Filosofía en español 
Filosofía en español

Filosofía de la Religión

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Religión terciaria o Fase terciaria de la religión

La religiosidad terciaria no procede «de lo alto». La religión mitológica [366], con el arrastre de fondo de la religiosidad primaria, es el verdadero origen de donde brotan las religiones terciarias. Entenderemos la reorganización que estas nuevas fuentes, en principio extrarreligiosas, promueven en el campo de la relgión secundaria, fundamentalmente, como una rectificación o un freno al delirio mediante el cual caracterizamos a las religiones superiores. Y, por ello, las religiones terciarias podrían ser consideradas filosóficamente como impulsadas por un principio de verdad racional, de sobriedad y claridad. Se abre camino este principio mediante la sistematización, simplificación, negación y crítica del principio mitológico. Si llamamos «Teología» a esa nueva disciplina, podríamos caracterizar al período terciario de las religiones como su período teológico –frente al período mitológico. Sin duda, la actividad «teológica» está ya presente en la fase secundaria. Pero su metábasis está en función de la novedad de las situaciones circulares y radiales. Novedad determinada por el desarrollo demográfico y político de las sociedades neolíticas, obligadas a entrar en contacto las unas con las otras. Estos contactos equivalen a una confluencia de universos mitológicos no siempre compatibles. Pero la principal fuente de descomposición de las religiones mitológicas habría que ponerla en el eje radial, en el desarrollo de la tecnología y de las primeras categorías científicas (mecánicas, geométricas y astronómicas) y, con ellas, de la filosofía metafísica. Sólo cuando se han puesto a punto los nuevos modelos impersonales de construcción meteorológica, astronómica y cosmológica, puede disponerse de una perspectiva capaz de introducir una nueva disciplina del delirio mitológico (que organiza el cosmos según, sobre todo, relaciones de parentesco) y que, por otra parte, sigue su curso. Habrían sido los modelos naturalistas (por ejemplo, el del poema fenicio de Sanchunjaton) y, sobre todo, los geométricos, que dieron lugar a la metafísica presocrática, aquellos instrumentos que más eficazmente pudieron sacar de su clausura al delirio mitológico secundario. No se pueden explicar las religiones superiores (budismo, cristianismo, islamismo) al margen de la filosofía. El cristianismo no hubiera sido lo que fue sin la filosofía griega (y no digamos nada del islamismo).

Las religiones terciarias son religiones teológicas, es decir, religiones que se desarrollan incorporando a la filosofía griega en forma teológica. Esto ocurrió ya con el judaísmo (Filón de Alejandría) y, sobre todo, con el cristianismo (desde Nicea, hasta San Agustín o Santo Tomás). Y con el islamismo (Avicena, Averroes). Pero al cristianismo le corresponde la condición de corriente central histórica por haberse desarrollado en unas «sociedades europeas» más complejas (política, tecnológicamente) en cuyo seno se forjaría la ciencia moderna. En cualquier caso, el cristianismo por su dogmática específica, abre unos cauces precisos, pero si la Teología dogmática del cristianismo podía ponerse en el mismo plano en el que se dibujan muchas religiones mistéricas (Atiss-Cibeles, Isis-Osiris, &c.). Lo que hizo del cristianismo una religión terciaria suis generis fue sobre todo el haberse visto obligada a asimilar la filosofía griega una vez convertida en la religión del Imperio, el haber tenido que desarrollar una Teología dogmática filosófica, gracias a la cual pudo elevarse a la condición de religión terciaria absolutamente original. Ocurrió como si el Dios de Aristóteles, que permanecía «ensimismado» desde la eternidad, comenzase a revelarse y, lo que es aún más sorprendente, a encarnarse y a hacerse presente en la eucaristía. La importancia específica de estos dogmas cristianos la ponemos precisamente, no tanto en sus contenidos míticos, cuanto en la reconstrucción teológico-filosófica de los mismos. La necesidad de reconstruir estos dogmas con ideas filosóficas griegas determinará, por un lado, como acabamos de decir, la elevación de una dogmática mítica a la condición de religión terciaria; pero, por otro lado, determinará una profunda transformación de las ideas filosóficas griegas, las cuales, al ser «obligadas» a desenvolverse a través de dogmas tan característicos como el de la creación, la encarnación, los ángeles, o la eucaristía, tuvieron que analizarse «regresando» a sus elementos más abstractos y dando de sí ideas implícitas (por ejemplo, creatio ex nihilo, persona e individuo, formas separadas, accidentes separables de la sustancia…) que no se hubieran organizado por sí mismas jamás. Queremos decir, por tanto, que la importancia del dogma de la eucaristía, en sí un mito, reside en la reconstrucción teológica que de este dogma hizo la Teología tomista de la transustanciación, que determinaría la distinción, no ya sólo entre sustancia y cantidad (como accidente suyo) sino la distinción entre la extensión (como atributo de la cantidad) y la cantidad misma; distinción que sería negada por el mecanicismo cartesiano, pero no por el energetismo leibniziano o newtoniano (las mónadas de Leibniz se parecen más a las hostias consagradas que a los átomos que se forman en los torbellinos). Las ideas de persona, las de creación continua de la materia, la idea del eter electromagnético, por no citar a la idea de Cultura [420], son ideas procedentes, no ya tanto de la dogmática cristiana, cuanto de la teología cristiana, es decir, de la reconstrucción de los dogmas cristianos mediante la filosofía griega.

