Filosofía en español 
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Fetichismo, Magia y Religión

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Fetiche como proceso lógico ligado a la constitución de los objetos por segregación o hipóstasis

Las diversas teorías del fetichismo están llevadas a cabo desde posiciones próximas a algunos de los cuadros de la tabla. Y todas ellas incluyen premisas etic muy fuertes, de índole animista o espiritualista (incluyendo la concepción de Comte, en tanto ve al fetichismo «desde» el politeísmo). Una «reivindicación» materialista del fetichismo frente a las interpretaciones espiritualistas, habrá de situarse, desde luego, en el primer cuadro de la tabla (ABC). Lo que esta reivindicación comienza a destacar de todo fetiche, es una determinación que, por lo demás, subsiste presente en los demás cuadros (aunque combinadas con otras determinaciones diferentes entre sí), a saber, la misma corporeidad de los objetos «manuales», terrestres, o «bultos conformados», que son los fetiches. Nuestra reivindicación consiste en tratar de analizar en qué condiciones, y desde qué premisas, podremos derivar el prestigio sui generis del fetiche, a partir de su misma corporeidad, y no a partir de una supuesta alma que haya que agregársele, aun cuando se le considere sustancialmente unida. Y esto implica desconectar de raíz el fetiche (el fetichismo) de la religión. Una desconexión radical, que no excluye la posibilidad de eventuales entretejimientos sobre las múltiples ramas del fetichismo con otras no menos frondosas de la religión.

La cuestión que planteamos es: el «principio activo» que, desde una perspectiva etic, cabe atribuir a esos cuerpos configurados, dado que no puede brotar de supuestos espíritus o almas, ¿no procederá de la misma estructura configuracional corpórea del fetiche? Esta estructura, segregada, y aún hipostasiada, podría ser considerada como una disposición genérica común a otras configuraciones corpóreas que aunque no son fetiches, en el sentido etnológico-museístico, podrían ser consideradas como fetiches, al menos por extensión interna, por propagación de la especie al género en el que, por hipótesis, se radicaría el principio activo de la especie.

Según esto, el mecanismo generador de los fenómenos fetichistas sería un mecanismo lógico de sustantivización, o hipostatización, en virtud del cual ciertos productos relativos resultarían segregados del sistema de relaciones que los determinan. En el caso más sencillo nos referiríamos, como a relaciones generadoras, a las relaciones mRn, mSw, cuyo producto relativo R/S fuese mFw. La segregación lógico-sintáctica tendría lugar en el momento mismo de establecerse el resultado de la operación mFw; la hipostatización aparece cuando la relación F entre m y w tiende a ser representada con abstracción de las relaciones RS. Un ejemplo que nos aproxime al contenido semántico del concepto museístico de fetiche, construido según este esquema lógico, podría ser el siguiente: mRn sea la relación del objeto m (por ejemplo, un hacha prehistórica) al sujeto operatorio n que toma a m como modelo de ulteriores operaciones suyas; nSw sea la relación del sujeto operatorio n al objeto w fabricado por él, y que podría considerarse como una transformación unívoca de m. La expresión mFw, representará la relación entre el modelo m y el ejemplar w, segregada de las relaciones que la generaron. mFw hipostasiado, respecto de la relación generadora, se aproxima a la situación de fetiche, si el objeto w se nos aparece como encarnando por sí mismo la configuración m que lo moldea. Una configuración que, por así decir, resplandecerá en él con una mayor o menor intensidad que será función parcial, al menos, de la misma morfología configuracional (de su «pregnancia», de su «buena forma»). Es obvio que este «fetiche» mFw parecerá asumir un cuerpo o figura propia, o autónoma, aun cuando su autonomía, al menos genéticamente, es fantasmagórica, puesto que la relación mFw, sólo se establece por la mediación de n, que ha quedado puesta entre paréntesis. Pero este proceso de segregación resulta, según los casos, ser equivalente al proceso mismo de constitución de una configuración que para manifestarse como tal, deba desprenderse de su génesis. Si esto fuera así, cabría concluir que el fetiche, o la fetichización de los objetos, es un subproducto del proceso de constitución de los propios objetos.

Este concepto de fetichismo, como proceso lógico ligado a la constitución de los objetos (por segregación e hipostatización) recubre, de un modo muy ajustado, el concepto de fetichismo que Marx utilizó al exponer la génesis de lo que él llamó «el fetichismo de la mercancía».

