debemos fijarnos en la que ha hecho célebre su nombre, y que se intitula Ideas sobre la filosofía de la historia de la humanidad. En esta obra se reveló toda la personalidad intelectual y moral de Herder, pues que acertó a encerrar en ella sus mejores y mas bellos pensamientos.

Herder, que como hemos insinuado, no era metafísico ni por organización ni por escuela, no había de partir al construir su sistema del yo, ó sea de la conciencia, base de las demás teorías alemanas. Herder, por el contrario, descollando por lo que se ha llamado buen sentido y por cierto sentimiento poético, dos caracteres que le distinguen particularmente, se limitó a apreciar sus impresiones y tomó al mundo externo como base de sus especulaciones. Así al contemplar la reunión de seres que constituyen el universo, ve en la multitud da astros y planetas que se mueven en el espacio una reunión de fuerzas jerárquicamente ordenadas, y en cuyo centro existe latente Dios. De manera que el universo a los ojos de Herder no es más que la manifestación exterior de la Providencia creadora. De la consideración del universo, en la cual descubre un espíritu pronunciado de panteísmo, desciende Herder a examinar el planeta en que vivimos, mirándolo primero: como parte integrante de la creación, subordinado a las influencias de los otros mundos, y en relaciones armónicas con ellos; segundo: como ser dotado de existencia propia, y desempeñando funciones especiales sin relación a los demás. Bajo este último punto de vista, Herder observa un conjunto de fuerzas jerárquicamente ordenadas desde el mineral al vegetal, y desde este al animal: y finalmente desde el último animal en la escala zoológica hasta el hombre. Llegando al hombre sienta Herder que es la creación más perfecta [95] de nuestro globo, que es el más completo reflejo de la Divinidad, pero que no por eso deja de formar parte del conjunto de la naturaleza, ni de funcionar con ella. Y siendo la humanidad una parte de la creación, siquiera sea la más perfecta, está sujeta a las leyes universales, y forzada a desenvolverse en el tiempo y en el espacio, al compás de los desarrollos de la naturaleza orgánica.

Esto supuesto, la historia de la humanidad es la historia del desarrollo general de las fuerzas orgánicas; y desde que aquella salió de las manos del Criador, estaba ya escrita su marcha en la naturaleza y formas del globo que iba a habitar y en los demás accidentes actuales o futuros del planeta. Desde luego, según Herder, la superficie de la tierra, con la cual se halla en contacto el hombre, así como las demás circunstancias físicas consiguientes, debían determinar su modo de ser. Para comprobarlo, Herder se detiene a explicar cómo influyen en el carácter de las sociedades las cordilleras de las montañas, la profundidad de los valles, las sinuosidades de los ríos, la feracidad o esterilidad de los terrenos, la tristeza o belleza risueña de los climas. Todos estos accidentes imprimen un sello indeleble en la fisonomía de los pueblos y determinan sus costumbres, leyes, creencias, gobiernos, y hasta los grados de imaginación y de sensibilidad. De aquí concluye que la misión de la humanidad, que forma parte del conjunto armónico y universal de los seres, representación de una naturaleza espiritual y creadora, la misión de la humanidad está escrita en su constitución orgánica y en la de los objetos materiales que la rodean y que influyen en sus movimientos. Sin embargo, Herder reconoce que la humanidad, siendo la creación más perfecta, como compuesto de una doble naturaleza espiritual y material, y sintiendo aspiraciones y necesidades infinitas que no pueden satisfacerse en su condición actual, presenta todas las probabilidades de ser una creación transitoria, un vínculo que une dos mundos, el material y el espiritual. El hombre, que es una inteligencia servida por órganos, pero inteligencia anterior á la constitución de estos órganos y posterior a su disolución, no puede realizar toda su vida en la tierra: es indispensable que cuando sus órganos materiales se hayan descompuesto, su espíritu continúe viviendo en otras regiones. Pero aun considerada la humanidad en sus funciones sobre el globo, tiene que pasar por grandes desarrollos en el porvenir. Perfectible por esencia, progresa sin cesar, y no se detendrá hasta que logre realizar el reinado de la razón y de la justicia, que es su destino. Mas sin embargo, no se crea que el progreso de la humanidad depende de sí propia, antes tiene que contar con el movimiento simultáneo de la creación. [96] Aparte de esto, el cristianismo, de que hoy están en posesión los pueblos, es según Herder, la expresión más pura, la fórmula más completa de los destinos humanos, y su doctrina es la que, uniendo a todos los hombres en una sola familia, realizará el fin a que están llamados.

