Filosofía en español 
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Agnosticismo

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Agnosticismo positivista como «criticismo» inmaduro

En cuanto a la consistencia filosófica del agnosticismo positivista diremos, en primer lugar, que él termina por perder todas las referencias que conservaba en el plano pragmático-dialógico para diluirse (o de-generar) en una suerte de criticismo positivista, acaso neokantiano, que se apoya en los «conocimientos científicos» como si éstos fueran los únicos criterios del conocimiento efectivo. Pero este criticismo positivista, como ya no se enfrenta a ningún grupo gnóstico o antignóstico, tiene que terminar enfrentándose con el «Océano ignoto» que envuelve a la «tierra firme», a la «isla» (la ciencia), emergida en él. Es un criticismo inmaduro, porque él mismo no ejerce la crítica sobre la ciencia en la que pretende basarse, ya que no puede utilizar otro criterio que oponer esa ciencia, en cuanto conocimiento finito (como si pudiera haber otro), a un «Océano ignoto» cuya esencia es tan desconocida (lo Incognoscible de Spencer) que sólo extrínsecamente (metaméricamente) puede poner límites a esa ciencia; un criticismo que sólo estaría autorizado a proclamar a lo sumo el ignoramus, pero no el ignorabimus. Porque si nos situamos en el ámbito de una única ciencia (o de múltiples ciencias, como constitutivas de un «archipiélago» considerado como realización global de «la ciencia»), enfrentada a un «Océano desconocido», resultará necesariamente externa de todo punto a esa ciencia la tarea de ponerle límites que ella misma ya no tenga. Con razón afirmaba David Hilbert situándose en el ámbito de las Matemáticas: «en Matemáticas no cabe el ignorabimus». En general, un ignorabimus proclamado por una ciencia unitaria ante un «Océano» totalmente desconocido es un ignorabimus indefinido, vacío, porque no puede saber siquiera lo que ignora. Siempre estaría a punto el postulado de una ampliación indefinida de la ciencia única que, aunque finita en sus dimensiones, pudiera llamarse ilimitada cuanto a los contenidos que le vayan siendo incorporados, y esto frente a cualquier género de escepticismo. La «ciencia» enfrentada, a todo lo que la envuelve en cuanto incognoscible, no puede ponerse «límites desde dentro». Tampoco para el agnosticismo esotérico tendrá efectividad el ignorabimus: lo que desconocemos en esta vida, acaso podamos conocerlo en la visión beatífica de la otra.

Ahora bien, el criticismo positivista, tal como fue prefigurado por el idealismo transcendental kantiano, se apoya en el dualismo entre un saber científico y el no saber (en el dualismo entre el orden de los fenómenos –la tierra firme– y el orden de los noúmenos –la nesciencia). Dualismo alimentado inicialmente por la circunstancia de que esa única ciencia de la que hemos hablado, la mecánica newtoniana en su momento, se ofrecía como «tierra firme» susceptible de ser ampliada a otros campos, a otras islas (la Química, el Electromagnetismo…), cuya roturación iría consolidando nuestro único saber (el científico) e iría haciéndolo más espeso y extenso, pero a la vez que crecían los contornos del Océano del no saber que, por otro lado, era un no saber qué es lo que no se sabe: estamos ante las dificultades que Hegel o Fichte levantaron contra la cosa en sí kantiana.

Pero, a lo largo del siglo XIX, el proyecto de ciencia única, la mathesis universalis cartesiana o newtoniana, fue exhibiendo sin cesar ante muchos su carácter utópico. Nuevas categorías científicas (la teoría del calor, la teoría electromagnética) se constituían como tales, pero no agregándose sin más a las anteriores, como territorios que ampliasen, globalmente tomados, la extensión de la «tierra firme». Lo que estaba ocurriendo era, nada menos, la aparición de una nueva perspectiva diamérica de afrontar la crítica de las ciencias, los límites del conocimiento científico. Porque ahora estos límites ya no se establecerán desde fuera de las ciencias, a partir de la línea cambiante y fantasmagórica que da comienzo a lo incognoscible (el «Océano impenetrable»), sino a partir de las relaciones diaméricas entre las diversas ciencias, entre las diversas islas consideradas no globalmente, sino en sus relaciones de mutua irreducibilidad. Ahora cada ciencia encontrará sus límites en las otras ciencias. La constatación de esta irreducibilidad mutua abrirá una nueva perspectiva al criticismo que podrá madurar hacia las posiciones de un criticismo materialista. Si las ciencias categoriales son múltiples e irreducibles podremos establecer diaméricamente límites al conocimiento científico: ninguna ciencia puede cubrir la totalidad del «Océano», porque no cubre las demás. Encontrará cada ciencia sus límites en los relieves y diferencias establecidas por otras ciencias (que, además, no son homogéneas en sus propios campos). Por tanto, podrá concluirse, que ninguna ciencia (dado que existen puntos de intersección entre los diversos campos científicos) agotará su campo propio. Este es el significado que, para el materialismo filosófico, se encerraría en el ignorabimus que Du-Bois Reymond proclamó cien años después de la Crítica de la Razón Pura.

No cabrá, por tanto, pensar en una ciencia unitaria que sea criterio último del conocimiento, porque cada ciencia se circunscribe a su campo y porque no cabe suponer un campo común que estuviese constituido por todas las ciencias; no cabe suponer una «categoría de las categorías» ni una «Ciencia de la ciencia»: luego o nos abstenemos de reflexionar sobre el hecho de la pluralidad y de la diferencia entre las ciencias o si queremos reflexionar racionalmente sobre este hecho ya no podremos valernos de los recursos de las ciencias positivas, tendremos que acudir a los recursos de la filosofía. No podremos decir, cuando hablamos sobre las ciencias, cuando establecemos sus diferencias internas, y sus límites mutuos, que conocemos algo «científicamente». ¿Habremos de concluir, por ello, que no conocemos nada? ¿Sobre qué fundamentos afirmaremos que sólo el conocimiento científico es conocimiento? ¿Acaso es esta afirmación por sí misma un conocimiento científico? Por otra parte, las ciencias categoriales no se reducen a conocimientos, como tampoco las artes se reducen a sentimientos. {E / → BS04 69-88}

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