El Sensato
Santiago de Compostela, 26 de septiembre de 1811
 
número 7
páginas 105-111

Política

[impíos, jacobinos y filósofos españoles]

«Es menester huir de dos extremos, que igualmente estorban el hallazgo de la verdad. El uno es la tenaz adhesión a las máximas antiguas: el otro la indiscreta inclinación a las doctrinas nuevas… En las naciones extranjeras pecan muchos en el segundo extremo: en España casi todos en el primero.» Así hablaba el sabio e imparcial Feijoo, porque así sucedía en su tiempo. Desde entonces acá ha habido una variación notable en los entendimientos españoles; puesto que hay entre nosotros, quienes no solo no pecan en el primer extremo, sino que pecan tanto como los Extranjeros en el segundo. Esto es por cierto muy doloroso, porque como suele decirse, del mal el menos; y aunque los dos extremos sean iguales en cuanto a impedir el hallazgo de la verdad, no lo son en el daño, y perjuicio, que pueden acarrear a la Religión, y a la Sociedad. La mala inteligencia, o la falsedad de algunas doctrinas antiguas ha podido hacer, y en efecto ha hecho muchos supersticiosos, herejes, y esclavos: mas estos males no son comparables con la irreligión, ateísmo, materialismo, rebelión, y anarquía, a que fácilmente conducen muchas de las nuevas doctrinas. Nunca ha habido tantos impíos, ateos, y materialistas como desde Volter y Rusó. Patriarcas, y maestros de la moderna secta filosófica. ¿Y esto por qué? Porque ensalzando sobremanera los filósofos la fuerza de la razón, y la perspicacia del entendimiento humano no quieren oír más voz, que la de la naturaleza, siendo así que su sonido es confuso, y que las pasiones del hombre hacen que cada uno la interprete según que está afecto, o según le dictan su capricho, y antojo.

Mas, aunque tengo por más vicioso el segundo extremo, que [106] el primero, y por más perjudiciales sus efectos, no se entienda soy de aquellos a quienes todo lo antiguo place, y toda novedad desagrada; o de los que ciegos en seguir sin discernimiento las máximas antiguas, quieren, que aun en materias indiferentes sean respetadas sus opiniones, poco menos, que si fueran dogmas de fe. No por cierto. Estoy muy a mal con estos hombres, que a cada paso invocan las estrellas para que como un tiempo contra Sisara militen por ellos contra el partido opuesto, y pretenden interesar a la deidad en su defensa en cuantos combates literarios ocurren. Hector adest, secumque ducit in praelia Deos. Este es un abuso. También lo es llamar impíos a los que dicen que los Eclesiásticos deben desprenderse de una gran parte de sus rentas para la defensa de la Patria; bien que merecerán el nombre de injustos los que les suponen obligados a dar más que los Seglares; y no deben de ser muy buenos cristianos los que se ríen de las formalidades, que prescribe el Derecho Canónico para efecto de imponer, y cobrar tributos a la Iglesia. Igual abuso es llamar Jacobinos a los que niegan ser de divino origen la potestad absoluta de los Reyes, si sólo se habla de un origen inmediato: aunque es forzoso confesar no están muy distantes de serlo, los que confunden o no distinguen bien estas voces, Rey, y Déspota, Religión, y fanatismo, y otras de esta naturaleza. Finalmente es abuso llamar Franceses a los que defienden la libertad política, y civil contra los Napoleones; si bien se podrá decir, se parecen mucho a los Franceses, los que no hallan diferencia entre libertad, y libertinaje, entre subordinación, y esclavitud.

He referido los abusos en que suelen incurrir los que supersticiosamente veneran la antigüedad, y aborrecen de muerte toda doctrina, que no peine canas y tenga la frente bien arrugada. Ahora es justo manifestar los que son peculiares a los amantes de la novedad, y especialmente de los que son propios de los filósofos flamantes de nuestra Península, bien que heredados por derecho de sucesión de sus padres, y maestros los filósofos franceses. Así, se hará ver con toda claridad, que si nuestros filósofos no son Impíos, Jacobinos, ni Franceses, son a lo menos sus factores, y promueven eficazmente su causa, o por falta de reflexión, o por sobrada malicia. Sea de esto lo que fuere: vamos al asunto.

