El Heraldo
Edición de Madrid
 
miércoles, 3 de noviembre de 1847
número 1658, página 3

Facundo Goñi

Crítica literaria

Manual de la Historia de la Filosofía,
por D. Tomás García Luna, catedrático del Ateneo

La filosofía, tomada esta palabra en su más lata acepción, es tan antigua como la inteligencia humana. Desde que el hombre, ser esencialmente racional, abrió los ojos a la luz y se sintió impresionado por los objetos externos, naturalmente debió darse cuenta de sus sensaciones, procurando buscar su origen y remontándose a descubrir la causa suprema de los fenómenos que pasaban dentro y fuera de sí propio. Porque ¿qué otra cosa es la filosofía que la razón de cuanto sucede dentro y fuera de nuestra naturaleza? Sin embargo, la filosofía como ciencia, la filosofía como sistema de las leyes generales que rigen a Dios, al hombre y al universo , considerados en sí y en sus relaciones recíprocas, claro es que necesitó tiempo para constituirse, e inteligencias privilegiadas que se consagrasen a formarla. Y solo cuando hubo un hombre superior que sistematizó y formuló de una manera dada la razón universal de la creación, existió un filósofo, y por consiguiente una filosofía.

Pero la filosofía es por su naturaleza misma una ciencia de conjeturas y de inducciones, no de certidumbres. Dios, el hombre y el universo están sometidos a nuestras meditaciones, mas nunca nos será dado resolver los problemas que su examen ofrece, ni comprender los arcanos que encierra su existencia. Por eso la filosofía solo acabará con el mundo, mientras no varíe la condición del hombre: porque nunca llegaremos a comprender la razón absoluta de cuanto existe. De aquí la profundísima verdad que encierran aquellas palabras de la escritura en que se dice que la Providencia entregó el mundo a las disputas de los hombres: mundum tradidit diputationis eorum.

Siendo esto así, se comprende perfectamente cómo desde el principio de las edades han ido sucediéndose en los pueblos unos tras otros diferentes sistemas filosóficos, que después de haber dominado por cierto tiempo, han desaparecido pura hacer lugar a otros que venían en pos de cada uno. Según ha sido el principio que ha predominado en cada época de la historia, y al cual ha subordinado la inteligencia humana todos los demás, así ha sido el sistema filosófico que se ha enseñoreado en las sociedades. Este movimiento perpetuamente sucesivo es lo que constituye la historia de la filosofía.

Pero en medio de todo, es lo cierto que cada filosofía ha llenado su misión en el tiempo y en el espacio en que ha dominado. Espiritualista o sensualista, providencial o atea, la filosofía, como ciencia general, de quien todas las demás reciben su vida, ha sido siempre la reina de las sociedades, ora se haya presentado con su carácter profano, ora haya ostentado las formas religiosas. Porque ¿qué son al fin todas las religiones consideradas bajo el puntó de vista puramente racional sino otros tantos sistemas filosóficos que contienen dentro de sí la explicación de las leyes que rigen al mundo y la fórmula de los destinos humanos? Más o menos explícitamente, toda religión contiene una teodicea, una cosmogonía y una moral, además de la doctrina religiosa propiamente dicha.

Verdad es que entre la filosofía profana y la religiosa, entre la puramente racional y la que, apoyándose en el sentimiento, robustece sus dogmas y preceptos con una sanción ultramundana, ha mediado siempre una lucha perpetua: verdad es que el elemento religioso, como más primitivo y apoyado en el sentimiento universal, ha tenido constantemente una influencia más poderosa sobre la moral de los pueblos; pero siempre deberemos concluir que la filosofía en general, aparte de su fundamento y de su sanción, y solo considerada en cuanto es la reunión de los más altos pensamientos humanos sobre las grandes cuestiones de nuestra existencia, ha influido omnímodamente en la vida, instituciones y costumbres de las sociedades, imprimiéndoles siempre su carácter y su fisonomía. El vulgo no puede comprender esta influencia, así como no comprende la filosofía misma; pero no por eso deja de vivir por ella, a la manera que sin conocer la mecánica se gobierna por un reloj, y se entrega a la fe de un piloto sin tener nociones de la astronomía ni de la náutica.