Desde unas coordenadas materialistas, desde las cuales la conciencia humana se declara trascendentalmente vinculada a objetos dados en el espacio apotético, parece obvio concluir que si el fetichismo, según su concepto más genérico, tiene algún fundamento trascendental (por decirlo así, no tanto una verdad empírica, cuanto constitutiva), este fundamento habrá de estar situado precisamente en la misma disposición del espacio receptáculo de los objetos apotéticos. Es evidente que, a partir de tal fundamento, no podremos deducir que este objeto, y no otros, haya de ser soporte de un prestigio sui generis (más o menos, próximo al prestigio del fetiche); pero sí que algún objeto, o alguno de esos objetos, deberán desempeñar funciones características de índole constitutiva, respecto de los propios sujetos humanos. Objetos constitutivos que no son necesariamente «útiles» o «instrumentos» de un sujeto ya presupuesto. Obviamente nos referimos a instrumentos, no solamente mecánicos (un arco y sus flechas, un hacha prehistórica), sino también a instrumentos mágicos, pongamos por caso el molemo que los bechuanas tenían, según Livingstone, para hacer llover, o el talys hindú, una plancha redonda de oro que daba fecundidad; o el talismán árabe –con figuras astrológicas grabadas en metal–, o el amuleto que había de llevar consigo (a diferencia del talismán) quien quisiera preservarse de algún conjuro o sortilegio. Ni el hacha, ni el arco, pero tampoco el talismán o el amuleto, son por sí mismos fetiches. Esto dicho sin perjuicio de que la instrumentalidad de un objeto pueda ser el punto de partida para una «sacralización», o recíprocamente, que el carácter constitutivo de un objeto (cuya utilidad en sentido operatorio no se pueda demostrar en un momento histórico dado) deje de tener un decisivo significado pragmático, en un sentido trascendental (es decir, no referido a una finalidad determinada). La maza de Thor puede servir de ejemplo para lo primero: la maza es un instrumento cuyo prestigio es «instrumental» (no absoluto), es derivado (de la fuerza de Thor) y no originario, y es antes un habitáculo de la fuerza (como «entidad vial», o «potencia obediencial» de los escolásticos) que una sustancia. Pero, con todo esto, probablemente no explicaríamos la eventual posibilidad de que la maza de Thor se convierta (al menos en la leyenda) en un fetiche. Para que esta conversión tuviera lugar, acaso fue suficiente desconectar el instrumento, la maza, de servicios suyos demasiado precisos (por ejemplo, santificar los contratos, entre ellos el matrimonial) y dejar que el martillo –siempre presente (sólo una vez se lo escondió Loki, pues cuando Thor lo lanzaba volvía de nuevo a sus manos)– brille, por así decirlo, por sí mismo, resplandezca como Miolnir, con un fulgor de fetiche. El Sol y la Luna pueden ser ejemplos de lo segundo, ejemplos de objetos apotéticos que algunas veces muestran sus formas «perfectas», aun cuando la lejanía los hace inviables como instrumentos. Sin perjuicio de lo cual su función pragmático-trascendental (dejando al margen, por supuesto, su elaboración mitológico-ideológica), es indiscutible a partir del momento en el cual los homínidos han salido del bosque. Y habría que decir que cuando Aristóteles hacía eternos a los astros (según Jaeger, él fue el primero), aunque los llamase divinos (por ser incorruptibles), lo que estaba en rigor logrando era, no tanto una Teología, cuanto una metafísica de los fetiches –así como cuando hacía inmaterial al «Pensamiento del pensamiento», lo que estaba en realidad alcanzando era la metafísica de los númenes, la Teología natural. Objetos naturales, en efecto, tales como el Sol y la Luna, son constitutivos, como «piedras miliarias», del horizonte de las bandas de homínidos que han perdido las referencias cercanas del bosque original. La veneración, asombro, fascinación, suscitados por estos objetos referenciales puede tener un alcance comparable al que tiene la «bola de Fourier» en los procesos de la sugestión hipnótica, el significado pragmático derivado de sus funciones estructuradoras constitutivas, en un mundo abierto y cambiante, de fronteras indefinidas. Traducida esta función en términos psicológico-metafísicos cabría afirmar que el fetiche es un «símbolo de sí mismo», en el sentido de Jung. Jung cita las palabras de un alquimista medieval, Morienus: «Esta cosa [la piedra filosofal] se extrae de ti, tú eres su mineral, y se puede encontrar en ti…» (El hombre y sus símbolos, Madrid 1986, pág. 220). Añade Jung: «Quizá cristales y piedra son símbolos especialmente aptos del sí-mismo a causa de la exactitud de su materia. Hay muchas personas que no pueden refrenarse de recoger piedras de colores y formas poco corrientes y las guardan sin saber por qué lo hacen. Es como si las piedras tuvieran un misterio vivo que los fascinara. Los hombres han recogido piedras desde el principio de los tiempos y parecen haber supuesto que algunas de ellas contenían la fuerza vital, con todo su misterio…»

(Esta exposición psicológica invierte, en cierto modo, la relación entre la conciencia y el mandala, presentando al objeto fetiche como símbolo de un alma previamente dada, en lugar de presentarlo como un espisodio de su constitución a través del propio objeto.)

Las funciones constitutivo-referenciales que hemos atribuido al Sol y a la Luna, a medida que el espacio natural vaya siendo paulatinamente sustituido por un espacio cultural poblado de objetos «artificiales» (hachas, espadas, lanzas, mazas…), podrán ser atribuidas también a algunos objetos culturales revestidos de un pretigio singular por motivos que habrá que determinar en cada caso. {CC 261-266 / → BS14 3-38}

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