El Heraldo
Edición de Madrid
 
Jueves, 28 de mayo de 1846
número 1205, páginas 3-4

Ateneo de Madrid

Derecho Internacional,
por don Facundo Goñi

Sábado 23 de mayo de 1846

En la lección anterior, al terminar el examen de nuestras relaciones con Inglaterra, anunciamos ocuparnos en esta de Portugal y de las potencias del Norte.

Sabido es que Portugal, como parte muy integrante de la Península ibérica, estuvo en un tiempo unido a España formando con ella una sola nación, pero a mediados del siglo XII se erigió en independiente con el nombre de condado, y así siguió hasta que Felipe lo conquistó. Entonces continuó unido a España por espacio de sesenta años, y después lo volvió a perder, habiendo seguido sin interrupción como potencia independiente, según en la actualidad se mantiene.

Hemos dicho que Portugal ha seguido como potencia independiente, y esto no es exacto, porque si bien se mira Portugal, no es más que una colonia de la nación inglesa.

Dos guerras puede decirse que son las que nosotros hemos tenido con Portugal: la primera en tiempo de Felipe V y la segunda a principios del reinado de Carlos III. Pero tanto en estas guerras como cuando entramos en aquel territorio con los franceses, siempre se ha visto la política inglesa dominando y dirigiendo a la de Portugal.

A la muerte de Fernando VII, cuando en aquel reino se hallaba D. Miguel disputando el trono a su sobrina y en España empezaba la guerra de D. Carlos, se preparó el tratado de la cuádruple alianza que como en otras lecciones hemos dicho, se celebró el año de 34. De él nos hemos ocupado ya varias veces, y hoy diremos solo que Portugal por su parte le cumplió religiosamente. He aquí el principal tratado que con esta nación hemos celebrado, y lo que de mas notable ofrecen nuestras relaciones con ella.

En el día nuestras relaciones con Portugal son pacíficas, pero aunque así sea, como en otras ocasiones hemos indicado, el pensamiento fijo, perseverante del gobierno español, debe ser la Unión peninsular: a este acontecimiento más o menos remoto debe encaminarse siempre su política. Hay grandes dificultades que vencer, está en contra la poderosa Inglaterra; mas no importa, que nada hay imposible cuando se procura conseguirlo con fuerza de voluntad; nada hay superior a los perseverantes esfuerzos del hombre, y menos a los de las naciones cuya vida no se acaba nunca.

La unión de los pueblos, la concentración de las sociedades en cuanto lo permita la naturaleza, es la tendencia de la época. A fines del siglo XV se contaban en Europa 2.000 Estados independientes: al terminar la guerra de Francia sólo existían 200, y en la actualidad solo hay unos 60. Véase cuantas razones aconsejan que el gobierno piense constantemente en la unión de Portugal, que tan indicada está además por la misma naturaleza. Nada más hay que decir acerca de aquella nación, con la cual, como ya se ha indicado, no ha habido mas tratados que el de la cuádruple alianza, y también el relativo a la navegación del Duero, que ninguna importancia tiene con relación a la política.

Hablemos ya de las potencias del Norte.

Prescindiendo de lo que por estas potencias deba entenderse, atendida su posición geográfica, diremos que la diplomacia ha considerado a la Europa dividida en potencias del Norte, y potencias del Mediodía. En esta grande división sucede como en todas las cosas; que en cada uno de los grupos hay una parte preponderante que domina a las demás que lo componen. Así es, que en el grupo que forman las potencias del Norte, figura en primer término el Austria dominando a una porción de Estados; siguenla la Rusia y la Prusia luego. Al Mediodía aparece primero la Inglaterra, después la Francia, y en seguida las demás naciones. Las potencias del Norte y las del Mediodía forman la primera división de Europa: estas dos grandes partes se subdividen después entre sí.

A todas las guerras que han sobrevenido en el mundo ha precedido un principio, una creencia; y así es, que examinando a la Europa bajo este punto de vista, puede considerársela dividida en tres periodos. El primero llega hasta el siglo XVI, y en él dominaron solo los principios religiosos, que fueron la causa de todas las guerras. En el segundo período que principia en el siglo XVI, las naciones se ostentaron ya independientes, y pensaron solo en engrandecerse más y más: el principio pues que entonces dominó fue el de los intereses materiales; el del ensanche y engrandecimiento del territorio. Duró este período hasta fines del siglo XVIII, y entonces la guerra de Francia, su revolución levantó el principio político; los pueblos ya pensaron en gozar de más derechos, de más libertad; y en este camino la Francia fue quien dio la señal. Pero no prepondera hoy solo el principio político: este comparte su dominación con el de los intereses materiales; y así se ve que los pueblos al mismo tiempo que defienden su libertad y sus derechos se afanan por su engrandecimiento material, considerándolo como medio poderoso de bienestar. Puede pues decirse que entre estos dos principios no domina hoy ninguno exclusivamente.

El Austria, la Rusia, la Prusia y los demás Estados dominados por ellas son las que forman las potencias del Norte. Estas tuvieron en España sus embajadores y representantes hasta la muerte de Fernando VII; pero al acaecimiento de este suceso, cuando el estado de la política principiaba a cambiarse, y todo indicaba el vuelo que entre nosotros iba a tomar la libertad, aquellos se retiraron y no han vuelto, sacrificando así al principio político intereses de mucha importancia. El Austria tiene grande interés en sostener sus relaciones con España; porque su pensamiento fijo y dominante es colocar en nuestro trono a uno de sus príncipes. Este pensamiento nunca quiere deslizarse más fácilmente que en la época actual, siendo una mujer la que ocupa el solio de Castilla; pero como hemos indicado, las potencias del Norte lo sacrifican todo al principio político.

A España le interesa también estar en buenas relaciones con aquellas potencias, pero no debe humillarse para conseguirlas. Ellas no han querido reconocer los derechos de la actual reina de España; nosotros debemos esperar, que el tiempo y las circunstancias les obligarán a reconocerlos.

Entre aquellas potencias y la España no hay tratados que merezcan examinarse.

En la próxima lección hablaremos de nuestras relaciones con los Estados de Italia, y en la siguiente presentaremos un resumen general de la política de todas las naciones con relación a España, y daremos por terminado el presente curso.

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