Filosofía en español 
Filosofía en español


Guerra de Méjico

(Remitido.)

Los norte-americanos ocupan ya la hermosa Méjico, orgullo del imperio español, la vez primera después de más de trescientos años de pacífica existencia profanada por la planta de bárbaro invasor. Cumplióse la profecía del gran demócrata americano Jefferson, que a fin del siglo predecía que antes de cincuenta años ondearía la constelación americana sobre las torres de la magnífica catedral de Méjico, si bien probablemente se refería a otra conquista más pacífica, menos desastrosa y humillante para el genio de la libertad, no tan insegura y comprometida como la que han llevado a cabo las armas victoriosas del general Scott.

Para que este gran suceso se haya verificado, y fuese perdiendo la predicción el aire de baladronada patriótica que le daban las circunstancias, ha sido preciso que la revolución inaugurada en el mundo por la declaración de independencia de las colonias inglesas, y por la de los derechos del hombre hecha por la constituyente, continuando su carrera devastadora, minase todos los tronos, diese por el pie, auxiliada de las pasiones y de las miserias humanas, la grandiosa fábrica del imperio marítimo español, asentada sobre las robustas bases del recíproco interés y de la justicia, y que atajando el vuelo magnífico de Méjico, cuando más cerca se hallaba de la cumbre de una prosperidad serena, la derribase de un golpe en un lago de sangre de hermanos para luego revolcarse en el cieno de los pronunciamientos, y por último venderse ignominiosamente a la merced de un orgulloso vencedor que se abre paso por entre ruinas e incendios.

¿Son éstos, oh libertad, tus beneficios? ¿Éstos los trofeos de tus victorias? ¿Éstas las lecciones que nos envías desde el nuevo mundo donde has fijado tu trono indestructible? ¿Éstos por fin los ejemplos de moderación que has logrado inspirar a tus adoradores, los hijos pacíficos, inteligentes y laboriosos de Franklin y de Washington?

Lloremos la suerte de la ciudad infortunada, cuyos numerosos hijos no han sido para defenderla de un puñado de bisoños aventureros; lloremos mil víctimas inocentes sacrificadas al furor de la guerra por la ambición de unos y por la impericia o abatimiento de otros; lloremos el golpe que ha puesto fin a la vida más pura y patriótica de América, la del inmortal don Nicolás Bravo, valiente entre los valientes, héroe de la humanidad{1} en la independencia, cuyos días han sido después un tejido de abnegación y sacrificios hechos en el altar de la patria; lloremos sobre todo la súbita decadencia de una nacionalidad que prometía tantos días de vigor y de pujanza.

¡Triste cuadro que se presta a serias reflexiones y exige algunas explicaciones!

El virreinato de Méjico en trescientos años de pacífica existencia había alcanzado un grado tal de abundancia y prosperidad, que vive aún en la memoria de algunos que lo disfrutaron, y contrastando tan singularmente con las miserias y desgracias sobrevenidas, parece ya relegado al periodo fabuloso de la edad de oro de los pueblos. Sin la ostentación y bulla de la libertad, gozaba de casi todos sus beneficio. Regularizado todo y puesta cada cosa en su lugar, el orden público se mantenía por su propio peso sin el puntal de las bayonetas, por sólo la fuerza de la justicia y de la mutua conveniencia, por sólo el prestigio de la autoridad, objeto de un culto universal y religioso. No es posible idear un gobierno ni más sencillo, ni más económico, ni más acatado. Un virrey con sus comandantes y gobernadores de provincia sin el aparato y balumba de inmensas oficinas bastaban a lo militar y político; la audiencia, colocada de intento por nuestros reyes en la eminencia de la región del poder, con sus alcaldes y corregidores proveía ampliamente a la justicia, primera necesidad social, y a las mil atenciones de la administración y gobierno de los pueblos. La iglesia, en perfecta armonía con el estado, satisfacía copiosamente a las necesidades espirituales, y formaba el lazo íntimo y secreto que unía a todas las clases.

Las arcas públicas se henchían anualmente con veinte millones de duros recaudados sin esfuerzo, principalmente en el ramo de tabacos que sobre un consumo de siete y medio millones dejaba cuatro líquidos, de las platas y azogues que producían sobre cuatro y medio millones, de las alcabalas que rendían tres, bulas 300.000 pesos, novenos 192.000, subsidio, annatas y vacantes 167.000, de la capitación de indios, mediante la cual estaban exentos de alcabalas y otras gabelas, que producía cosa de un millón. Los gastos de giro y recaudación no excedían de un diez por ciento. Los generales del virreinato fueron en 1802 como sigue:

Sueldos del virrey, intendentes y empleados de Hacienda     ps.510.000
Administración de justicia130.000
Pensiones y otras cargas comunes500.000
Situados ultramarinos de América y Asia3.010.000
Tropas veteranas y milicias1.500.000
Presidios contra los indios bárbaros1.100.000
Arsenal de San Blas100.000
Fortificaciones y buques de guerra en Acapulco y Veracruz1.000.000
Misiones de Californias y otras50.000
Total pesos7.900.000

Así pues, Méjico, después de proceder desahogadamente a todas sus atenciones y a las de otras posesiones de la corona, dejaba disponible un cuantioso sobrante.

La Iglesia se sostenía holgadamente de las obligaciones diarias, del rédito de un capital de cuarenta y cuatro millones y medio de pesos a que en 1807 se estimaba por un cálculo bajo e incompleto la riqueza acumulada en sus manos por la piedad de los fieles, capital impuesto a un módico interés sobre la propiedad territorial, rústica y urbana, del producto de sus fincas que no subían a tanto, y del diezmo.

Con todos estos gravámenes, la minería enviaba anualmente a la Casa de Moneda de Méjico, por valor de 24 millones de pesos; la agricultura, sin el arbolado y la ganadería, producía un valor equivalente; la industria otro de seis millones próximamente; y Veracruz, en el apogeo de su prosperidad, en 1802, ponía en movimiento un valor de 60.445.955 pesos de comercio legal, en el que no se incluían las importaciones y exportaciones hechas por cuenta de la real hacienda, y que se distribuían en esta forma:

Importación de EspañaEn efectos nacionales11.539.21920.390.859
En extranjeros8.851.640
Exportación para idem33.866.219
Importación de América1.607.729
Exportación para idem4.581.148

Así la abundancia, derramando con profusión sus dones en Méjico, recompensaba ampliamente el trabajo, en el que no exigía otras condiciones que la aplicación y la honradez, y desterraba de la sociedad el pauperismo con sus cien plagas devoradoras. Reinaban con ella la buena fe y la confianza que eran el alma de las transacciones civiles, la unión de las clases, la cordialidad en las relaciones domésticas, la caballerosidad en el trato social. No son estas pinceladas de fantasía, sino rasgos característicos de una época dichosa, grabados profundamente en la memoria de los restos que aún viven de la generación que disfrutó de sus dulzuras.

Era tanto más de admirar aquel concierto cuanto más difícil se hacía mantener el necesario equilibrio entre los heterogéneos elementos de una población de 6 a 7 millones de almas; problema que siempre se propuso la administración española y que trató de resolver con celo y con pureza. Por eso restringió siempre la introducción de negros en Méjico, en que sólo se encontraron diez mil a la época de la emancipación. La clase realmente desvalida, sobre la que descargaba el peso material de la labranza y minería, y que formaba la gran masa de la población, era la de los indios, que tantos y tan incesantes desvelos mereció a nuestro legislador desde que Isabel la Católica la distinguió con su particular afecto; clase salvada de la total ruina que ha cabido en suerte a las tribus que han estado en contacto con los norte-americanos, y cuya situación mejoraba continuamente en nuestras manos, gracias a esa ilustrada protección de nuestras leyes y de nuestros magistrados, y a la no menos decidida de la iglesia. La inmigración constante de españoles llevaba al seno de aquella sociedad la nueva sangre que la rejuvenecía y vigorizaba. La falta de este elemento no reemplazada de modo alguno, es una de las causas más positivas de la retrogradación de aquella sociedad. Los criollos en fin, eran considerados por nuestras leyes y nuestro gobierno a la par de los españoles en sus derechos y en la provisión de los empleos, pudiendo optar a todo en España y en América, excepto los mandos superiores en su tierra.

