Filosofía en español 
Filosofía en español


Felipe Villaranda

Lecciones de filosofía pronunciadas en la sala de sesiones de la Sociedad Económica de Cádiz, por D. Tomás García Luna

Feliz fue sin duda alguna el pensamiento de establecer en nuestra ciudad una cátedra de filosofía, que pusiese a la juventud deseosa de aprender al alcance de los conocimientos con que se envanece el siglo en que vivimos. No faltan a la verdad colegios bien dirigidos en que se echen los primeros cimientos de las ciencias; profesores de merecida nombradía, y aun alguno de reputación europea, que se ocupan incesantemente en sembrar en la generación actual las semillas de lo bueno, lo bello, y lo verdadero; pero faltaba una enseñanza que no se ciñese a los simples elementos del estudio más grave y más importante que puede emprender la inteligencia humana, una enseñanza donde sin gasto alguno de los estudiosos, se rellenase el cuadro que los colegios están destinados a bosquejar. La sociedad económica ha comprendido toda la importancia de la ciencia universal que se llama filosofía, y en su incesante anhelo por merecer cumplidamente el título de amiga del país, ha creído con muy justa razón hacer a este un inmenso beneficio abriéndole las puertas de un templo tan grandioso. Y este beneficio es inmenso, y nunca podrá agradecerse demasiado por los amantes de las ciencias.

En todos tiempos el estudio de la filosofía ha merecido privilegiadamente [497] la atención de los espíritus más elevados que han producido los siglos, como que es el estudio de los estudios, la ciencia de las ciencias, la abstracción mas sublime de cuanto sublime infundió en el alma la omnipotencia divina. Así sin hacer cuenta de los tiempos de los caldeos, los fenicios, persas, indios y egipcios, cuyos monumentos filosóficos se encuentran recogidos en los libros de Eusebio, Diodoro Sículo y Cicerón, admíranos esa gloriosa lista de genios de la Grecia, fundadores de sectas inmortales por sus doctrinas, y dedicados con ahínco a la investigación de las causas primeras, al estudio de la filosofía: vemos en el siglo quinto a una de las lumbreras de la iglesia, al gran padre S. Agustín, hermanar con la controversia religiosa de los pelagianos las doctrinas filosóficas de la antigüedad, y aun consagrar los ratos de ocio que le dejaban libres sus funciones episcopales y las contiendas con los herejes, a meditar profundamente sobre el origen del alma y el principio de causalidad: observamos en los siglos que se llaman bárbaros, los conatos del árabe Avicena por hacer populares las doctrinas del divino Platón, así como Averroes hizo suyas y enseñó públicamente las del gran Aristóteles. Cuando el entendimiento humano empezó a romper las cadenas de la autoridad, con que más o menos estuvo ligado hasta el siglo décimo-sexto, cuando el dogma del libre examen fue heterodoxo en religión, y moral y fecundo en filosofía, ya tenemos ocasión de notar la aparición en el mundo de Descartes, y de las ilustres víctimas del fanatismo que estimuló la matanza del funesto día de S. Bartolomé. Para no continuar esta reseña que no puede elevarse a una historia de la filosofía, es sabido de todos que el siglo décimo-octavo fue por excelencia el siglo de la filosofía, el siglo que imprimió, hasta con afectación, el sello de filosóficas a todas sus producciones. No se escribía en él una simple disertación que no llevase este título; una historia, un tratado sobre cualquier ciencia o arte, que no se decorase con el mismo dictado, y desde la Enciclopedia hasta el Pasatiempo sobre el lenguaje de las bestias, en todas las obras se ponían en controversia los primeros elementos de la inteligencia humana.

En el presente siglo, y en las circunstancias particulares en que se encuentra nuestra patria, sube de punto la importancia de estas investigaciones. Cuando Alemania y Francia se han colocado al frente del movimiento intelectual, para enseñar al mundo que la filosofía del siglo precedente no alcanza para la explicación de los fenómenos; que no todo se deriva de la sensación; que el materialismo de que hicieron tan larga muestra los enciclopedistas, no es el último término del saber, así como no es la extrema felicidad de las naciones, era mengua que nosotros siguiésemos las doctrinas de Tracy y de Cabanis, y que no hubiese en España quien levantase una voz en defensa de la razón, que proclamase que el hombre no es una planta o una máquina, y que [498] siquiera repitiese lo que han hecho vulgar en Alemania Kant, Fichte, Schelling y Hegel, y en Francia Royer-Collard y Cousin.

