El Clamor Público
Los Ángeles, sábado 19 de marzo de 1859
vol. IV, nº 38
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El Clamor Público, Los Ángeles, sábado, 19 de marzo de 1859

Se imprime y publica todos los sábados en la ciudad de Los Ángeles, California, por Francisco P. Ramírez. Oficina de publicación: en la casa de ladrillo, esquina de las calles del Aliso y Alameda.

Folleto Notable

Acaba de publicarse en Francia un folleto que ha llamado mucho la atención, con el título de Carta a S. M. el Emperador Napoleón III sobre la influencia francesa en América, y el Mensaje de Mr. Buchanan. El Courier des Etats Unis, al publicar esta carta dice así: «Sería muy difícil hacer un juicio exacto sobre este trabajo. A pesar de que contiene muchas inexactitudes, no se puede disimular que encierra, en una explosión violenta, los sentimientos de la opinión europea, con respecto a la política de los Estados Unidos, tal como la han hecho conocer las expediciones filibusteras, el manifiesto de Ostende y el último Mensaje de Mr. Buchanan. Contiene además una expresión vehemente de reprobación moral contra la Unión, que no tiene nada de ficticio ni de personal. Ya que la prensa del país se ha ocupado tanto de este escrito esperamos encuentren en él un presentimiento salutario sobre la necesidad de vindicar la reputación de los Estados Unidos, que en la presente época está más comprometida a los ojos del mundo.»

La Alianza Latina

«Al mismo tiempo que, con la máscara del progreso comenzaban las revueltas religiosas a comprometer la unidad católica, el catolicismo completó el mundo, revelando la existencia de América; la gran Isabel proporcionó a Cristóbal Colón los medios de llevar a cabo la misión que recibiera del mismo Dios, y el descubrimiento de un nuevo Continente, al burlarse de todos los cálculos de la ciencia y de la razón humana, manifestó la superioridad de la revelación sobre ellas. Las razas latinas que civilizaron el antiguo mundo, civilizaron también el nuevo, conquistándolo para la fe y para la unidad, del mismo modo que habían conquistado a sus soberanos, y ganando en las tierras vírgenes de América el terreno que perdieron en Europa. Empero, sus adversarios no debían tardar en seguirlas a ese nuevo campo de batalla, y probablemente será en él donde se empeñe la lucha que obligará a nuestra época a resolver de una vez las grandes cuestiones de raza y de unidad planteadas a la vez por la civilización y por sus adversarios.

Hállase dividida naturalmente la América en dos grandes porciones reunidas por un istmo cuya posesión necesariamente ha de tentar a la parte que a cualquier precio quiere absorber a la otra. No lejos de este istmo y cual un observatorio que Europa conserva en el más importante Golfo del Nuevo Mundo, elévase una isla fértil que nada ha podido aún arrancar del poder de los hijos de aquellos que la descubrieran y civilizaran. La conquista del istmo es la muerte de la política de la Europa latina: la invasión de la isla, la de su religión. El istmo se convierte en el camino para nuevas conquistas tan legítimas como la del propio istmo; la isla es el arsenal de la marina que se crearía para venir a derrocar el catolicismo en la misma Europa. Y esto no es exageración. Mr. Soulé en persona confesó tales proyectos, sin ocultarlos a la corte de Madrid, y para llevarlos a cabo se puso de acuerdo, antes de salir de Europa, con todos los enemigos declarados de la raza latina. Al codiciar los Estados Unidos a México y Cuba, no solo tienen por objeto engrandecer su territorio y satisfacer sus intereses, sino que obedecen a un pensamiento diametralmente opuesto al que por lo regular arma a la Francia; es porque no quieren otras civilización que la que pretenden poseer; es porque están comprometidos con todos los hombres condenados por las sociedades europeas. Si la república democrática triunfa en el Nuevo Mundo, todos los reinos, todos los imperios del universo se volverán contrarios, y será por tanto útil y legítimo destruirlos por la fuerza o por la astucia. Los Estados Unidos son la Reforma insensata que no habiendo podido triunfar de la civilización latina con el apoyo de Coligny, atravesó los mares para volver con fuerza a luchar contra esa civilización.