L. M. Rivero

———

{1} Hallándose al frente de una columna de insurgentes, y teniendo en su poder 300 prisioneros españoles, les dio la libertad por toda venganza, y a riesgo de su propia existencia el día en que supo el fusilamiento de su padre por insurgente.

 


El Español
Madrid, miércoles 10 de noviembre de 1847
segunda época, número 1038
página 2

Guerra de Méjico

Artículo II

Para completar el sumario de los bienes mortuorios de nuestro antiguo régimen americano, necesitamos hacernos cargo de la enseñanza, que en manera alguna se hallaba desatendida por nuestro gobierno, sino más bien colocada allí a una altura a que no había llegado en la metrópoli. Una universidad, numerosos seminarios y colegios, entre otros el famoso de la minería, multitud de escuelas, difundían gratuitamente la enseñanza profesional, secundaria y primaria, de que participaban abundantemente todas las clases de la sociedad, aun la de los indios, que no sólo podían instruirse, sino aspirar a todas las profesiones, y aun al mismo sacerdocio.

Al detenernos en esta rápida consideración de las bases y resultados de nuestro sistema colonial, no ha sido nuestro ánimo extasiarnos en su contemplación como en una obra acabada y perfecta: sabemos que los gobiernos no tienen más que un mérito relativo, el de apropiarse a las circunstancias y condiciones de la sociabilidad de un pueblo; que ellos no son un fin, sino un medio de hacerle avanzar en la senda de su peculiar destino, y que cuando rebeldes a su misión se convierten en obstáculo insuperable, están condenados a ver fenecer dentro de sí el principio vital que los animaba.

Importábamos empero considerar ese sistema por dos razones: primera y principal, porque él es el punto de partida, desde el cual se ha lanzado la revolución mejicana en un oscuro porvenir; segunda y accesoria, por presentar de bulto la verdad de que España acertó en el gobierno de sus colonias, las cuales nunca hubieran podido llegar a la posesión en una existencia tan tranquila, tan holgada y feliz, bajo un gobierno que contrariase su peculiar constitución y destino. Nosotros no titubeamos en abandonar nuestro sistema a la prueba de este criterio, el más razonable en política como en moral, el de juzgar el árbol por sus frutos; y en que se pongan en paralelo con las nuestras las colonias inglesas, las francesas, o las de cualquier otra nación al tiempo de su emancipación; que se cotejen sus orígenes y sus historias respectivas; nuestra legislación de Indias, sencilla y uniforme con el Monitor argelino o las actas del parlamento imperial; nuestro consejo de Indias, con sus compañías y gobiernos; nuestros magistrados, obispos y misioneros, con los suyos; nuestra esclavitud circunscrita a las Antillas, con su esclavitud; nuestra organización del trabajo en el continente y la parte que dimos a los indios en nuestra civilización, con lo que ellos han hecho y están haciendo en esta línea. Y si al mismo tiempo comparamos con los resultados obtenidos los medios de que unos y otros nos hemos servido; la espontaneidad con que han nacido y crecido nuestras colonias, con la violencia que lo han hecho las suyas; esos ejércitos y armadas que los pueblos modernos en el apogeo de su grandeza envían a fundarlas y mantenerlas con las carabelas y bergantines que condujeron a nuestros Colones, Corteses y Pizarros; esos establecimientos, en fin, que pesan de una manera tan insoportable como Argel y la India sobre sus metrópolis, con los nuestros que desde un principio no sólo se han bastado a sí mismos, sino que nos han auxiliado y continúan auxiliándonos enérgicamente; cuando todo esto miramos y consideramos, sentimos rebosar en nuestro pecho un orgulloso españolismo, que nos redime de mil humillaciones presentes.

Pero si ese sistema, adecuado a las circunstancias y elementos de nuestras colonias, bastaba a su gobierno del momento, no prevenía el del porvenir; de aquí, que ellas a la emancipación se encontraron con el gobierno sobre sus brazos, sin experiencia ni educación previa: de aquí, que el paso del antiguo al nuevo orden de cosas se verificó por un salto, sin transición natural de ningún género: de aquí que el nuevo orden de cosas no ha podido plantearse, y que la sociedad se muere allí en el lecho de la anarquía.

Por nuestra parte aceptamos el cargo con explicaciones; pero pedimos que cada cual lo acepte, y con él las consecuencias desastrosas de la emancipación. Cierto es que nuestro gobierno no dio educación política a sus pueblos de América como no la dio a los de la península, ni más participación en los negocios comunes, que la escasa ejercida en los ayuntamientos y consulados. Nuestro gobierno en América estuvo basado sobre la eliminación del pueblo en las regiones del poder, sin dejar por eso de ser tan ilustrado, tan justo, religioso y humano como sea dable a uno de esta especie.

Pero es mucho exigir de la naturaleza humana, que un gobierno, al fin compuesto de personas y de intereses, haya de renunciar a sus pasiones, y de llevar sus previsiones hasta el límite de su transformación posible, y más allá de las condiciones de su actual existencia. ¿Quis est hic? Con todo, aún es una gloria nuestra el que un ministro español se levantase a esa altura de previsora abnegación, y propusiese, como un remedio a la política desastrosa del pacto de familia, la política nacional del establecimiento de monarquías borbónicas en América, y que este ilustrado proyecto se hiciese oír en los consejos de nuestros reyes, años antes de la revolución francesa.

Por otra parte, la composición de nuestra población americana y su dispersión por un territorio inmenso, hacían poco menos que imposible la adquisición de costumbres políticas, que además no estaban por el momento ni en nuestras ideas ni en nuestras tradiciones. ¿A quién en tales circunstancias debía investir nuestro legislador con derechos políticos? ¿Por ventura a la inmensa mole de la población indígena? Pero aún no se había pervertido su buen juicio, como lo fue más tarde, por la declaración de los derechos del hombre. ¿Acaso a los pocos españoles, dispersos aquí y allá , luchando con los obstáculos de un trabajo de gigantes? Pero estos españoles y sus hijos tenían harto que hacer con proveer al sustento común, a las necesidades de la agricultura, de la minería y del comercio, sin echarse el sobrepeso del gobierno, que por otro lado veían en manos respetables.

En muy otras circunstancias se vieron las colonias inglesas del Norte-Americano. En primer lugar dominaba en ellas el elemento inglés, y puritano por añadidura; el cual no necesitaba de estímulos de fuerza para desarrollarse, como lo hizo aún a pesar de su gobierno, según sus condiciones naturales de publicidad, espíritu de asociación, juicio por jurados y libertad de conciencia. Su población era además europea, y no tenía para marchar la rémora de una inmensa población indígena, porque la raza anglo-sajona ha tenido y tiene por más cómodo y expeditivo exterminar o ahuyentar delante de las tribus indígenas, que servirse de ellas aun como esclavos. Por último, esa población era más compacta, toda vez que el terreno lo fue ocupando según sus necesidades, no de un golpe como nosotros.

De todos modos, eso es lo que hicimos y en ese estado dejamos a nuestras colonias. Mientras el espíritu moderno se fue infiltrando pacíficamente en nuestras leyes y costumbres durante los reinados de los primeros Borbones, América participó más que la península de este progreso; pero desde que llamando a la puerta de los gobiernos con la violencia de la revolución francesa, hizo a éstos recoger velas en el rumbo de las reformas, y mantenerse a la capa para dejar pasar la tormenta, el progreso se interrumpió entre ellos, aunque mucho menos que entre nosotros. ¿Cuál es pues nuestra culpa, si apoderándose del mundo un día de vértigo revolucionario las cabezas exaltadas de aquí y de allá, se dieron tanta prisa a demoler el edificio antiguo, creyendo buenamente que poseían una vara mágica para hacer brotar del suelo otro nuevo tan cómodo como grandioso? La culpa es más bien de la época, y muy señaladamente de la América, que locamente trocó una felicidad real por otra fantástica, y de la Europa que fue su cómplice en esta obra de iniquidad.