Los Impíos, Jacobinos, y Franceses, prosélitos de tan infernales sectas nunca tuvieron otro objeto que el de Ecraser l’infame (tal era [107] su divisa) esto es, destruir la Religión de Jesu-Cristo, derribar todos los tronos, e introducir el libertinaje, y una igualdad quimérica entre los hombres. Negar esto, solo podría ser efecto o de una crasa ignorancia, o de una desvergüenza insoportable. La historia de la revolución francesa nos presenta en cada página pruebas demostrativas de esta verdad, y ve aquí un abuso enorme de la verdadera filosofía, aunque esencialmente conexo con la que Volter, y Rusó enseñaron en el siglo 18: observemos ahora los medios de que se valieron para llevar al cabo su inicuo proyecto, y cotejémoslos después con las ideas que esparcen en sus escritos nuestros filósofos: hallaremos una conformidad, una semejanza, ¿qué digo? una perfecta identidad, y por consiguiente un abuso no menos reprensible de las luces de la razón, y de la sana filosofía.

Aquellos no atreviéndose al principio a declarar una guerra abierta a la Religión, empezaron por hacérsela a sus ministros, exagerando sus vicios, y maldiciendo de sus inmunidades, riquezas, y despotismo. Con sus negras sátiras, y crueles invectivas lograron hacer despreciable, y odioso el Clero Secular, y Regular a los ojos del Pueblo Francés; quien miró con indiferencia, sino contribuyó al sacrificio de cien mil víctimas de aquel estado, sacrificadas a impulsos del furor, y cólera Jacobina. No se estremeció al ver cerrados los templos del Dios vivo, y arruinados los altares erigidos al Santo de los Santos; y se consoló con verlos substituidos por templos de la razón, y altares de la Patria, representadas una y otra por públicas prostitutas. Tampoco sintió aquel alucinado Pueblo, que se cometiesen mil desacatos con las reliquias de los Santos, y se esparciesen por el aire sus cenizas, al mismo tiempo, que eran expuestas a la pública veneración las de Marat, y Volter, y se castigaba con el ultimo suplicio al que se resistía a adorarlas. Esto fue una consecuencia del odio que los filósofos supieron inspirar contra los ministros del Santuario, porque el respeto, y amor a la Religión y a sus ministros están tan íntimamente unidos, que faltando uno, no puede subsistir el otro.

Díganme ahora los filósofos Españoles, si cuanto es de su parte no hacen lo posible para arruinar el culto católico, cuando se empeñan en desacreditar a los eclesiásticos, pintándolos como unos egoístas, y avaros, como unos hombres, que nada hacen por la Patria; cuyos intereses son contrarios a los del Pueblo, amigos del [108] despotismo, y déspotas ellos mismos; en fin como hombres, que ponen cuantos obstáculos pueden a la ilustración por ser interesados en que los Españoles continúen arrastrando las cadenas de una esclavitud vergonzosa, en que subsistan los abusos, y no se remedien los desordenes? Estas y otra infinidad de especies semejantes vertidas diariamente en conversaciones, y por escrito no serían bastantes para que el Pueblo Español, sino tuviera más juicio y piedad que los filósofos, sacudiese de una vez el yugo de la Religión, cuyos Ministros, se le dice, son unos monstruos, y los entes más perjudiciales que hay en la sociedad? Pero nosotros, diréis, no pretendemos acabar con el Clero, lo que queremos es, que se reforme{a} y sea útil al público. ¡Ah! Lo mismo que vosotros, decían los filósofos franceses, pero ellos bien conocían, que había de ser muy otro el efecto que debían esperar de sus calumnias e invectivas contra el estado eclesiástico. Qué, ¿queréis que el Pueblo no toque a rebato, y no se apresure a exterminar una casta de hombres, que son los opresores de su libertad, los instrumentos del despotismo, y la causa de todos los males que sufre? Vuelvo a decir, que es necesario tener todo el juicio y piedad del Pueblo Español para no purgar la tierra de entes tan maléficos, y dañinos, cuales deben ser los Eclesiásticos, si son lo que vosotros decís.

