Revista española de ambos mundos
Madrid, marzo 1854, número 5
 
tomo primero
páginas 613-625

Facundo Goñi

De la filosofía de la historia
y sus principales escuelas

Entre las ciencias morales cultivadas con predilección en los tiempos modernos, cuéntase señaladamente la filosofía de la historia, cuyas investigaciones tienen por objeto descubrir las causas y leyes de los fenómenos históricos, o sea el principio que preside a la vida de la humanidad.

La filosofía de la historia no existió como ciencia ni fue adivinada siquiera en los tiempos antiguos, tanto porque los pueblos, considerándose cada uno centro de los demás, no extendían su pensamiento fuera del estrecho círculo en que vivían, cuanto porque no teniendo tras sí bastante pasado, les era imposible elevarse a la concepción de un principio superior a las varias vicisitudes y mudanzas sociales.

Era necesario que la humanidad anduviese más camino, era preciso que la historia aumentase el registro mortuorio de pueblos y de naciones para que el hombre a la vista de este imponente espectáculo se diese a meditar sobre la causa de tantas alteraciones, y tratase de buscar a través de la incoherente multitud de los sucesos, una ley, y un principio que los explicase.

Así al despertar el espíritu humano después de la noche de la edad [614] media, al dirigir sus ojos sobre el inmenso drama que le presentaban los anales históricos, no pudo menos de interrogarse con curiosa inquietud, ¿qué significa ese cúmulo de ruinas amontonadas por los siglos? ¿Por qué han existido para desaparecer tantas sociedades florecientes, tantos poderosos imperios? ¿Qué misión han llenado sobre la tierra los pueblos del Oriente y después los pueblos griego y romano? ¿Serían todos estos hechos producidos por el acaso, y por un destino ciego, o serán la revelación de una ley desconocida y el resultado de un designio providencial? ¿No podrá hallarse un principio común, aunque latente, detrás de esta múltiple variedad ostensible?

Y luego, si en todas las esferas a que alcanza la limitada inteligencia humana descubrimos una ley o una causa, si el mundo material que se presenta a nuestra vista, no es más que la envoltura, por decirlo así, de otro mundo desconocido: si empleando un lenguaje más concreto, tanto en los espacios inmensos que descubre el ojo del hombre como en el reducido punto que individualmente ocupa, y así en las evoluciones de los sistemas planetarios como en la organización del insecto más microscópico se encuentra una ley determinando tan diversos fenómenos, ¿no existirá una ley para las funciones de la humanidad considerada colectivamente y para los pueblos que son sus miembros? ¿No existirá un principio determinando sus vicisitudes y regulando sus destinos? ¿O estará el género humano abandonado de la Providencia y caminando por la tierra como rebaño sin pastor que costea los bordes de un abismo?

Esta reflexión había de impulsar necesariamente al hombre en pos de una explicación de los destinos humanos, llegando a producir una serie de especulaciones que constituyen lo que ha venido a llamarse filosofía de la historia.

Pero fuerza es confesarlo: la ciencia es muy incompleta aún, y a pesar de los esfuerzos hechos en los últimos tiempos, no satisface a quien de buena fe la interroga, distando mucho todavía de resolver los problemas que lleva en su seno. No por eso iremos tan lejos como los partidarios de cierta escuela que niegan hasta su posibilidad, fundándose en que si bien conocemos la vida del género humano y sus pasos dados hasta aquí, no conocemos lo bastante para deducir la ley de su existencia: creemos, por el contrario, que el espacio andado por la humanidad es harto largo para que no sea de todo punto infructuoso interrogar al pasado: y nunca, en nuestro juicio, podrán calificarse de temerarios los esfuerzos empleados con tan noble fin.

Inútil fuera observar que la filosofía de la historia, al investigar los [615] destinos de la humanidad, no abarca el destino completo del individuo. Prescindiendo de la debatida cuestión sobre si el hombre vive para la sociedad o la sociedad para el hombre, es decir, sobre si el hombre debe ser absorbido por la sociedad para hacerla grande y opulenta, o el progreso social está destinado únicamente a perfeccionar al individuo, la verdad es que según la religión enseña y el sentimiento íntimo de nuestra conciencia nos lo dicta, el hombre tiene destinos ulteriores después de terminada su misión en la tierra, por lo cual ha dicho con mucha novedad un pensador distinguido que «nada individualiza al hombre tanto como la muerte». No es, pues, el destino ultra-mundano del hombre el objeto de la filosofía de la historia. Cualquiera que sea el fin encomendado por la Providencia al género humano colectivamente, el destello de la divinidad que en el hombre se refleja y que no ha nacido en la tierra buscará su región natural cuando la materia que anima haya vuelto a entrar en el polvo de que salió.