Si no se hubiera forzado el curso natural de las cosas, y no se nos hubiese impuesto el progreso a cañonazos, España penetrada del espíritu moderno, y cuya misión no había concluido en América, habría llevado de la mano, y gradualmente a sus colonias hasta el punto de sazón de una emancipación completa. Pero en fin no se hizo así, y cada cual debe cargar con su pecado. Examinemos ya la obra de la revolución.

L. M. Rivero

 


El Español
Madrid, viernes 12 de noviembre de 1847
segunda época, número 1040
página 2

Guerra de Méjico

Artículo III

Dice un célebre publicista-poeta, que jamás ha aparecido en el mundo una erupción de verdades sociales, igual a las que derramó la asamblea constituyente. Simpatizando nosotros en general con esas verdades, tan sólo objetamos la forma volcánica de su aparición y difusión, porque ni el espíritu humano recibe con tal premura las ideas, ni la sociedad acepta las reformas sino de una manera lenta y progresiva.

Pudiera pasar como programa del porvenir, mas como inmediata tare de gobierno excedía el trabajo de muchas generaciones, según lo ha comprobado una dolorosa experiencia.

De todos modos, las ideas de 89 cautivando despóticamente la opinión, se hicieron al momento gobierno, o más bien revolución. Al primer entusiasmo siguió, empero, la resistencia de los numerosos intereses conculcados, el grito agudo de una sociedad lastimada por un experimento tan sensible como glorioso. Por toda contestación la revolución suprime las oposiciones, suprime los parlamentos, la nobleza, el clero, el mismo trono... y en el delirio de su omnipotencia, no pudiendo sufrir aún los quejidos de las víctimas, pone en tortura al ingenio para discurrir más expeditos medios de destrucción, decreta el exterminio de ciudades y de provincias. ¡Jamás se vio sobre la tierra tan monstruosa mezcla de barbarie y civilización, ni una más hermosa causa defendida por una serie igual de negros crímenes y espantosas catástrofes!

Perdidos los primeros bríos, que a tanta costa rechazan la invasión extranjera, la revolución abjura sus feroces instintos, se domestica; pero la corrupción que sobreviene relaja todos los resortes, disuelve todos los vínculos, y la sociedad fatigada y sin fe se arroja en brazos de un soldado victorioso.

Bonaparte comprende admirablemente su misión, y satisfaciendo el hambre y sed de gobierno que la sociedad experimenta, se constituye dentro y fuera en el legítimo representante de los principios más puros de la revolución, de aquí sus nobles triunfos y sus más legítimos títulos a la inmortalidad. Pero llegado a aquella altura en que las cabezas humanas se desvanecen, soltadas las bridas a su ambición fogosa, comenzóse a despeñar Napoleón comprometiendo gravísimamente en su catástrofe la causa de esa misma revolución, por la que había desempeñado un papel en el mundo. Mientras una gran nación y todo un nuevo orden de cosas recogían el fruto de sus trabajos y de sus victorias, su brazo fue invencible; pero principia a enflaquecerse tan luego como la terrible cuenta de sangre, de oro y de libertad que la Francia tenía abierta a la guerra, hubo de saldarse con reinos y ducados arrojados a la insaciable avaricia de una fastuosa corte imperial.

¡Quién dijera que la pobre y vilipendiada España fuese el humilde pastor elegido para derribar a este moderno gigante! ¡Quién, que la ingratitud había de ser colosal como el beneficio!

España, sólo atenta a su honra y sin contar más que con su valor, se arrojó en la más completa desnudez de recursos y en medio de las circunstancias más apremiantes a la más noble y gloriosa temeridad que jamás haya intentado un pueblo en defensa de su independencia. Esta extraordinaria decisión que debía variar los destinos de Europa, produjo entre nosotros la fusión en un inmenso patriotismo de todos los intereses y de todas las opiniones a la sazón tan divergentes. También figuraban en las filas de la patria los liberales, representantes de las ideas de 89, que sin haber hecho mucho camino en la opinión, dominaban las eminencias de la ciencia y de la literatura, y contaban con el apoyo de una juventud generosa, debiendo esta vez volverse contra su mismo origen, y concurrir a rechazar la invasión francesa, que se dirigía a entronizarlas en la persona del culto y pacífico José.

Mas el pueblo español que no se levantaba por la libertad, mucho menos por una libertad a la francesa, que aún hoy en día no comprende, no hizo alto en esas ideas, y dando la cara a la Francia, sólo ocupado en mantener una lucha de gigantes, dejó a las espaldas a sus sabios legisladores, quienes tan buena maña se dieran, que en breve la venerable monarquía de los Alfonsos y Fernandos se mostró al mundo regenerada en las aguas del pacto social, aunque sin haber pasado por las horcas caudinas de un juego de pelota, ni de un 10 de agosto.

Este anacronismo político que todavía estamos pagando, nos costó por de pronto la pérdida de nuestras Américas, cuya dominación era incompatible con el desarrollo lógico del principio de la soberanía nacional proclamado por las Cortes generales y extraordinarias de Cádiz, con el beneficio de la representación nacional que entre otros les había conferido la junta central, y con el sistema en fin de publicidad y de libertad, tal cual prevaleció, aplicado injusta y sin ninguna modificación al gobierno de las colonias.

Cuando en el verano de 1808 empezaron a conocerse en Méjico los graves acontecimientos de la Península, verificóse la misma explosión de patriótica indignación que en ésta, igual resolución de desconocer las abdicaciones de Bayona, de rechazar el gobierno de Murat, y de acatar y auxiliar un gobierno legítimo nacional. Sin embargo, a la llegada de las noticias del levantamiento y formación de juntas, empezó a deslizarse en los ánimos la idea de la independencia a la sombra de la tentación poderosa de no ser menos que las provincias de la metrópoli, y de erigirse en junta soberana que conservase tan vastos dominios al rey Fernando, cuando quiera que saliese de la cautividad francesa. El ayuntamiento de Méjico dominado por el ascendiente de su procurador síndico, a la sazón un abogado americano, se hizo el eco inocente de esta opinión, y asumiendo la representación y voz de todo el país, se dirigió al virrey Iturrigaray en solicitud de una junta donde se regenerasen todas las autoridades, y que ejerciese la soberanía en la orfandad del poder real. Pero el real acuerdo a quien consultó el virrey, desaconsejó tan trascendental medida, opinando que las circunstancias no eran extremas como en la Península, que nada había hasta el momento que no estuviese previsto en la legislación de Indias, y que mientras se organizaba un gobierno nacional en aquella, continuasen las cosas en el mismo estado, viendo sólo riesgos inminentes en la política que proponía el ayuntamiento.

Éste, empero, no se dio por batido, y volviendo de nuevo a la carga, al fin atrajo de nuevo a su partido al virrey, quien a pesar de haberse conformado primero con el sesudo dictamen del Acuerdo, al fin, atropellando por su resistencia y sus enérgicas protestas contra el acto, reunió una junta magna de autoridades eclesiásticas, militares y civiles del ayuntamiento y varios particulares, en la que después de acalorados debates, se acabó por aclamar a Fernando, y no reconocer más gobierno que el que por él o sus legítimos pretendientes se formase en la metrópoli, declarando que entretanto continuaba la autoridad del virrey, tribunales y autoridades. Habían estado, pues, en presencia el contrato social defendido por el ayuntamiento y sus abogados, y el derecho divino, o más bien nuestra antigua jurisprudencia nacional, bajo cuyos auspicios subsistían las colonias, que fue defendida con vigor por los fiscales del Acuerdo y otras autoridades ilustradas. Sin embargo, la balanza allá como acá, se inclinaba por entonces del lado del primer sistema, en el cual, cada vez más obcecado, a pesar de sus más rectas intenciones, dio el virrey un nuevo paso, que fue la convocación de un congreso general, compuesto de los diputados de todos los ayuntamientos del reino, gran desiderátum por el momento de los amantes de la independencia mejicana.

