Filosofía en español 
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Agnosticismo

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Antignosticismo esotérico

Se corresponde con las posiciones características del llamado «racionalismo ilustrado». Lo que impugna el antignóstico a cualquier tipo de gnosticismo esotérico, pero también al agnosticismo, es su pretensión de poseer, por modo particular (de revelación, de gracia, de experiencia mística) determinados saberes que se proclaman inaccesibles a la común «naturaleza humana», al menos cuando ésta se toma en un determinado grado de desarrollo histórico. El antignosticismo esotérico considera, además, inaceptable que se proclamen a tales saberes o formas de vida «esotéricos» (por no decir «sectarios») como imprescindibles para la salvación, no ya sólo metafísica y ultramundana, sino política, social o personal; ello implicaría admitir el sometimiento a la Iglesia o a la secta que dice ser depositaria de tales saberes. Por supuesto, el antignosticismo esotérico puede ser defendido desde posiciones filosóficas teístas o deístas; no es necesario apelar al ateísmo. Más aún, cabe decir, que el antignosticismo esotérico teísta (o deísta) es característico de toda una tradición filosófica que se extiende desde Sócrates hasta Espinosa, Voltaire o Kant (el Kant de La religión dentro de los límites de la mera razón). Es la tradición de los filósofos impíos –aquellos que en la Grecia Antigua solían ser condenados por el delito de asebeia: Anaxágoras, Protágoras, Sócrates, Aristóteles…)– que, sin embargo, no fueron ateos («Sócrates ese ateo, decía Voltaire, que sólo cree en un solo Dios»). Desde el materialismo filosófico hay que subrayar que la impiedad (la asebeia), pero no el ateísmo, es lo que caracteriza a una filosofía estrictamente racional. El materialismo filosófico es, sin duda, ateo, pero no por ello puede dejar de tener en cuenta las posiciones del teísta o las del deísta, aunque sólo sea para refutarlas y para fijar respecto de ellas, dialécticamente, su propia posición. Quienes se acogen a la «regla de abogado» según la cual la carga de la prueba corresponde a quien afirma algo y no a quien lo niega –deduciendo de esa regla que el ateo o el materialista no tiene por qué ocuparse de probar «la inexistencia de Dios»– proceden muy superficialmente, cuando los consideramos desde el punto de vista filosófico; puesto que ante una cuestión como la de la inexistencia del Dios terciario es imprescindible «dar beligerancia» a los argumentos del teólogo natural, cuando no sólo se ocupa de la existencia de Dios, sino también de su esencia y desde su esencia. No se trata, por tanto, de que el ateo demuestre la inexistencia de Dios; se trata de demostrar la «imposibilidad» de su esencia o de sus atributos, por ejemplo, por incompatibilidad, entre un Dios omnisciente y el reconocimiento «en serio» de sistemas caóticos deterministas pero impredictibles.

¿Hasta qué punto T. H. Huxley fue antignóstico tanto o más que agnóstico? No corresponde a este lugar un análisis doxográfico. Sin embargo, y a juzgar por sus críticas a las pretensiones de los «gnósticos cristianos» y por su insistencia en la incompatibilidad de los resultados firmes de la ciencia natural coetánea (principalmente en lo concerniente a las cuestiones de la edad de la Tierra y del origen del hombre) con los contenidos «gnósticos» de la revelación bíblica o evangélica, puede afirmarse, sin temor a dudas, que T. H. Huxley mantuvo, al menos en ejercicio, posiciones claramente antignósticas en su variedad antiesotérica. No sería ya tan fácil probar que el antignosticismo de Huxley tuviera también el carácter de un antignosticismo filosófico-teológico, de carácter positivo. Acaso, por no tenerlo, es decir, más precisamente, por declarar indecisible la opción entre el teísmo y el ateísmo (al menos con los recursos de la ciencia positiva) es por lo que Huxley podría ser considerado agnóstico, pero en un sentido también muy limitado dentro de las alternativas que estamos dibujando. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que el agnosticismo, en cuanto concepto delimitado en el contexto de la «época científica», no es una figura que haya de ser dibujada sobre el fondo de un escepticismo universal, ni siquiera de la duda metódica universal cartesiana. Lo que caracteriza a la «época moderna», en cuanto época de la revolución industrial y científica, no es partir de la duda, sino de la evidencia en los resultados de las ciencias que han encontrado su verdadera senda. El escepticismo agnóstico será, en todo caso, un «escepticismo local», no universal. {E / → CC 13-40}

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