Además: vivimos en un periodo en que el sentimiento público es el escepticismo, en una época de desengaños, y por consecuencia de desconfianza, en que si se proclama la eficacia del sentimiento religioso, reina en el corazón la incredulidad, en que la desgracia nos ha hecho indiferentes a la verdad y la belleza; en que por decirlo de una vez, no hay en la sociedad principios, ni religiosos, ni morales, ni políticos, ni filosóficos. En un estado semejante es la idea mas moralizadora la de establecer una enseñanza filosófica, en que se inculquen los verdaderos principios de razonamiento descubiertos por la antigüedad, y olvidados por el alucinamiento de los siglos; en que se demuestre apelando a la conciencia individual, a la reflexión, al sentido común, que el materialismo no explica los fenómenos de la inteligencia, y que no satisfacen al instinto de felicidad que sentimos dentro de nosotros, las soluciones groseras y sensuales que el siglo décimo-octavo presentaba como completas. De estas premisas, que caen con pleno derecho dentro de la jurisdicción de la filosofía, se deduce sin esfuerzo que el alma, el principio de animación, llámese como se quiera, la facultad de movernos, la facultad de pensar, no pueden ser una secreción ni una modificación de la materia, como fastuosamente enseñaba Cabanis: se deduce que si este principio es inmaterial, es más que probable, filosóficamente hablando, que no haya de seguir en su degeneración las leyes de la materia: que si es cierto ese instinto de felicidad no satisfecho en este mundo, cualquiera que sea la multiplicación de los placeres, se viene a pasar a la espiritualidad del alma, a su inmortalidad, a la idea de Dios, de lo infinito, de la justicia absoluta, y a todo lo que hay de más importante para el provecho eterno de los hombres. La moral no puede tener otro cimiento que la buena doctrina filosófica. La moral de los ateos enseñada por Holbach y los filósofos que formaban su academia, presenta la utilidad como única norma de lo justo y de lo injusto; de manera que si es útil para el individuo el dar muerte a su semejante, no debe detenerse en perpetrar el crimen, seguro de que no ofende a la moral que él se ha forjado en su sórdido y abominable egoísmo. El jurisconsulto Bentham, a quien algo debe la ciencia de la legislación, no pudo eximirse a pesar de su gran talento analítico (de que tal vez abusaba) de las preocupaciones de su siglo; y en su Deontología profesa la misma horrible doctrina que el autor de la Moral universal. En este sistema el hombre se considera a sí propio como centro de todas las combinaciones del universo, y la justicia, esa virtud divina cuya existencia independiente de nosotros, nos avisa el remordimiento, se sujeta al cálculo falible del hombre, tomando por base su placer y su dolor. El que escribe estos renglones no puede recordar sin que la risa se asome a sus labios, la pregunta y la respuesta insertas [499] en un tratado de la ley natural puesto como apéndice al fin de las Ruinas de Volney. P. ¿El ayunar es virtud? R. Sí, cuando se ha comido mucho. He aquí una aplicación lógica del materialismo, y una aplicación que es muy apta para juzgarlo. Cuando el deseo de precaver una indigestión se condecora con el nombre de virtud, ¿qué moral es la que gobierna? Por esta regla los preceptos de la higiene son otros tantos cánones de moral!!

Verdad es que estos principios no rigen la sociedad presente, pues no se aceptan todas sus consecuencias; pero a la conmoción que ellos causaron en el mundo, engalanados con todo el buen gusto literario que regularmente tenían los que los profesaban, ha sucedido la indiferencia, la lasitud, tan funesta como el erróneo dogmatismo. El escepticismo corroe la sociedad, y el verdadero fruto de la filosofía es presentar a esta un aguijón para el bien, es despertar en el alma los sentimientos de lo justo adormecidos por el letargo que es consecuencia de la febril agitación, y aunque varios son los medios que pueden ofrecerse para administrar este saludable remedio, el más directo es el que obra sobre la generación naciente, es el que se dirige a la juventud estudiosa, y en este sentido la cátedra establecida por la sociedad es un establecimiento importantísimo, por el cual merece gratitud así de los estudiosos, como de todos los hombres honrados de la nación. Fácil sería desenvolver más y más la utilidad de este estudio, si lo permitiese el reducido límite de un artículo: pero lo expuesto entiendo que basta para persuadir que la filosofía, tal como ahora se comprende, no es un estudio especulativo, patrimonio de los soñadores, sino el cimiento del orden moral, la base de toda legislación, el fundamento de nuestras creencias, de nuestra conducta, de nuestras esperanzas.