Por entonces llegaron los comisionados de la junta soberana de Sevilla, demandando la obediencia de Méjico, y pliegos de la de Oviedo, pidiendo la cooperación y auxilio de aquel reino para la grande empresa en que la nación se hallaba embarazada. El partido del ayuntamiento tomó con esto nuevos bríos, y a vista del fraccionamiento del poder soberano, insistió más y más en que éste había caído en el pueblo, y que Méjico debía usarlo como lo usaban las provincias de España.

Alarmado grandemente con tales progresos el partido español, porque ya había partidos en Méjico, sintiéndose dueño de una fuerza inmensa, determinó atajar al torrente sus avenidas, y una noche de septiembre del mismo año depuso al virrey, y le remitió a España, procediendo enseguida en justicia contra los fautores de sus planes. Tal fue esta medida ruidosa, vituperable en las formas, pero que había hecho necesaria el curso de los sucesos, si Méjico había de continuar siendo colonia española. Los ánimos quedaron agriados, y el partido vencido dispuesto a echar mano de la primera coyuntura favorable.

Sucedió a poco el débil gobierno del virrey-arzobispo, y luego el más rígido del real Acuerdo, bajo los cuales no se tranquilizaron los ánimos, antes echaban leña a la intestina discordia las noticias que de la metrópoli llegaban, y los nuevos principios de gobierno que en ella se proclamaban, hasta que en fin estalló la rebelión abierta en Dolores el 16 de septiembre de 1810, casi a tiempo que el virrey Venegas destinado a combatirla, desembarcaba en Veracruz.

El cura Hidalgo, no conocido por ningún antecedente honroso, fue quien lanzó el primer grito de la rebelión, cuya causa, engrosándose súbitamente con turbas inmensas de indios y gente perdida, apenas regimentada por algunos militares, vino toda cubierta de sangre inocente, de robos y de incendios a estrellarse en el monte de las Cruces casi a la vista de Méjico, en Acula, en Guanajuato y en el puente de Calderón. Dispersadas aquí las turbas, el mismo caudillo en fuga, y luego preso y ajusticiado, pulularon los facciosos en el país, hasta que nuevos jefes, que a su vez sucumbieron; la organización descollaba entre ellos, el famoso cura Morelos, vaquero hasta la edad de 32 años, a cuyo tiempo se puso a aprender latín, que más tarde cambió por un machete, poniéndose al frente de la rebelión del Sur, bajo el humilde título de siervo de la nación, y siendo en fin, cogido y fusilado, en fin de 1815.

La insurrección trató de organizarse formando varias juntas soberanas, varios congresos y proyectos de Constitución más o menos fielmente calculados sobre la nuestra, todo de efímera existencia; pero es de advertir que ella no proclamó abiertamente la independencia, hasta el 6 de noviembre de 1813, que lo fue por el congreso supremo de Chilpancingo, y que los primeros jefes que la dirigieron tenían cuidado de no omitir entre sus gritos el de viva Fernando, si no querían ver desiertas sus filas. Esta idea de que la guerra tenía por objeto conservar aquellos dominios para su rey legítimo contra la traición del gobierno de Méjico que quería entregarlos a Napoleón, fue la palanca principal en manos de aquellos jefes para remover las masas. Los otros gritos del sanguinario Hidalgo eran: viva la nación, viva la religión, mueran los gachupines!

Esta guerra fratricida y bárbara que recibió sus más fuertes golpes de manos del enérgico y activo general Calleja, tanto cuando mandaba divisiones, como cuando estuvo al frente del gobierno hasta 1816 estuvo sostenida del lado de la insurrección por clérigos, militares y abogados más o menos ilustrados y respetables que estaban en minoría en sus respectivas clases, aunque el deseo de la emancipación fuese bastante general, y que prevaliéndose de las circunstancias favorables de la época, había desplegado la bandera de la rebelión ocultando al príncipe sus designios de independencia bajo el pretexto de amor a Fernando, hasta que vieron al pueblo bajo que llenaba sus filas, suficientemente avezado a la licencia para poder sin riesgo proclamar en su presencia otros votos más íntimos. Por el lado del gobierno se encontraba la gran masa de intereses y de personas sensatas e ilustradas del país, que si bien en el fondo de su corazón anhelaban la emancipación, no la querían por medio de los horrores de una tan bárbara guerra civil, ni de unas manos, en lo general tan soeces y manchadas de sangre inocente como las que por ella luchaban. Así es que todo el que tenía que perder fuese criollo o español, todo el que podía discurrir con pocas excepciones, era amigo y sostenedor del gobierno. El número de voluntarios, en que figuraban españoles y criollos, y que hacían una guerra activa y de las más atroces, era inmenso: las tropas veteranas eran comparativamente en muy escaso número, y aún en ellas figuraban por la mayor parte los soldados del país, sobre todo hasta 1812 en que se enviaron allá algunas tropas españolas. Los recursos pecuniarios para sostener estas grandes fuerzas que no pueden estimarse en menos de 80.000 hombres, todos salían de los fondos del erario y de los inmensos donativos de los particulares que rivalizaban en generoso desprendimiento.

Si a pesar de esto se prolongó la guerra, atribúyase al favor de la época, al estímulo que recibía de toda partes, inclusa España; a las circunstancias físicas del país, y lo atrasado del bajo pueblo tan susceptible de recibir inspiraciones ajenas, sobre todo de sus curas y otras personas acostumbradas a mandarlo. Pero a pesar de todo, Méjico triunfó de la insurrección casi por sus solos recursos y el virrey Apodaca, auxiliado de Iturbide, Cruz, Negrete y otros generales, tuvo la gloria de ser el pacificador de la Nueva España, hasta el punto de no existir más que unas gavillas errantes en las montañas del Sur, al mando del cabecilla Guerrero en 1820, época en la cual se trastornaron los destinos de Méjico, merced a otras causas que expondremos.

L. M. Rivero

 


El Español
Madrid, domingo 14 de noviembre de 1847
segunda época, número 1042
página 2

Guerra de Méjico

Artículo IV

Hay épocas de seducción en que apenas puede mantenerse la conciencia más firme. Fascinado entonces el espíritu público, no sufre discusión y es llevado por el impulso mágico de ciertas palabras sacramentales. El año de 20 era una de estas épocas en España y en América, y la palabra mágica en que se cifraba la suma del poder y de la ventura, era la palabra “libertad”, que encerraba todo un sistema político aún no ensayado debidamente, y engalanado además con los honores del martirio. La primera de las virtudes militares sucumbió a esta terrible prueba en el ejército de la isla de León, el cual, merced a tan deslumbrador influjo, pudo separarse de la línea de su deber, y volver sus bayonetas contra el soberano que se las ponía en sus manos para mantener ileso el cetro de Castilla más allá del Atlántico, y aún pudo haciendo esto mecerse en la extraña ilusión de que servía a los más grandes intereses de su patria.

Méjico, que para mantenerse en la devoción de la metrópoli, sólo necesitaba de este refuerzo en el supuesto de trastornarse de nuevo los destinos políticos de ésta, se hallaba sujeto a influencias, habiendo germinado tanto más en la lozana imaginación de aquellos naturales las abundantes semillas de la libertad derramadas por la imprenta libre durante el primer período constitucional, cuanto que la libertad era para ellos fiadora segura de su independencia. Así que recibieron con entusiasmo la proclamación de la nueva era liberal, volviéndose a encender con ella la mal apagada hoguera de la discordia, merced a una imprenta libre que venía a desgarrar las llagas recientes de una horrorosa guerra civil de diez años. Entre los españoles, si bien unidos en el sentimiento de fidelidad a la metrópoli, había quienes de buena fe simpatizaban con el movimiento liberal, y deseaban verlo triunfante. El ejército mismo, firme en su decisión y en su lealtad, contaba jefes y oficiales liberales que igualmente que a la conservación de aquel rico imperio, deseaban consagrarse a la defensa de la libertad. Se hacía, pues punto menos que imposible la continuación del antiguo orden de cosas; la avenida de nuevas ideas inconciliables con él, minaban por su base la dominación española en América, y era en vano volver los ojos a la metrópoli, porque de allí precisamente partía la causa del mal y del desorden.