Tal es en breves rasgos el sistema de Herder, de cuya rápida exposición se desprende lo falso de su principio. Herder no ve otro móvil de las acciones de la humanidad que las influencias exteriores, y este es un gravísimo error. Pues qué ¿el hombre no tiene iniciativa dentro de su propio ser? Si es influido por los objetos exteriores, ¿no es él mismo capaz de influir en ellos? ¿Es verdad por otra parte, como dice Herder, que los climas determinen de una manera incontrastable la suerte y el estado social de los pueblos? Ahí están las costas del Asia y las islas de la Grecia, teatro alternativamente de sociedades opulentas y poderosas o de pueblos degradados y envilecidos. Ahí están las costas de África en donde florecieron los Aníbales, Tertulianos y Agustinos, pobladas hoy, sin embargo, por aduares de bárbaros; y ahí está la historia ofreciendo hasta el infinito los ejemplos que desmienten esa influencia omnímoda que Herder atribuye a los climas. Sin duda los climas influyen en el hombre; pero el hombre los modifica a su vez. Por lo demás, y como hemos dicho, Herder, semipanteísta en sus especulaciones, es fatalista en la historia. Él cree firmemente en el progreso de la humanidad, y sin embargo, extingue la individualidad del hombre y de su especie al afirmar que este progreso no depende de nuestra actividad espontánea, no es un progreso procedente de los esfuerzos del espíritu humano, sino del desarrollo progresivo de la creación orgánica. Contando siempre con el tiempo, no admite desarrollo alguno aislado, y cree que todas las ideas y gérmenes de progreso se esterilizarán hasta que haya llegado la hora de su fecundación. Por donde se ve que Herder hace de la naturaleza un cauce profundo, por el cual debe marchar la humanidad sin desbordarse por las riberas, y sin poder acelerar ni detener su curso.

Considerados ahora en conjunto los tres grandes pensadores que han consagrado sus esfuerzos a la filosofía de la historia en los siglos XVII y XVIII: a saber, Bossuet, Vico y Herder, jefes todos tres de escuela, y creadores del pensamiento fundamental de la ciencia, observaremos que, si bien todos tres tienen de común el ser religiosos y cristianos, salvas diferencias secundarias, todos tres son fatalistas, al menos bajo el aspecto histórico y político. Cada uno de sus sistemas encierra una parte de la verdad; pero nada más que una parte. Para Bossuet, gobierna [97] directa y absolutamente (y personalmente, si puede decirse así) la Providencia. Y así como para Bossuet no hay más que el gobierno de la Providencia, para Vico no hay más que las leyes de la razón, y para Herder las leyes de la naturaleza. Decimos que encierran una parte de la verdad, porque ciertamente ninguno de los tres elementos que respectivamente sirven de base a sus sistemas, pueden desconocerse en la historia: pero por lo mismo no es sólo uno de ellos el que gobierna, sino los tres. Pues qué ¿el género humano, en su desarrollo según los designios de la Providencia, no tiene que luchar incesantemente con mil obstáculos que se interponen en su camino, no tiene que emplear infinitos esfuerzos intelectuales y materiales en la vía de su perfeccionamiento? ¿Y cuál es el agente de estos esfuerzos sino su voluntad y su libertad individual, su libertad que destruyen Bossuet y Vico, su voluntad que no admite Herder?

Nos hemos detenido especialmente en analizar los sistemas de los tres pensadores más culminantes sobre la historia del género humano, porque sus teorías son el fundamento de los trabajos hechos en la materia en la época contemporánea. Y en efecto, con alteraciones más o menos importantes, todos los pensadores modernos derivan, según sus diferentes escuelas, ya de Bossuet, ya de Vico, ya de Herder.

Réstanos, pues, hacer mérito con más o menos brevedad de los principales trabajos conocidos en los últimos tiempos. Dos escritores alemanes, jefes de dos escuelas diametralmente opuestas, han cultivado en este siglo la filosofía de la historia. El primero es Hegel, el segundo Federico Schlegel, católico y representante de esta filosofía. Nos ocuparemos de ellos, pasando después a apreciar la escuela liberal francesa.