Una de las grandes desgracias de nuestra época es la imposibilidad en que los hombres de Estado se hallan para elevarse sobre las cuestiones políticas, comerciales, industriales o rentísticas y juzgar las ilimitadas consecuencias que en lo futuro puede producir el triunfo de los Estados Unidos y de la doctrina de Monroe. Por lo tanto, urgen en gran manera la alianza entre las razas latinas del antiguo y del nuevo Mundo... Ayer todavía hubiera sido peligroso aconsejar a esos hombres de Estado que a tal altura se elevasen, pues fácilmente se les pudiera acusar de haberse dejado arrastrar por quimeras más ilusorias que temibles; porque las amenazas eran sordas, los peligros no estaban a la vista, las invasiones se disfrazaban; pero hoy, que es imposible la duda, que las amenazas se profieren en voz alta, que se preconizan las invasiones, que los peligros son ciertos, no hay temor de ser tratado como Casandra, al profetizar el próximo ataque de que la civilización va a ser objeto.

Y lo que aún puede aumentar el peligro es la persuasión de que las amenazas proferidas por el Presidente de los Estados Unidos en su último mensaje, sólo merecen el desprecio, y que una sonrisa desdeñosa es la mejor justicia que puede hacérsele. En estos tiempos de ignorancia en que sólo los grandes genios poseen el don de ver los peligros y las masas el de adivinarlos, las clases intermedias, que se han hecho escépticas, creen poder vencerlo todo con el sarcasmo, sin acordarse de que los romanos de la decadencia, sentados alrededor de mesas cargadas de manjares y de vinos, se reían de los bárbaros hasta el mismo momento en que esos bárbaros invadían la sala rompiendo en sus propios labios las copas de la orgía. La sonrisa, en tales casos, no es signo de fuerza, sino de cobardía; el desdén es temor de verse obligados a combatir. Adversarios como los filibusteros y sus patrocinadores nunca se engañan; lánzanse en sus buques, y obligan a llorar aún antes de que acabe la sonrisa.

Aún suponiendo que fuese una insensatez el invitar a nuestra degenerada época a que se ocupe de algo más que de intereses materiales, cuyas proporciones son tan mezquinas cuando no están sometidos a intereses de otra naturaleza, no por eso merece menos el mensaje de Mr. Buchanan que se despierte en Europa el deseo de contestarle enérgicamente; porque el día en que desaparezcan las relaciones de mancomunidad entre América y el resto del mundo, los intereses materiales de Europa se verán altamente comprometidos; nuestro comercio, nuestra industria recibirán la ley en vez de imponerla y el descubrimiento del nuevo Mundo tendrá el incomprensible resultado de causar la muerte del antiguo.

Véase, por otra parte, con qué rapidez se ha elevado el nivel de audacia de los adversarios de la civilización, a medida que ha bajado el de nuestras convicciones. Háblase ya de la unidad del ateísmo cuando apenas nos atrevemos a hablar de la unidad de la fe; Mr. Buchanan habla del derecho que los pueblos tienen para emanciparse de toda tutela, cuando apenas nos atrevemos a declarar que los pueblos que tienen una misma creencia, son solidarios. Los soberanos católicos apoyados por Dios y por sus súbditos se valen de circunloquios para poner de manifiesto una pretensión legítima, y he aquí que el elegido de una gavilla indisciplinada de quebrados fraudulentos y de forbantes se atreve a declarar a la faz del mundo que ha llegado la hora en que esos forbantes, esos quebrados fraudulentos deben dar el asalto a la civilización. No estemos, pues, menos convencidos de la verdad que lo que ellos parecen estarlo de la impostura; no discutamos su sistema del mal temiendo proclamar nuestro sistema del bien, y puesto que, más diestros que nosotros, han sabido convertir al crimen en religión, cuando al parecer renunciamos a la nuestra, apresurémonos a recomendar la alianza de las razas latinas, fuera de lo cual no hay salvación para la civilización.