El profesor que la sociedad económica ha elegido, es sin duda el más a propósito para hacer perceptible a todos la materia cuya enseñanza se le ha confiado. El autor de este artículo, amigo suyo desde la niñez, y compañero suyo de estudios profesionales y filosóficos, tiene tal vez más ocasión que nadie de conocer hasta donde alcanza la idoneidad del Sr. García Luna, y no teme parecer parcial afirmando que posee todas las cualidades de un buen profesor. Dedicado con preferencia a este estudio desde sus primeros años con extremada laboriosidad, está más que medianamente versado en la lectura de los filósofos antiguos y modernos: dotado de un entendimiento claro, y sobre todo de un juicio muy recto, y amando la ciencia por la ciencia, sin ninguna idea de lucro, sin ningún género de preocupaciones, ha dirigido su razón por el sendero más seguro; y sobre estas prendas, no leves, de instrucción y capacidad, posee un alma que puede llamarse pura, y no es extraño a las nociones de buen gusto literario. Sus lecciones que le sirven de texto, están escritas con mucha claridad, con suma corrección, y aun se notan aquí y allí ciertos destellos de imaginación, [500] que fecundizan la natural aridez del asunto.

Daremos de ellas alguna idea a nuestros lectores. En la primera se propuso poner al alcance de sus oyentes la verdadera esencia de la filosofía. Como el hombre es el que discurre, el que reflexiona, como dentro de él se encuentra la filosofía, es necesario distinguir cual de las operaciones de su mente es la que se ejercita cuando se dice con verdad que filosofa. El hombre, movido por estímulos cuyo origen acaso desconoce, o no conoce suficientemente, canta himnos de alabanzas a la divinidad que le ha criado, y que le permite gozar de los dones de este mundo: examina las bellezas esparcidas en estos mismos dones; y arrastrado por su fantasía, traslada a sencillos cánticos la impresión que causan en su alma: usa de su razón para remover los obstáculos que la naturaleza opone a sus deseos, y ya saca provecho de las plantas y de los animales de que le hizo señor el Hacedor Supremo, ya consigue dirigir a su bien las malas propiedades de las unas y los otros; en una palabra, pone en juego todas sus facultades físicas e intelectuales para satisfacer sus necesidades, para procurarse placeres físicos, intelectuales y morales, y echa los cimientos de las ciencias físicas, de las bellas artes y de las mecánicas que causan nuestra admiración. ¿Se ha agotado con esto toda la actividad humana? No: el incesante anhelo que imprimió el Omnipotente en nosotros va más adelante: no se contenta con estas bellas creaciones, sino que busca ansiosamente la causa de todo, la razón de la existencia de todos los fenómenos. Este es un hecho tan observable como los demás que se han citado; y cuando el hombre inquiere la causa o razón de aquellos efectos que ha descubierto y de que se aprovecha, entonces se dice con propiedad que comienza y se ejercita lo que llamamos filosofía. El origen, pues, de esta ciencia, está, como no podía menos, dentro del hombre, y el ejercicio de ella no es otra cosa que la reflexión aplicada a todos los fenómenos.

Determinada así la esencia del estudio de la filosofía por la mera observación de los hechos morales o de conciencia, el Sr. García Luna ilustra su pensamiento con la autoridad de antiguos y modernos. Cita el pasaje, no muy conocido, de Cicerón en sus tusculanas en que refiere que «León, rey de los feacios, habiendo oído cierto día a Pitágoras discurrir con gran saber y elocuencia, le preguntó que arte era el que profesaba: a lo cual respondió que ninguno; pero que era filósofo. --¿En que se diferencian los filósofos de los demás hombres? repuso el rey. --Me parece, dijo entonces Pitágoras, que sucede en este mundo lo que en las grandes asambleas que se celebran en la Grecia para los juegos públicos: acuden muchos a ellas por el deseo de merecer coronas, sobresaliendo en los ejercicios del cuerpo: otros para enriquecerse por medio del comercio: otros de más elevado temple de alma, no buscan aplausos ni ganancias, sino que se reducen a ser meros espectadores, y a reflexionar sobre lo que pasa delante de sus ojos.» [501]

