El amigo de la religión y de los hombres
Madrid 1836 [octubre]
 
número 2
páginas 7-13

Sobre la sesión de la Academia de san Isidoro
del día 14 de setiembre de 1836

Con el más profundo dolor hemos leído en los periódicos de esta capital el extracto de esta sesión. En cualquier punto de Alemania, en un país protestante separado por el cisma de la iglesia de Jesucristo, nada tendría de singular la disertación del doctor Acedillo, pero en España, en la católica España es esta la vez primera que [8] los fieles oyen a un sacerdote español calificar al sumo pontífice de obispo de Roma, y negarle la facultad de confirmar a los demás obispos del orbe católico. El disertante quiere que los metropolitanos confirmen a los obispos presentados por la corona, y habiéndose ocurrido a otro académico la duda (muy fundada seguramente) de si los obispos de España se prestarían a confirmar a los nuevos obispos, ofrécesele al doctor un expediente verdaderamente ridículo y extravagante. Quiere que se acuda a los obispos extranjeros, pues en su concepto no están dispuestos los de España a adelantar tanto en las reformas. De esta manera queriendo evitar la dependencia de Roma en la presentación de los obispos, dependería la corona de los obispos de Portugal o de Francia: risum teneatis. Tan fáciles son los extravíos de la razón humana cuando en materia tan delicada se separan los hombres de la doctrina recibida.

La Academia de san Isidoro nos revela en esta sesión cosas que a nuestro entender estarían mejor ocultas; pero ya que se quiere darles la mayor publicidad, fuerza será que nos ocupemos también de ellas.

El doctor Rico alegó en defensa del señor Vallejo, arzobispo electo de Toledo, y para probar su amor a la libertad la bula de excomunión que recibió del Papa. ¡La circunstancia de estar excomulgado [9] forma la apología de un prelado de la iglesia católica! Apenas nos atrevemos a deducir tan monstruosa consecuencia de las palabras del doctor Rico…

¿Qué utilidad puede producir la pública manifestación de semejante doctrina? Con qué objeto se dice que el Pontífice excomulgó en 23 de marzo a los súbditos de Isabel II? Seamos imparciales. Si un sacerdote, un exclaustrado agobiado bajo el peso de la acusación, de la nota de desafecto al gobierno de la Reina, propalase de cualquier modo estas noticias ¿no sería perseguido, encarcelado o tal vez víctima del furor popular?

Duda uno de los concurrentes a la Academia de si sería conveniente emprender esta nueva lucha con las conciencias, pero el doctor Acedillo, a quien no arredran obstáculos, contesta que en todo caso la lucha sería con las conciencias de los necios. Aun en la hipótesis de que sean necios todos los que no profesen las opiniones del doctor Acedillo y de la Academia de san Isidoro, debiera tenerse presente que stultorum infinitus est numerus. Pero nosotros creemos que puede un hombre no ser necio y pensar de un modo diametralmente opuesto al de los Académicos de san Isidoro. De doce millones de españoles que han aprendido en la infancia que el sumo pontífice es la cabeza visible de la iglesia, diez millones [10] permanecen en esta creencia saludable, y no pueden leer sin escándalo las injuriosas palabras pronunciadas contra el sucesor de san Pedro en el recinto de la Academia. Si se emprendiese pues esa lucha (lo que Dios no permita) la Academia de san Isidoro y sus adictos tendrían que luchar con diez millones de necios. Guárdense, sí, guárdense los Académicos de provocar esa lucha, y aumentar los horrores de la que ensangrienta y devasta la infeliz España.

Las relaciones con la corte de Roma son una necesidad para nuestra patria. Esta especie de entredicho en que nos hallamos es a nuestro entender una verdadera calamidad, que hace más embarazosa la posición del gobierno. Conocieron estas verdades los ministerios Cea, Martínez y Toreno y con reserva diplomática se trató siempre esta cuestión. El furor de decirlo todo, de dar publicidad a lo que debe estar oculto, contribuyó a precipitar el rompimiento de la corte de Roma con la de Madrid. Retira el Pontífice su Nuncio, niégase a la confirmación de los obispos electos, niégase al reconocimiento del gobierno de la Reina, y reconoce el de su tío.

La corte de Roma dirá que esta conducta, estos pasos no simultáneos han sido provocados por los sucesos de la península. Alegará en su defensa la precipitación con que se hizo la reforma del clero regular, [11] y sobre todo la sangrienta persecución de que ha sido víctima. Alegará los asesinatos de Madrid, de Barcelona, de Zaragoza, y de otras poblaciones de España, que más bien que el deseo de la reforma probaron el deseo del exterminio de los ministros del altar. Alegará que estos asesinatos cometidos a vista del gobierno que no quiere reconocer, han quedado impunes. Alegará las doctrinas erróneas, los insultos que se permiten publicar contra la generalidad del clero. Alegará en fin todo lo que el ofendido alega para probar la ofensa recibida.

Con más cordura, más prudencia y más piedad no hubiéramos llegado al caso en que nos hallamos. Confesémoslo francamente. Este conflicto, esta penosa situación es la obra de nuestras manos. En la anterior época constitucional no llegaron las cosas a este extremo. El Pontífice expidió los breves de secularización, de venta de bienes monacales; confirmó a los obispos que presentó el rey y conservó su Nuncio en Madrid. Entonces se respetaron en alguna manera las formas y las antiguas prácticas, entonces no sufrió el clero una persecución ilegal, y entonces, con una sola excepción, no corrió la sangre de indefensos sacerdotes por las calles de la capital de la monarquía… Esto no lo dicen los académicos de S. Isidoro, pero lo decimos nosotros que amamos la verdad, y tememos el cisma, y deseamos de corazón [12] el evitarlo; lo decimos impelidos del más ardiente deseo de ver restablecidas las relaciones de la católica España con el sucesor de san Pedro, con el jefe de la iglesia de Jesucristo, depositario del tesoro de gracias que el Hombre Dios dejó en la tierra ¡ojalá que desde su trono de querubines oiga nuestras humildes súplicas, y se compadezca de nuestra miseria!

Sesión del 5 de octubre.

El mismo tema con variaciones. Nada diremos del objeto de esta sesión, porque una idea dominante nos ocupa exclusivamente. No sabemos qué admirar más, si la indulgencia de la Academia que admite en su seno a personas indoctas, o las personas indoctas que asisten a la Academia y hablan de lo que no entienden. Un hombre verdaderamente lego, que arrastrado de una tentación literaria, afligido por la sed de publicidad, escribe para divertir a sus amigos; un hombre indocto, sin estudios, sin conocimientos, ignorando hasta su propio idioma, y de cuyas circunstancias todas ha dado al público de Madrid graciosas pruebas; este hombre que no es pedante, porque no puede aparentar que sabe; este hombre que nada sabe, toma parte en las cuestiones más difíciles del derecho canónico: [13] ¡oh progreso de la Academia de San Isidoro!

Ci-git Pirron{1},
qui ne fut rien,
pas meme Academicien.

Recomendamos a nuestros lectores los estrados de estas sesiones, que se han publicado en los periódicos de esta corte, y especialmente el de la de 14 de setiembre que es un modelo de estilo incorrecto, ramplón, desaliñado y lleno de enormes faltas de lenguaje. Un académico propuso en la última que en caso de no prestarse los metropolitanos españoles o los extranjeros a la confirmación de los nuevos obispos, se acuda ¡¡¡a los obispos cismáticos!!!

——
Nota del PFE:

{1} sic Pirron, aunque se trata del autoepitafio que dispuso Alejo Pirón (1689-1773) al no admitirle la Academia Francesa.

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