En resolución: el período terciario de las religiones podría entenderse como un período esencialmente crítico de la mitología secundaria, en tanto tiende a reducir y simplificar el delirio politeista en la dirección del monoteísmo metafísico. Cuando hablamos de superioridad del monoteismo metafísico nos referimos a su significado religioso, frente al delirio mitológico y a su condición de antesala del ateismo, como aparece claro en la teología natural de Aristóteles y, en la época moderna, en el proceso que denominamos como inversión teológica [368]. Por ello, tenemos que entender las religiones superiores como religiones internamente contradictorias –no delirantes, como las secundarias– y ahí pondríamos la raíz de su interés dialéctico y crítico. Es muy importante evitar la idea de una religión terciaria que borra y sustituye a la mitología secundaria, pues ésta refluye en el marco terciario. Uno de los testimonios más interesantes de estos reflujos –por la actualidad que le otorga en nuestros días la creciente fe en los extraterrestres, por un lado, y la estimación de los animales, por otro– es el proceso de «lucha del cristianismo contra los demonios» y, por una extensión natural, contra los ángeles. El cristianismo ha puesto al hombre (no a los ángeles ni a los demonios), a través de Cristo, en el lugar más elevado de la creación, no sólo del mundo corpóreo, sino del universo.

En este contexto cobra significado el tratamiento de la cuestión de los ángeles. Porque, los ángeles son pieza esencial de las concepciones no antropocéntricas del universo, características de las religiones secundarias; el cristianismo tendrá que entrar en conflicto con los dogmas que giran en torno a los ángeles (dogmas que, por otra parte, ha recibido como herencia del Antiguo Testamento). Según algunos teólogos el pecado angélico habría sido un pecado de envidia hacia el hombre. Se comprenderá que los ángeles caídos tendieran a ser concebidos como entidades orientadas a girar en torno al hombre, a fin de destronarle, ya como tentadores de Adán, ya como tentadores del hombre en general. Los ángeles caídos terminarán por ser concebidos como un principio maligno, que precisamente se orienta hacia la generación del Antricristo. El hombre-divinizado, es decir, elevado por encima de los ángeles, se compadece mal (en la fase terciaria) con el hombre-animal. La parte animal del hombre nada tendrá que ver con el espíritu; ni siquiera tendrá alma. Los animales serán máquinas, carecerán de conciencia, de sensibilidad y, por tanto, el hombre no tendrá por qué tener la menor piedad hacia ellos. Tal consecuencia del cristianismo, que lleva hasta el límite el desarrollo dialéctico de la religión primaria (pues convierte la religión en la más descarnada impiedad ante los animales), fue sacada con asombroso rigor lógico por Gómez Pereira) (Antoniana Margarita). Fue la filosofía cartesiana la que recogió a manos llenas estos resultados y los sistematizó en forma sencilla y geométrica. Supuestas estas premisas, se comprenderá que el renacimiento que en nuestros días experimenta el interés por los extraterrestres (es decir, el renacimiento de los demonios, de los genios aéreos o ígneos, en suma corpóreos, animales) puede interpretarse como un proceso que tiene lugar al compás del desfallecimiento del cristianismo, en razón de que éste, es decir, Cristo, tenía represados a los demonios. El renacimiento de los demonios, desde nuestra perspectiva, se nos manifiesta como una refluencia: es un volver a fluir corrientes retenidas de mucho más atrás, cuando la presa ha comenzado a quebrar por todos los lados –la presa antropocéntrica.

De este modo, este renacimiento del interés por los extraterrestres y el renacimiento del interés y de la piedad por los animales, se nos presenta como dos consecuencias del mismo proceso: el retorno a las formas de religiosidad secundarias o primarias, una vez que la religiosidad terciaria, en la forma del antropocentrismo cristiano exasperado, parece haber agotado sus posibilidades creadoras. {AD2 277-283, 286, 288, 290-294}

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