Supuestas las precedentes consideraciones, procuraremos examinar a grandes rasgos el origen y progresos de la filosofía de la historia, y el espíritu de las principales escuelas conocidas.

El origen de la filosofía de la historia, bajo el punto de vista de la filiación de las ideas, se encuentra en el cristianismo. El dogma de la unidad del género humano y de su procedencia de un padre común que está en los cielos, bastó por sí solo para elevar al hombre a la contemplación de la grandeza de nuestra especie. Esta idea estaba contenida en la súplica más conocida y vulgarmente usada por los cristianos en el Padrenuestro. Aquí el hombre habla solo, y sin embargo, habla a nombre de todos sus semejantes, a nombre de la gran familia humana.

Así se explica por qué los primeros gérmenes de la ciencia se hallan en las obras de San Agustín, señaladamente en sus Meditaciones y en la Ciudad de Dios. Allí se ve que San Agustín llegó a apercibirse de que el mundo podía ser conducido providencialmente desde las más remotas edades para venir a parar al cristianismo. Sin embargo, estas vagas observaciones de San Agustín, no tuvieron inmediato desarrollo, y fue preciso que después de la edad media brillase la luz en los entendimientos, para que en este, como en otros ramos del saber, se descubriesen nuevas vías, y se hiciesen nuevos progresos.

Señalado el origen y la fuente de la filosofía de la historia, entraremos a ocuparnos de la formación de esta ciencia, haciendo mérito de los talentos que le han cultivado en primera línea.

En este concepto, deberemos ocuparnos según el orden cronológico [616] de Bossuet, Vico, Herder, Schlegel y Hegel, sin dejar de mencionar a otros escritores contemporáneos de los citados, y que impulsaron la ciencia, aunque hayan brillado en segundo término. Principiaremos por Bossuet, el primero en el orden del tiempo y quizás en la jerarquía del talento.

Bossuet, el último padre de la iglesia, el pontífice de la Francia en su época, el que en el orden moral compartió el reinado del gran monarca Luis XIV; Bossuet ha hecho grande su memoria, y ha dejado tras sí una luminosa huella en su obra titulada: Discurso sobre la historia universal, para explicar la continuación de la religión y las mudanzas de los imperios. Y sin embargo, al escribir este trabajo, no tuvo la conciencia de que creaba una ciencia nueva o al menos de que echaba las bases para constituirla. Bossuet, sacerdote, y por lo mismo poseído del sentimiento de la verdad cristiana, fijó sus miradas en la historia, contempló la sucesión estrepitosa de los pueblos y naciones, y viendo descollar por encima de todas estas mudanzas a la religión católica, que a sus ojos eclipsaba todo, agrupó instintivamente en su derredor los demás sucesos históricos. «Todo lo que ha pasado, se dijo, ha sido subordinado a la idea providencial de conservar la religión de Dios antes de Jesucristo, y de propagarla después de su venida». Desde este punto de vista observa cómo pasan unos tras otros los reyes y los imperios, los unos para servir de vanguardia al Mesías prometido, los otros para servir de séquito al Mesías ya llegado. Bossuet sigue paralelamente desde el principio de las edades, por una parte las vicisitudes de la religión, y por otra, las vicisitudes de las sociedades. Considera y examina a la religión:

1.º Bajo la ley de la naturaleza y la de los patriarcas.

2.º Bajo Moisés y la ley escrita.

3.º Bajo David y los profetas.

4.º Después de la vuelta del cautiverio hasta Jesucristo, y

5.º Desde Jesucristo y bajo su nueva ley hasta nuestros días, siempre avanzando y perpetuándose en el mundo.

He aquí el hilo conductor que dirige a Bossuet en sus investigaciones, haciendo converger todos los hechos profanos a esta línea ideal que él se traza. Para Bossuet las revoluciones de los imperios y las mudanzas de los pueblos, han sido producidas por la mano misma de Dios, y encaminadas a un solo objeto, a la conservación de la religión verdadera.