Había Kant en Alemania, en la segunda mitad del siglo pasado, abierto una nueva era filosófica. Descendiente como pensador de Leibniz, su sistema fue continuado hasta nuestros días con diversas modificaciones por Fichte, Schelling y Hegel. Todos ellos aplicaron su principio filosófico a la historia; pero Hegel llevó más lejos y concretó mas en este punto su filosofía. Y sin embargo, Hegel, o sea su discípulo Gans, que se ha consagrado especialmente a este ramo, no descendió como fuera de desear a las amplificaciones y detalles necesarios para explicar la vida de la humanidad. Aun aparte de esto, para hacer una exposición medianamente inteligible de su sistema, nos sería forzoso principiar explicando su teoría filosófica, de la cual no es sino una aplicación su sistema histórico. En la imposibilidad, pues, de hacer un análisis claro, nos limitaremos a breves indicaciones, remitiendo a su obra original a aquellos de nuestros [98] lectores que quieran conocer más a fondo el pensamiento de Hegel. La historia, según este filósofo, no es sino la manifestación real del espíritu humano, reflejo de la Divinidad, o para adoptar sus propias palabras, es el desenvolvimiento universal del espíritu humano en el tiempo. Ahora bien; como en el sistema de Hegel todo se explica porque todo sucede por virtud del procedimiento sicológico de la mente humana, resulta según él que la historia es la realización de este procedimiento. Este, según Hegel, se reduce a cuatro momentos, a saber: tesis, antítesis, síntesis, y conciencia del espíritu sobre sí mismo, sobre su subjetividad y su objetividad. Siguiendo este procesus, según el neologismo alemán, hallamos al espíritu humano representado real y efectivamente en sus evoluciones por medio de la historia.

Ante todo Hegel determina y fija los pueblos que caen bajo la investigación histórica. El mundo se divide en antiguo y moderno. Del antiguo debe eliminarse el África, país que puede considerarse como no ocupado por el hombre inteligente. Del moderno debe separarse la América, porque es un renuevo de la Europa, y no tiene historia todavía. El único terreno de la historia es el Asia y la Europa. En estas dos partes del globo es donde únicamente debe buscarse la manifestación del espíritu humano en todos sus momentos. Estos momentos son cuatro y constituyen la división natural de la historia.

El primero representa el principio de la sustancialidad, en el cual el espíritu no reconoce la libertad general ni el derecho de los individuos, pues que uno solo es libre. Este primer momento lo hallamos en Oriente. Allá está la infancia de la humanidad. Todas las personalidades se refunden en una, a la cual se obedece, llámese patriarca o de otra manera. La moralidad no es de conciencia, no es subjetiva, sino exterior y objetiva, traducida en obediencia absoluta. La China con su eterna inmovilidad, la India, la Persia y hasta el Egipto, en que el espíritu llegó a su más alta manifestación sustancial, atestiguan este momento.

El segundo momento, o sea el segundo período de la historia, es el de la particularidad; durante el cual el espíritu humano se siente libre bajo la forma de particularización. Este período está representado por la Grecia, que en su joven poético Aquiles y en su joven efectivo Alejandro simboliza la juventud de la humanidad. Grecia comprendió al espíritu con separación de los objetos, pero sólo lo comprendió particularizado, fraccionado en pedazos, sin llegar a concebir su generalidad, cuyo vacío llenó con el fatum, el hado o destino. [99]

El tercer momento es la vuelta del espíritu sobre sí mismo, la oposición entre la subjetividad y la objetividad: y este se realiza en el mundo romano. Roma se eleva a una generalidad abstracta del espíritu que en este concepto se determina en el Estado, y como personalidad abstracta en el derecho. Roma representa la edad viril de la humanidad. El cuarto y último momento consiste en la unidad de la contradicción, es decir, en la comprensión o concepto verdadero del espíritu por sí mismo: y este se verifica en las naciones germánicas, cuya misión es la realización de la verdad absoluta, a que sirve de base el Cristianismo.

Nuestros lectores nos dispensarán si para no dejar incompleto el cuadro que trazamos, hemos querido perfilar al menos el sistema de Hegel, aun sabiendo que para los que no conozcan la teoría de este pensador, de nada servirá el descarnado esqueleto que acabamos de hacer de su teoría. Sin embargo, debemos notar que el sistema histórico de Hegel aun desenvuelto en todos sus detalles no deja de ser una abstracción metafísica, más comprensiva sin duda que las demás, pero de una vaguedad inmensa, e indeterminada en sus aplicaciones prácticas.