Establecida la piedra angular del edificio, el Sr. García Luna vacila en dar a esta investigación universal el nombre de ciencia, porque no tiene objeto alguno determinado; y se inclina a creer que se le debe llamar método general para la formación de todas las ciencias. Otra cosa debe decirse de la averiguación particular de nuestros medios de conocer: como la filosofía, según queda sentado, no reconoce límites, se extiende a pedir cuenta de sus leyes y de sus principios a las mismas facultades intelectuales. Cuando el entendimiento emprende esta tarea, acomete lo que en el sentido más estricto se llama ciencia, y es por cierto ciencia importante y transcendental. Esta ciencia es la que va a enseñar nuestro ilustrado amigo; la ciencia de las facultades intelectuales, la ciencia de los fenómenos del entendimiento; pero en ella no se puede adelantar un paso, sin establecer de antemano el método que haya de seguirse en la investigación: navegando a rumbo ciego, ha de ser forzosamente incierto el término del viaje; y no es cordura fiar a la casualidad los felices resultados que pueden esperarse del estudio, cuando es fácil dictar reglas sencillas y seguras de arribar con toda certeza a la verdad. Por eso la segunda lección del Sr. García Luna se dedica a la explicación del método.

El método que el digno profesor adopta, es el ecléctico, el que consiste en tomar de cada sistema la parte que tiene de verdad. Para venir a parar a esta conclusión entra en varias y muy delicadas consideraciones. Establece en primer lugar, aunque con la ligereza que es indispensable al que no puede detenerse a hacer una historia de la filosofía, que en todos los sistemas han debido influir necesariamente las circunstancias exteriores del clima, la legislación, los hábitos, las creencias, la mayor o menor cultura del pueblo en que el filósofo habita. Nada tiene de particular que en el Oriente, bañado por un inmenso océano, conteniendo vastísimos desiertos, y cadenas insuperables de montañas, siendo pueblo de escasa industria, de gobierno teocrático, en que había división de castas, se considerase al hombre como un ligero accidente del gran todo, y naciese y cobrase autoridad el panteísmo. Nadie que reflexione se admirará por el contrario de la importancia que los filósofos griegos dieron al estudio del hombre, si examina las circunstancias especiales de la Grecia. El territorio que ocupaba este conjunto de pequeñas repúblicas, era muy reducido: las comunicaciones estaban expeditas y eran frecuentes: la religión recibida, el politeísmo, era la más apta para rebajar la veneración de los dioses, y ensalzar la existencia del hombre; en fin las instituciones libres contribuían a este mismo propósito: la filosofía que se formase bajo la impresión de tantas causas, había de ser esencialmente psicológica, es decir, había de tomar por principal argumento el alma humana, las facultades intelectuales del hombre, y el nosce te ipsum del templo de Delfos debía ser la fórmula de todas las investigaciones metafísicas. [502] Con igual facilidad se explica por el concurso de las causas exteriores la duda filosófica de Descartes, la filosofía sensualista del pasado siglo, y en resumen todos los sistemas que se han ido sucediendo en la corriente de los tiempos. Supuesta la certeza comprobable de esta observación, supuesta la influencia en el filósofo de las circunstancias que le rodean, de las cuales no se desprenden fácilmente sino los seres privilegiados que se llaman genios, es necesario hacer otra observación, aunque de distinto género, para completar la idea que sirve de fundamento a las doctrinas del Sr. García Luna. Hay en el hombre cierta propensión a dar unidad a sus opiniones, que se revela en todos sus actos, y que a nadie puede ocultarse, por poco que se detenga a reflexionar. La literatura ha elevado esta propensión a regla inmutable de todas las composiciones, y ya sean estas breves o largas, de prosa o de verso, líricas o dramáticas, es necesario que contengan unidad, si no han de ser ininteligibles, y por consecuencia insoportables a lectores u oyentes. Un simple período sobrecargado de incidentes que nada tengan de común con la idea capital que el autor se propuso esclarecer, ofende a las personas de gusto delicado; y en fin aun aquellos que hacen gala de pacientes y tolerantes, toleran con disgusto y no sin grave dificultad, la conversación de los que no aciertan a guardar unidad, y pasan de una a otra idea sin guardar modo ni regla, ni hallar en cosa alguna limitación a su incesante garrulidad. Esta idea de la unidad, que existe en el hombre, combinada con la influencia de las causas exteriores, ha producido los sistemas filosóficos incompletos, los falsos sistemas. Tomando por ejemplo el siglo décimo-octavo, más cercano a nosotros, y cuyas producciones son de todos conocidas, las notables y particulares circunstancias de este siglo produjeron el sensualismo de Condillac, llevado más adelante y a sus últimas consecuencias por el conde de Tracy, y el deseo de la unidad hizo aplicar a todos los conocimientos la doctrina que parte solo de la sensación. Así la moral universal de Holbach prescindió por completo de Dios, de la justicia, de la actividad del alma; y de las propiedades de las fibras nerviosas no pudo sacar otra conclusión más aventajada que el egoísmo. Así La Harpe, juzga de las composiciones literarias creyendo aplicables a todos tiempos las reglas de gusto que copió de los antiguos, en lo cual dio a entender que derivaba su crítica de principios inmutables, y no tomó en cuenta la variación de las creencias, según los tiempos. Del mismo modo Bentham no estima en nada la historia, se burla de la erudición, y suponiendo absoluta la naturaleza del hombre, sienta la utilidad como principio de razonamiento del legislador, y explica en el sentido materialista lo que entiende por esta palabra, sin reparar en la diversa acepción que ha recibido en épocas diversas, y en que lo que es útil en la actualidad no lo fue en siglos anteriores. Por eso el genio de Voltaire comprendió tan mezquinamente la historia, cual se echa [503] de ver en su célebre ensayo sobre las costumbres y espíritu de las naciones, que es una colección de cuentos ordenada por un espíritu fatalista.