Así dice: Dios cuando hubo necesidad de castigar a su pueblo se sirvió de los asirios y babilonios; se sirvió de los persas para restablecerle; [617] de Alejandro y sus primeros sucesores para protegerlo; de los romanos para sostener su libertad contra los reyes de la Siria que sólo pensaban en destruirlo. Cuando los judíos cometieron el crimen de crucificar al Salvador, los mismos romanos, antes sus protectores, los exterminaron, sirviendo de instrumento a la venganza divina. ¿Queréis saber, por qué se engrandeció Roma y se hizo el centro de todos los pueblos? Porque Dios la destinaba para ser el vehículo de su palabra y el medio más eficaz de propagar la buena nueva. Roma, es verdad, se ensangrentó desapiadada contra los primeros cristianos, pero entraba en los designios de la Providencia probar a los suyos con el fuego de la persecución. Sin embargo, este crimen de Roma no quedó impune, Dios la entregó a los bárbaros en castigo de sus atrocidades, y por haberse embriagado en la sangre de los mártires. Pero, cosa admirable, el pueblo bárbaro gravita sobre Roma como sobre una presa codiciada, y recibe de ella misma la religión, y le permite que sea la cabeza espiritual del mundo bajo la nueva ley. Véase de qué manera han servido los imperios al fomento de la religión.

Y todo esto, añade, había sido anunciado por los profetas. Daniel en sus visiones había profetizado la ruina de Babilonia , de los medos, de los persas, de Alejandro y de los griegos. Fue predicha la ruina de Nínive y las victorias del pueblo de Dios contra Antioco. Y por último fue profetizado el imperio de Jesucristo, el verdadero imperio , el imperio por excelencia, el único para quien no hay ruinas y que durará hasta la consumación de los siglos. «Ya ve vuestra alteza, exclama Bossuet dirigiéndose al delfín de Francia, que todos los imperios que han existido sobre la tierra, han concurrido por varios modos directos o indirectos al bien de la religión y a la gloria de Dios. Por eso vuestra alteza debe aprender que todas las cosas humanas no son sino emanaciones directas de la voluntad divina».

Tal es, sucintamente expuesto, el pensamiento de Bossuet. Y como se ve no puede negársele el mérito singular de haber sido el primero en comprender de una manera sintética y elevada la historia de la humanidad. Pero al mismo tiempo salta a la vista , y no necesita demostrarse, cuán lejos llevó la exageración de su principio. Según Bossuet, los pueblos obran movidos inmediatamente por la mano de Dios, así en sus acciones buenas, como en sus acciones malas. Fenelon formuló el sistema de Bossuet cuando dijo: «El hombre se agita y Dios lo lleva». Proposición inadmisible bajo el punto de vista del libre albedrío del individuo, y de la libertad de las sociedades. Por ventura ¿puede admitirse el principio [618] rígido y tirante de Bossuet, sin tener que negar la libertad de todo pueblo en sus determinaciones? ¿No tiene un pueblo previsión cuando obra el bien? ¿No tiene remordimientos cuando obra el mal? ¿No son dignas de recompensa las primeras acciones, como merecedoras de castigo las segundas? En cuanto al fin que Bossuet señala a la actividad de la especie humana en la tierra, tampoco puede demostrarse su teoría, a no ser violentando como él violentó la historia. Lo que queda en pie de la obra de Bossuet, es el carácter de majestad y de grandeza que imprimió a la historia convirtiéndola en un gigantesco drama cuyo protagonista es la humanidad; y la alta idea a que subordina su discurso en cuanto considera al género humano como una gran familia, hija de un mismo padre, y conducida por la tierra con una misión providencial. Esto es lo que de la obra de Bossuet ha quedado para adelantamiento de la ciencia y en provecho de la inteligencia humana.

Esta excesiva rigidez de su sistema produjo, andando el tiempo, y a favor de otras circunstancias, una reacción que se encargó de realizar la escuela enciclopedista, o sea la filosofía del siglo XVIII. La expresión de esta filosofía en la ciencia de la historia es el Ensayo sobre las costumbres de las naciones, de Voltaire, obra de escaso mérito y en la que se hermanan la falta de elevación de miras, y la pequeñez de crítica con la ignorancia de los hechos históricos. Voltaire considera la vida de la humanidad por un prisma demasiado estrecho. Cree que el estado salvaje fue el primitivo de la humanidad, considera al sentimiento religioso como una degradación o debilidad del espíritu, juzga la creencia en Dios como una creación del miedo sostenida por el fanatismo. En suma, su libro es producto legítimo de su escuela.