En este conflicto se fraguó un plan de contrarrevolución en Méjico, que la voz pública atribuyó al mismo virrey Apodaca, quien se ha dicho después, obraba por expreso mandato de Fernando VII. Este plan que tenía por objeto la proclamación del rey absoluto, y en su caso la separación completa de la metrópoli bajo el mismo rey Fernando, en caso de que la revolución le despojase del trono de Castilla, o de un príncipe de su familia en su defecto, se fraguó en la Profesa, casa de clérigos felipenses de mucho crédito en la capital, donde parece se reunían con el virrey el auditor Bataller, uno de los magistrados más probos y entendidos de aquella audiencia, y los doctores Monteagudo y Tirado, individuos de la misma casa, español el primero y americano el segundo. Contóse para llevarle a cabo con alguno que otro general, recayendo, en fin, la elección en Iturbide, que a su cualidad de americano unía la de una gran reputación militar, y la de ser hombre de acción y de intriga. El proceso que se le había promovido por desafueros y violencias de que le acusaban, cometidas durante su mando en el Bajío, se cerró por entonces.

Las revoluciones y las contrarrevoluciones pertenecen a ese círculo vicioso de fuerza y de anarquía, de que no es posible resulte jamás el orden social, que sólo existe en el crédito y acatada dominación de las ideas morales. La contrarrevolución en Méjico pecó, pues, contra estos sagrados principios de deber y de alta moralidad, que son la única salvaguardia del orden en las cosas humanas; pero tenía en su excusa la más profunda convicción y la intención más patriótica, si cabe excusa en la postergación del deber; único faro seguro de la conducta pública y privada, cualquiera que sean las consecuencias, que todas se las hecha sobre sí la Providencia, a cuyo cargo están los destinos de la sociedad y del hombre.

Pero la contrarrevolución se enredó en sus propias redes. El general Iturbide aceptó el cargo de jefe que se le confería con la segunda intención de explotarlo en provecho propio y de su patria. Fiel hasta allí a la causa de la metrópoli, a la que había hecho señalados servicios durante la guerra de la insurrección, se encontraba probablemente agriado por un largo proceso que le habían atraído sus demasías, y por otra parte su gran perspectiva en su carrera militar, que a la edad de 37 años en que se hallaba, había ya casi recorrido; cuando por el contrario la revolución abrió un campo indefinido a su ambición. No tenemos fundamentos para privar a su decisión del mérito de haber sido también influida por el deseo de concurrir a la emancipación de su patria; objeto el más legítimo, si se hubiera perseguido con medios nobles.

Salió, pues, de Méjico el 16 de noviembre de 1820, a la cabeza de una división de 2.000 hombres, y una conducta de 800.000 pesos, que una casa española bien conocida en Méjico remitía a Manila por Acapulco, y que era en realidad la caja de la contrarrevolución que esa misma casa ponía a su disposición, y de que usó Iturbide, si bien más tarde el gobierno mejicano reconoció y pagó esa suma. Iba también Iturbide con el fin aparente de batir los últimos restos de la insurrección que vagaban a las órdenes del cabecilla Guerrero en las fragosidades de la costa del Sur. Mas no bien había emprendido contra él algunas inútiles operaciones, cuando poniéndose ambos de acuerdo dio en fin el grito de independencia en Iguala el 24 de febrero de 1821.

Este Plan de Iguala, de cuyo pensamiento y redacción se jacta Iturbide en su memoria de Liorna, no era en realidad sino el primitivo de la Profesa, retocado y añadido en su parte liberal por un abogado de mucha reputación e influencia en la capital, el licenciado Espinosa de los Monteros, que sin embargo de haber sido frecuentemente el mentor de la revolución, ha huido en cuanto le ha sido dable de la agitación de la vida pública. Por él se garantizaban la religión católica apostólica romana, la independencia y el gobierno monárquico-moderado de Nueva España. Eran llamados a la sucesión de la corona, Fernando VII, don Carlos, don Francisco, el archiduque Carlos, &c. Organizábase una junta de gobierno hasta las próximas Cortes constituyentes: garantizábanse propiedades, empleos, fueros y privilegios de la iglesia; y se creaba el ejército trigarante, o de las tres garantías, a saber, religión, independencia bajo un gobierno constitucional, y unión íntima entre americanos y europeos.

La concepción era excelente, y ejecutada de buena fe, habría traído probablemente buenos resultados; pero por los mismos actores principales, y señaladamente por Iturbide nunca se consideró más que como un medio diplomático de suavizar las resistencias, y de llegar a mayores cosas. La conciencia y el criterio político de estos personajes variaban y han seguido variando hasta hoy con los sucesos de cada día, al único compás de sus ambiciones personales y de sus mezquinas pasiones. Difícilmente en la historia de ninguna revolución se encontrarían hombres ni partidos más desprovistos de sentido político.

Los soldados de Iturbide, una vez descubierto el secreto de su jefe, hubieron de vacilar un momento entre él y el gobierno: la revolución abandonada a sí misma, hubiera perecido en su cuna, si el virrey en vez de reducirse a desaprobar la conducta de Iturbide y a mantener inactivo un cuerpo de seis mil hombres en las inmediaciones de Méjico, hubiera volado al peligro; pero cobrando vida con esta inacción, empezaron a llegar las adhesiones así del país, como del ejército, fascinados todos con esta monarquía borbónica que se aceptaba como una verdad; bien que sólo fuese un ardid destinado a servir de pasaporte a esa revolución.

Difundióse esto, pues, rápidamente y sin esfuerzo por el Bajío, Guadalajara, Querétaro y Puebla, y amagó a la misma capital, de cuyos fuertes fue rechazada y batida en Azcapuzalco por el nuevo virrey Novella, que había sucedido a Apodaca, depuesto y remitido a España, por el que podemos llamar partido liberal español.

Llega en esto el virrey Odonojú, en cuyo nombramiento tanta parte tuvieron los diputados mejicanos en Madrid, alguno de los cuales ha hecho méritos después públicamente de los grandes servicios que prestó en aquel puesto a la causa de la independencia de su patria. Este desgraciado virrey, que tuvo la triste gloria de cerrar la respetable lista de jefes de aquella colonia que empiezan en Hernán Cortés, y que estaba destinado a morir tan pronto después de un gran festín, firmó el 24 de agosto los tratados de Córdoba que sancionaban la obra de Iguala, y abrieron a Iturbide las puertas de la capital, donde hizo su entrada triunfal a la cabeza del ejército trigarante el 27 de septiembre de 1821. Los restos dispersos del ejército español, víctima de la intriga de los revolucionarios y de la perfidia de muchos de sus jefes, en actitud amenazadora, contrastaban con el júbilo general y quitaban el sueño al triunfador; pero fueron desarmándose, aunque no sin sellar aún su lealtad con lo más puro de su sangre, cual sucedió al regimiento de órdenes de Juchi.

Dueño Iturbide del mando supremo, gobernó, primero con la junta provisional y luego con un congreso que convocó, y en que se desarrolló fuertemente la oposición republicana, nacida con su misma elevación y fortuna. El partido borbonista en que se había refundido la porción del español que tomó parte activa en el plan de Iguala, viéndose ya claramente burlado y defraudado de su objeto predilecto, la monarquía borbónica, por la ambición creciente de su héroe, y por la declaración hecha de las Cortes de España, que anularon el 22 de febrero así el plan aquél como los tratados de Córdoba, engruesó las filas de esta recia oposición, y contribuyó poderosamente a la caída del gobierno.