Por lo demás, el sistema de Hegel es el fatalismo más absoluto en la historia: siendo de notar que en su exposición se encuentran falseados y desnaturalizados los hechos a fin de ajustarlos al lecho de Procusto de la idea filosófica que profesó y que como hemos insinuado hizo extensiva a todos los órdenes de conocimientos. La teoría de Hegel, en suma, es una abstracción metafísica, de todo punto sistemática, e incapaz de ser aplicada a la realidad de la historia.

Su antagonista por principios, Federico Schlegel, publicó en 1828 en Viena sus lecciones sobre la filosofía de la historia. Cristiano y católico como Bossuet difiere de éste, sin embargo, en cuanto deja más campo al libre albedrío del hombre y de las sociedades como seres colectivos.

Según Schlegel, toda la filosofía se encierra en este pensamiento fundamental, que el hombre habiendo sido creado libre para escoger el bueno o el mal camino, y habiendo escogido el malo, degeneró de su naturaleza primitiva. Si el hombre, dice Schlegel, hubiese adoptado el bien, su libertad sería semejante a la de los espíritus angélicos, los cuales son libres, y sin embargo abrazan siempre lo bueno. Pero el hombre caído se convirtió en una reunión de dos voluntades, la una buena representación del genio divino, del buen genio, y la otra mala, representación del mal genio. Después de esto la misión impuesta a la humanidad, [100] la gran tarea que debe realizar sobre la tierra no es otra sino hacer que la voluntad buena prevalezca sobre la mala, que el principio del bien recobre su imperio absoluto sobre el principio del mal. Siendo esta para Schlegel la clave que resuelve los destinos históricos, el escritor alemán no admite que la perfectibilidad indefinida sea el atributo ni el fin de la especie humana, sino en cuanto tienda a su único objeto, es a saber, a obtener su rehabilitación moral. Salió perfecta de la mano de Dios, y delinquió después; y es forzoso ahora que con el auxilio de las revelaciones enviadas por la Providencia recobre su primitiva y perfecta naturaleza a costa de continuas luchas y trabajos. Por eso se arrastra desolada y llorosa por la tierra hasta que haya expiado su falta. En suma, la humanidad, que salió de Dios y que salió perfecta, está destinada a volver a Dios, y debe volver rehabilitada.

Según la idea de que parte Schlegel deben distinguirse en el gran drama de la historia cuatro elementos, de cuya lucha y combinación múltiple son producto todos los sucesos: primero la naturaleza, la fuerza ciega que obra sobre el hombre a su pesar, y limita o modifica sus acciones: segundo, el libre albedrío, la voluntad humana que es árbitra de obrar en un sentido o en otro, y que modifica los elementos exteriores como poder superior, el tercero y el cuarto elemento son el principio bueno y el malo, el buen genio y el mal genio. Tales son los poderes que después de la caída del hombre determinan la historia. Expuesto su principio y la manera con que la humanidad lucha, trata de comprobarlo por los hechos, y entra a pasar revista a los pueblos. Puestos los ojos en el Génesis, principia Schlegel con sus palabras. In principio creavit Deus coelum et terram, terra autem, erat inanis et vacua et tenebrae erant super faciem abissi, etc. Schlegel divide la historia en tres épocas diferentes y señaladas después de la caída de la raza humana, y son el reinado de la palabra, el de la fuerza y el de la luz. El primero es el de los pueblos antiguos dirigidos por la tradición que se transmitió verbalmente de unos en otros, porque la palabra es el beneficio mayor que Dios ha hecho al hombre, enalteciéndole con este honroso distintivo de nuestra especie. Pero la humanidad conducida en el primer período por la palabra se extravía y se pervierte porque deja de ser fecunda y saludable la que le había concedido Dios como blandón que guiase sus pasos, porque la palabra humana ha venido a hablarle al oído contra la palabra divina. En este estado, Dios emplea la fuerza, pero la fuerza se hace humana también, y se encarna sucesivamente en los persas, griegos y romanos. Entonces viene al mundo el [101] Mesías, y aparece el reinado de la luz. El mal genio ha pervertido antes de ahora la palabra y la fuerza, pero no desnaturalizará la luz. Estamos, pues, según Schlegel, en el período de la luz. La luz, sin embargo, se ve contrariada por otra luz humana, falsa y engañadora, que hace ver torcidamente los objetos; pero al fin la luz divina triunfará; triunfará el buen genio del malo, y se realizará la palabra cristiana que es la luz verdadera: lux vera quae iluminat omnen hominem venientem in hoc mundum, según San Juan, y su realización será la consumación de los siglos.