Sólo uno de sus correligionarios, Condorcet, tuvo en la historia un pensamiento más trascendental que los demás filósofos enciclopedistas, Condorcet pudiera decirse que se colocó, tanto por el tiempo como por la índole de sus especulaciones, entre la filosofía del siglo XVIII y la del XIX. Así lo revela su Ensayo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, obra que, aunque no le pone en primer lugar entre los pensadores, merece mencionarse en esta reseña.

Rousseau y Voltaire habían sido sobradamente ligeros en la apreciación de la historia, pues arrastrados por el espíritu de su escuela filosófica, desdeñaron el encadenamiento de los hechos, y rompieron con las tradiciones de los pueblos y de los siglos, no viendo para sus planes de construcción sino al individuo aislado y mal estudiado en su naturaleza. Pero Condorcet comprendió que la historia no merecía semejante [619] desdén, y que encerraba elocuentes enseñanzas para los destinos futuros de los pueblos; y así partiendo del estudio de nuestra naturaleza, progresiva por su esencia, profesó el principio de la perfectibilidad indefinida de la raza humana. En vano, dice, se opondrá lo limitado de nuestras facultades, que no han tenido aún las aplicaciones y desarrollo de que son susceptibles; la humanidad encierra en sí elementos de progreso que el tiempo irá sucesivamente descubriendo. Condorcet dividió la historia universal en diez épocas, y fue señalando los progresos sucesivos que se han ido realizando en cada una de ellas. El trabajo de Condorcet como era natural, atendida su filiación, carece de imparcialidad y de extensión de miras, pero no ha sido infecundo en la región de las ideas.

Aquí debemos hacer mérito, aunque sea secundariamente, de Montesquieu, el cual si bien no hizo determinadamente ningún trabajo sobre la filosofía de la historia, dio a luz producciones histórico-filosóficas muy importantes, y contribuyó indirectamente al desenvolvimiento de la ciencia. Entre sus trabajos ocupan el primer lugar su Espíritu de las leyes y la Grandeza y Decadencia de los romanos. No se elevó, como dejamos insinuado, a una síntesis general sobre la vida de las sociedades, se limitó en las indicadas producciones a examinar las causas secundarias de los acontecimientos sin tratar de buscar ni un principio ni una causa común. Montesquieu investigó con sumo ingenio y profundidad las relaciones que median entre las instituciones políticas y civiles, y la influencia en la condición social de diversos accidentes, como son el clima, la raza, las creencias, etc., etc. Su método consiste en presentar primero los hechos; de los hechos deduce consecuencias; de las consecuencias hace máximas; pero no pasa más allá. Comoquiera, repetimos, sus escritos, y señaladamente el «Espíritu de las leyes» fueron superiores a su tiempo, y comunicaron grande impulso al pensamiento.

Pasemos ya a ocuparnos de Vico.

Vico, aunque en el orden del tiempo es anterior a los escritores que hemos mencionado, puesto que sus trabajos sobre la historia se imprimieron por primera vez en 1725, en el orden de las ideas debe colocarse después, dado que sus doctrinas no fueron apreciadas en el mundo científico hasta fines del siglo pasado o principios del presente. Aun así, ha pasado con razón por el fundador de la ciencia histórica, y sus escritos ocupan un alto lugar entre las más notables producciones del entendimiento humano. Digamos dos palabras acerca de su vida.

Juan Bautista Vico nació en Nápóles en 1668. Aunque hijo de un librero de escasa fortuna, pudo seguir la carrera de jurisconsulto, que [620] concluyó con repugnancia, habiendo vivido entregado a la enseñanza más bien que al ejercicio práctico de aquella profesión. Su vida entera fue consagrada a las especulaciones del pensamiento: pero dos ideas le ocuparon principalmente como pensador: una hallar la ley histórica de que luego hablaremos, y otra resolver el problema de la certidumbre, o sea determinar el criterio de la verdad, en cuyo concepto atacó al cartesianismo dominante, rechazando el sentimiento individual como regla de la verdad, y sustituyéndole con un criterio doble, a saber, el sentido individual y el sentido común. Obsérvase, sin embargo, en sus escritos que Vico no llegó a concebir una síntesis para sus ideas, hasta los cuarenta y nueve años de edad, en cuya época escribió su Ciencia nueva de que vamos a ocuparnos.