Sosteníase éste puramente por la facción iturbidista, habiendo llegado a tanto la nulidad política en su jefe, que ni supo crearse un partido nacional por medio de las reformas que exigía la situación, ni ejercer con rigor el mando para al menos imponer a sus numerosos enemigos. Parecía desvelarle tan sólo el propio engrandecimiento, que al fin después de varias tentativas realizaron sus partidarios, aclamándole Agustín I en medio de un motín de soldados y de léperos la noche del 18 al 19 de marzo de 1822.

La comedia de la modestia del nuevo Washington, luchando con el perentorio llamamiento de la patria, se desempeñó admirablemente; pero Iturbide tuvo al fin que ceder y hacer este nuevo sacrificio de aceptar la corona imperial, no sin haberse resistido hasta lo último, no sin haber subido tres veces a la tribuna del Congreso para apoyar la proposición de aplazar este grave negocio, para cuya decisión no se reconocían con poderes algunos diputados. Es de advertir que por entonces aún era desconocida en Méjico la resolución de las Cortes españolas.

La oposición del Congreso, sorprendido y violentado por una turba popular, creció con este suceso, y siéndole imposible al nuevo emperador gobernar con él, tuvo que apelar a un golpe de estado, el disolverlo en 31 de octubre de 1822, reemplazándole con una junta instituyente, mucho menos numerosa, en que se prometía no encontrar tanta resistencia.

La disolución fue la señal de la revolución. El partido republicano levantó su bandera de rebelión en Veracruz, a la voz del comandante general de aquella plaza, don Francisco López de Santa-Anna, tan tristemente célebre después en los fastos de los pronunciamientos. Iturbide despachó a sofocar la rebelión, a su amigo y hechura, el general español Echavarri, que faltando hasta a sus compromisos personales con el emperador, fraternizó al fin con los republicanos, y unidos los sitiados y los sitiadores, en nombre de la nación, siempre soberana, dieron a la luz el día 2 de febrero de 1823, el tercero entre los planes de que ha sido tan fecunda la revolución mejicana, conocido con el nombre de Casa-Mata, y destinado a poner vergonzoso término a la farsa del imperio, y a inaugurar otra serie de comedias políticas, que serían risibles si no hubiesen costado y siguiesen costando tanta sangre a la humanidad.

Puesto el emperador a la cabeza de su ejército, daba muestras de combatir esta vez de veras; pero al fin después de inútiles negociaciones, sin tirar la espada de la vaina por evitar la efusión de sangre, renunció la corona imperial en manos del Congreso reinstalado de su orden, y el 11 de mayo de 1823 se embarcó con su familia en la Antigua, cerca de Veracruz, para Liorna, de donde no debía volver un año después sino para parodiar el desembarco de Cannes y ser bárbaramente fusilado como un proscrito en Padilla, por esos mejicanos, sus paisanos, a quienes según ellos mismos, había con tanta gloria redimido del brutal despotismo de los 300 años.

Dueño el partido republicano del poder, se apartaron los heterogéneos elementos que bajo su bandera pelearon para derrocar el imperio; y como ni los restos del partido español podían ya compaginarse, ni el borbonista tenía objeto por el momento, formáronse dos partidos beligerantes en el campo de la política, el uno republicano exaltado o federal, lleno entonces de ilusiones y de vida, y el otro republicano moderado, en el que se agruparon los pocos elementos de orden que ya poseía aquella sociedad, así como los hombres de más saber. La primera batalla que se dieron fue en la cuestión del carácter de constituyente o convocante que debía tener el congreso reinstalado. Preferían los moderados el primero, porque tenían más confianza de hacer aceptar sus ideas de orden a este congreso que la que hubiese de elegirse bajo el influjo de la efervescencia del momento, y los exaltados el segundo, por la razón contraria. Triunfaron éstos, y el nuevo congreso constituyente se reunió el 5 de noviembre de 1823; dio el acta constitutiva del gobierno federal en 31 de enero de 1824, y la constitución federal, copiada en su mayor parte del modelo norte-americano, que empezó a regir el 1º de enero de 1825. Entronizaba así la revolución, y habiendo llegado casi de un salto a su apogeo, debo ya considerar su acción sobre aquella sociedad.

L. M. Rivero

 


El Español
Madrid, jueves 18 de noviembre de 1847
segunda época, número 1045
páginas 2-3

Guerra de Méjico

Artículo V

Revolución puede decirse de girar perpetuamente en un círculo, o del desorden y trastornos que los medios que ella emplea acarrean al estado social. Las sociedades antiguas parecían moverse en el círculo de la monarquía, primero electiva y después hereditaria, la aristocracia, la democracia, y vuelto a la monarquía; engendrándose recíprocamente estos diversos estados. Roma empleó algunos siglos en correr este círculo, que Francia agitada por un movimiento febril ha recorrido en una docena de años. Exageradas ideas de libertad hicieron en 89 insoportable el despotismo, aunque atenuado por un rey virtuoso y unos ministros sabios, cayó el poder en manos de una aristocracia de riqueza y de saber, que habiendo tenido necesidad de remover hondas pasiones en el pueblo y de apelar a su heroísmo para repeler la inminente invasión extranjera, sin otra culpa tuvo que abdicarlo en una violenta democracia, ejercitándolo ésta con inaudito vigor: a su vez lo inutilizó y dejó a la sociedad huérfana de su amparo, obligada en consecuencia a buscar un asilo contra la anarquía en el despotismo. La monarquía militar reprodujo la antigua de nacimiento, que a su vez engendró a la monarquía representativa de 89, cuyo roto hilo han reanudado las hábiles manos del monarca reinante.

Bien se echa de ver que la vida íntima de la sociedad moderna no puede encerrarse en este círculo de hierro; ella se agita en sus más hondas entrañas. En esa vida íntima entra como elemento esencial la libertad. Libertad necesitan las artes, las ciencias, el trabajo, la conducta, el hombre, en fin, para moverse y progresar en cualquier sentido; pero no es éste el único elemento, ni dudo que existan otros, debe él avasallarlos tiránicamente, cual lo hace la libertad revolucionaria, sino armonizarse con todos, pudiendo sólo de esta feliz armonía resultar la salud de la vida general y privada. No existe sólo el hombre, que existe la sociedad que le engendra y reclama en pago sus servicios; no sólo la razón privada, sino también la pública, que le sirve de freno y de guía; la voluntad de cada uno tiene que combinarse con la de los demás; en fin, la sociedad de hoy, producto de la de ayer, ha de dar a la luz la de mañana, y cada cosa así se encadena, sin que nada viva fuera del gran todo, animado a su vez por el soplo de Dios.

Al lado, pues, de los derechos individuales, existen los colectivos; al lado del derecho del libre examen, el de la tradición; en una palabra, al lado del derecho de la libertad existe el derecho de la autoridad en ciencia, en religión, en política, en todo linaje de acción. Pero la libertad revolucionaria con nada se aviene y con nadie quiere partir su imperio: ella proclama la ley de la fuerza; dice que el número debe mandar, e introduce así una guerra intestina, un antagonismo de intereses, de sistemas, de clases y condiciones, que realmente han convertido a la sociedad en un campo de Agramante, después de disueltos los lazos que de antiguo la mantenían unida. ¿Quién hará brotar la luz de este caos? ¡Dichoso mil veces Pío IX siquiera por haber intentado armonizar la religión con la libertad política, principalísima parte del gran problema, y abolir la libertad revolucionaria! Las universales simpatías que encuentra en su camino, deben de haberle advertido que trae entre manos la causa santa de la humanidad.

