Filosofía en español 
Filosofía en español


Salón Literario. Ciencias. Literatura. Bellas Artes

Ateneo de Madrid

Lecciones de filosofía ecléctica, por D. Tomás García Luna

La filosofía al atravesar y presidir a los siglos es la que inspira a los hombres y los acerca a la divinidad. Es la que desenvuelve los principios de la moral remontándose hasta su origen, y los de la religión apoyándolos en los instintos del corazón y la necesidad de un Dios; es la que establece la política con que se sostienen, enriquecen y hacen felices las sociedades; en una palabra, es ella la que forma, embellece y sondea los arcanos del mundo moral y del mundo físico, e interroga al Supremo Hacedor en sus mismas obras.

Ella es quien preside a todos los movimientos científicos e industriales del mundo, a todas las combinaciones, a todas las invenciones humanas; ella es quien las concibe y desenvuelve; porque en cuanto hace el hombre, hasta en sus mismos errores y extravíos, se encuentra siempre un pensamiento filosófico, y si permitido fuera decirlo, añadiríamos que ni Dios ha podido crear el mundo y sus maravillas sin una ojeada, un pensamiento filosófico.

¿Pero qué es la filosofía sino el mismo Dios, o por lo menos, uno de sus más esenciales atributos?

Por eso el hombre, que recuerda su celestial origen, que tiene el instinto de la filosofía, la busca con ansia para satisfacer esa necesidad de su mismo ser. De ahí esos diversos medios empleados para encontrarla, de ahí esos sistemas, esas escuelas filosóficas cuya dilatada historia pudiera llamarse la verdadera historia de la humanidad.

En efecto, nada demuestra mejor que esta historia, cuáles han sido los límites impuestos a la humana inteligencia: lentamente perfectible, se parece esta a un mar que se estrella contra una playa, al que parece decirle una voz prepotente y suprema: “Non plus ultra, solo hasta aquí pensarás.” Pues en el mismo momento en que cree el hombre en su loco entusiasmo que va a salvar los límites que delante de sí tiene para engolfarse en nuevas regiones, entonces una gran catástrofe, un diluvio, unas legiones de bárbaros vienen a interrumpirlo y destruir la obra del genio; por cima de sus ruinas pasan los tiempos, y entonces el hombre, si quiere proseguir su obra, habrá de reedificar un nuevo edificio semejante al primero y andar otra vez el áspero camino de la gloria.

Así es como hemos visto nacer en Asia los principales sistemas filosóficos, que algunas centurias de años después debían volver a aparecer en Grecia, y tras largos siglos de profunda oscuridad brillar de nuevo y con mayor esplendor en el resto de la Europa, caracterizando a los Descartes, a los Malebranches, a los Locks, a los Espinosas, a los Condillacs, a los Leibnitz, a los Kants, &c.; ilustrando a la Inglaterra, a la Alemania y la Francia de los tiempos modernos.

La Filosofía actual ha venido a concentrarse últimamente en la Metafísica, que puede decirse es la que realmente abraza todas las investigaciones, cuyo objeto es hacer dimanar los diversos conocimientos humanos de sus primitivas fuentes, esto es, de nuestra naturaleza.

Esta ciencia, que para denominarla exactamente, pudiera llamarse la esencia de la Filosofía, representa el principal papel en la historia universal de la inteligencia; y así es que exponer, comparar las edades de su historia, es lo mismo que tratar de todo lo que puede interesar al hombre, de lo que ha servido a perfeccionar la humanidad; es lo mismo que compulsar los anales de la moral, de la experiencia y de las ciencias humanas desde hace treinta siglos; es casi citar al tribunal de la razón y de la inteligencia a DIOS, al UNIVERSO y al HOMBRE.

Dejando a un lado al alemán Brucker y otros que admiten y reconocen una filosofía antidiluviana, es muy cierto que desde el engrandecimiento de la Grecia por medio de sus numerosas colonias, su comercio marítimo y el establecimiento de la escuela jónica, vemos en períodos determinados un sin número de opiniones y sectas luchar ya con las preocupaciones, ya con la razón o ya con la civilización; y después de tantos siglos de debates aun han dejado por resolver las mismas cuestiones, haciéndonos heredar sus opiniones y sus disputas.

La antigua Grecia vio caer su libertad, su grandeza y su gloria; tuvo sus héroes en los combates, en las ciencias y en las artes, y tuvo su triunfos en la filosofía. Elevóse Roma y creció, pero hasta muy tarde no acogió a la filosofía bajo ningún sistema, aunque pareció desde su infancia profesar una especie de estoicismo práctico, patriótico y moral.

Levantase en seguida el Cristianismo en medio del mundo y la radiante luz de su antorcha majestuosa descubre al universo una moral divina. Por espacio de ocho siglos el espíritu humano no hizo otra cosa que confundirse, alterarse, cambiarse y caer por último en una nulidad casi completa, y por algún tiempo pareció extinguido el genio de la filosofía; vuelve en fin a levantarse con trabajo y lentitud bajo el nombre de Filosofía Escolástica; lanza algunos pálidos destellos y al espirar la edad media parece sacudir el triste polvo en que durmiera sepultada.