Por el precedente extracto puede juzgarse de la idea de Schlegel. Como quiera que sea ingenioso y atractivo su sistema, filosóficamente considerado, no puede resistir a un análisis serio y concienzudo. A pesar de todo, ya que no pueda asentirse al principio esencial de su teoría, no puede desconocerse el mérito de su concepción, y de la manera filosófica empleada en su desenvolvimiento.

Pasando a la escuela francesa encontramos una serie de escritores que durante el pasado y presente siglo se han continuado sin interrupción los unos a los otros. Tales son Boulanger, Turgot, Condorcet, de quien hicimos mérito debidamente, San Simón, que abrió la marcha en el siglo XIX, y Bouchez, que cierra este cuadro en los últimos años. Todos estos pensadores constituyen una sola familia, por decirlo así, puramente francesa, sin filiación alguna con escuelas extranjeras. Diremos algo de la teoría de Bouchez, recientemente expuesta en la obra titulada «Introducción a la ciencia de la historia».

Bouchez que principió a darse a conocer como filósofo sensualista, se convirtió después en cristiano demócrata. Así es que su sistema se resiente de falta de unidad, y a pesar suyo encierra elementos heterogéneos y de difícil o imposible conciliación.

Bouchez hace estribar su sistema en dos principios: 1.º que la humanidad progresa siempre por medio de revelaciones sucesivas: 2.º que la marcha de las sociedades en el período de cada revelación guarda perfecta analogía con el procedimiento de la naturaleza moral del hombre.

Bouchez para demostrar el progreso de la humanidad aduce pruebas a priori y a posteriori, tomadas las primeras de la analogía con la creación física, y las segundas de los hechos históricos. Como la naturaleza física adelanta por medio de nuevas y sucesivas creaciones siempre más perfectas las posteriores que las anteriores: así la naturaleza moral debe progresar por medio de revelaciones. Observamos que el globo terrestre [102] ha pasado por diversas fases en su constitución orgánica desde que era una reunión confusa de materia hasta que ha adquirido su forma actual: observamos que en cada uno de sus períodos distintos, ha hecho una creación superior respectivamente a la que la había precedido, siendo de notar que una creación no engendra a otra, sino que muere: y cada nueva creación es obra de la naturaleza. Ahora bien: en el mundo moral cada período es determinado por una nueva revelación de Dios, por una nueva idea que se cumple y realiza, dando lugar a otra más perfecta. Así en los sesenta siglos que cuenta el mundo, distinguimos a la humanidad progresando por medio de revelaciones sucesivas, más perfectas siempre las posteriores que las anteriores.

Estas revelaciones son cuatro, que representan cuatro impulsos distintos comunicados por Dios a la humanidad, a saber; las revelaciones hechas a Adán, a Abraham, a Moisés, y la hecha por medio de Jesucristo.

Esto ya supuesto, las sociedades en cada uno de los períodos de revelación caminan en virtud de una ley idéntica a la ley sicológica del individuo, dado que una asociación es un ser moral dolado de entendimiento y voluntad. Ahora bien: es innegable dice Bouchez, que en cada uno de los actos del individuo se distinguen tres momentos distintos: el primero el del sentimiento, aquel en que se concibe una idea que la razón por sí sola no hubiera podido inventar, es decir, el de la inspiración; el segundo el del raciocinio, en el cual la inteligencia se da cuenta de la idea concebida: y el tercero el de la ejecución, el de la realización de la idea. En suma, para obrar, es necesario que el hombre comience amando el fin de la acción, revistiéndolo con los colores que la imaginación le presta y apasionándose por él, porque no obraría si no se sintiese llevado por su atractivo. Una vez amado el fin de la acción, emplea el raciocinio para analizarle y excogitar los medios de realizarlo: y finalmente, amado el fin y conocidos los medios de obtenerlo, el hombre pasa a la realización exterior, que es el tercero y último período. Así, pues, sentimiento, pasión o deseo, raciocinio o cálculo, y ejecución, son las tres fases porque pasa toda acción humana, antes de consumarse.