Vico fue enteramente original. Ni tiene afinidad alguna con Bossuet, ni se encuentra el germen de sus ideas en ninguna de las obras anteriores a su tiempo. Procuraremos dar una idea de su sistema tal cual la desenvuelve, aunque con suma oscuridad, en su obra titulada «Ciencia nueva».

En medio de la incoherencia de los sucesos que nos presenta la historia, se advierten según piensa Vico ciertas analogías muy marcadas entre unas y otras épocas, así antiguas como modernas, hasta tal punto que pudiera decirse que todos los pueblos siguen un camino idéntico. Si así sucediese, ¿por qué no hemos de procurar poner de manifiesto los hechos que se reproducen siempre en su sustancia, o por decirlo así, los constantes distinguiéndolos de los que no son sino accidentes, o sean los hechos variables? Pues bien, Vico se propone coordinar los hechos constantes y formar con ellos la historia ideal de todos los pueblos, y por consiguiente del mundo; hecho lo cual, son superfluas y pueden desdeñarse todas las historias particulares. A este trabajo dice Vico le doy el nombre de «Ciencia nueva» porque en efecto, hasta ahora no ha sido conocida. En ella se trata de averiguar cuál es el carácter de los pueblos en los diversos períodos de su infancia, de su virilidad y de su decadencia, a cuyo efecto puede conducir el estudio de la filosofía y de la filología, sirviendo de criterio el sentido común de la humanidad.

Después de estos preliminares, y entrando Vico en materia, sienta que en la vida de los pueblos, en el desarrollo de la civilización se distinguen constantemente tres períodos: 1.º el período divino o la idolatría: 2.º el período heroico, o la barbarie, y .3.º el período humano, o la civilización. Llegado un pueblo a este tercer período, no tiene más allá, y muere forzosa e indeclinablemente. [621]

Es de advertir, añade Vico, que esta marcha de los pueblos guarda perfecta analogía con las leyes del pensamiento, si es que no es engendrada por ellas. Y como nuestro entendimiento no se desarrolla sino por progresos graduales y sucesivos, encontramos en su desenvolvimiento los mismos tres períodos. Al primero corresponde el estado de oscuridad de nuestra inteligencia absorbida por el imperio de los sentidos. Al segundo el predominio de la imaginación, primera facultad intelectual que se despierta en el hombre. Al tercero, el reinado de la reflexión y de la razón, cuyo carácter es más frío y concreto. Este sucesivo desenvolvimiento intelectual, tiene sus correspondientes manifestaciones exteriores en la sociedad humana. A la dominación de los sentidos corresponde el período divino. A la preponderancia de la imaginación, el período heroico y poético, en el cual las ideas se presentan bajo la forma de símbolos llenos de colorido; al dominio de la reflexión, por último, corresponde el período humano. Y todos los pueblos del mundo están destinados a recorrer este círculo; porque las leyes del pensamiento no pueden dejar de ser las mismas, mientras sea una la naturaleza del hombre. Por eso se ve que en el tercer período surge por efecto de la reflexión y del análisis, la divergencia en las ideas, el desprecio hacia la autoridad moral, la relajación de las costumbres; y los pueblos, cayendo en la anarquía, vuelven al estado de la naturaleza.

En el desarrollo de su sistema, Vico principia sentando su a priori su teoría acerca de la formación de las primitivas sociedades, y luego recorriendo la historia general, y señaladamente la romana, evoca los hechos con que procura comprobarla y robustecerla.