En vista de estas reflexiones, fácilmente se comprende cuánta es la importancia de una obra en que se hace la historia de la filosofía, en que se expone el origen y progresos de la ciencia, el nacimiento y muerte de sus diferentes escuelas, y la influencia que cada una ha ejercido en la condición de los pueblos. Tal es el pensamiento que ha llevado a cabo el Sr. García Luna en su Manual de la historia de la filosofía, que es el objeto de este artículo.

Entrando en el examen del libro del Sr. Luna, debemos decir desde luego que su autor ha comprendido y desempeñado perfectamente el plan de su trabajo. Ni podía suceder de otra manera. El Sr. Luna es uno de los pocos hombres que se han consagrado en nuestra patria a cultivar con fruto los estudios filosóficos. De su recto juicio, de su excelente criterio y otras dotes no menos aventajadas, nos había dado ya muestra en producciones anteriores; así, el Manual de la historia corresponde cumplidamente a cuanto teníamos derecho de esperar de su autor. Da principio el libro por una introducción concienzuda, en la que se examina la importancia de la historia filosófica. El señor Luna observa muy oportunamente que si en todos tiempos es útil el estudio de la historia, nunca es tan necesario como en el siglo que alcanzamos. Y si nos contraemos especialmente a la filosofía, encontraremos una razón especial para volver los ojos a los diferentes sistemas que nos presenta la historia, por lo mismo que hoy no domina absolutamente ningún principio exclusivo, por lo mismo que hoy existen escombros amontonados de las pasadas filosofías, y que es necesario reconstruir el edificio de la ciencia.

Y en efecto, los pueblos modernos se hallan entregados al más sombrío escepticismo. La reacción de la filosofía materialista del siglo anterior tenía que producir necesariamente este resultado. Nada se cree, ningún principio absoluto domina, y lo mismo que se ha llamado filosofía ecléctica no es en último análisis sino la negación de todos los principios y de todas las filosofías. Pero las sociedades no pueden vivir largo tiempo en semejante situación. Rotos todos los vínculos morales, sin un principio ni una creencia común, sin otra regla de conducta ni otro móvil de sus acciones que el interés y el egoísmo de sus individuos, las sociedades están expuestas a disolverse al primer embate o a retroceder al estado de la barbarie. Los pueblos en tal estado son a nuestros ojos lo que sería un ejército en marcha sin rumbo fijo, sin enseña ni caudillo. Es imposible continuar así, y el remedio no puede ser otro que el que extirpe la causa del mal. La ausencia de un principio común ha traído a los pueblos al estado en que se encuentran, y claro es que sólo el restablecimiento de un principio puede salvarlos. Y si este principio no puede hallarse en el sentimiento o sea en la religión casi extinguida en el corazón de las sociedades, tendrá que buscarse necesariamente en la inteligencia, supuesto lo cual, sólo la filosofía es poderosa para responder a tan grande necesidad.

No será ninguna de las ciencias especiales, simples ramas desprendidas del gran tronco, no será, decimos, bastante por sí sola para dar impulso y unidad a los pueblos. Sólo la filosofía, sirviendo de centro y de base a todas las ideas y sentimientos, e inspirando su espíritu unitario a todas las demás ciencias, es capaz de poner término a la lucha moral que trabaja los ánimos, y de reemplazar con un móvil común al interés y a las pasiones privadas, que son hoy el único norte de las cuestiones humanas. La misión futura de la filosofía debe consistir en renovar la moral pública, en restablecer el principio del deber sobre todas las miras individuales, en suma, en reconstituir el mundi intelectual y moral, hoy desquiciado y casi disuelto. Porque, lo repetimos, sin la creencia en un dogma común no vemos progreso, ni movimiento, ni vida para los pueblos.

Expuesta la importancia de los estudios filosóficos, el señor García Luna, como si quisiese ofrecernos la pauta por que ha de juzgarse su trabajo, manifiesta las condiciones que debe reunir una historia de la filosofía a fin de que pueda corresponder a su objeto. Para que un trabajo de esta especie sea provechoso y fecundo, no basta reseñar sin crítica la serie de filósofos que se han señalado en las diferentes épocas de la historia; es necesario apreciar y tener en cuenta la multitud de circunstancias que han influido en las varias direcciones de la inteligencia humana.