Para hacerlos en sumo grado aborrecibles se atrevieron los Jacobinos a imputarles la culpa de todos los desastres, de que ellos solos fueron la causa en la época de la revolución. Todo era clamar que los Eclesiásticos no querían reconocer las Autoridades constituidas, que sublevaban al Pueblo, y predicaban la guerra civil. Calumnia horrenda por cierto, pero aún es mayor la desvergüenza, y descaro de mentir tan a las claras a la faz de la Europa, que está enterada (aunque bien a su costa) de lo que hay en el caso. Nadie ignora que el Clero Francés jamás conspiró contra los diferentes gobiernos, que los Revolucionarios quisieron establecer. No hubo un solo individuo, a quien se le haya probado semejante delito. Jamás se resistieron a obedecer al Gobierno en materias puramente civiles, y sólo se negaron a jurar aquella malvada constitución, que los legisladores filósofos les querían dar, y que vulneraba los dogmas, y disciplina de la Iglesia, los derechos de esta, y de su cabeza el Romano Pontífice: pero aun esto no era un crimen, ni debía serlo a los ojos del Gobierno, puesto que se les obligaba a prestar el [109] juramento so pena de perder sus respectivos empleos. Por lo demás nunca se vio figurar como Actores a los Eclesiásticos (excepto los Apóstatas) en las horribles matanzas, que fueron tan frecuentes en aquella desgraciada época. Nunca en los Púlpitos abrieron su boca, sino para predicar la moral pura del Evangelio.{b}

Sin embargo fueren castigados como conspiradores con cárceles, destierros y cadahalsos. El Gobierno decretó la guerra contra el fanatismo, es decir, contra el Clero, y contra todos los Cristianos; con cuyo decreto se autorizó a los malos para perseguir, y acabar con todos los buenos. Fueron víctimas de su furor cuantos no querían tener parte en sus abominaciones; los que daban la más mínima señal de Cristianos, los que llevaban un Rosario, los que tenían en su casa un Crucifijo, o un libro de devoción, y los que se atrevían a derramar una sola lágrima por tantos inocentes, como veían perecer a millares. En vista de estos hechos tan notorios ¿será un problema difícil de resolver si fueron los filósofos Jacobinos, o los fanáticos Eclesiásticos los que hicieron correr arroyos de sangre en todo el vasto recinto de la Francia?

Aquí invoco toda la atención, y asombro de mis lectores por lo que voy a decir. Ya no son sólo los revolucionarios franceses los que calumnian a su respetable Clero, llamándole autor de tanto derramamiento de sangre. También en un Periódico nuestro se lee que el fanatismo de los (Eclesiásticos) que no quisieron reconocer la Soberanía de la Nación, fue la única causa de todos los males que afligen a aquel desventurado País. ¿Y esto no será proteger la facción Filosófico-Jacobina? Pero ¿hay valor para imprimir una falsedad tan horrible, y querer echar polvo a los ojos de toda la nación Española, que está bien persuadida, a que esta es una imputación calumniosa? ¿Qué objeto se pudo proponer el Autor de aquel papel para cometer un absurdo tan grande así en lo histórico como en lo moral, y político? Yo bien quisiera atribuirlo a ignorancia, ¿pero no había de leer alguno de los muchos escritos, que tratan de la revolución francesa? ¿Y no había de tropezar en cualquiera página con el desengaño de un error tan perjudicial, y denigrativo del Clero francés? No apuremos más este asunto, y concluyamos diciendo, que los que así hablan se empeñan en quitar a las máximas de los Jacobinos el horror que inspiran en vista de los efectos funestos, que han producido.

Otro nuevo ardid de que usaron los revolucionarios para hacer [110] adoptar al Pueblo sus negros designios, fue aquel prometerle tantas ventajas, y felicidades, producto cierto y seguro de los nuevos sistemas, nueva política, nueva moral, y nuevo todo de la nueva filosofía. ¿Qué no es capaz de hacer un Pueblo, que solo aspira a ser feliz, cuando la dicha le viene a buscar a su casa, sin que le cueste más que abrir las manos para recibirla? ¿Qué desea el pobre más que hacerse rico? ¿A qué aspira el plebeyo sino a la nobleza? ¿Y qué apetece el ignorante sino la ciencia, y mucho más si ésta se logra con poco afán y desvelos? Ahora bien, ¿y si la nueva filosofía promete al pobre las riquezas sin más trabajo que pasarlas de unas manos a otras, si dice al plebeyo que va a igualarle con los mayores potentados de la tierra, y al ignorante que va a hacerle sabio en poco más de tres días, quién habrá que no dé al diablo sus preocupaciones, y no se deje regenerar, ilustrar, desfanatizar, y obrar en sí y de repente, y en un momento, y a poca costa tantas maravillas y prodigios, cuales no se han visto desde que el Mundo es Mundo? Pues esta es la bella perspectiva de felicidad, que la filosofía presentó al Pueblo francés, mas advirtiéndole al mismo tiempo, no se podían realizar tan benéficos planes sin renunciar a las añejas ideas de Religión, y sin acabar primero con el Clérigo, con el Fraile, con el Noble y con el Hacendado.