Y la prueba de que el resultado inmediato de esta alianza sería trastornar todos los planes del mal, está en los infinitos esfuerzos que este hace para romperla antes de que se consuma; en la inminencia de una lucha fratricida tan diestramente preparada como pérfidamente aconsejada. Sabe muy bien que, una vez empeñada la lucha, su triunfo es seguro, el istmo y la isla su presa y que nada podrá detener su invasora marcha hacia el sud, su vuelo destructor hacia Europa. «No está lejano el tiempo», decía Mr. Souié en Madrid, «en que una escuadra americana desembarcará en las costas de Europa cincuenta mil yankees, que se tragarán de un bocado vuestra pretendida civilización.» He aquí porque debe considerarse el mensaje de Mr. Buchanan como un documento serio...

El mensaje está abiertamente dirigido contra la fe, contra las ideas, contra los principios, contra los intereses de Europa, a la cual abofetea en ambas mejillas...

Ni tratan ya de ocultarlo Mr. Buchanan y la nación que representa. Codician a Cuba, y el lenguaje empleado en el mensaje es una prueba de que ante ningún medio retrocederán para conseguir su fin. Desde luego tratan de ocupar dos provincias de México, y en caso de que el general con quien cuentan para que les venda el resto no consiga la victoria, declaran que se apoderarán de una parte de la República, lo cual equivale a decir que se apropiarán Sonora, Sinaloa, Chihuahua, Durango, Zacatecas, Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila, solo con el pretexto de que las cinco primeras ofrecen incalculables riquezas metalúrgicas y las tres segundas redondearían a Texas. Proclaman abiertamente que Nicaragua, Costa Rica, Honduras, San Salvador y Guatemala son de su propiedad. Deben ser mías, dicen, y la razón es porque me llamo león. Necesitan extender su protectorado sobre Arizona, por ser según ellos una guarida de asesinos. Aun no hace mucho bombardearon a Greytown, so pretexto de que esa ciudad de madera era un nido de piratas. ¡Piratas castigados por filibusteros! Pero debe entenderse que los piratas sólo existían en los buques que la bombardearon, no en la ciudad habitada por pacíficos comerciantes, extranjeros en su mayor parte. Y si hasta ahora sólo ambicionan lo dicho es porque según ellos, la prudencia y la moderación de Mr. Buchanan les sirve de obstáculo.

Alentados con la indiferencia de Europa, que deben creer aparente y por lo tanto dictada por el temor; ensoberbecidos con las concesiones de Inglaterra, cuya marina insultaron en Greytown, sin que hasta ahora se les haya pedido satisfacción; bastante ricos para cubrir el mundo con sus cómplices, no es Mr. Buchanan quien les hace falta, es Mr. Soulé; no es Cuba, no es México lo que puede apagar su sed de invasión; es la América entera, los demás continentes, la ruina de cuanto pudiera recodar al universo el catolicismo y la monarquía. Los que temen ver empeñarse una lucha, porque por sus intereses son cómplices del mal, tratan de persuadirse y de persuadir a los demás de que los Estados Unidos no aprueban el espíritu del mensaje de Mr. Buchanan; pero eso es un error, porque ese mensaje sólo es la débil expresión de la opinión pública en esa guarida de forbantes destinados a castigar a la humanidad, si la humanidad no se detiene a tiempo en la rápida pendiente que la conduce al abismo.

El triunfo de los Estados Unidos debe ser la señal de la descomposición de la raza latina... El día en que la unidad católica cese de reinar en México y en Cuba, ese día sería un hecho consumado la destrucción de la sociedad latina en América, y los únicos obstáculos que hoy se oponen aún a las invasiones de los Estados Unidos caerían por tierra.