El clima, la topografía, la raza de cada pueblo, las trasformaciones sociales, son otros tantos hechos que han impreso distintos rumbos en la marcha de la filosofía, y que han ocasionado la muerte de unas escuelas para levantar otras sobre sus cenizas. Nada existe aislado en el universo. Todos los fenómenos, así en el orden físico como en el orden moral, están encadenados y se reproducen con rigorosa dependencia, desde el principio de la creación hasta el fin de los siglos.

Y esto mismo se observa en la filiación de los sistemas filosóficos en que nos presenta el nacimiento, desarrollo y muerte de cada uno, siguiendo un orden lógico y progresivo. «Sin los sofistas, dice muy bien el señor Luna, no se concibe la dialéctica de Sócrates; sin el epicureismo y el platonismo, es un enigma la doctrina estoica. Descartes nos suministra luz para conocer a Leibnitz, y este pensador explica la filosofía germánica hasta nuestros días. Todo se encadena en el mundo de las ideas como en el de los cuerpos. Contemplando la variedad de situaciones de Grecia y de Roma; los usos, las artes, las leyes y los cultos religiosos de ambos pueblos; las vicisitudes de las guerras y las conquistas, la irrupción de los bárbaros del Norte, y la trasformación social, obra del Evangelio, no advertimos al primer aspecto más que multiplicidad y desorden. Las escuelas filosóficas parecen aisladas una de otra, y los filósofos que han existido en el discurso de los tiempos no presentan vínculos de parentesco con sus antecesores. Sin embargo, a ese caos suceden el orden y la armonía cuando la razón acierta a descubrir los lazos que unen al filósofo con el mundo en que vive, y los que tienen entre sí las doctrinas filosóficas, a pesar de que a veces las separen largas distancias y prolongadas edades.»

Después de tan acertadas reflexiones, después de exponer el método con que debe estudiarse la historia de la filosofía, como cumple a la índole de una obra didáctica y destinada a la enseñanza, entra el autor en materia. El Sr. Luna pasa en revista a todas las escuelas filosóficas conocidas en el mundo desde los tiempos más remotos hasta nuestros días. Abre la marcha la escuela oriental de China, y la cierran Cousin y sus discípulos. Excusado parecerá decir que el señor Luna procede en su examen con el más rigoroso método, y discurre con el aplomo y buen criterio que le son tan propios. El Sr. Luna no solo analiza las doctrinas de cada escuela citando las obras que las contienen y los nombres de sus jefes y adeptos, sino que frecuentemente las acompaña observaciones sumamente luminosas y oportunas. Acaso parecerán a algunos un tanto diminutas y oscuras las exposiciones que hace de cada filosofía, y ciertamente esto sería para nosotros un defecto si los límites de un Manual no circunscribiesen a su autor un círculo demasiado estrecho. Pero considerada la índole del libro, no vacilamos en decir que ha llenado satisfactoriamente todas sus condiciones, y que ha hecho un gran bien a la juventud estudiosa proporcionándole una guía segura que pueda conducirle en sus laboriosas tareas.

Una amarga reflexión se apodera del ánimo al terminar la lectura del libro que nos ocupa. Después de recorrer esa dilatada galería de hombres superiores que han gastado su vida en buscar el por qué de los fenómenos del mundo, se pregunta uno naturalmente: ¿Qué principio absoluto y trascendental han descubierto? ¿Ha hallado alguno la clave del sistema del universo? ¿Ha resuelto alguno el problema de nuestra existencia? En medio de esa multitud de sistemas, de hipótesis y de conjeturas para explicar los grandes arcanos que están velados a nuestros sentidos, triste es decirlo, pero nada encontramos sino las diferencias de su forma, la diversidad de lenguaje de cada escuela, verba et voces praeteraque nihil. ¿Qué prueba esto sino lo limitado del entendimiento humano, condenado a agitarse perpetuamente en un mismo espacio y a girar dentro de un mismo círculo?

Y sin embargo, lo repetimos: los filósofos tienen sobre la tierra la misión más trascendental y elevada. Ellos han sido y serán siempre los grandes legisladores de las sociedades. Sus mandatos son obedecidos por siglos y generaciones, y sólo sus palabras, como otras tantas voces de mando, pueden poner en movimiento a los pueblos y determinar una nueva evolución en el grande ejército humanitario que la Providencia hace moverse en el mundo para sus secretos fines.

Facundo Goñi

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