Y ¿nuestros filósofos qué hacen? ¿Qué prometen al Pueblo Español? Lo mismo que aquellos ofrecían al de la Francia. Diré sin embargo en obsequio de la verdad, que hasta ahora no han dicho: o Pueblo, renuncia a tu fe, si quieres ser feliz: Pero qué, ¿no dicen contra los Eclesiásticos, contra los Nobles, y Poderosos? ¿No dicen que la fortuna de estos es incompatible con la del resto de los individuos de la Nación? Yo bien sé que las promesas tan lisonjeras, que se hacen, no se deben entender de manera que el pobre pueda sin trabajar hacerse rico, el ignorante sabio sin estudiar, y el plebeyo noble sin hacer méritos para ello: No lo entienden así los filósofos, ni yo tampoco; pero ellos quieren, que el Pueblo lo entienda de este modo, porque de otra suerte estimaría poco unas ventajas, que con corta diferencia le dejarían en el estado en que estaba. Mas, ¿si haciendo caso de las promesas halagüeñas, y palabras pomposas de la nueva filosofía, los ignorantes, y miserables llegan a creer (lo que es muy temible) que pueden ser felices sin trabajo, sin fatiga, sin desazón, ni zozobras; si aprenden que el único [111] obstáculo que tienen que vencer es el que oponen el Eclesiástico, el Señor y el Hombre rico, no atropellarán por todo a trueque de lograr tanto bien? No importa que entonces digáis, ¡ó Filósofos! como dijeron los Franceses: que no se entendieron vuestras máximas, o que se abusó enormemente de vuestros principios. Ésta disculpa ni justificó a aquellos, ni tampoco os justificará a vosotros. El Pueblo francés no hizo otra cosa que lo que los filósofos intentaban; y vosotros debíais preveer, que la mala inteligencia, y abuso de vuestras máximas es una consecuencia necesaria en un Populacho rudo y feroz, cuyo desenfreno nadie puede contener cuando se le suelta la rienda. Temed siquiera por vosotros mismos. Porque si ven burladas sus esperanzas, hallando por experiencia que la prosperidad, que disfrutan a beneficio de vuestras ideas, no es la diezmillonésima parte de la que al parecer les prometíais, ¿no llegaréis también a ser víctimas de su furor, y venganza? Tal fue el pago (y bien merecido) que dieron los franceses a sus humanos y benéficos filósofos.

(Se continuará.)

{a} Miren, dirán algunos, que Padres de la Iglesia, o del Yermo, qué Juanes de la Cruz, o Pedros de Alcántara son los que claman por la reforma del Clero. Pero ya se entiende que hablan de la reforma de bolsillos, y que pretenden dejar esqueletos los de los Eclesiásticos para engordar a poca costa los suyos. Es verdad que piden para el Ejército; pero Dios nos libre de poner la limosna en sus manos, porque son muy manirrotos.

{b} Uno solo, que predicando sobre la paciencia, y perdón de las injusticias, propuso el ejemplo de Luis XVI, como el de un justo, que en el mismo cadahalso, pidió a Dios el perdón para sus verdugos; fue al día siguiente arrestado; mas como no había dicho cosa, que no fuese muy notoria, y al Gobierno le importaba poco, que Luis XVI fuese un Santo, le dieron libertad por entonces reservándole la vida para que la perdiese después a manos de los Agentes del Jacobinismo, o la pasase triste y desconsolada en un destierro. Este es el único hecho que se puede citar de cosa dicha en el Púlpito, que se opusiese de algún modo a las miras del Gobierno revolucionario.

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