La intervención franco española en América en favor del principio latino, tendría para la civilización católica la inmensa ventaja de desviar el objeto de la atención de Europa un campo de influencia moral y de transacciones materiales algo más vasto que el que hasta hoy creyera deber explotar en el Nuevo Mundo. Las relaciones entre Europa y la América del Norte sólo han producido resultados deplorables para la primera, y esto es fácil de comprender si se atiende a que los Estados Unidos conspiran perpetuamente contra ella; apenas han pasado algunos meses desde esa crisis organizada por los electores de Mr. Buchanan para producir en el mundo una perturbación propicia a sus designios; ni una sola relación ha existido entre los Estados Unidos y Europa que haya propendido a la ruina de esta, y cada vez que ha sentido una conmoción bajo sus pies, siempre se ha descubierto al dar la mina la pólvora fabricada por los anglosajones. Las ventajas de las relaciones comerciales han sido siempre para los Estados Unidos, las desventajas para Europa; y sin embargo, la Europa puede adquirir ventajas de todas clases y crear una deuda de reconocimiento que en su día quedaría pagada, estableciendo un contrapeso suficiente a las pretensiones yankees, asegurándonos de todas las vías de tránsito universal entre el Océano y el Pacífico, prestando a la América latina la cuarta parte de la atención que hemos prestado a la América anglosajona, ejerciendo nuestra bienhechora influencia sobre la América Central y la América del Sud, fomentando en todas las repúblicas hispano americanas el desarrollo del comercio y la industria, cuyas riquezas tienen allí otras fuentes muy distintas que las riquezas de los Estados Unidos.

La alianza latina obligaría a los electores de Mr. Buchanan a alistarse en la bandera de la civilización, y a la Europa a que reconociese que las Américas Central y Meridional son el teatro natural donde en lo sucesivo debe ejercer su influencia y establecer sus relaciones trasatlánticas. Casi todos los hijos de Europa que van a los Estados Unidos, apenas han puesto el pie en esa tierra maldita, cuando el viento de la ingratitud sopla en su corazón, y reniegan, cual Soulé, del país que les viera nacer; todo europeo que se mezcla con los yankees, se vuelve inmediatamente enemigo de Europa. Otra cosa más extraña todavía sucede en la América del Norte, y no es por cierto la menos curiosa ni importante. Los verdaderos, los formales habitantes de los Estados Unidos, los poseedores de la tierra, los descendientes de los que valerosamente aseguraron la independencia de la colonia inglesa, sin pensar que iban a abrir un refugio a la hez de las revoluciones, manifiestan opiniones de orden y de moralidad, pero se ven dominados por los nuevos reclutas que de fuera van cada día a fortificar y engrosar la falange de los titulados demócratas. Ni queda duda que estarían indispuestos a secundar a la Europa, si esta con su indiferencia o su temor no los dejase a merced de sus adversarios. Alejados del poder desde hace veinte y ocho años, vense obligados a asistir en silencio a las orgías de los filibusteros, y a mirar su patria transformada en una guarida donde a mansalva se preparan todas las infamias políticas que a la civilización amenazan. Estos son respetables, estos podían regenerar a su país si Europa intimidase o derrocase a sus adversarios; pero, por el contrario, se destruye su influencia. Los Europeos que ponen el pie en la América Central o en la Meridional continúan siendo hijos y amigos de Europa; si de otro modo obrasen perderían todo su prestigio, y he aquí desde luego la diferencia que existe entre los yankees y aquellos cuyo país quieren invadir. Luego la Europa tiene allí alguien a quien proteger...

...Ni es en los Estados Unidos donde se encuentran los verdaderos manantiales de la riqueza del Nuevo Mundo, y he aquí por qué los Estados Unidos tratan siempre de extenderse fuera de su país... Los americanos del Norte, como todos los hijos de las razas anglosajonas, sobresalen en los medios de explotar el trabajo y la fortuna de los demás: ven sus Indias en la América del Sud y esto los empuja para lanzarse al otro lado del istmo de Panamá... La hora de los Estados Unidos sonará, por lo tanto, el día en que la alianza latina les intime la orden de no avanzar un paso más en la vía de la invasión. El cáncer que les devora, y que sólo alimentan a condición de echarle cada año el producto de un nuevo robo, les roerá de repente el corazón; su confederación caerá hecha añicos por la fuerza de los sucesos, y entonces será cuando la Europa Latina tendrá el derecho de sonreírse si ya su bondad no la obliga a tenerles lástima. Los Estados Unidos sólo viven invadiendo, y sus habitantes, como los bandidos, sólo pueden existir, lanzándose con frecuencia fuera de sus cavernas; tapiadlas y los veréis como se comen unos a otros a modo de salvajes. ¿No han hecho ya la prueba en Utah?