La vida de la humanidad, en cada una de sus revelaciones, o lo que es lo mismo, en cada civilización, sigue esta ley sucesiva del acto individual. Una sociedad es la unión de varios individuos agrupados y adheridos moralmente por un fin común de actividad. Sino existiese este fin común, la sociedad no existiría, y el hecho de existir demuestra que una [103] idea y un sentimiento común domina en todos los asociados sobre los intereses y miras divergentes de cada uno. Esta idea que es sentimiento al mismo tiempo, y que lo es exclusivamente en el pueblo, vínculo que une a la sociedad, y que constituye su fin común de actividad, es la fuente de su moral y de su filosofía; en suma, el alma del cuerpo social.

A los tres períodos mencionados que recorre cada civilización, Bouchez los llama edades lógicas. La primera edad es la del sentimiento o impulso ciego hacia el fin, época en que domina el sacerdocio y en que las creencias religiosas se revelan en todas las esferas. La segunda es la época del raciocinio, del desarrollo científico, del predominio de los sabios. La tercera es la edad de la realización de los cambios sociales; el carácter dominante en esta época es el estudio de los hechos. La historia de Europa según Bouchez, o sea de la civilización cristiana, de la cuarta revelación presenta señalada su primera edad hasta el siglo XIII: la segunda hasta el XVIII: y actualmente nos hallamos en la tercera. ¿Cuál es su fin? Realizar prácticamente la idea cristiana.

Pero no siempre llega a consumarse en las sociedades, según Bouchez, el fin común de actividad. Los pueblos como los individuos dejan a veces incompleta su obra y abandonan su pensamiento primitivo, ya por causas externas como son las enfermedades o las guerras, ya por causas internas, por falta de perseverancia, por dejarse arrastrar de pasiones enervantes. Cuando los pueblos no se apartan de su primitivo designio adelantan sin interrupción, y llegan a realizar su fin: entonces las ciencias, las artes, la industria, reciben su savia y su vida del principio común. Pero a veces una sociedad se desvía del camino andado por sus mayores, antes de llegar a su objeto, lo cual sucede cuando prefiere los goces al deber, y el egoísmo a la abnegación; y en tales casos acelera fatalmente su ruina y su disolución tanto más ignominiosa cuanto que se verifica antes de llenar su objeto. Así acaban grandes Estados dividiéndose en pedazos, de los cuales, los que permanecen fieles a su principio y a su primitiva moral, llegan a realizarla particularmente. Esto sucedió a las colonias que las revoluciones egipcias lanzaron hacia el Asia y Europa, las cuales conservando los principios heredados de sus mayores, fundaron las brillantes ciudades helénicas que tan esplendorosamente se han distinguido en la historia; al paso que otros restos de aquel pueblo cayeron en la abyección y en la barbarie o fueron presa de dominaciones extrañas.

Tal es la idea de Bouchez, desenvuelta en su «Introducción a la [104] ciencia histórica». Bouchez, como hemos observado, comprende principios contradictorios. Por una parte aniquila la razón; por otra somete a ella las revelaciones. Además Bouchez no demuestra su sistema, se contenta con exponerlo como si debieran admitirse sin pruebas sus falsas, aunque ingeniosas divisiones históricas, y las gratuitas apreciaciones de cada período.

Tales son los principales sistemas sobre la filosofía de la historia, conocidos en Europa hasta nuestros días. Nosotros, al hacer la precedente exposición crítica, no hemos podido abrigar la pretensión de presentar un sistema propio en lugar de los sistemas analizados: mas, sin embargo, debemos terminar este estudio con algunas consideraciones que se desprenden de él naturalmente.