En el siglo decimotercio cuando ocurría la caída del imperio de Occidente, preparaban y anunciaban ya las artes la vuelta de la filosofía. Las cifras árabes se introducían en Europa, empleábase el lienzo en la fabricación del papel, enseñaba la brújula a surcar los mares, y por último aparecían la pintura, el grabado, la imprenta, hijos afortunados de la civilización naciente; todo el material de las ciencias, digámoslo así, estaba dispuesto para su progreso y popularidad.

Desde esta misma época empieza el estudio de las leyes romanas y los primeros ensayos de la poesía en las lenguas vulgares; en Inglaterra, en Escocia, en Suabia, Provenza, Toscana, Cataluña y Normandía.

En fin, llega el siglo XVI: intenta Lutero su reforma; penetra Galileo en las leyes de las ciencias físicas por medio de su método experimental; aplica Bacon este método a las ciencias filosóficas y morales, o por mejor decir, a todos los conocimientos. Recuerda la erudición los sistemas de la antigüedad y los ensancha la meditación y el estudio.

En el siglo XVIII ya todos se creían filósofos, porque todos querían discutir y argumentar. Pero desde el siglo XVII se habían preparado y difundido por toda Europa un sinnúmero de nuevas y luminosas ideas.

En el siglo presente busca la filosofía caminos más racionales y seguros, lanzando al propio tiempo una mirada severa sobre lo pasado. En nuestros días descubrimos sistemas contra la libertad moral y religiosa. Algunos pensadores profundos han interrogado, han examinado al hombre material y social para llegar al conocimiento del hombre espiritual y moral; otros combaten el condillacismo, y en este momento estamos presenciando la lucha empeñada entre el espiritualismo y el sensualismo, en la que este último no podrá menos de quedar vencido; porque las sensaciones a que han pretendido los organologistas referirlo todo, no pueden darnos a conocer mas que el mundo exterior, y de ninguna manera el mundo metafísico; la eternidad, la inmensidad, por ejemplo, no pueden referirse a ninguno de nuestros cinco sentidos. El hombre reducido a la sensación no sería mas que pasivo, y no le quedaría casi mas que la sensibilidad, y hasta la misma moral se encontraría entonces vergonzosamente subordinada a la sensación.

Pues bien, mientras la Alemania, la Inglaterra, la Francia a la cabeza del mundo intelectual se envanecen con sus descubrimientos filosóficos, mientras que ilustrados profesores difundan por la Europa culta la brillante luz de la moderna filosofía, nos afligíamos al considerar que en nuestra España no se encontrase quien compitiese, o que al menos explicase siquiera la doctrina de las modernas escuelas, especialmente la que forman en nuestros días Royer-Collard, Cousin, su discípulo Jouffroy, Damiron y demás jefes del Espiritualismo Racional, cuando por una feliz casualidad acabamos de tener el gusto, la felicidad, por mejor decir, de asistir a las primeras lecciones del Sr. GARCÍA LUNA; al Ateneo de Madrid estaba reservada la gloria de ser el primer establecimiento literario de la nación que abriese a la juventud española una cátedra de filosofía a la altura de los progresos actuales de la ciencia filosófica. Asáltannos reflexiones dolorosas al considerar el abandono, el desprecio con que nuestros gobernantes han tratado y siguen tratando la Instrucción pública en España, cuando el que debiera prevenir las necesidades de la enseñanza, se ve precedido en su deber por corporaciones particulares, en cuyo seno se encuentran hombres generosos, que solo por el amor al bien público consagran sus esfuerzos y sus vigilias a promover las luces, la ilustración y la ciencia. Esta justa reconvención no se la hacemos precisamente a los gobernantes de ahora, sino a cuantos les han precedido de siete años a esta parte. Cuando en Prusia, en Holanda, en Francia ocupan incesantemente la atención de los gobiernos los buenos planes de estudios, cuando diariamente se desvelan por mejorarlos y organizar una buena administración académica, vergonzoso es que solo exista en nuestra España un malísimo plan de estudios hecho en tiempo de ominoso recuerdo, al que solo se le van haciendo imperfectas correcciones, que están muy lejos de satisfacer las necesidades de la época.

Antes de terminar estas desaliñadas reflexiones solo nos resta felicitar con toda la sinceridad de nuestra alma al señor GARCÍA LUNA por la gloriosa carrera que en sus lecciones ha emprendido y de las que nos prometemos ocuparnos cuando llegue terminar su curso. Este ilustrado y digno profesor a sus inmensos conocimientos filosóficos reúne una erudición nada común que sin separarlo de la severidad del lenguaje filosófico embellece sobre manera además sus pensamientos y dicción pura y correcta, notamos en él una voz clara, compasada y llena de harmonía.

Es un filósofo y al propio tiempo un orador.

Hubiera sido sensible que estas preciosas lecciones quedasen reducidas a la mera publicación oral; pero tenemos la satisfacción de saber que muy pronto verán la luz pública en las prensas de D. IGNACIO BOIX, editor infatigable a cuyo celo y actividad debemos tantas y tan buenas publicaciones como diariamente salen de su casa. Sabemos igualmente que la Dirección general de Estudios está examinando la obra del señor GARCÍA LUNA para recomendarla. En otros países se daría un premio al autor, o por lo menos se le imprimiría su obra a expensas del tesoro público. C.***