Según la teoría de Vico acerca de la formación de las primeras sociedades, los hombres después del diluvio vivían en el estado salvaje, dispersos por los bosques y sin constituir ninguna unión entre sí, dominados por las necesidades físicas, y sin Dios ni ley. En vano se ostentaban a sus ojos las maravillas de la naturaleza, porque nada era capaz de despertar su espíritu sepultado en la materia y embrutecido por el hábito. Pero cuando sintieron el estrépito del trueno, cuando se vieron deslumbrados por el relámpago y heridos por el rayo, fenómenos atmosféricos que no podían tener lugar sino mucho tiempo después del diluvio a causa de la humedad que aquel cataclismo había dejado en la superficie de la tierra, entonces consternados y llenos de espanto se buscaron unos a otros impulsados por el temor de un ser superior a ellos, y que se revelaba de una manera tan formidable. He aquí el origen de las sociedades y el primer paso del estado brutal al estado social. Vico, temiendo que su [622] hipótesis no fuese aceptada, se detiene e intenta demostrar que esto sucedió así, por más extraño que nos parezca a nosotros que ocupamos un grado adelantado en la civilización: y para probarlo busca argumentos de analogía en la infancia del hombre, edad en la cual el niño suponiendo voluntad e inteligencia en todo lo que se mueve y le rodea, conversa formalmente con sus juguetes y hasta con los elementos. Una vez reunidos los hombres por el miedo, adoraron las fuerzas físicas y surgió la idolatría, siendo por lo mismo de notar que la religión fue la base natural de este primer período social, de este estado primitivo. ¿Cómo vivieron los hombres en semejante estado? Según Vico, construyeron para albergarse chozas o cabañas: cada hombre retuvo consigo una compañera, tuvieron hijos, el instinto de la naturaleza les hizo consagrarse a su crianza, y he aquí el matrimonio, segunda base del estado social. La religión los había unido, el matrimonio y la conservación de la prole mantiene la unión. Después, dominados los pueblos por el régimen divino, y llenos del terror hacia los dioses, creyeron en la inmortalidad del alma y sancionaron esta creencia con la sepultura de los cadáveres. Véanse, pues, las tres bases fundamentales de toda sociedad, la religión, el casamiento y las sepulturas: por lo cual las llamó Tácito humanitatis comertia, y con una expresión mas sublime y concisa fœdera generis humani.

Reunidos los hombres en sociedad, sucedió luego que otros hombres que vivían en los bosques, se les fueron asociando progresivamente atraídos por las ventajas de la vida colectiva y con el objeto de no ser víctimas de los más fuertes. Estos hombres eran admitidos por el cuerpo social en una condición desventajosa, en clase de clientes. Los padres de familia que naturalmente gobernaban en aquel período formaron al lado de sus hijos su clientela de siervos. Pero pasó tiempo, y los clientes llegaron a pedir tierras y a sublevarse para obtenerlas, contra la dominación patricia. Entonces los padres de familia se unieron entre sí para resistir a este común enemigo, y la sociedad principia su periodo heroico.

Los padres de familia en este segundo período formaron la clase de nobles o patricios conservando el triple carácter de jefes, sacerdotes y sabios. Los vencidos estaban en la condición de lo que se ha conocido con el nombre de vasallos, clientes o plebeyos, sin más derechos que el cultivo de las tierras concedidas por los nobles. En esta edad el gobierno fue aristocrático e inquieto por naturaleza; los nobles se hacían la guerra, y los plebeyos servían a sus expensas. Pero a vueltas de estas guerras en que los plebeyos se distinguían y adquirían honores, porque el [623] honor es el móvil y la recompensa del guerrero, la clase plebeya iba ganando terreno, y mejorando su condición moral, compartiendo algunos de sus individuos los privilegios con los nobles. Por fin llegó un tiempo en que los plebeyos participaban del poder, y aquí principió la edad humana, la edad de la razón y el tercero y último período social.

Pero en este tercer período sucedió que el progreso social e intelectual destruyó los símbolos y las creencias, y aflojó los vínculos que unían a los hombres entre sí; la sociedad quedó sin base ni fundamentos morales, principió a reinar el individualismo, y los pueblos se disolvieron volviendo a dispersarse y a caer en la brutalidad primitiva. He aquí el círculo que recorren constantemente los pueblos, y que hallaremos siempre reproducido en la historia. Vico desciende después a caracterizar cada uno de estos períodos, en su gobierno, costumbres, lenguas y legislación, y procura comprobar con innumerables citas históricas que esto ha sucedido así, y que forzosamente sucederá siempre.

A la primera edad la llama divina, porque la imaginación de los pueblos infantes diviniza todos los objetos materiales, de donde saca los dioses que adora. Llama a la segunda heroica, porque los héroes son adorados como descendientes de los dioses por su nobleza natural. A la tercera la llama humana, porque se funda en la razón del hombre.

El gobierno de la primera es teocrático, como que es la edad de los oráculos y de los adivinos. Bajo estos gobiernos los hombres creen que todo se les manda en nombre de los dioses. En la segunda es heroico o aristocrático porque mandan los nobles. En la tercera reina la razón bajo cualquier forma que sea; los ciudadanos nacen libres e iguales.