Desde luego creemos que en medio de los flancos vulnerables que todos los sistemas conocidos presentan, en medio de los errores de que adolecen unos, y del carácter incompleto y limitado que se observa en otros, no sólo son en sí mismos, y como producciones intelectuales, un síntoma elocuente de los adelantamientos de la inteligencia en los últimos siglos, sino que aun bajo el punto de vista de sus resultados, lejos de ser inútiles e infecundos, han prestado servicios inmensos a las ciencias morales, y comunicado un poderoso impulso a las ideas. Y luego, tal es hoy la dirección de los espíritus, que en nuestros días ningún pensador puede prescindir de interrogar a la historia antes de dar cabida en su entendimiento a una idea que considere beneficiosa a sus semejantes. Necesitamos volver los ojos al camino que queda tras de nosotros: necesitamos preguntarnos qué hemos sido, y por qué vías hemos atravesado, a fin de juzgar de nuestra situación presente y caminar con paso más seguro por la senda del porvenir. Pero fuerza es reconocer que la ciencia no está formada ni reúne aun las condiciones de tal, al menos con relación a la historia universal del género humano. Por eso debe distinguirse la vida de las naciones individualmente consideradas de la vida universal de la especie humana. No es difícil en vista de los hechos que enseña la historia apreciar y señalar los diferentes grados porque pasa una asociación determinada en los diversos periodos de su edad: y en este limitado círculo es donde puede tener más aplicaciones la teoría de Vico, así como el método o procedimiento expuesto por Bouchez. Pero cuando se trata de explicar la vida universal de la especie humana, necesariamente han de hallarse vacíos que no pueden llenarse sino por conjeturas. La ciencia carece de datos en que apoyarse firme y sólidamente. El mundo no ha vivido bastante para que de su pasado, breve y aun en [105] gran parte caliginoso, pueda deducirse lógica y seguramente su porvenir desconocido.

Sin embargo, lo que de una manera evidente se desprende de la historia, lo que ninguno de los pensadores niega ni desconoce, cualquiera que sea el punto bajo el que la mire, es el hecho incuestionable del progreso realizado en el seno de la humanidad a través de los pueblos y de las edades. Verdad es que este progreso es lento y tardío con relación a la vida individual del hombre tan fugaz y pasajera: pero la existencia del individuo es un instante en la vida de la humanidad. Nosotros moriremos mañana, y con nosotros se hundirá en los sepulcros la generación contemporánea: y sin embargo, la especie a que pertenecemos continuará marchando por la tierra, a través de lágrimas y tribulaciones sin duda, pero progresando según su destino.

La humanidad, repelimos, ha mejorado en su condición moral, social y material. Del mundo oriental al mundo griego, del griego al romano, de este al europeo, es preciso cerrar los ojos a la luz para no ver los adelantamientos sucesivos realizados en todas las esferas a que se extiende la actividad humana. Vérnosla en el orden moral atravesando por caos tenebrosos de errores y de preocupaciones, y avanzando siempre hacia una noción más pura de lo verdadero, de lo justo y de lo bello. Vérnosla en el orden social desde el estado de familias, tribus y castas pasando por la esclavitud y la servidumbre, y la opresión de la mujer, y acercándose cada día más a una organización social fundada sobre la fraternidad común. Vémosla en el orden material desde el tiempo en que estaba adherida, por decirlo así, a la naturaleza e identificada con ella, hasta que por una serie sucesiva de conquistas, ha logrado ponerla a su servicio.

Ciertamente que el hombre no alcanzará la felicidad en la tierra. Todos sus progresos no harán cambiar a su naturaleza. Nunca hallará el ideal que sueña, el infinito que ambiciona, el absoluto que busca. Sus gigantescas aspiraciones no pueden realizarse en el planeta en que vive: su alma no puede saciarse con la materia: pero la humanidad colectivamente llegará a desenvolverse en todas sus facultades, llegará a realizar tal cual es posible la idea de lo justo, de lo bueno y de lo bello que persigue: llegará a realizar en cuanto es posible la fraternidad y la igualdad predicada por el Cristianismo; llegará a enseñorearse de una manera completa del globo que habita dominando las fuerzas físicas; y constituyendo en suma una sola familia, según el ut omnes tinum sint de la Escritura.

Estas son las deducciones que sin temeridad creemos pueden hacerse, y que se desprenden del espectáculo de la historia. Llevadas más lejos las investigaciones, forzosamente han de encontrarse abismos insondables que son el secreto de la Providencia. La ciencia de la humanidad, a semejanza de la de los mundos siderales, puede señalar ciertos movimientos, puede fijar la aparición de ciertos cometas, y predecir determinados eclipses: pero hay espacios inmensos a que no alcanza la vista del hombre, y en donde se mueven astros y astros sin fin, para los cuales no hay cálculo posible, ni menos medida, ni paralaje.

Facundo Goñi.

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