La enfermedad revolucionaria que por acá nos aqueja, ha hecho aún mayores estragos en la sociedad mejicana, cuerpo político de complexión mucho más débil que el nuestro. Esta debilidad se funda entre otras causas en la pequeña cifra de la población relativa. Considérese una población de siete millones de almas a que pueden haber llegado las antiguas provincias del virreinato refundidas en los 24 departamentos de la república, diseminada por el inmenso territorio comprendido entre los 89º y 126º longitud occidental de París, y entre los 16° y 42° lat. bor., cortado de N. a S. por la gran cordillera de la Sierra Madre que ostenta sobre sus costados todos los climas y producciones, bañado de ríos y de lagos considerables, sin medios artificiales de comunicación, y se vendrá en conocimiento de la más poderosa causa de debilidad en la nacionalidad mejicana.

El genio de los españoles, luchando victoriosamente con estos grandes obstáculos, realizaba las comunicaciones con los puntos más distantes con una celeridad sorprendente, y hacía participar de los beneficios del comercio y del gobierno al más oscuro rancho: empleaba para ello una inmensa arriería, y el abundante ganado caballar que allí se criaba lozano y se prestaba a marchas las más veloces y fatigantes. También el gobierno español, que ya había entrado en esta clase de mejoras, dejó aunque sin concluir una hermosa calzada que desde Veracruz sube a Méjico, en la que se ve el magnífico puente del Rey, hoy puente Nacional, única mejora que debe el país a la revolución, este cambio de nombre, pues por lo demás no se ha hecho una sola vara de carretera regular ni en esta vía ni en ninguna otra. No pudiendo llamarse con este nombre las que se han abierto entre Guadalajara y Tepic, y algunos otros puntos reducidos a una mala explanación del terreno. Así es que si las diligencias circulan por la república, es a fuerza de trabajo e industria, y por caminos naturales, habiendo un español, el señor Zurutuza, logrado en estos últimos años organizar este importante servicio a fuerza de genio y perseverancia.

Otra de las causas principales de la debilidad de aquella nacionalidad está en los heterogéneos elementos de población. Más de una mitad de ella, y aun las dos terceras partes, la forma la raza indígena pura, que participando de las variedades de los climas y localidades que habita, vive aparte de la raza europea y forma una especie de Gesen en aquel Egipto. Vienen luego los rancheros y los léperos que forman el pueblo bajo de las haciendas y de las ciudades; gente ya más en contacto con los blancos, de cuyos vicios y pasiones participan, por quienes se prestan a servir en toda clase de faenas y a batirse en el ejército, instrumento ciego en fin de que se puede hacer buen o mal uso. Encima de ellos están los artesanos, pequeños propietarios, traficantes y mercaderes al pormenor, gente que se ha aumentado después de la independencia, y que forma la única clase media de aquella sociedad, muy preocupada contra España, y mucho más contra los extranjeros que vienen a competir con ellos, poco instruida y muy apegada al nuevo régimen y a la federación, si bien hoy va rectificando sus ideas. Vienen por fin las clases altas del comercio, de la administración, del ejército, de los grandes propietarios, del foro y de la iglesia, en cuyas manos ha rodado el poder desde la independencia, y que son responsables de cuanto ha sucedido. Estas clases no carecen sin duda de patriotismo; pero ni su instrucción y aptitud para los negocios están al nivel de su tarea de gobierno, ni su moralidad, salvas honrosas excepciones, ha podido resistir el influjo letal de un continuo estado de desorden, contaminándose en consecuencia por un egoísmo siempre creciente.

Con todos estos defectos y nulidades, el gobierno español había logrado hacer de Méjico un gran cuerpo de nación, que funcionaba admirablemente y daba de sí resultados de paz y constante progreso; todo esto sin bayonetas, por sólo el ascendiente del poder civil combinado con la acción benéfica de la iglesia, y teniendo que resolver los más arduos problemas de administración. Me parece que ninguna colonia ni aún nación puede gloriarse de un período igual de bienestar, de justicia y de íntima tranquilidad; resultado inmenso que honra sobre todo elogio a la paternal e inteligente administración española. El virrey y la audiencia coronaban la administración, pero había otra audiencia en Guadalajara para la más pronta expedición de los negocios judiciales que casi todos fenecían en el país, siendo tan raros los recursos al soberano, que en 22 años que llevaba de ministro en 1808, decía uno de los fiscales de la audiencia en Méjico, no haber visto más que una segunda suplicación llevada a efecto. El virrey estaba dotado por las leyes de Indias de facultades amplísimas, y en los casos arduos podía con consejo de la audiencia proveer a toda eventualidad.

El territorio, aunque inmenso, estaba compartido de modo que la acción pública llegase fácilmente a todas las extremidades. La península de Yucatán, si bien parte del virreinato, estaba regida por un gobierno que se entendía directamente con la corte de Madrid, a fin de que las medidas que exigía su situación excepcional, no encontrasen con el estorbo de multiplicados trámites y dilaciones. En el mismo caso se hallaba la comandancia de las provincias internas, que por su posición avanzada hacia el N. y el O., por su contacto con tribus salvajes sumamente belicosas, exigían una protección especial. Esta la encontraron eficacísima en las medidas dictadas por la corte y ejecutadas por dicho comandante a propuesta del visitador Gálvez, enviado al efecto sobre el terreno por la ilustrada solicitud de Carlos III. Cifrábanse a más del fomento de las misiones inspiradas por el celo apostólico español, en un hábil sistema de colonización militar por toda la inmensa línea de fronteras del N. O., bajo la protección de presidios o fortalezas, y en otro igualmente hábil sistema diplomático, pues el comandante hacía con las diferentes tribus tratados, en que no se avergonzaba de comprar la paz con raciones, efectos de comercio y otras concesiones. Así prosperaron admirablemente Durango, Chihuahua, N. Méjico, Sonora y la alta California; países asolados desde la independencia por las frecuentes incursiones de los salvajes, que todo lo llevan a sangre y fuego.

Así pues, todas estas posiciones tan distantes, todos estos miembros tan heterogéneos estaban unidos en un cuerpo firme de nación por el lazo de la justicia que se distribuía a todas bajo las inspiraciones de una ley común, que sólo doblegaba en entereza y vigor delante del menor, de la viuda y señaladamente del indio, sometido a una ley especial mucho más indulgente y benéfica; lo estaban por la acción no contradicha, antes universalmente acatada, de una administración ilustrada, que hacía sentirse en las extremidades tan fácilmente como en el centro; lo estaban en fin por una religión que venía a llenar las lagunas de la ley, a inspirar la caridad mutua en todas las clases, el respeto de todas a la autoridad: tal era el alma que vivificaba este cuerpo.

La revolución disolvió este lazo, mató esta alma, y quedó el estado compuesto de pequeños estados o departamentos indiferentes y aun hostiles entre sí, que adoptaron por base de su conducta el propio engrandecimiento y la disminución de los servicios y cargas impuestas para el bien general. Por su parte, el gobierno central en todo tiempo, les correspondió en igual moneda, y sólo se ha curado de los departamentos desde la independencia, para enviarles mandarines que los oprimían con su tiránica conducta, y exigían de ellos lo poco o mucho con que contribuían a la común defensa; lo que es fin tan corta cosa, que hace muchos años que aquel gobierno sólo se sostiene de los sacrificios de la capital y sus inmediaciones, y eso en momentos tan apurados como los de una pérfida invasión extranjera. Los departamentos del centro, San Luis, Guanajuato, Michoacán, Aguas-calientes, Jalisco y Zacatecas, en lo que piensan y están tratando hace tiempo, no es tanto en defenderse de los yankees, como en sustraerse a la dominación de Méjico, formando una republiquita independiente de dos y medio millones de almas. Los más lejanos de Durango, Chihuahua, N. Méjico, Sonora, Sinaloa, y Californias, abandonados hace tiempo por Méjico a sus propios recursos, en lo que les hace un gran favor, sólo miran alrededor casi para proveer a su defensa contra las devastaciones horribles de los indios salvajes, y no será extraño verlos definitivamente unirse a los americanos, si son capaces de prestarles este amparo, de que han carecido desde la independencia contra un enemigo tan feroz.