Este espectáculo nada lisonjero debió traer a la mente la idea de una transacción entre los opuestos sistemas. Al modo que hemos adquirido sobrada experiencia para comprender en política los excesos del despotismo y los abusos de la libertad, y el problema del siglo es la conciliación de esta con el orden; de la misma manera que aceptamos con gusto las bellísimas silvas de Rioja a la rosa y al clavel, y no desdeñamos como infracciones de las leyes del buen gusto los dramas de Calderón aun los que no ha mucho tiempo pasaron por desatinados a los ojos de los discípulos de Racine y de Voltaire, así la obra filosófica del siglo 19 es el eclecticismo, la unión de todos los sistemas en aquello que tengan de verdadero, de conforme con la naturaleza.

La filosofía ecléctica, o si se quiere, el método ecléctico no deja de estar sujeto a graves inconvenientes. El que quiera tomar de todos los sistemas la parte que haya en ellos de verdad, y el que quiera proceder en esta investigación con imparcialidad completa, nullius addictus jurare in verba magistri, es necesario que empiece por conocer bien esos sistemas de que haya de ir entresacando la verdad, y después ha de compararlos entre sí, ha de juzgarlos, y para tarea tan ardua no es bastante la vida, aunque sea larga, de un hombre desocupado. ¿Quien por mucha que sea su laboriosidad, puede examinar todos los sistemas filosóficos desde Tales de Mileto hasta Schelling, desde Diógenes Laercio hasta Tenneman? Dificultad es esta de la doctrina ecléctica, punto menos que insuperable. Sin embargo esa dificultad es común a todos los sistemas, si se quieren estudiar con verdadero designio de hallar la verdad: es dificultad que nace de la brevedad de la vida y de la natural insuficiencia de nuestros medios de conocer. El que siga la doctrina sensualista estará dispensado de hacer ese examen comparativo de épocas y opiniones; pero antes de decidirse por aquella doctrina ¿no ha de estudiar otras para ilustrar su razón? ¿Ha de asirse a la primara que le ofrezca la casualidad? Es muy cómodo seguir sin examen un principio; pero de este modo no se alcanza la verdad. La verdad es siempre costosa y ¡ojalá estuviésemos alguna vez seguros de poseerla! Además todos los precedentes de los siglos anteriores han traído el criterio humano a un punto en que solo se satisface por el eclecticismo. Sea en buenhora imposible adquirir toda la suma de datos necesaria para juzgar; también es imposible estar seguro del acierto en un examen encaminado por método diferente; y si la condición humana es acercarse a la verdad sin tocarla, como Tántalo, según la mitología se acerca al agua sin gustarla, aproximémonos por este medio que la razón nos sugiere como verdadero, y que califica de tal al mismo tiempo la insuficiencia de los otros métodos que se han seguido en el mundo. [504] En la suposición de que la verdad absoluta es patrimonio de solo Dios, probemos a investigar lo que nos sea lícito, por la senda que nos ha trazado su omnipotencia.

