Filosofía política

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Verdadera política / Falsa política / Política verdadera / Política falsa

Guiándonos por el paralelismo con distinciones que tienen lugar en otros campos –filosofía [18], ciencia, religión [359]…– establecemos: (A) Por un lado, la distinción entre A1, una verdadera política (comp.: verdadera filosofía, verdadera religión, verdadera ciencia) y A2, una falsa política (comp.: falsa filosofía, falsa religión, falsa ciencia). (a) Por otro lado, la distinción entre a1, política verdadera (comp.: filosofía verdadera, religión verdadera, ciencia verdadera) y a2 una política falsa (comp.: filosofía falsa, religión falsa, ciencia falsa).

La distinción dada en (A) establece, en rigor, una separación entre la verdad (o realidad esencial) y la apariencia (o realidad fenoménica). Una cosa será una verdadera religión y otra una falsa religión (una apariencia o simulación de religión, acaso el fetichismo y la superstición); una cosa será una verdadera ciencia y otra una falsa ciencia (una apariencia o simulación de ciencia, una pseudociencia o ciencia ficción). Pero la distinción dada en (a) se mantiene dentro de A1; tanto a1 como a2 son A1 y aquí residen las dificultades más profundas de la cuestión. Pues se trata de mostrar (una vez que se haya establecido que una cosa es la verdad de la esencia y otra la realidad del fenómeno) que la verdadera ciencia (o religión o filosofía) puede ser ciencia verdadera, pero también falsa, lo que es tanto como reconocer dialécticamente que el error forma parte interna del proceso científico, que él no es contingente, accidental o eventual. Se trata de reconocer que la verdadera política no tiene por qué ser siempre la política verdadera (ésta es en rigor, en el fondo la tesis de Trasímaco, cuando sostenía que un verdadero calculador no ha de ser un calculador verdadero, infalible). No estará de más traer aquí a recuerdo la tesis de San Agustín (Ciudad de Dios, xx, 21) según la cual la única verdadera ciudad (o sociedad política) es la «Ciudad de Dios» que al mismo tiempo, según él, es la única ciudad verdadera (pues Babilonia, o el Imperio romano antes de Constantino, «no es ni siquiera una ciudad pues ella no está presidida por la justicia»). San Agustín se apoyaba, además, en el pasaje de la República de Cicerón conocido como el Sueño de Escipión. También traeríamos aquí a recuerdo a otro agustiniano, Descartes, cuando venía a decir que sólo el conocimiento verdadero (claro y distinto) es el verdadero conocimiento, pues no cabe hablar de conocimiento oscuro y confuso, o dudoso; éste será sencillamente no-conocimiento.

Pero las relaciones entre aberraciones y apariencias no son meramente dicotómicas, salvo formalmente. La dialéctica efectiva es la transformación de las apariencias en verdades, o de los errores en apariencias. ¿Cabe admitir la posibilidad de un proceso que sea a la vez fenoménico y aberrante por tanto? Parecería que formalmente no, puesto que para ser erróneo tiene que comenzar por ser real. Pero materialmente, el proceso en cuestión, puede ser considerado a veces como una confluencia de ambas cosas. Así, quien se empeña en construir la máquina de movimiento continuo desarrolla quizá una conducta aberrante o errónea, desde el punto de vista de la teoría física, al mismo tiempo que su conducta puede ser llamada física en la medida en que está teniendo en cuenta otras leyes físicas (mecánicas). Se da sólo apariencia de conducta física, o de Física ficción, cuando nos situamos en la perspectiva de un solo principio físico, pero no de su conjunto. La aberración, sin duda, puede ser de tal calibre que ella misma lleve a la transformación de un sistema erróneo en una apariencia de sistema: el error puede ser tan profundo y afectar a tal cantidad de principios que lleve a la degeneración del sistema aberrante en una apariencia suya.

Es preciso, por tanto, en nuestro caso fundamentar, por un lado la distinción entre política real (verdadera política) y política aparente o fenoménica (falsa política, política ficción, pseudopolítica) y, por otro lado, la distinción entre política recta (o correcta, o verdadera) y política errónea (o incorrecta o aberrante). {PEP 192-195}

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