Las costumbres en el primer período son piadosas. En el segundo irritables y pundonorosas. En el tercero moderadas y racionales, conformes a la regla del deber.

Las lenguas en el primer período son jeroglíficas por sus caracteres; en el segundo poéticas o simbólicas en cuanto para expresar una idea se nombra a un héroe que la simboliza; en el tercero vulgares o racionales.

Tales son los principales caracteres de cada una de estas tres edades. Este círculo, con alteraciones dependientes del clima y de la raza, han recorrido los pueblos antiguos, y este círculo recorre la Europa según Vico, haciendo notar entre otros hechos, no bastante explicados, que cuando Roma cayó disuelta y empujada por los bárbaros, se vio renacer para la Europa la edad divina. Se vio a los reyes católicos vestirse de clérigos, poner la cruz en sus escudos, fundar órdenes religiosas, y mandar [624] a nombre de Dios. Vénse en esta edad sus propios caracteres, y señaladamente la lengua jeroglífica puesta en las armas, en los sepulcros y sobre las tierras. En resumen, cabañas, castillos y academias, dioses, héroes y hombres; teocracia, aristocracia y democracia; he aquí los signos culminantes que distinguen en sus diferentes grados la vida social.

Pero cuando una sociedad ha llegado a este último período, infaliblemente se corromperá: porque se han roto los vínculos que la mantenían unida, porque la razón individual ha echado por tierra las creencias comunes, porque no queda en el hombre otro resorte que el deseo de riquezas y de goces materiales. Entonces los ricos quieren dominar a los pobres, y éstos a su vez aspiran a compartir las riquezas de los ricos; no faltan tribunos a los primeros, ni a los segundos fuerza que les mantenga en posesión de sus bienes: y surgen disensiones y guerras civiles que conducirán necesariamente a la anarquía precursora de una muerte inevitable. Y éste es el período más triste de todos, añade Vico. Es un estado de barbarie cien veces peor que el período bárbaro de su infancia: porque al fin aquella barbarie era natural, mientras que la segunda es facticia: aquella barbarie aunque feroz era generosa y se distinguía por ciertos arranques de nobleza que siempre se abrigan en el seno del corazón humano, no maleado aún por el egoísmo; pero esta otra barbarie que resulta de un corazón gastado, es cobarde y pérfida. Y en semejante estado no busquéis almas humanas, porque no hallaréis sino la soledad más profunda: sólo hallaréis bestias salvajes, única cosa que resta cuando el espíritu ha abandonado a un pueblo. Que perezca, pues, esta sociedad decrépita y corrompida porque ha llegado a la hora en que debe perecer. A sus puertas habrá ya hordas de bárbaros enviados por la Providencia y acechando el momento de borrarla de la tierra:

Tal es en sustancia el sistema de Vico, según creemos poder comprenderlo, como quiera que el carácter metafísico y con frecuencia oscuro de sus especulaciones, hace difícil apreciarlas con entera seguridad.

No necesitamos detenernos a probar que en su esencia la teoría de Vico es el fatalismo y un fatalismo repugnante por su espíritu antiprogresivo. Según Vico, todos los esfuerzos de la sociedad encaminados a mejorar y perfeccionar su condición no darían otro resultado que el de conducirla más aceleradamente al sepulcro: porque es indudable que cuanto más aprisa caminan los pueblos en la vía de su progreso, más se acercan a su disolución. La historia, sin embargo, no viene siempre en [625] apoyo de Vico, como él pretende a fuerza de violentarla, aunque con ingenio y buena fe. ¿Por ventura es un hecho cierto y demostrado que todos los pueblos perezcan necesariamente, según lo sienta Vico en su sistema? ¿No existe además una transmisión tradicional de unos pueblos en otros y de unas en otras civilizaciones que constituye para la humanidad una suma creciente de adelantamientos morales? Por eso, aun admitida la teoría de Vico con relación a la vida de los pueblos individualmente considerados, la hallamos inaplicable a la existencia universal y colectiva de las sociedades. Y es que Vico, cuya concepción por otra parte revela su portentoso genio, no alcanzó, ni por el tiempo ni por el lugar en que escribió, horizontes bastante dilatados para contemplar con la amplitud de miras de que era capaz la historia del género humano.

Facundo Goñi.

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