La revolución además quitó todo prestigio a la autoridad, enervándola en consecuencia e inutilizándola para el bien. Así como no es posible idear un estado en que la autoridad sea objeto de un culto más rendido aún en las personas de sus últimos ministros como sucedía en tiempo del gobierno español, así tampoco puede darse otro en que sus ministros aun los más elevados son menos considerados cuando no vilipendiados, que en el día lo son. Empezando por los magistrados, ellos no se han multiplicado por toda la república, creándose una audiencia en cada departamento, sino para pasear por toda ella la vergüenza del gobierno en la desnudez y aun completa destitución en que los tiene, a la vergüenza propia en los pocos que se atreven a ostentar un bienestar comprado a precio de su conciencia. Los empleados civiles viven en la misma penuria, acostumbrados casi desde la independencia a cobrar en papel que los toman los agiotistas a un 8 o un 10 por 100 de pago, para colocarlo ellos por todo su valor con el gobierno. Los militares son los únicos que cobran, porque se pagan a sí mismos, aunque con la desigualdad y las extorsiones consiguientes. Nada digo de los ministros secretarios del despacho, de los generales y demás altos empleados, que han llegado a hacerse cosa tan vulgar y prosaica a fuerza de repetida, que nadie repara en ellos.

Con esto la autoridad, de origen casi divino según las tradiciones españolas, se ha humanizado tanto y hecho tan trivial, merced a la revolución que primero destruyó aquellas tradiciones y luego ha mantenido a los ojos del público siempre vivo el aflictivo espectáculo de los pronunciamientos, que realmente la sociedad aquélla se encuentra hace muchos años huérfana de su égida y en un estado semi-anárquico, mantenida en cuerpo por la intriga y por la fuerza.

En los primeros momentos el entusiasmo de la libertad y de la independencia pudo encubrir y aun en parte corregir estos vicios. La administración española había dejado en buen estado la hacienda, y el país, aunque trabajado por la guerra civil, no estaba agotado como lo ha estado después. Ingresaba además el capital europeo, y sobre todo el inglés por las vías del empréstito y de las locas especulaciones de minas, suscitadas por la emancipación. Los primeros años se pasaron pues, gloriosamente, y no sólo los particulares sino el gobierno, contrajeron el hábito de despilfarrar, creyendo inagotable la mina de la riqueza. Mas considérese en movimiento toda la inmensa máquina del feudalismo; sus veinte y una legislaturas compuestas de un congresito y de un senado, con más el congreso general, unido esto a la multitud de empleados exigidos por la administración; considérese la milicia nacional dominando las localidades, el ejército con las ínfulas de libertador de la patria, la imprenta libre ejercida por un pueblo nuevo, los clubs además atizando el fuego, y dígase después si había aquí campo para que se cebasen las ambiciones privadas y las pasiones de todo género.

Por lo años de 26 y 27, resucitó este desorden, y la crisis de la fiebre revolucionaria, el ministro norte-americano Poinsett, que abusando enormemente de su posición, y faltando a todas las reglas del derecho internacional, se mezcló de una manera odiosa en los negocios del país, nada menos que organizando el famoso club de Nueva-York, foco de todos los revolucionarios más violentos, y aun centro del mismo gobierno. Fraguóse la conspiración del P. Arenas, que fue decapitado con el general Arana y otros españoles. Salieron también desterrados los generales españoles Negrete y Echevarri, brazos principales del Plan de Iguala. Sea lo que quiera de esa supuesta conspiración, es lo cierto que nada tenía de seria y que en nada pensaban menos que en conspirar los laboriosos y pacíficos españoles residentes en la república; pero el club de York pidió su proscripción en masa, y fue necesario expelerlos de toda ella, destrozando para ello la sociedad mejicana. Siguióse contra los mismos el saqueo del Parián, emporio del comercio español en la capital, viniendo este tiro de la misma mano. El triunfo conseguido por las intrigas más que por las armas del general Santa Anna contra la loca expedición de Barradas, vino a poner el colmo a la exaltación; y a coronar la obra de Poinsett. No sabemos en qué hubiera dado ya la revolución; asegúrase que después de haber destruido a los españoles y su obra, quería ahora emprenderla con todo blanco y sus descendientes, sirviéndose para ello del ministerio de la raza indígena, y que tal fue el designio del plan de Texcoco.

Mas sea de esto lo que quiera, tuvo lugar en 1830 una reacción del orden, y el plan de Jalapa vino a aliquebrar la revolución, resultando triunfante contra Santa-Anna el general Bustamente, que había peleado en nuestras filas hasta el plan de Iguala; militar valiente y hombre de bien, pero sin aptitud para el primer mando, sobre todo en circunstancias tan críticas. Sirvióse de don Lucas Alamán, que fue el alma de su gobierno por espacio de dos años, y que hizo los mayores esfuerzos para organizar el país, y detener el torrente revolucionario. Era un antiguo alumno de las escuelas de París y en la segunda época constitucional había representado a su patria en las cortes españolas. Pero el dique hubo de romperse y después de varias vicisitudes, se inauguró de nuevo en el poder el partido moderado en 1835, teniendo esta vez a su frente al general Santa-Anna, duende de los pronunciamientos, y por su mentor el licenciado Tagle, hombre de estudio, que dio a luz una difusa Constitución central en oposición a la federal de 1824. Rigió ésta con su acostumbrado cortejo de pronunciamientos hasta el plan o las bases de Tacubaya en fin de 1841, época en que Santa-Anna rehabilitado de su antigua desgracia de San Jacinto (en 1836 fue hecho prisionero por los tejanos), volvió a ser el supremo regulador de los destinos de la república, según él se intituló en una ocasión.

Pero Santa-Anna, viva personificación de la intriga mejicana, que por esta cualidad y alguna firmeza, es casi el único hombre capaz de mandar a sus paisanos en estos momentos de desorganización, se ha mostrado siempre tan hábil para escalar el poder, como incapaz de mantenerse en él, porque para esto se necesitan los talentos y la honradez del hombre de estado, de que él carece completamente. A su vez, pues, en fin de 1845 hubo de ceder el puesto al general Paredes, antiguo oficial en nuestras filas, militar pundonoroso y valiente, hombre honrado, a quien se ha atribuido el designio sumamente grato al clero y altas clases de Méjico, de preparar el advenimiento de la monarquía borbónica.

Pero sólo el anuncio de este designio bastó para dar vida al partido federalista y para traer del destierro a Santa-Anna, que hermanado con Gómez Farías, jefe de aquél, se entronizó de nuevo. Los federales, fieles a sus doctrinas, echaron mano de los bienes de la iglesia, y la pusieron en el caso de vender por 16 millones de duros de sus fincas. La iglesia que ha estado vendiendo continuamente para subvenir a los incesantes apuros del erario, y que señaladamente había asistido a Paredes, se resistió a semejante despojo. Ésta y otras hazañas del partido federalista, produjeron un pronunciamiento en Méjico, hecho por la gente que tiene que perder, contra los que nada o muy poco aventuran en los trastornos públicos. Acudió Santa-Anna del ejército y poniéndose al lado de los últimos, derribó a su compañero Farías; estado presente de la precaria situación de los partidos en aquel desgraciado país.

La autoridad, pues, desprestigiada completamente por el influjo de la revolución, no sólo ha dejado disueltos los lazos que mantenían unido el territorio, sino los que ligaban a las diferentes clases; ha dejado mejicanos contra extranjeros, léperos contra hombres de levita, militares contra paisanos, revolucionarios contra hombres de orden, iglesia contra el estado, y por último el sistema peor de todos raza indígena contra raza blanca. Todo esto se hallaba antes hermanado, se hallaba unido: en su lugar ha sucedido un horroroso antagonismo, que aún no ha dado todos sus frutos, pero que puede darlos muy en breve con el brazo de los salvajes del N. O., de los indios pintos del S. que de algunos años acá todo lo llevan a sangre y fuego, habiendo literalmente arrasado la ciudad de Chilapa y de los indios de Tabasco que han empezado a dar iguales muestras. Ésta es la obra de la revolución.

L. M. Rivero