Si, tal será la suerte de los Estados Unidos cuando la alianza latina les reduzca a existir por sí mismos, y nadie puede figurarse lo fácil que esto sería. Ese temible adversario cuyos golpes pueden ser tan funestos, cuyo triunfo sería mortal para la civilización, sólo cuenta con las fuerzas que le prestan la indiferencia o el temor de aquellos a quienes amenaza. Es para el mundo lo que para un niño son las sombras fantásticas que cree ver tras de sí; si huye, el espanto le conducirá a un abismo, para si se detiene y mira cara a cara a esa sombra, la fantasma se desvanecerá. Todo es en ellos mentira, debilidad, cobardía. Creen que nada tienen que temer ni que perder y por eso se arriesgan y se atreven a todo. Son grandes por el insensato temor que inspiran, ¿Quién no recuerda el resultado de la campaña que en 1846 emprendieran contra México? Este país, que sólo cuenta con ocho millones de habitantes, destrozado por la guerra civil, y que no tenía un millón en su tesoro, costó veinte mil hombres y doscientos millones de duros a los Estados Unidos, cuya población era de veinte y seis millones de habitantes, y en cuyo tesoro había un sobrante de otros tantos millones de duros. ¿Qué hubiera sido, pues, de ellos, qué sería hoy, si hubiesen tenido o tuviesen que luchar contra cualquiera de las grandes potencias europeas, y, sobre todo contra una alianza latina? Tienen hombres aptos para un golpe de mano, mas nunca les será posible tener un general de genio; porque, una de dos, o ese general sería un hombre honrado y no se prestaría a sus designios, o un egoísta ambicioso, y entonces deberían temblar por sus instituciones. Cuando esa misma guerra en México, ¿no les causó celos, y aun miedo su propio general Scott? Su poder marítimo hace mucho ruido y no tienen una escuadra militar que presentar en línea; sus buques mercantes, muy a propósito para el transporte de filibusteros, no podrían sostenerse contra las fragatas europeas. Vénse obligados a parlamentar con los insurrectos del interior, y ni aún pueden formar un ejército capaz de barrer a unos cuantos locos disciplinados.

El examen de sus fuerzas podría, en efecto, dar la razón a los que la ridiculizan, si la impunidad no les prestase el apoyo de fuerzas verdaderamente peligrosas para la raza latina. Estas son las que es preciso vencer, exigiendo a los Estados Unidos que no de un paso más adelante; lo que hay que combatir es la revolución en lo que tiene de amenazadora, la revolución universal cuyo símbolo son; lo que se debe arrancarles es el medio de subvencionar a sus cómplices de Europa, obligándoles a emplear otra cosa que gratuitas amenazas e impunes bravatas...

La funesta influencia moral que los Estados Unidos ejercen sobre sus cómplices europeos y el progresivo aumento de estos son, a no dudarlo, la consecuencia de la debilidad de los gobiernos con respecto a las excentricidades y a las pretensiones yankees. ¿Cómo no creer que los gobiernos están doblegados a la voluntad a los electores de Buchanan, cuando se ve a estos últimos sobreponerse siempre a las leyes y pactos respetados y convenidos mancomunadamente por las potencias de primer orden? ¿No atravesó últimamente el Wabash los Dardanelos con la mayor impunidad, violando las prescripciones del tratado de París, y declarando que los buques de los Estados Unidos nada tenían que ver con semejante tratado? ¿No se ha visto a un simple capitán yankee, hacer frente al Austria y venir a prohibirle, en el mismo Mediterráneo, que tocase a un solo cabello de la cabeza de Kosta? Innumerables son los ejemplos de semejante atentado. Por eso los enemigos interiores de la civilización dice: «Europa, que tiene miedo a los Estados Unidos!» Europa, que también creía que las bravatas yankees no eran dignas de atención, dejó en 1846 que los Estados Unidos arrebatasen a México ciento diez mil leguas cuadradas!