Cuando hablamos del eclecticismo, no entendemos por este nombre la elección de sistemas absurdos. El que no tenga discernimiento capaz de separar la verdad del error, lo evidente de lo absurdo, no puede ser filósofo ni ecléctico, ni sensualista, ni racionalista: el que con la denominación del eclecticismo ofreciera una compilación de todos los errores en que el entendimiento humano ha incurrido, más que un pensador, sería un cronista de los delirios.

Quien se propone escoger, ha de elegir lo bueno; así no se entienda que el Sr. García Luna va a reproducir los conocidos dislates de la célebre, y bajo muchos aspectos importante, escuela de Alejandría. Verdad es que aquellos neo-platónicos quisieron ser eclécticos, y entre los sistemas que escogieron, dieron entrada alguna vez a opiniones contradictorias, exageraron hasta el ridículo las ideas de Platón, y prestaron a muchos modernos abundante materia de burla, singularmente con sus éxtasis y sus intuiciones. Pero el Sr. García Luna, porque profese la doctrina de que se debe escoger la parte que hay en todos los sistemas de observación y de verdad, no profesa el modo de aplicar esa doctrina que usaron los alejandrinos: conformes ambos en el principio, las consecuencias no pueden ser más diversas. El eclecticismo de nuestro ilustrado amigo es ni más ni menos, el que enseñaba Genovesi cuando establecía{1} que la sabiduría debe buscarse sólo por la razón, el mismo que adoptó Verney{2} cuando afirmó que en la doctrina ecléctica procedía el entendimiento a la investigación de la verdad donde quiera que se hallase, y sin espíritu de partido (omnia sine partium studio expenduntur) el eclecticismo en fin que ha reducido a sistema entre los modernos, Mr. Cousin. Esta idea de constituirse en juez de todas las opiniones, de hacerlas comparecer todas ante el supremo tribunal de la razón, ayudada de la imparcialidad, incluye alguna soberbia; es indudable; pero al mismo tiempo el eclecticismo aplicado a la historia, a la política a la literatura ¿qué digo? a los usos comunes de la vida, es el buen sentido de todo ente racional. Si se pregunta a todos los hombres si debe adoptarse la verdad donde quiera que se encuentre, si es conveniente hacer justicia a todos los hombres, a todas las opiniones, empleando el criterio que nos hace racionales y poniéndonos en el caso en que se encuentran aquellos a quienes juzgamos, la respuesta no puede menos de ser unánime: sólo la pasión o la ceguedad podrían diversificarla. Así me parece que toda la dificultad consiste en aplicar con discernimiento [505] esa buena disposición del alma que el método ecléctico sugiere, y las fuerzas del Sr. García Luna son más que sobradas para salvar los escollos que ofrece esta tarea. Porque somos aficionados hasta con pasión al estudio de la filosofía, porque nos preciamos de conocer su transcendencia, invitamos al público gaditano a que siga asistiendo con la asiduidad que hemos tenido la singular complacencia de observar hasta aquí, y a las personas entendidas que publiquen las observaciones que les ocurran sobre las lecciones del Sr. García Luna, luego que este, sobreponiéndose a su modestia, ceda a las instigaciones de sus amigos, y de a luz un trabajo tan importante. Creemos la controversia sobre esta materia mucho más moral, más digna, más útil a la especie humana que las que tienen por objeto excitar la ambición particular, la envidia, el odio y todo ese cúmulo de malas pasiones con que de ordinario se alimentan los partidos políticos.

cádiz

Felipe Villaranda.

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{1} Art. log. lib. 1 cap. 6. § 16.

{2} Apparat. lib. 2 cap. 6.