Y sin embargo, para disipar la fantasma amenazadora y anonadar las fuerzas que a su disposición han puesto sus cómplices, no hay necesidad de disparar un solo cañonazo. Los Estados Unidos no tienen ningún Sebastopol, así como carecen de ejército y de armadura; saben que en el terreno de la defensiva nada hay que esperar para ellos: una simple declaración bastaría para hacerles reflexionar y para inspirar bastante confianza a los adversarios de los demócratas americanos para acercarse al poder del que hace veinte y ocho años se hallan alejados. Semejante declaración sería aplaudida por el universo cual en otro tiempo lo fue la de Carlos X con respecto a esa otra guarida de piratas que se llamaba Argel. El caso es idéntico, y si los Estados Unidos, obligados a explicarse, confiesan que la invasión es para ellos una cuestión de vida o de muerte, el mundo decidirá si quiere morir para que ellos vivan.

Y no hay que dudarlo un solo momento; la conducta de los Estados Unidos, el lenguaje de sus presidentes, de sus agentes diplomáticos, de sus capitanes de buques, de todos sus ciudadanos que por cualquier circunstancia se ven en relación con el mundo; sus actos, en fin, como su lenguaje, prueban que ven un derecho a la invasión donde quiera que ven una ventaja que obtener. Cuba les sería útil, luego tienen el derecho de poseer a Cuba, y validos de esta misma razón no tardarán en hacerse dueños de todas las colonias europeas que hay en dichos mares. No es, pues, solo España quien debe temer por sus Antillas, es Francia, es Inglaterra, todo el mundo, en fin. Cuando el Perú descubrió sus riquezas en guano, ¿no se vio a los Estados Unidos reclamar la propiedad de las islas que las encierran? Tienen ellos tierras cultivables; luego el abono les pertenece. Esto es lo mismo que decir que si un hombre no puede pasarse sin saber la hora que es, tiene derecho de robar el reló de su vecino, caso de que él no lo tenga...

Cuando la justicia, la verdad, el orden reinan en el universo: cuando las naciones débiles nada tienen que temer de las fuertes; cuando la religión prosigue su obra regeneradora; cuando los adversarios de la civilización, aterrados por la mano enérgica del derecho, se arrastran por el suelo; cuando la Francia y su soberano son respetados y se ejerce en toda su plenitud su legítima influencia; cuando los conspiradores no se atreven a presentarse a la luz del día, y se confiesan importantes con su inacción. V. M. lo ha dicho: «el imperio es la paz.» Mas cuando la justicia, la verdad y el orden se desconocen, ultrajan, y desafían; cuando se amenaza en su independencia a las naciones que son nuestras hermanas; cuando se insulta públicamente a la religión, y se la arroja de un congreso en donde debiera presidir; cuando el derecho se ve discutido, combatido, violado por los adversarios de la civilización; cuando la Francia y su soberano se ven eliminados de las cuestiones importantes, heridos en su influencia, atacados en los principios que representan y profesan: cuando los conspiradores se presentan a cara descubierta y hay valor para escribir mensajes como el que a la faz de Europa acaba de arrojarse, el Imperio es el vengador del orden, de la verdad, de la justicia; el Imperio es el defensor de las naciones amenazadas; el Imperio es el brazo que sostiene la espada de San Pedro y vindica la herencia de Carlomagno; el Imperio es el campeón del derecho violado, el gran dispensador de la influencia pacificadora; el Imperio es la forma de gobierno que absuelve los desafíos y condena a los que los han motivado: y si para ejercer esta múltiple misión se quiere que el Imperio sea otra cosa que la paz, que sea la guerra.»

Transcripción íntegra del texto realizada a partir del facsímil disponible
en el Archivo Digital de la Universidad del Sudeste de California, Los Ángeles


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Francisco de Frías y Jacott
Texto íntegro de esta Carta
1850-1859
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